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miércoles, 30 de marzo de 2011

James Frey, la incapacidad de hacer nada bien


Oprah Winfrey es un estrellón. Un estrellón enorme que tiene un programa raro que aquí en España todas las grandes damas de la televisión intentan imitar del mismo modo que todos los grandes de la televisión en España quieren ser David Letterman o Jay Leno aunque, en público, muy pocas veces se les escuche hablar de ellos.  

Oprah es una mujer completamente hecha así misma. Aquí desconfiamos automáticamente de cualquier persona que alcance el éxito partiendo de la peor posición posible (a no ser que sea Fernando Alonso) pero en los EE.UU. las historias de superación venden como churros porque forman parte de su imaginería social y de eso que se llama “el sueño americano”.

La afroamericana es algo así como una especie de telepredicadora laica que se dedica a dar consejos para llevar una vida mejor y juega como nadie en el terreno de las entrevistas humanas, esas que hacen llorar a todo el mundo. Los testimonios desgarrados, además, suelen tener una recompensa automática porque Oprah se arremanga en directo y reclama, cuando no pone de su cuenta corriente, todos los medios necesarios para atajar, en vivo y en directo, cualquier injusticia.

Las únicas veces en las que Miss Winfrey ha parecido completamente fuera de juego han sido tres: cuando Tom Cruise se puso a hacer morisquetas y ejercicios gimnásticos en un sofá, cuando accedió a entrevistar a Cormac McCarthy  dando una de las peores entrevistas de la historia reciente al intentar que el esquivo escritor se pusiera tierno y la segunda vez que tuvo a James Frey en el plató de su programa.



En 2003 James Frey publicó “A milion little pieces” ( cuya traducción sería "Un millón de pedazos pequeños". Editado en nuestro país por Taurus con el título "En un millón de pedazos"). Una novela autobiográfica en la que narraba su experiencia con las drogas, sus desastrosas consecuencias y en su caótico proceso de rehabilitación. La narración que fue acogida con cierta frialdad y bastantes malas críticas no dejó indiferente a la presentadora que encontró en el texto una de esas historias que suelen engordar los ratings de audiencia: chico blanco, ex drogadicto, ex delincuente, culpable de la muerte accidental en accidente de tráfico de dos compañeros de instituto que renacía como escritor utilizando la literatura como terapia para la salvación y la restitución pública. ¡Guau!




Dentro del famoso programa existe una sección titulada “Oprah´s Book Club” (se podría traducir como "El club de lectura de Oprah") desde la que la presentadora recomienda libros a su audiencia. Algo que comenzó como una simple labor de apostolado (¡Lean, que no me leen nada! ¡Que leer es precioso!) se convirtió en la rampa de lanzamiento más codiciada por todos los editores del mundo anglosajón: cualquier novela que salía en ese escaparate se convertía, al día siguiente, en un éxito literario. Incluso les ponen una pegatina con el logo de la sección para que sean más reconocibles.
Winfrey dijo de la novela de Frey, que se había vendido bien hasta la fecha,  que la había mantenido en tensión durante toda la lectura, que había perdido horas de sueño con ella, que era la pera limonera, vamos.

Llegó al puesto cuatro de ventas de libros de “no ficción” en cuestión de días y, unas semanas después, Oprah recibió en su programa al escritor que le relató todo su historial delictivo, que estuvo siendo perseguido por la policía en varios estados, que había tenido recaídas en el alcohol y en la merca y cosas así de esas de dar mucho morbo. De hecho, utilizó profusamente la retórica de arrepentido que despliega en su novela y habló de esas cosas tan agradecidas como “la furia” y “la ira” que te llevan a la droga o “el demonio interior” contra el que hay que luchar. Ya saben, ese rollo medio religioso, medio freudiano que tan bien viene para metaforizar sobre el desgarro, el desarraigo y la culpa.  Oprah se sintió encantada de tener a un demonio domesticado, a un ángel caído y rehabilitado en su plató y corrieron lágrimas y todo fue fenomenal para el autor que, ya en junio de ese año, había publicado  “My friend Leonard” la segunda parte de las memorias que tenía como objeto alargar la historia primigenia y ahondar en la terapia y en la recuperación de su vida.

