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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Un cine como tú en un país como este (Gabriel Velázquez)


Es impresionante, pero así es. Un día comienzas a ver las películas que ponen por la tele, no le das ninguna importancia, ya sabes, lo haces como para entretenerte y poco más. Poco a poco te va gustando ese rollo, comienzas a despertarte el gusto por ese actor o esa actriz, por un tipo de película concreta y, llega un momento, en que vaya, ya empiezas a saber quién es este o aquel director y un día descubres que te has pasado una tarde entera husmeando por las hileras de películas del videoclub del barrio sin encontrar nada que te satisfaga del todo. Ya estás pillado por las pelotas. 

Como transportado por un sueño, zas, un día parece que te despiertas en medio de una sala oscura rodeado de una gente que viste raro y que mira hacia la pantalla con gesto de delectación y veneración. La cinta es en blanco y negro, subtitulada, de nacionalidad francesa y te sabes al dedillo la biografía de su director pese a que es la primera vez que ves una película suya. Son los "400 golpes" de François Truffaut y lo estás flipando. Ni siquiera sabes qué es lo que ha hecho que te saltaras dos clases de la facultad y meterte en la Filmoteca para ver esta película. Lo malo es que sabes que, te gusta tanto, que luego te quedarás al siguiente pase (al de las 18:00 horas) porque ponen otra del mismo director de la que has oído hablar de maravilla, de la que has leído un montón, de hecho la has utilizado en el argumentario típico de las discusiones cinéfilas pese a que no la has visto. 


Ya le has dado la vuelta al calcetín, ya sabes, lo que comenzó como un entretenimiento inofensivo para pasar el rato se ha convertido en otra cosa, en una búsqueda de títulos, de nombres...es ya un aprendizaje, eres oficialmente un cinéfilo y un freak a la vez. Ya nada volverá a ser como antes. 

Anoche vi un documental titulado "Un cine como tú en un país como este". Está dirigido por Gabriel Velázquez, el director de "Sud Express", (¿no ves? Esto es nada más que una acumulación de datos, de hechos inconcretos, de películas que te unen con momentos vitales, de instantes reunidos alrededor de unos cuantos metros de celuloide y plástico) y trata sobre lo que se dio en llamar como "El Grupo del  Yucatán". Esa reunión de directores y currelas del cine entre los que estaba Imanol Uribe, Fernando Trueba, Fernando Colomo, Carmen Maura, Miguel Ángel Díez, Felix Rotaeta, Oscar Ladoire, Carlos Boyero, Joaquín Hinojosa...

Todos ellos, al igual que yo, también le dieron en su momento la vuelta al calcetín. Ya sabes. Se apasionaron tanto por las películas en general que decidieron que ese iba a ser su profesión. El documental es un repaso vital a los comiezos de este grupo y a los primeros cortometrajes y primeras películas que dirigieron y protagonizaron en un ambiente de pobreza absoluta y arrastrando consigo gran parte de la herencia más chunga del Franquismo. Lo bueno es que, escuchándolos hablar, hace más de 30 años llegas a la conclusión de que los males de esa inexistencia llamada "Cine Español" siguen siendo, más o menos, los mismos. 

Sesiones maratonianas de cinco y seis películas diarias seguidas de charlas interminables sobre cine, algo así como la pasión desmedida de estos tipos, una cosa desbocada e insana, una afición que se los zampó dejándolos en los huesos. Muy interesante. Gente reunida alrededor de la idea idiota de hacer películas, de contar historias copiando a sus maestros en un clima de, otra vez, completa desconexión con los gustos del público español en general y con la realidad en particular. ¿Hacer pelis en España? No me jodas. 

El caso es que les funcionó, aunque fuera por casualidad, nunca hasta ayer me pude imaginar que Fernando Colomo contara que "Tigres de papel", su primera película, fuera concebida como una visión rohmeriana de la pujante clase progre (tan tristemente denostada hoy...con lo divertidos e intensos que eran...y lo digo con cero sarcasmo) y que, al comprobar, que en el Festival de Donosti todo el mundo se descojonaba él mismo decidió decirle a la gente que aquello era "una comedia". Y así hasta nuestros días. Siempre pensé que era una anécdota de esas que no se cuenta. Es más, todos ellos, adelantados al DOGMA 98 diciendo que hacían películas con sonido directo, sin iluminación apenas...bueno, lo de la iluminación era porque, básicamente, no tenían dinero para iluminar. 

