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jueves, 23 de junio de 2011

Trajes a medida.


Se acabó la ACB con un contundente 3-0 a favor del Barcelona el dominador de principio a fin de la competición. El Bilbo Basket fue un digno adversario pero no pudo contener durante mucho a un equipo-rodillo enfurruñado por su derrota, más que justa, en la gran competición europea. El Barça quería irse de vacaciones e irse rápido porque le esperaban, sobre la mesa del despacho, tres despidos (Anderson, Basile y Morris) y la despedida de Ricky Rubio que, dos temporadas después, ha decidido olvidarse de los buenos consejos de Aíto García Reneses y, siendo todavía casi un juvenil, va a militar en los Minnesota Timberwolves. Pese a que este humildísimo aficionado le desea a Rubio lo mejor no deja de recordarle que la NBA es un regalo envenenado donde se estrellan muchos talentos, donde mucha juventud ve parado su desarrollo porque a la liga estadounidense se tiene que acudir con los deberes hechos, siendo ya un deportista que tiene el aprendizaje completado. No creo que sea el caso de Rubio (capaz de lo mejor, de lo peor, del enchufe absoluto o de la desconexión máxima) como tampoco fue, en su momento, el de Sergio Rodríguez que ha visto, no se si definitivamente, detenido su aprendizaje de una forma brutal hasta el punto de que ha vuelto de USA siendo, más o menos, el mismo jugador que era pero, con el handicap, de que ya no se le perdonan sus defectos. 

Hace unos cuantos años el Madrid de Basket que lideraba Sabonis acabó también con la ACB por la vía rápida. De manera contundente, casi sin resistencia. El Madrid había ganado sus dos partidos en casa y se enfrentaba al Barça en su casa. Tercer partido. El Madrid abajo en el marcador y con Sabas en el banquillo mirándose las rodillas. Parecía que el conjunto blanco entregaría la cuchara, que alargaría la serie un partido más, que le daría la razón a los comentaristas futboleros que, año tras año, siguen empeñados en asegurar con media sonrisa que todo está medio pactado para que se llegue a un quinto partido, para que suba la audiencia, la emoción, la venta de entradas...pues no, Sabonis bastante encabronado pidió entrar en pista y en menos de lo que se tarda en decir "Zar de Lituania" enfiló el camino del partido hacia la victoria aplastante. En un gesto completamente chulesco se permitió mirar hacia su banquillo y decirle a su compadre Rimas Kurtinaitis una frase decisiva en lituano: "¡Rimas, nos vamos de vacaciones!". Fin. Eran otros (y gloriosos) tiempos.  

Este año el Madrid también ha terminado su participación en la ACB de manera abrupta. Cayó en semifinales frente al Bilbo Basket demostrando una capacidad más que obscena para parecer un pollo sin cabeza. Capaces de lo mejor y de lo peor el equipo blanco llegó a la final de la Copa del Rey (donde aguantó lo que pudo frente al Barça), llegó a la Final Four europea (donde naufragó estrepitosamente perdiendo incluso el partido de consolación) y, bueno, llegó a las semifinales de la ACB. 

El Power Electronics Valencia ha sido, más o menos, la medida del equipo blanco y ha marcado su tope durante toda la temporada. El equipo valenciano le tomó la medida a los merengues y forzó un quinto partido en la semifinal europea y en las semis de la copa. Se podría decir que ambos equipos han rayado a un nivel parecido en ambas competiciones. Ese era el espejo y ese ha sido el reflejo. 

Lo demás todo un espejismo que comenzó con el enésimo discurso ilusionante de Florentino Pérez que prometió devolver al Real Madrid de Basket a la élite. Para ello no se anduvo con tonterías y fichó al que tildó de "mejor entrenador del mundo": Ettore Messina. Sin entrar en otras valoraciones, ya repetidas hasta la desesperación, Messina fue apoyado en el cargo por Antonio Maceiras (con vitola NBA) y con un presupuesto astronómico de 28 millones de euros. Entró a saco y, sin cortarse un pelo, decidió cortarle el cuello a Raül López y a Hervelle para, un poquito más tarde, hacerle la guerra a Louis Bullock. Los tres jugadores habían sido piezas determinantes del modelo de juego de Joan Plaza, que fue despedido del club por la directiva de Florentino con un sonsonete que nos suena a otros momentos vividos en la Casa Blanca: Plaza no tenía caché para sentarse en el banquillo del Madrid...pese a que, en su primera temporada, había conseguido alzarse con la liga ACB y la ULEB (arrasando, por cierto). 

Recordándonos los momentos de la "era Scariolo" la sección de Basket se ha convertido en un mercadillo de jugadores de toda especie y ha terminado con Messina poniendo su dimisión fulminante perdido en batallas con la plantilla que en poco, o nada, le beneficiaron en ningún momento. Ahí nos dejaron a Lele Molin, su segundo, que quiso continuar la etapa Messina sin Messina con unos paupérrimos resultados. 