La entrevista, una de las más seguidas de la historia del programa, se cerró con un profundo éxito. Un éxito que no dejó a nadie indiferente pero, sobre todo a los responsables de thesmokinggun.com (TSG). Esta página web, dedicada a escarbar en los archivos policiales, tiene una famosa sección (llamada "Mug shot") en la que muestran las fotos de los famosos que han sido fichados en cualquier comisaría de los Estados Unidos. Gracias a esta página hemos visto a Bill Gates sosteniendo un cartelito con su nombre en una comisaría y cosas así. Como Frey era una nueva estrella, y un ex delincuente, los puso a la búsqueda de la ficha policial del mismo y de la, en ese momento, codiciada fotografía.

Seis semanas de la aparición de James Frey en la televisión nacional los editores de Smokinggun no tenían solo la fotografía si no, además, un artículo demoledor titulado “A million Little lies” ("Un millón de mentiras pequeñas") donde daban pruebas de que el escritor no había sido un delincuente tan peligroso, jamás había sido detenido por los delitos que describía en su biografía y, claro está, que todo lo escrito en sus dos tomos no era más que una invención de Frey.




¿Por qué alguien querría autoinculparse de un montón de delitos y ensuciar así su biografía? Pues muy sencillo: marketing. Durante unos cuantos años Frey estuvo intentando colocar el manuscrito de su novela en varias editoriales sin éxito. En un momento determinado él o una avispada publicista, Nan Talese, decidiera que se podía vender mucho mejor si se cambiaba la etiqueta de “ficción” a “biografía”. Así fue. La traducción de la novela a 29 idiomas y 5.000.000 de ejemplares vendidos avalan que el truco funcionó mucho mejor de lo que hubieran esperado, incluso demasiado bien. Sin duda, la conversión de Frey en un escritor de best-seller impidió que se mantuviera bajo la línea del interés informativo y que su millón de pequeñas trolas pasara desapercibido: de haber vendido una respetable cifra de 400.000 o 500.000 ejemplares y no haber aparecido en el programa de Winfrey hubiera permitido a Frey seguir con el engaño durante toda su vida.

Un engaño que, antes de que el libro fuera un superventas, el propio frey había reconocido a varios periódicos pequeños en diversas entrevistas pero que, poco a poco, fue negando aduciendo a que, en ese momento, quería obviar ese pasado de macarra.

Tras el artículo de TSG que retrataba a Frey como un teen afable que se había metido en dos delitos muy menores en toda su vida (dos fotos de comisaría, nada más) y que explicaba abiertamente las objeciones legales que había puesto a la publicación del artículo y a la exhibición pública de las fichas policiales y judiciales de sus delitos (algo extraño teniendo en cuenta que toda la promoción de sus libros se basaba justamente en el relato de las mismas) llegó el turno de defensa del autor que acudió al programa de Larry King el 11 de enero para declarar que, bueno, que sí, que parte de su libro no era del todo real y que había alterado parte de los mismos. En realidad, hasta ahí, la maniobra de defensa de Frey no podría haber sido más sencilla: todos los que podrían declarar sobre la veracidad de los hechos y hablar en su favor desmintiendo el artículo de TGS estaban muertos (su amigo Leonard de SIDA, su novia Lilly se había suicidado...) y los que estaban vivos eran delincuentes que no darían la cara.



La propia Oprah salió en defensa de Frey en el programa haciendo una sorpresiva y calculada llamada de teléfono que intentaba, claro está, salvar los muebles de su programa y volver a recuperar la confianza de sus espectadores en su "Club de libros".

Sin embargo, como la mentira ya era suficientemente evidente, el  26 del mismo mes Frey reaparece en el programa de Oprah y la entrevista se convierte en un auténtico bombazo porque el autor reconoce que su obra, los dos tomos, son una mera ficción.  La presentadora se deja de enredos y ataca a la yugular del escritor diciendo cosas como que se siente "estafada y, más allá de eso, siente que (Frey) ha estafado a millones de lectores". Si Frey quería jugar, otra vez, al mismo juego promocional de su primera entrevista en la que apareció como un ex adicto redimido para presentarse ahora como un mentiroso decidido a redimirse en público el cálculo le salió mal porque una cosa es jugar con tu propio prestigio y otro, entendería Winfrey, jugar con el de ella que tiene un emporio de varios cientos de millones de dólares que penden, básicamente, del fino hilo de su buena imagen. El comentario general es que destrozó a su entrevistado.