Para mi son una generación de cineastas brillantes que representan, un poco, los comienzos de cualquiera que ha querido hacer una película en nuestro país. Es posible que hace tiempo que Colomo no me guste pero, sinceramente, sigo viendo de cuando en cuando "Tigres de Papel" y "La línea del cielo" y cosas así aunque solo sea por encontrarme con un tipo de cine que, de algún modo absurdo, me sigue emocionando. De hecho, ayer mismo, recordé lo que me había gustado esa película de episodios titulada "Cuentos eróticos" y, sobre todo, el segmento "KoñenSonaten" un disparate sobre un hombre al que de puro salido le crece un coño en plena frente...rodado en danés. 

Mis mejores palabras sobre el documental quedan para Fernando Trueba que representa todo lo que me gustaría ser de mayor: es divertido y ha conseguido dirigir todas esas pasiones para hacer películas como "Opera Prima" (entre mis diez películas preferidas de todos los tiempos), "El año de las luces"...escucharlo hablar sobre las películas y sobre la vida es toda una joya. No deberían perdérselo. 

jueves, 23 de septiembre de 2010

Anvil: el sueño de una banda de rock (Sacha Gervasi, 2008). Larga vida a los (pobretones) Dioses del Metal.


Some Kind of Monster era un documental sobre la grandeza de ser Metallica y sobre las miserias que conlleva vivir en medio de toda esa grandeza. Una condición que se había llevado por delante las personalidades (o las había reforzado fatal) que lo conforman y, sobre todo, que les había hecho incapaces incluso de hablarse entre sí sin el concurso de una especie de psicólogo bastante interesado en sacarles la pasta. Algo chocante.

Anvil: el sueño de una banda de rock es justamente lo contrario: un documental sobre qué ocurre cuando esa grandeza es nada más que pasajera y desaparece con la misma rapidez que llegó.

Ambos trabajos, sin embargo, recuerdan bastante a algunos momentos de un docu falso titulado This is Spinal Tap. Quizás el primero por retratar a un puñado de tipos a los que se les ha ido la pinza autoimponiéndose el status de estrellas interestelares y el segundo porque capta la vida de dos tíos que quieren vivir el sueño que tuvieron cuando tenían trece años y, pese a no haber conseguido ninguno de sus objetivos, no cejan en su empeño. Es cierto, cuando se habla de heavy (utilizo un término genérico e identificable) o de cualquier manifestación de la cultura popular (y creo que esto es más evidente en lo musical) se tiene un pie en la grandeza, otro en la bajeza y, casi siempre, se camina en el filo justo de lo sublime y lo ridículo que es un buen territorio para la comedia.

Anvil es una banda canadiense fundada en los 70 que tuvo un brevísimo éxito en los 80 y que sobrevive peor que peor desde entonces.

Dicho grupo no consiguió buenos contratos discográficos y, seguramente lo que es peor, no era un gran grupo como Iron Maiden, Judas Priest, Black Sabbath, Metallica, Slayer, Accept, Guns & Roses, Helloween…eran un grupo un poco por encima de la media que nada podía hacer en un panorama metalero en eclosión plagado de grandes bandas que generaban unos escalofriantes beneficios. Es normal que, su precaria situación contractual por un lado, y el hecho de no poder superar el test de los años los avocara a un paso fugaz por la fama y a una progresiva bajada en las ventas de discos y entradas hasta la situación actual.

Sus fundadores Lips Kudlow (cantante) y Robb Reiner (batería. No es broma, el tipo se llama como el director de “Spinal Tap) siguen, pese a todo, en la brecha. Da igual que ya no vendan discos, que las promotoras de conciertos no los quieran ver ni en pintura, que casi nadie los recuerde o que estén en los cincuenta…nada es suficientemente malo como para renunciar al sueño recurrente de volver a tocar en un estadio repleto de personas que, con los dedos levantados en forma de cuerno, repite un mantra: “Anvil, Anvil, Anvil”.

A su alrededor unas familias un tanto cansadas de que la pareja no siente la cabeza, se centre un poco en llevar una vida más normal y consiga un trabajo que no esté supeditado a salir corriendo entre semana para tocar en un garito infecto ante tres borrachos en la otra punta del país. Sin embargo, y esto es lo interesante, ambos tipos son tan majos que parece que su entorno les perdona que se hayan negado a crecer, en parte porque piensan que aún el milagro es posible (la esposa de Robb declara ser todavía una amante de los grupos de “tíos de pelo largo” y parece entonar un “me equivoqué de estrella de rock al casarme) o porque, simplemente, saben que viven con una especie de adolescentes de pelo largo canoso.