Florentino Pérez, y el Real Madrid (nómbrese con la convicción con la que el presidente blanco nombre siempre al club), han despertado de sus "sueños imperiales" (por enésima vez) y azuzados por la crisis y por esa picadora de dinero que parece ser el equipo de fútbol que funciona con la lógica aplastante de que se pueden pagar 10 millones de euros por un jugador llamado Varane (18 años, proveniente del Lens) pero no aportar esa misma cantidad para pagar media temporada de una plantilla entera de baloncesto han dicho "BASTA". Llegó Florentino y mandó parar. Reducción de presupuesto del 18% y una contraseña: perfil bajo. 

No entiendo como un club como el Real Madrid, tan acuciado siempre por hablar de historia, tradición y títulos puede arrastrar a su equipo de baloncesto (el más laureado del mundo, por cierto y donde han militado algunos de los mejores jugadores de la historia) hasta los puestos del 5º al 9º (si hay suertecilla) de la tabla. 

Lo más acojonante de todo es que mientras el Barcelona (o el Caja Laboral o el Powers o el propio Bilbo basket) han terminado la temporada preparando la siguiente el Real Madrid está paralizado administrativamente. Completamente paralizado. El recorte ha llegado antes a los medios que a los interesados y, lo mejor, desde la prensa futbolera (es un insulto llamar a esto prensa deportiva...que me perdonen profesionales como Martín Tello) se ha tildado el fichaje de Pablo Laso como poco menos que "desilusionante". Otra vez la lógica aplastante: Varane puede estar en portada, la selección de basket o de balomnano, jamás de los jamases. 

Con la baja anunciada de Prigioni (el cuarto argentino que fracasa tras Ariel Eslava, Lucas Victoriano y Pepe Sánchez...hay que mirarse eso rápidamente...) y la más que probable de Clay Tucker a Pablo Laso le quedan en plantilla: Rodríguez, Llul, Vidal, Suarez, Mirotic, Tomic, Reyes y Velickovic (lo ha pedido Laso pero hay que negociar una ampliación de contrato a la baja). Tendrá que decidir sobre la continuidad de D´or Fischer y de Begic....dicho así no parece un mal plantel. Sinceramente, parece increíble que Ettore "Mejor entrenador del mundo" Messina no haya sacado algo más a estos jugadores. 

En las catacumbas resuena la posibilidad de elevar al primer equipo a Froehlich, Jodar (¿qué pasa con las lesiones de este muchacho?) o a Arteaga. Todas futuras promesas o ya no tanto. 

Por delante Laso tiene que cerrar el fichaje de Jaycee Carroll y, quizás, sondear a Anderson (no vino el año pasado por cuestión de pasta pero queda libre), buscar otro base y afianzar el perímetro con aleros natos. Mucho trabajo y poco dinero: ¿se buscará en el mercado ACB o iremos a buscar eso que Ferrándiz llamaba "Money in the bank", es decir, jugadores buenos que estén en ligas europeas menores? 

Una incognita, como siempre, una falta de proyecto deportivo como siempre. Con el Madrid de Basket todos los años, este humildísimo baloncestero, dice lo mismo: que vendan el equipo si no lo quieren. Pero lo digo de mentira, la verdad, porque este equipo es como una novia a la que quieres mucho pero discutes mucho con ella y, cuando peor estan las cosas, piensas en las reconciliaciones, en las alegrías que te da de cuando en cuando, en que la quieres y en que nunca podrías querer a otra igual. 

Florentino le ha hecho un traje a medida a la sección, uno barato que no valdría ni para sobornar a un presidente de una autonomía, un traje poco reluciente, una chapuza de traje...sus sueños de dominación global pasan por fracasar, otra vez, en el fútbol pagando contratos millonarios a medianías cuando, ahí fuera, hay un montón de jugadores de basket, verdaderas estrellas, que vendrían por cuatro cuartos y que llenarían dos salas de trofeos. Pero eso, claro, es imposible porque el basket no luce, no da portadas, en AS y en MARCA no se habla de él, se le ningunea en las noticias televisivas...

Hace unos días hablaba de la posibilidad de que se implantara en el equipo de Basket una especie de "doctrina Guardiola" de esa que eleva la cantera a la santidad...un egregio madridista baloncestero lo ha dejado claro: "como empiecen a hablar de valores y a rascarse la cabeza me borro". También lo dice de mentira.

Confiamos en Laso, en que sea el entrenador que sacará lo mejor de la muchachada, que como Plaza nos regale momentazos durante la temporada...cuando gane títulos y enfile el equipo hacia los éxitos alguien caerá en la cuenta de que el Basket vuelve a importar y se sacará de la manga que quiere convertirlo en la primera franquicia NBA en Europa o que quiere traerse a gente que responda a los "cánones de la historia blanca, a sus triunfos, a su leyenda, que lo eleve a la categoría internacional y de prestigio que tiene el equipo". Volverán a fracasar pero, durante un pequeño tiempo, nos volveremos a enamorar perdidamente. Esto es así y no hay vuelta de hoja. La temporada que viene, si Thor quiere, nos vemos todos en la Caja Frígida de las narices...