El visionado de la entrevista me trajo a la memoria una divertida anécdota que me contó el veterano periodista Mariano López de otro reputado periodista del que obviaré el nombre y que tenía una estupenda facultad que explotó en su juventud: siempre tenía a mano la última entrevista concedida por un personaje recientemente fallecido. Si la entrevista era real o ficticia jamás podía comprobarse pero, decía Mariano, que por las hemerotecas españolas debían de estar todas cogiendo polvo y esperando a que alguien pudiera desentrañar el misterio.

La discordia y la revelación de la verdad pusieron en un brete a la editorial Doubleday que anunció el cambio del género de la novela a “ficción” y publicó una nota en la que pedía a los lectores que se hubieran sentido estafados que se pusieran en contacto con ellos para que les fuera devuelto su dinero. En septiembre Frey emitió una nota pública disculpándose por ser un escritor de ficción (muy superventas…por cierto) pero, en el fondo, no por haber desplegado todo un montón de mierda para vender su obra. Obviamente, el hecho de que Frey escriba no es algo malo…lo otro, pues sí.

En el gérmen de todo está una interesante cuestión: ¿Se valora más una obra “basada en hechos reales” que una de ficción? ¿Puede mantenerse la etiqueta de “basado en hechos reales” cuando se incluye una nota que dice “que algunos tramos del relato son ficticios y han sido alterados para mejorar la narración y los nombres cambiados?

Cuando “Soldados de Salamina” se convirtió en un éxito editorial en nuestro país muchos pensaban que estaban comprando, en realidad, las memorias de Javier Cercas y las de todos los implicados en el fusilamiento fallido de Rafael Sánchez Mazas acaecido en los últimos tiempos de la Guerra Civil española. En realidad Cercas no había hecho más que tejer el paño de su novela con hechos reales y muchos ficticios creando lo que él mismo dijo era “una obra de ficción”. Muchos lectores se sintieron estafados valorando mucho más el contenido histórico de un pasaje rocambolesco y la investigación un tanto rocambolesca del mismo frente a algo que es mucho más interesante: Cercas es un gran escritor que cogió una historia complicada y la convirtió en una historia interesante, es más, la extrapoló de toda la contienda para convertirla en una especie de símbolo permanente de la misma. Seguramente Cercas podría haber seguido con el cuento, haber alimentado que todo lo dicho era real pero prefirió contar que era escritor y no periodista. Cercas se convirtió, temporalmente, en personaje literario de la forma en la que todos los que escriben ficción se meten de cuando en cuando como personajes principales o secundarios de sus propias historias.


Normalmente tendemos a pensar que la literatura es un mero entretenimiento, que es algo con lo que perder el tiempo y nos sentimos aliviados y engañados a la vez cuando encontramos entre las páginas de un libro un personaje con el que nos identificamos. La sensación de identificarnos con alguien inexistente no deja de parecernos brutalmente inhumana, como si de pronto, la conexión con los sentimientos y la historia inventada nos desconectara de una manera rara e irracional de la realidad y, seguramente por ello, porque nos aferramos a no dejarnos llevar, a mantenernos con los dos pies en el suelo, sentimos la necesidad de que haya más testimonio que invento en todo. Si alguien te cuenta una historia quieres que la historia sea cierta para que pueda aportarte algo pero si la historia es simplemente mentira nos parece que podemos desconectar de ella, que sea nada más que una banalidad.

Frey intentó vender su libro como una obra de ficción y no lo consiguió. Pasó por 17 editoriales que se negaron a publicarlo. Ni que decir tiene que el libro es flojo y malo a más no poder. Un tocho de casi 400 páginas (más las 400 de la segunda parte) cocinados entre la chorrada sensacionalista, la baratería insultante, los pasajes arrancados a Hemingway y al realismo sucio…un best seller sin mucho interés que se hubiera quedado en nada si no fuera porque a alguien se le ocurrió decir que todo era real, que todo era cierto. Es entonces cuando el delito literario de ser un escritor mediocre se perdona porque, en el fondo, el que lo escribe ya no tiene que aferrarse a las reglas ortodoxas del buen escritor y puede justificar todos sus fallos diciendo que lo que escribe sale del corazón. Es entonces cuando el engaño y el truco que tiene toda obra literaria deja de tener peso para ceder terreno ante fines mayores. “A million little pieces” ya no es un mal libro y se convierte en mucho más que eso porque atiende a un fin mayor que al del puro entretenimiento: a la salvación de los adictos a las drogas y al alcohol. Al discurso ejemplarizante. Es ahí donde más libros se venden porque lo importante no es escribir bien si no transmitir algo que parece, a primera vista, de mucha más importancia.