Como nota totalmente sociológico-escalofriante quiero decir que Lips y Robb no solo visten con los ropajes universales del heavy metal en todas sus gamas sino que, y ahí está lo impresionante, ANDAN como todos los heavys del mundo: ¿Saben ese andar un poquito estirado y echado hacia delante provocado por llevar las manos en los bolsillos y tener que equilibrarse al caminar y ese avanzar como con pasitos y movimientos de cabeza acompasados de izquierda a derecha? ¡Pues así! ¡Los tíos son los maestros del ANDAR HEAVY!

Como son amigos desde la infancia, o casi, y tienen una especie de relación de amor-odio (más amor que odio, es verdad) parece que se produce entre ellos una especie de equilibrio en la chifladura de conseguir volver a las listas de ventas: cuando uno flojea el otro lo anima y viceversa y, cuando ambos se frustran, llegan a las manos (sólo un poco) para poder hacer las paces y volver a autoconvencerse de que lo conseguirán.

Pese a que pudiera parecer enfermizo en cierto modo entiendes un poco mejor como tenían que ser las relaciones Lennon-McCartney, Ulrich-Hettfield, Brian Wilson-Dennis Wilson…pero, lo más escalofriante, es que te das cuenta que habrían sido igual de caóticas, insanas y malrolleras o igualmente sanas, buenas y cósmicas si estos músicos no hubieran tocado más que en tugurios de mala muerte.

Y ahí están estas almas cándidas, viviendo a su bola cuando, de pronto, una promotora de conciertos (bueno, en realidad una italiana que no se entera de casi nada) les escribe para decirles que les ha preparado un Tour por Europa de más de un mes cargado de fechas en países como Croacia, Hungría, Polonia, Holanda, Bélgica, Rumanía, España…

Los Anvil vuelven a la carretera.

Y entonces ocurre lo que esperas que ocurra: una gira mal diseñada, con garitos semivacíos (dos personas en algunos), viajes en tren, retrasos, malas planificaciones. Si Anvil son el reverso pobretón de Metallica, su gira parece, sin lugar a dudas una caricatura de lo que son los tours de KISS.

Pese a todo Anvil sigue adelante y quiere grabar un disco. ¿No han tenido suficiente? Pues no. Quieren volver a grabar un disco que suene tan bien como los que grabaron en los 80 y, bueno, la leyenda continúa en una especie de espiral terrible de bajonerismo y mala hostia a duras penas contenidas.

Aunque la cosa se pone negra, Anvil sigue en la brecha y…la resolución final del invento tiene como trasfondo un concierto en Japón (¿Se acuerdan del final de “Spinal Tap”?).

Humana hasta las cachas, Anvil: el sueño de una banda de rock es uno de esos documentales de una sola pieza sobre los que cruzan no solo las razones mismas que llevaron a Sam Dunn, un antropólogo de espíritu metalero, a indagar las razones de “lo heavy” en su "documetal"  Metal: A headbanger´s journey o incluso el espíritu de películas como Siempre locos (la reunión de un grupo de vejestorios que fueron famosos una vez en una gira lamentable) o Rock Star (Esa película que intenta resumir no se todavía si en clave de comedia o de cosa seria toda la historia del heavy metal en un poco más de 90 minutos) sino la sagrada misión de un incansable fan de Anvil, su propio director, por recuperar la historia de la banda de sus amores y esa tenacidad y ese espíritu de permanecer contra viento y marea pese a los evidentes cambios históricos, de gustos, de costumbres es lo que debe de haber mantenido al heavy, al sonido y al tío ese de la chupa de cuero que sostiene una birra en el fondo de la barra, casi en el mismo sitio desde 1980. Por cierto, un ejercicio el de Sacha Gervasi que parece el mismo que impulsó a Cameron Crowe a rodar Casi famosos, un recorrido sentimental  autobiográfico y quasi histórico (y digo quasi porque la película parece es un recuerdo recubierto de caramelo-nostalgia) a mayor gloria de todas aquellas bandas que el precoz director/escritor conoció cuando era el colaborador más joven de la revista Rolling Stone.  

