Dicen que la expresión "echar un clavo" se remonta a los tiempos del descubrimiento de América. Cuenta la malsana leyenda negra que, nada más llegar Colón a América, los gallardos marineros españoles se aburrían como las ostras. Bien sabe Alá que nuestro carácter es muy parecido a nuestra gaseosa, es decir, que al igual que esta pierde el gas al poco tiempo de estar abierta la botella nosotros perdemos el interés por cualquier cosa apenas unas fecha después de que esta pueda ser considerada como una novedad.
El caso es que el personal se aburría y que los marineros andaban mascullándose de que aquello era un paraíso en la natural pero que ni el oro florecía en los árboles, ni había rastros de que existiera un sitio llamado Fuente de la Eterna Juventud donde tomar las aguas y quitarse unos años. Para que nos hagamos una idea: los marineros tomaron la misma actitud de hastío y de "he tirado el dinero" que tienen los turistas al tercer día de estar comiendo filetes empanados en el bufet libre del resort vacacional.
Nadie sabe como, es una leyenda, pero alguno de ellos tomó conciencia de que aquellas muchachas autóctonas eran bastante más receptivas al sexo que nuestras paisanas españolas, seguramente porque estas andaban con los pechos al aire y, claro está, desinformadas de la opinión que sobre vestimenta y relaciones prematrimoniales tenía la Iglesia cristiana pre-cismática (no miren el libro de historia porque la opinión sigue inamovible desde entonces y es la misma que ahora: sexo no, dentro del matrimonio sólo para concebir y entre algunas ramas de la misma el sexo sólo está permitido si tiene caracter no consentido y se produce en una pareja en la que uno de los miembros es un menor y la otra una persona que haya sido ordenado sacerdote como puede verse en este interesante documental...ay, las manzanas podridas).
El caso es que sin lugares para el ligoteo tales como verbenas, bailes populares, discosteques, pubes etc. y mucho menos con lugares abiertos donde comprar una fruslería con un "hoy te quiero + que ayer pero - que mañana" los marineros se pusieron a darle al magín para saber qué utilizar en el cortejo de aquellas muchachas.
Lo encontraron en la fascinación que las personas autóctonas tenían por las cosas hechas con hierro, un material desconocido y que pronto descubrieron mejoraba bastante tareas como abrir cocos, calentar baldes de agua más rápidamente y cosas así.
El caso es que a uno de aquellos fogosos descubridores se le ocurrió regalar a una de aquellas muchachas un clavo de la embarcación y descubrió el buen efecto que los regalos que se hacen con el corazón y no por interés (como bien sabe el Presidente Camps) tienen en las personas buenas y también desinteresadas (el caso mismo de Camps).
Así poco a poco los marineros fueron arrancando clavos de las tres carabelas -exactamente de las dos carabelas y de la nao Santa María- hasta el punto de peligrar el encaje de las piezas de madera y convertir el descubrimiento en una clase acelerada para montar muebles de Ikea.
Dice la leyenda que, desde entonces, Colón prohibió que se arrancaran clavos de los barcos y que se restituyeran los robados (que no estaba el presupuesto para bromas) y, claro está, quedo eso de "Echar un clavo" sinónima de "echar un polvo", "casquete" o similar...
Pues nada, que aquí les dejo algo ligero para que se entretengan y, por cierto, ¿Cuál es su teoría al respecto?