Lo contradictorio es que Frey ha seguido moviéndose entre el escándalo y la escritura convirtiéndose en ese autor que demuestra que el bussiness es más importante que lo que se encuaderna.

Harper Collins, nada más y nada menos, publicó su tercera novela en 2008 (ficción, pura ficción) titulada “Bright Shiny Morning” (un rollo macabeo) centrada en la historia de varios personajes de Los Ángeles  que sonaba a un intento por acercarse al Easton Ellis que escribió los cuentos que conformaron “Los confidentes” y más allá de eso en una regurgitación del "Vidas cruzadas" de Raymond Carver. No tuvo mucho éxito y encontró críticas de todo tipo pero, sobre todo, descabelladas y, más recientemente, Frey ha intentado publicar una historia basada en la Biblia con un poco original sinopsis basada en el renacimiento de Jesucristo en Nueva York (¡Ay, Diosito!) y se vio envuelto en un escándalo chocante.

En 2009 fundó Full Fathom Five una editorial nacida para crear pelotazos editoriales en serie. En régimen de colaboración se contrataba a autores muy jóvenes (250 dólares por cabeza) para trabajar en proyectos colaborativos. ¿han oído eso de que una ingente cantidad de monos acabaría por escribir una novela legible? Pues algo así debió de pensar Frey que estaba empeñado no en escribir una buena novela si no un montón (un millón de pequeñas novelas) de libros y dar con el nuevo Harry Potter. La cosa no le fue mal y “I Am number Four” se convirtió en un éxito de ventas juvenil (está a la venta en España) cuyos derechos fueron comprados por Dreamworks que la ha llevado al cine recientemente y que se estrenará en los primeros días de abril en nuestro país. ¿El trasfondo de la historia? Tan chorra y tan manido como la historia que lo hizo famoso.  Los contratos precarios y algunos pequeños escándalos más han puesto el proyecto en la mira de muchos…y no positivamente.

Recientemente ha anunciado que está trabajando en un proyecto para HBO junto a Mark Walhberg que tendría como trasfondo el negocio del porno en Los Ángeles…eh…Mark Wal…¿ese no salía en “Boogie Nights” que iba, justamente, del negocio del porno en Los Ángeles?

James Frey demuestra que no hace falta hacer las cosas bien, ni siquiera ser demasiado original, ni siquiera ser un buen escritor para vender libros. Ha demostrado cierta incapacidad para obrar honestamente, para ejercer su profesión de una forma digna pero, la verdad, nadie puede evitar pensar que conoce bastante bien el negocio en el que está metido y como hacerlo funcionar. Ah...y una absurda tendencia a retratarse haciendo una peineta (el famoso "fokyu") que es lo que hacen los chicos buenos cuando quieren parecer malos malísimos consiguiendo, sin embargo, parecer unos verdaderos gilipollas. En realidad no deja de hacer patente no solo eso último si no también su plena incapacidad para sentir vergüenza propia.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Lago, Wallace...la supervivencia del escritor.


Conocí a Eduardo Lago en 2006 cuando vino a España a recoger el Premio Nadal que ganó con su primera novela "Llámame Brooklyn". Por aquel entonces el interés que despertaba su obra era mínimo por una sencilla razón: Lago residía en NY desde finales de los 80 que se había dedicado al ensayo y daba clases en la Sarah Lawrence School y era completamente ajeno al mundillo literario español. Como era un currante de la letra, cosa que es complicado que se aprecie, lo cierto es que el departamento de prensa de su editorial lo tenía complicado para conseguirle entrevistas y darle un poco de publicidad por lo que, si no recuerdo mal, en la nota de prensa que te enviaban se comentaba que era "amigo de Paul Auster y profesor de su hija Sophie". 

El reclamo, pese a lo burdo, no dejó de causar su efecto porque cuando me senté delante de él a entrevistarlo me comentó que todo el mundo le había comentado lo de su relación con los Auster con el desasosiego del que sabe que, el que le está lanzando preguntas, no ha tenido tiempo de leerse más que la contraportada de la novela y la dichosa nota de prensa. 