Si Kiko Amat, en esta desacertada crónica de un concierto de Saxon celebrado en Barcelona, tilda a “lo heavy” como un cúmulo de baratería machista con tendencia a la endogamia (y lo que es peor, como una especie de “cosa de pobres” o “matones”) con argumentos que podrían ser utilizados a la contra para reírse de un concierto de los actuales The Who (igualmente viejos, incluso más) o del ambiente general que se respira en un show de cualquier otra temática donde también puede identificarse la estupidez con bastante facilidad, Anvil habla de un sentimiento, un sentimiento que es infantil y un poco chorra. Habla de una carrera contra el reloj y la realidad.

Si la postmodernidad se basa en la revisión crítica del pasado desde un punto de vista sarcástico o directamente cínico (la de los 80-90 se rió a gusto de los progres de los 70 y la actual revisita con igual tono y ritmo a la de los 80 mientras sacraliza a la de los 90 a las espera que la siguiente nos ponga a nosotros en la picota…va a ser un espectáculo ver a unos tíos reírse postmodernamente de una obra postmoderna como “Muchachada Nui”) es posible que los Anvil, y “lo heavy”, identifiquen su legado musical y cultural con una especie de identificación con lo auténtico y, créanme, esas cosas que detectamos con lo “auténtico” no tienen más razón, ni se presentan con más fuerza ante nosotros que cuando uno es un adolescente y será por eso que Lips y Robb viven en una eterna pubertad.

Una caricatura, es posible, pero sólo si se mira desde fuera. Un homenaje naïf a un estilo de vida naïf que se merece, como todas las cosas raras, un documental que esté a la altura.


BOLA EXTRA

Por cierto, así eran Anvil en 1984 cantando "School Love"...


Y, no es por nada, pero comparen el primer fraseo de Lips con el arranque de Fortu de Obus en "Vamos muy bien", jitazo patrio también de 1984. Se parecen un huevo. Por cierto, Obus aún pueden decir eso de "aún nos mantenemos en pie y ya no pararemos hasta no poder ver" (ya sea por el ciego o por las cataratas propias de la edad).

jueves, 1 de julio de 2010

"King of Kong"



He visto King of Kong (2007, Seth Gordon) un documental que me ha pasado mi colega el actor portugués Zé Bernardino y la he gozado. Va de la historia de Steve Wiebe un profesor de ciencias de Redmond (Washington) que intenta batir el record mundial de Donkey Kong, el video juego.

En el momento en el que se rodaba el documental ese record estaba en manos de Billy Mitchell conocido como "El mejor jugador de videojuegos de la historia" ya que había sido la primera persona en hacer una partida perfecta en Pac-Man, ostentaba el record de Centipede, Burguertime y Donkey Kong Jr.

Gracias a ello Billy Mitchell pudo abandonar el noreste de los EE. UU e irse a vivir a Hollywood...bueno, no al Hollywood de las película sino a una urbanización del mismo nombre cercana a Miami (Florida) donde se ha hecho con un capitalazo gracias al negocio de salsas picantes que dirige. Mitchell, una persona con un ego desmadrado dice de sí mismo en el documental que hablar de su persona genera la misma controversia que hablar del aborto, se pasó varias décadas viviendo de las rentas de sus logros frente a las máquinas de los bares pero, cosas de la vida, en si camino se cruzó Steve Weibe.

Steve es una de esas personas que intentó triunfar en casi todo: de adolescente fue un prometedor jugador de beisbol retirado antes de alcanzar los campeonatos regionales por una lesión, después lo intentó con la música y pese a que aprendió a tocar la batería y el piano de una forma magistral y su grupo comenzó a destacar en la siempre exigente escena de Seattle (ciudad cercana a Redmond) no pudo superar una especie de pánico escénico que lo apartó de las escenarios también de forma prematura. Acto seguido se trabajó en la empresa aeronaútica McDonnell Douglas donde tampoco consiguió destacar y acabó siendo profesor de Álgebra.

A estas alturas ya habrán descubierto que Steve es una persona con un desorden obsesivo compulsivo del que su mujer, una santa, define de esta manera: "A veces es desesperante que Steve descubra algo nuevo...entonces sólo se interesa por eso y no quiere hacer nada más. Hasta que encuentra otra cosa".

