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martes, 7 de abril de 2009

Razones para sentirse bien

Nota del Insustancial: La dirección de Mividainsustancial agradece el premio concedido por Isilwen, lectora placentina y habital, y pasa a colocar su premio en nuestros anaqueles además de recomerdarles fervientemente la lectura de su blog, que no tiene desperdicio. ¡Gracias paisana!

Ver cocinar a Jamie Olivier es una bendición. Es un cocinero inglés que ha conseguido que sus compatriotas utilicen el horno de la cocina para algo más que no sea gasear a gatos vagabundos o perpetrar atentados contra los derechos humanos en forma de pasteles de riñones o corderos a la menta.

La diferencia entre Olivier y otros cocineros televisivos es muy singular: es un guarro. En serio, desmenuza con las manos corta y mezcla todos los elementos sobre la misma tabla de la cocina, parte las verduras con las manos y mete el dedo en los platos para comprobar el sabor o la temperatura. ¿Que da asco? No, más bien, consigue que te den unas ganas enormes de meterte en la cocina, llamar a unos amigos y abrir un par de botellas de vino. De cocinar y, por ende, de vivir. En realidad revela dos grandes secretos de la cocina: alegría y voluptuosidad. Todo en un inglés barato y ceceante que, la verdad, hace que se me abran las carnes. En estos tiempos flacos de ideas y faltos de alegrías, de ceños fruncidos y de raspas de sardina Olivier es un cocinero en forma de prozac. Mola.


La semana pasada hablaba con otros sospechosos habituales sobre uno de los mejores efectos de la crisis: se rescata la cosa esa sencilla de la cenita amiguetil y de las copas en casa donde siempre suena la música que te da la gana (al loro, después de la cuarta birra, siempre alguien quiere escuchar a Bisbal). Esta generación va camino hacia la pobreza más absoluta pero debería de hacerlo a la luz de los fogones. La cuestión es no sentirse demasiado solo ahora que la tarjeta de crédito nos ha abandonado dejándonos solos, fanés, descangashados...


Mientras pasa el temporal no está mal volver a lo básico. Cinco euros (por barba) y cenas y bebes como un rey. En realidad hay que estar de acuerdo con Steven D. Leavitt y Stephen J. Dubner que en el necesario "Freakonomics" (Ediciones B, en español, menos de 7€) hablan de economía desde un punto de vista algo salido de madre y que nos intentan convencer de que "la economía es un estado de ánimo" y, como tal, hay que tomársela.

En estos días en que los telediarios nos escupen a la cara que somos los culpables de semejante dislate (Eran los mismos que hace dos años nos llamaban agarrados por no adquirir una hipoteca) no está mal darse un paseo por el Territorio Olivier y rescatar algunos placeres pequeños que pueden disfrutarse en compañía de otros. No es sexo, claro, que también (soy positivista a ese respecto y sigo pensando que ese sí es el mejor entretenimiento del mundo) pero se le parece bastante y, si se tiene cuidado, nunca resulta frustrante. O sea, que es un poco como el sexo pero ha de hacerse decorosamente vestido si uno no quiere parecer un loco o llevarse alguna quemadura incómoda. Esa es una desventaja.
Decidido a no dejarme arrastrar por el mal ambiente reinante y teniendo en cuenta que ya os he azotado con dos entradas de cenizo perfil me posiciono hoy en el febril optimismo y os recomiendo que os dediquéis durante estos días a las cosas que os den gustito. Es justo y necesario en estos días en los que todo el mundo va a celebrar la muerte y resurrección de un palestino...no del pañuelo, evidentemente, que está de rabiosa actualidad, si no del hijo de un carpintero de Judea. Sólo nos faltaba que además de quitarnos la pasta también nos quitaran las ganas de empujar (entiéndase semánticamente en toda su amplitud), de vivir, de reunirnos. No vale. Recordemos a David Bowie que, tan sabiamente, nos recuerda eso de "cenizas a las cenizas" y a volver a empezar...

Como seguramente diría nuestro amigo Enric que siempre tiene un pie en la arena del Mediterráneo y otra en el asfalto de la lucha bastante tenemos con ser apaleados cada vez que queremos dejar clara nuestra opinión (Londres, Bruselas etc.) como para que encima tengamos que caminar hacia el patíbulo con cara de mala hostia. Ni de coña. Sonreid, de verdad que es el único gesto de resistencia que nos queda: ser pobremente felices. No es mala cosa.