Si con bastante frecuencia nos reímos de la mecánica y las coletillas utilizadas por los periodistas deportivos que, más o menos, hacen todos los días las mismas preguntas y se revuelcan un tanto en la obviedad lo cierto es que el periodismo cultural tampoco está tan alejado de las mismas preguntas tipo como "¿En qué te has inspirado?" ¿Cuánto tiempo le has dedicado?" "¿Qué hay de real y de ficticio?" y, también, de un supremo interés por conocer la opinión del escritor, cineasta, pintor o acuarelista o lo que sea sobre cualquiera de los temas que a uno le apetezcan. A mi, todo eso, me parece un síntoma de que uno va a la entrevista sin haberse documentado demasiado o, peor, que no sabe hacer demasiado bien su trabajo. 

Cuando me senté con Lago no tenía ni idea de quien era pero me había leído "Llámame Brooklyn" en tres días. El hecho de no saber qué tipo de persona tienes enfrente merece pues que centres todas tus preguntas en su trabajo y que, a partir de ahí, vayas viendo como surge la cosa. Estuvimos sentados en el despacho de aquel enorme palacete de La Castellana como dos horas donde hablamos sobre todo de literatura y, más que de eso, del oficio de escribir. A mi me resultó apasionante escuchar a un escritor hablar de estructura y del aparato técnico que sostiene una narración para, poco a poco, hablar de influencias y, finalmente, de como había llegado a la conclusión de que, lo mejor, era contar la historia que se le había ocurrido contar. Es una pena que, por aquel entonces, no me permitieran publicar la entrevista porque resultaba un tanto "árida". Es posible que así fuera y que una entrevista donde se habla de Joyce, O´Henry, Cervantes, la pintura del XVI y XVII y cosas así interese menos que si Auster tomar cerveza o si su hija es buena estudiante pero me parecía que era la entrevista que un escritor debería siempre de conceder por encima de su interés, un interés muy acentuado en los escritores españoles, de hacernos saber lo que opinan sobre el ruido que hacen los bares, la fiesta de los toros o la ordenación urbanística. 

En la actualidad Lago es director del Instituto Cervantes en NY y ya tiene una segunda novela en el mercado, la poco apreciada "el ladrón de mapas", y suele colaborar con El País con lo que, me imagino, que si me tuviera que sentar a charlar con él me sería mucho más fácil hacerle una entrevista de esas menos áridas y más fértiles. 

El caso es que Eduardo Lago publicó el domingo un interesante artículo en El País sobre la publicación de "The Pale King" la novela inacabada del escritor David Foster Wallace. El norteamericano se suicidó en 2008  sumido en una depresión crónica. 

Wallace fue un escritor que consumió sus tiempos de la misma forma desaforada con la que transcurren sus novelas y ensayos. En 1987 publicó "The broom of the system" -con  solo 25 años- convirtiéndose en el segundo niño prodigio de la llamada "Generación X" tras Breat Easton Ellis. Ellis se convirtió en un escritor de masas que alimentó su imagen de estrella intelectual y en una especie de colaborador necesario para darle rollo cultureta a MTV y a algunas publicaciones muy modernas mientras que Foster Wallace se esmeró en labrarse una carrera mucho menos vendedora y discreta que no lo llevó a las grandes cadenas pero que le hizo labrarse una reputación literaria junto a Michael Chabon (que también con 25 publicaría en el 87 la fantástica "Los misterios de Pittsburgh"). 

En el artículo de Lago  resalta el escritor español que, quizás, no hay nada peor para un escritor que publicar una obra maestra demasiado pronto: en 1996 Wallace publicó "La broma infinita". A partir de ahí la obsesión del escritor por alcanzar un nuevo estado de perfección se convirtió en un lastre que lo mantuvo postrado durante varios años pese a que siguió publicando azarosamente y haciéndose hueco en todo tipo de experimentos (desde sus ensayos, sus cuentos, la revista McSweeney´s, artículos...). Foster Wallace, cuenta Lago, parecía inconsolable a la hora de encontrar esa perfección. 