La historia del perdedor frente al ganador se representa en un universo paralelo de frikis que dan grima (nada que ver con los entrañables bichos de The Big Bang Theory) que pululan por Salones Recreativos infectos y pasados de moda. Tan pasados de moda que Mitchell, un tipo que se viste como Chuck Norris y tiene el pelo del cantante de Modern Talking, es simplemente el modelo a seguir, el tío guay, el macho alfa, el puto amo. Tramposo, bajonero, egomaniaco y manipulador hasta el tuétano es el perfecto malvado de esta cinta donde el presunto héroe tampoco es que sea un dechado de virtudes y la cosa funciona no como en Rocky sino más bien como en The Office donde el listón más alto lo ponen el que hace más el mamarracho. 

Con mucho pulso y mucha intriga se desarrolla este documental que alcanza algunas cotas míticas durante su metraje y que consiguió despertar la conciencia de otros tantos frikis que al saber de la historia de los records en este campo y sin estar dotados nada más que para ponerse delante de una pantalla de ordenador han atacado los records de Weibe y Mitchell (y otros igualmente míticos) alegrando una parcela oculta y sinsentido de la competición y, de un tiempo a esta parte, ni Mitchell conserva algunos de sus records lo que le ha obligado a volver a competir para recuperar el trono, ni las salas de recreativos estuvieron tan llenas de adultos no a la búsqueda de un roce ilegal sino de domar al Gorila más famoso que jamás combatió contra un fontanero italiano.  

sábado, 3 de octubre de 2009

Il Corpo delle donne

He encontrado un estupendo cortometraje documental llamado "Il Corpo delle donne" (traducido al español) que reflexiona sobre la imagen que los medios de comunicación muestran de las mujeres. Sus autores, italianos, se han centrado en la escalofriante programación televisiva de su país para la pieza aunque, echándole un vistazo, es posible que lleguéis a la misma conclusión que aquí mi menda: esto tenemos que verlo dentro de muy poquito aquí mismo y con gran éxito de crítica y público. Es más, salen imágenes del "Mujeres, hombres y viceversa" italiano que dan escalofríos.
Mientras esperamos al estreno del largometraje documental "Videocracy" (Eric Gandini, 2009) y que gira alrededor de la estética de la televisión italiana y su conexión con el actual gobierno y la moralidad reinante en el país transalpino no está de más comprobar como siempre hay gente que está dispuesta a dar otra cara de las cosas.
Que lo disfrutéis.

martes, 11 de agosto de 2009

"American swing": tiempos sucios y divertidos


En los años 70 Nueva York se convirtió en la capital oficial del mundo occidental. Pasados los febriles y comunitarios 60 la intelectualidad abandonó atropelladamente el Oeste huyendo del violento y repentino invierno que aniquiló la primavera de las flores y se volvió a refugiar en los 70 para inaugurar una década más individualista.
A toro pasado la clase media norteamericana comenzó a asumir los cambios que la revolución hippie había propuesto, y que hasta ese momento se habían considerado como descabelladas, y se generalizaron las protestas contra la guerra de vietnam (mucho más amplias y virulentas), se comenzó a liberalizar el mercado editorial, la industria cinematográfica entró en una barrena (que fue mitigada por una nueva generación de barbudos que hacían cine de autor) y, en general, la perspectiva de una vida menos encorsetada se hacía bastante patente.

Las convulsiones sesenteras (una década llena de crímenes de estado, revueltas sociales y raciales, el recrudecimiento de la guerra de Vietnam, el terror nuclear y la Guerra Fría...) habían desgastado poco a poco a los norteamericanos de USA y los sumió en una necesidad de divertirse (algo parecido le pasó a la corte Española, sólo a la Corte, cuando murió Felipe II y subió al poder Felipe III...pero esa es otra historia) y sobre todo de conocer otros mundos que estaban en este...nada más y nada menos que subirse al carro de eso que se llamó Revolución sexual.

Nueva York se convirtió en toda una referencia por distintas razones,por un lado había asumido definitivamente la capitalidad intelectual (dejando a los californianos el negocio de la televisión y el cine de entretenimiento) pero también asumiría la de la capital del entretenimiento para adultos y sólo para adultos.

Studio 54 así como otras grandes discotecas inauguraron la etapa del disco, una etapa famosa por los cambios de consumo (de hecho EE.UU. parecía querer resarcirse de una década en la que se había hecho bandera del "no consumo") en el campo de la moda (la gente comenzó a vestir como si todas las noches hubiera que asistir a una fiesta), la música (sonidos más urbanos, nacidos en los clubes, hechos por grupos nacidos en los cinturones industriales de las industriales ciudades del norte) y también de las drogas donde se dejó paso a las sustancias de consumo comunal que garantizaban experiencias comunales (básicamente alucinógenos, opiáceos y marihuana) para meterse de lleno en la cocaína que garantizaba 100% de pasotismo inducido químicamente y luego, un poquito más tarde, del consumo masivo de la heroína (no tan famosa en los años 60) y también esa necesidad de hedonismo de medio pelo.