El oficio de escritor, el oficio de escribir, de pronto, se convierte más que en una bendición en un lastre que le incapacitó para la felicidad. "Escribo a regañadientes, sumido en sentimientos ambivalentes sobre lo que hago, hundido en el dolor. Estoy cansado de mí mismo, de mis pensamientos y asociaciones mentales, de la sintaxis, de mis hábitos verbales" le escribiría a Jonathan Franzen poco antes de quitarse de en medio. 

Ya ven, un genio de la literatura sumido en el aburrimiento y en hastío de sí mismo, con la sensación de estar repitiéndose, de no estar haciendo nada bueno...qué curioso que no haya ningún papanatas que no se aburra también de sí mismo. 

"The Pale King" se publicará el mes que viene en Estados Unidos y Reino Unido. Es una novela difícil sobre un tema algo chocante: la vida de un inspector de hacienda que trabaja en una oficina de la ciudad de Peoria. Un trabajo inacabado que le llevó 10 años de su vida y que, al final, verá la luz por pura demanda del mercado. No me cabe duda de que, como dice, Lago la literatura de Wallace se sustenta sobre la doble combinación del trabajo muy bien hecho y de una experiencia basada en la pasión. Una pasión arrasadora que te deja, la mayoría de las veces, vacío. Un trabajo ímprobo de ordenación de empujones emocionales, de recolocación interior y de mucha observación. Una labor ingrata en la que el autor se enfrenta a la exposición de su obra (como parte inevitable del proceso de la misma) pero también a la lucha consigo mismo. Wallace, Lago y otros tantos -estoy pensando en los amigos que de verdad escriben- deben de tener esa sensación rara de que, en realidad, no se merecen estar ahí y que, de entre la multitud, saldrá un dedo acusador que les pondrá en el paredón resaltando todas sus vergüenzas y sus debilidades como escritores...muchas veces, como en el caso de Wallace o en el de Sánchez Ferlosio (en su faceta de novelista), ese dedo acusador es el de ellos mismos. 

Es muy común que se escuche, y más en estos días, que los que se dedican al asunto artístico son unos privilegiados. Es un comentario común que se dibuje así, un poco a la ligera, a los escritores, cineastas, pintores o bailarines de claqué como miembros de una élite que hace lo que quiere porque quiere. No llego a entender cuál es el privilegio en vivir una vida que se basa, únicamente, en estar en paz con uno mismo.






Nota del Insustancial: "Rust never sleeps" es el disco que Neil Young & Crazy Horse publicó en 1979. Se abre y se cierra con las canciones "My My, Hey Hey" y "Hey Hey, My My" o quizás una sola canción interpretada en acústico y en eléctrico y con pequeñas variaciones sobre la letra. El verso "It´s better to burn than fade away" (es mejor arder que apagarse lentamente) formó parte de la nota de suicidio de Kurt Cobain lo que impactó a Neil Young que lo homenajeó en el disco "Sleeps with angels" (1994). En las postreras interpretaciones de la canción Young ha cambiado ese verso por "once you´re gone you can´t come back" (una vez que te has marchado no puedes regresar). El verso "Out of the blue into the dark" tiene varias interpretaciones desde una bélica -acuñada durante la guerra de Vietnam- pero luego juega con el significado doble de la palabra "blue" y se utiliza para hablar de una caída en la depresión, una bajona producida por las drogas o el alcohol o como metáfora poética de la muerte. 

lunes, 18 de enero de 2010

Perdido en Pynchon


Me he vuelto a perder en Thomas Pynchon. Me pasó el año pasado, más o menos por estas fechas, cuando estaba leyendo "El arco iris de gravedad" y, ahora, me ha vuelto a pasar con "V" que es la primera novela que publicó en 1963.

Pynchon es ya el único escritor norteamericano que no concede entrevistas. No se sabe nada de él, ni donde vive, ni si es soltero o está casado y, lo más increíble, es que apenas hay seis o siete fotografías de este buen hombre en sus años mozos (Universidad y ejército). Mucha gente teme que todo lo que se cree saber sobre el escritor es purrela inventada por el mismo Pynchon -o la persona que está detrás de semejante seudónimo- para despistarnos a todos.

Me parece normal que un escritor que suele escribir sobre la chifladura, o que imprime a sus obras una buena dósis de la misma, haya optado por esta sencilla forma de marketing: no hablar de sí mismo para que otros puedan hablar continuamente del misterio que le rodea. Para hablar de Pynchon, por lo tanto, sólo podemos leer sus libros.

Sin el enganche de conocer la ideología, la situación familiar y económica, lo que ve a través de la ventana de su casa o la opinión que tiene sobre la Administración Obama nos encontramos ante unos textos que pueden ser leídos sin los prejuicios propios a los que nos enfrentamos a la hora de leer a otros autores. Cualquier cosa que se sepa sobre el autor lo será a toro pasado cuando este doble la servilleta.

"V" es la historia retorcida de un personaje perdido, de un "yo-yo" humano", que viaja de aquí para allá en pos de una obsesión. Así de sencillo. Por poner un ejemplo: su protagonista, Profane, se emplea como cazador de cocodrilos albinos (entre otras cosas)...cocodrilos albinos que viven en las alcantarillas de Nueva York después de que sus dueños los tiraran por el retrete tras descubrir que se iban a convertir en unas mascotas demasiado molestas. Ahí tienen el germen de una de las leyendas urbanas extendidas por todo el mundo y que tiene su arranque en una novela.

A golpe de pincelada "V" es una novela que recoge, sin empacho, lo mejor de la tradición Beatnik, mordiscos de Steinbeck, O´Henry o Dos Passos o Twain y, sin duda, es uno de los escritores (Junto a McCarthy, De Lillo o Roth) de la nueva novela americana. Es más, se podría decir que el estilo de Pynchon es definitivo para entender a Dave Eggers, Michael Chabon o el fallecido David Foster Wallace por poner tres ejemplos de nuevos grandes escritores.

¿Es un beatnik? ¿Un naturalista? ¿Un escritor de género fantástico? Ni idea, sinceramente. Al igual que los otros tres Popes de la literatura americana ha picoteado en todos los géneros sin que nadie se ponga de acuerdo en saber de qué coño va este tío. Digamos que es simplemente un GRAN ESCRITOR que, gracias a su discreta vida privada, ha permitido que por primera vez en mucho tiempo cualquier estudio sobre su obra no aparezca contaminado por comentarios como "es la obra prototípica de un nuevo marxista norteamericano" o por párrafos que comiencen por frases tan manidas como "Influenciado por una infancia en la que ya se reveló contra el autoritarismo de sus padres...".

En mis años mozos, cuando era un imberbe estudiante, tuve que soportar a muchos "opinadores". Es lo malo que tienen las carreras de letras en nuestro país que, nada más pasar las sagradas arcas de la Facultad, cualquiera se siente en el deber de comportarse como un intelectual. Yo mismo era uno de ellos. El problema no es tener que escuchar durante unos cuantos años a una ingente cantidad de personas mal informadas sus opiniones poco fundadas sobre este o aquel escritor...lo malo es comprobar como muchos de los profesores utilizaban el mismo método "intuitivo" para revelarte las mismas opiniones insulsas y apriorísticas que solía utilizar el alumnado como dividir a los autores por pobres y ricos, modernos o postmodernos...

Al ser preguntado un profesor sobre las características propias de la obra de Cervantes este contestó sin empacho que "Cervantes olía a Cervantes". Punto pelota. Sin más. Ni estructuras, ni arbolitos, ni estudios...uno podía saber que un texto era de Cervantes porque el Manco de Lepanto cantaba la Traviata. Destripada la biografía de Cervantes, por tanto, se podía hacer un paralelismo entre este incidente o aquella anécdota y clavarla en este o aquel texto. Toma ya. Birli-Birloque. Vudú literario. Ciencia infusa ven a nosotros. ¡Cualquiera, por tanto, podía publicar una edición comentada de lo que le diera la gana! ¡Sólo había que tener olfato!

Gracias a Alá también tuvimos profesores que nos enseñaron a no tener prejuicios.

Por suerte cuando uno se enfrenta a Pynchon no tiene más que agarrarse a lo que lee y perderse en la novela que tiene entre las manos. Ya advierto que no es fácil pero es francamente divertido.

Y todo esto viene a cuento de que estoy leyendo a Pynchon y de que hoy me he topado con un artículo de Elvira Lindo titulado "Lo que vale un pene" en las páginas de El País donde, con muy poco olfato, demostraba orgullosamente no haber entendido nada sobre la última novela de Philip Roth, The Humbling/La Humillación, una historia  sobre un actor teatral viejo y harto que seduce a una jovencita. Y dice que no lo entiende porque no cree que un viejo pueda conseguir semejante hazaña para luego cargar contra Woody Allen por haber jugado al mismo juego en "Si la cosa funciona".