Las películas X, estrenadas al principio con la etiqueta de películas científicas, comenzaron a hacer esa labor. Unas películas que no podrían haberse estrenado nada más que cuando la industria del cine necesitó una inyección monetaria extra y decidió saltarse a la torera el código Hays que había constreñido la creatividad durante unas cuatro décadas.

El interés de los americanos por el género ínfimo, circunscrito básicamente a chungas emisiones privadas de películas ilegales o europeas, se disparó en aquellos años de tal modo que "Garganta profunda" (Gerard Damiano, 1972), que había costado 25.000 dólares recaudara más de 600 millones de dólares o que otras películas como "Tras la puerta verde" (1972, hermanos Mitchell) fuera de las más taquilleras del año, también que Playboy o Hustler alcanzaran su esplendor en estos años abandonando por completo el lugar de semilegalidad de la que habían (no) disfrutado.

Tan necesitados estaban los norteamericanos de impulsos y de nuevas experiencias que decidieron inaugurar (con el discreto patrocinio de Henry Kissinger) una liga profesional donde el Comos de NY ponía el glamour y los grandes jugadores (Chinaglia, Pelé, Beckembauer, Cabañas, Neeskens...) mientras que los San Louis Earthquakes ponían el oficio y los títulos...al menos al principio.
Esta historia se puede ver en el divertidísimo documental "La asombrosa historia del New York Cosmos" (2006, Paul Crowder&John Dower) que resume la historia oculta de este chiflado experimento deportivo y que tiene mucho que ver con el documental "American swing" (2008, Jon Hart&Matthew Kauffman) que trata de la historia de uno de los personajes más bizarre de la historia de Nueva York: Larry Levenson.

Conocido como el "Rey del Swing" su apodo no le venía por mover bien el palo de golf, ni tampoco por cantar como Frank Sinatra aunque llegó a tener tanta fama como él. Lo de swing le venía por ser el rey de los swingers o, lo que es lo mismo, el intercambio de parejas.

Aficionado a este tipo de prácticas desde los años 50, Larry era un enfebrecido aficionado al sexo. Muy trabajador pero muy mal empresario decidió unir su afición (zumbar) con su sueño (hacerse rico) y se dio cuenta de que todos los intercambios de parejas se producían en el ámbito privado, dentro de domicilios y entre personas que comenzaban a aburrirse de estar siempre juntos. Larry se fijó en que los bares gays ofrecían fiestas de sexo liberal y abierto y que el ambiente llevaba bastante adelanto en lo que a esa materia se refería. De ese modo decidió calcar el modelo de negocio y alquiló una vieja sauna gay neoyorquina para abrir su primer y único negocio: Plato´s retreat. O, lo que es lo mismo, el Retiro de Platón.

Semejante chiflado nombre convirtió su local en un lugar de referencia y, de buenas a primeras, lo convirtió en todo un personaje que se sentaba todas las noches en un trono junto a su novia (y socia) Mary.

Contado con ritmo y con gracia "American swing" hace un repaso del auge y la caída del local y del personaje, los personajes famosos que acudían con ganas de marcha (Richard Dreyfuss y el elenco de SNL, el actor porno Ron Jeremy que tiene como siempre mucha gracia en sus testimonios), escritores, periodistas, artistas y también el testimonio de clientes anónimos que recuerdan el lugar con una mezcla de caspa sentimental y pulsión naïf digna de ser vista. Aunque se queda un poco flojo o se oscurece en algunos aspectos interesantes -como la conexión de Larry con la mafia o la ruptura entre los dos socios- lo cierto es que te hace pasar un buen rato y te retrotrae a unos tiempos fugaces en los que el SIDA, uno de los asesinos del local, ni siquiera existía.

Cargado de material real que capta la deshinibición general y el rollo desenfreno un poco macarril que se respiraba "American swing" bien podrían servir para comparar semejante libertinaje con los actuales tiempos en los que parece que todo el mundo agradece eso de que el personal se la coja con papel de fumar.