Tan norteamericana y neoyorquina Elvira Lindo se queda patidifusa ante su falta de conexión con las dos obras que, por mor de ser de corazón super yanqui, le deberían de haber pirrado. Pero no. Resulta que no se traga el sapo...que los dos les parecen unos viejos verdes que se creen que por haber leído mucho y haber escrito mucho pueden conquistar a cualquier chavalita impresionable. Dos machistas, vamos.

Es lo que tiene no centrarse en el texto o en la pantalla y llegar a todos sitios cargados de prejuicios pero, bueno, eso como todo es una opinión de lo más personal. Por mi parte, y también personalmente, les recomiendo perderse en Pynchon, seguir viendo películas de Allen y leer The Humbling que, también en mi opinión, es una obra honesta, dura y escrita a cara de perro que va sobre otras cosas que no tienen que ver con perseguir jovencitas como un sátiro.

martes, 6 de mayo de 2008

Desde Ucronía con amor.


Hoy le he mandado unas preguntas a Michael Chabon, que es ese muchacho de los ojos claros de ahí arriba, para que me las conteste. Es la primera vez que hago una entrevista interpuesta a alguien. Qué lío.

Bueno, ya podrán leer el artículo (con la entrevista incluída que firmará otra persona, me imagino) en ese periódico que la COPE pone siempre verde y cuyo nombre no comienza por "EL". El jueves o el viernes. No se. Ya avisaré para que puedan reírse muy a gusto de mi persona y de lo tontito que me pongo cuando me dan cancha...

El caso es que para escribir sobre Chabon he hecho el típico ejercicio de documentación y lectura de tres semanas...me he enchufado dos o tres libros y, sobre todo, he buscado incansablemente los textos de ciencia ficción que va publicando en la revista McSweeny´s.

McSweeny´s es una revista fundada por el rarito Dave Eggers (que saca su próxima novela en España Qué es el qué el 9 de mayo) y que es una especie de lanzadera para nuevos valores. Mondadori tiene un par de antología de relatos (un libro blanco y otro negro) muy recomendables.
Pero me estoy liando repasemos: ya me he tirado el pisto, ya he dejado claro que soy un erudito en nueva literatura americana y que soy lo más como Hansel en Zoolander...

Vale pues entonces sólo me queda recomendarles fervientemente la lectura de El Sindicato de Policía Yiddish que me parece una de las mejores novelas que me he leído en los últimos tiempos y la mejor de este año (y eso que he leído a Roth, Eugenides, Leonard, Montalbán y lo que me quedaba de Sedaris en inglés...).

El asunto es una mezcla de novela de ciencia ficción e intriga que arranca en un homeland de Alaska donde han sido confinados todos los judíos europeos supervivientes de la II Guerra Mundial después de que las potencias ganadoras aniquilaran la fundación del Estado de Israel. O sea, una ucronía, un juego de "Y si..." que te deja con el culo torcido. Fría, retorcida y amarga. Una joya, vamos... los decorados de la novela recuerdan mucho a un Blade Runner vacío.

Curiosamente este libro parte de las mismas premisas que La Conjura contra América de Philip Roth (en su caso el aviador pronazi Lindbergh llegaba a la presidencia de la Casa Blanca y comenzaba una de esas razzias típicas contra los judíos) y pone a los sionistas en el bando perdedor de la historia.

Por si quieren saber algo más de este pedazo de escritor deberían de leer Las Asombrosas aventuras de Kavalier y Clay (Premio Pulitzer 2001) o las muy, muy buenas Los Misterios de Pittsburgh (su primera novela en Anagrama) y Chicos prodigiosos (Anagrama) de la que se hizo una versión cinematográfica muy buena y que descubría algunas claves de como es eso de sentarse todos los días a escribir un libro.

Ah, se me olvidaba, Chabon que es un fanático del cómic y de los superhéroes firmó el guión de Spiderman II después de que Sam Raimi le pidiera de rodillas su ayuda.
Y otra cosa: Me estoy leyendo el primer volumen de las memorias de Bob Dylan y la estoy "gosando"...