Por cierto, puede verse aquí. Pero no digáis que os lo he dicho.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Vidas y esfuerzos









Mientras que La 2 elegía un horario innoble para emitir el documental Pablo G. del Amo (Diego Galán, 2005) en Telemadrid emitían Territorio Comanche.



En el primero se podía ver el repaso a una carrera y a una vida completamente plena contada por su propio protagonista y algunos personajes de excepción como Manuel Vicent, Carlos Saura o Fernando Fernán Gómez o Pepe Salcedo. Del Amo era un currante del cine, de profesión montador, un sastre de imágenes que le arregló los primeros trajes a Saura (La caza, 1966) entre otras cosas. De caracter difícil a veces el documental rescata una abrupta e interesante charla sobre el oficio de hacer películas que el maestro sostuvo con algunos alumnos improvisados como Eloy de la Iglesia o Jaime Chávarri en el homenaje que la Mostra de Valencia le dedicó en 1987. Un documental divertido e interesante, un buen show que se podía disfrutar supieras o no de la existencia de su protagonista.



Si zapeabas caías en el abismo de Telemadrid y su late night (Territorio Comanche) presentado por Cristina Tárrega. Un compendio del horror que si es sustituído por un programa cuyo único objeto es ofrecer imágenes de encapuchados destripando cachorritos y ahogando mininos en calderos de agua hirviendo para luego comerse el resultado nadie echaría en falta a la Tárrega, bueno sí, porque Territorio Comanche seguiría siendo recordado como un horror peor.



En realidad es normal que existe un programa como ese: es muy barato y necesita de muy poco esfuerzo técnico y ético para levantarlo. Poco esfuerzo. Lo malo es tan abundante que, de hecho, crece dentro de nosotros. Sacarse de la manga un shows de freaks u otros espectáculos del mal rollo de toda índole dirigido por casposos que traen a otros casposos para hablar de cosas casposas es viejo como la mierda. El documental sobre un cineasta merece de mucha más enjundia, más trabajo, un poco más de dinero pero, sobre todo, una enorme dósis de buenos sentimientos que es algo que no crece en los árboles.


Ayer le tocaba largar a Jaime Peñafiel que se comportó como las hienas de El Rey León: se puso a echarle la peta a la Infanta Leonor. Se le caían las babas blancas por las comisuras de los labios y daba mucho asco y mucha pena que alguien pueda hablar de los mismos temas durante dos horas diarias en diferentes programas de una misma cadena sin que nadie desfallezca de puro empacho.



Pablo G. Del Amo decía que jamás había vendido su integridad profesional ni ideológica poniéndose al servicio de un trabajo que la comprometiera y por esas cosas fue encarcelado y depurado. El ex bufón de la Corte se ha vendido tantas veces que ya no hay manera de escribirle un precio legible en la etiqueta ni manera de escribir el nombre de otro dueño en la filiación canina.



Maneras de vivir, cuestión de esfuerzo...Por 72.000 euros puedes disfrutar de la presencia en plató de la novia del tipo que mandó a la UCI al profesor Jesús Neira para recriminarla, insultarla y decirle que es una mala persona. En el mismo precio va incluído que, al final de la charla, le recomiendes que si quiere tener limpia su conciencia lo done a una Asociación de mujeres maltratadas...sin decir claro está que Telecinco debería de haber hecho lo mismo con el dinero que esa noche recaudó en publicidad gracias a tan mediática presencia.

Eso es como si un señor contrata a una prostituta y, después del servicio, le entra la mala conciencia, cae en la cuenta de lo que ha hecho, y le dice a la profesional que done el dinero a la iglesia si es que no quiere ser toda la vida una pecadora y, al salir de allí, el chulo te da una propina.

Dice Pablo G. del Amo en su documental que su madre tenía una vieja máquina de coser Singer..."un día vino un señor de la marca y le cambió el pedal de la máquina por un motor para que no tuviera que hacer el esfuerzo. Estuvo, yo que sé, toda la mañana o toda la tarde enseñándole a manejar aquellos botoncillos...pero mi madre ya sabía coser, si mo madre no hubiera sabido coser ojales ¡Para qué le serviría tanta tecnología!"

Pues con la tele es igual. A veces da la sensación de que las que la manejas saben bien como se rompe un ojal pero no arreglarlo y mucho menos coser y mucho menos manejar todo el amasijo de cables y de cámaras y de conciencia y alguien tendría que enseñarlos. Quizás así no tendríamos miedo de hacer zapping.