Nota del Insustancial: Gabinete Caligari canta este amargo pasodoble que cuenta el despertar de los sueños de grandeza, de darse cuenta de que uno no va a recuperar las glorias del pasado. Creo que viene al pelo.


lunes, 9 de mayo de 2011

El naufragio de la nave de los locos y las desventajas de aprender a nadar para morir ahogados en la costa


El vídeo original con sus imágenes bélicas puede verse aquí

"Habíamos salido a ganar; podíamos hacerlo. La, valga la inmodestia, por mi concebida, el duro entrenamiento a que había sometido a los muchachos, la ilusión que con amenazas les había inculcado eran otros tantos elementos a nuestro favor. Todo iba bien; estábamos a punto de marcar; el enemigo se derrumbaba. era una hermosa mañana de abril, hacía sol y advertí de refilón que las moreras que bordeaban  el campo aparecía cubiertas de una pelusa amarillenta y aromática, indicio de primavera. Y a partir de ahí, todo empezó a ir mal: el cielo se nubló sin previo aviso y Carrascosa, el de la sala trece, a quien había encomendado una defensa firme y, de proceder, contundente, se arrojó al suelo y se puso a gritar que no quería ver sus manos tintas de sangre humana, cosa que nadie le había pedido, y que su madre, desde el cielo, le estaba reprochando su agresividad, no por inculcada menos culposa. Por fortuna doblaba yo mis funciones de delantero con las de árbitro y conseguí, no sin protestas, anular el gol que acababan de meternos. Pero sabía que una vez iniciado el deterioro ya nadie lo pararía y que nuestra suerte deportiva, por así decirlo, pendía de un hilo. Cuando vi que Toñito se empeñaba en dar cabezazos al travesaño de la portería rival ciscándose en los pases largos, y para que decirlo, precisos, que yo le lanzaba desde el medio campo, comprendí que no había nada que hacer, que tampoco aquel año seríamos campeones". 

Este es el comienzo de la novela "El misterio de la Cripta embrujada" escrita por Eduardo Mendoza. Formaba parte de las lecturas casi obligatorias del BUP de mi época y, si mal no recuerdo, me la encontré por primera vez en un libro de lectura de sexto de EGB así, del mismo modo, extractada para que con ella hiciéramos ejercicios de aquello que se llamaba comprensión lectora. 

Hoy lo copio aquí para que sirvan las sensaciones del anónimo protagonista de dicha novela (y de dos partes posteriores tituladas "El laberinto de las aceitunas" y "Las aventuras del tocador de señoras") para plasmar en cierto modo las sensaciones que he tenido durante la participación del Madrid de Basket en la Final Four celebrada en Barcelona este mismo fin de semana. Exactamente desde la primera canasta de Ante Tomic hasta el triple mortal de Pnini (jugador del Maccabi de Tel-Aviv) sentí que, a lo mejor, se produciría el milagro. Los cuatro o cinco ataques en tromba posteriores en los que el Madrid no fue capaz de anotar un punto y la mala resolución de las dos faltas antideportivas ocurridas durante ese tiempo deberían de haber sido suficientes para ponerse por delante en el marcador de forma escandalosa...al ver que, pese a los carrerones, que la muchachada blanca (vestida de negro) se estaba pegando no servían para nada frente a un Maccabi lento que parecía rodear al Madrid por todos lados supe, automáticamente, que ya no había nada que hacer, absolutamente nada que hacer. El Madrid volvía otra vez a oscurecerse y a meterse en ese túnel incomprensible de fallos, de ataques impotentes y de malos gestos que lo ha tenido atrapado toda la temporada. 

La excusa de la bisoñez de sus estrellas (Tomic, Mirotic, Llul, Rodríguez, Suarez...) solo vale a medias y no es una enmienda a la totalidad; el bajo rendimiento de los fichajes también es una excusa a medias porque puede diluirse entre todas las muchas personas que al parecer mandan en la sección subsidiaria de un club de fútbol millonario que no tiene empacho en pagar 1´5 millones de euros por un tipo llamado Faubert para que juegue 60 minutos en algo más de tres meses y, sin embargo, tira de la excusa de la falta de dinero para traerse a dos jugadores como Ingells y Anderson que le hubieran costado la mitad y que, sin duda, le hubieran dado al equipo las mismas alegrías que están dando al Barça. 

Es innegable que en el Madrid de Basket hay mucho talento pero muy mal explotado y monstruosamente intermitente: Reyes parece haberse diluido en las luchas intestinas de la plantilla y parece enfadado desde la marcha de Hervelle -todavía incomprensible- y la salida rara de Jorge Garbajosa. No es el Reyes que llevó al Madrid a la conquista de una Liga y una Copa ULEB. En ese rastro de intermitencia y gestos demenciales está Pablo Prigioni que ha querido alzarse con los galones de gran capitán pero que se muestra del mismo modo insolvente y también perdido mezclando grandes actuaciones con salidas de madre que tienen como objeto compañeros y aficiones (propias y extrañas), Tucker no es el cañonero que era en el DKV y D´Or Fischer es tan tranquilo y tan pastueño que tanto si se casca 19 puntos como si se va al banquillo con tres personales en cuatro minutos parece pasar completamente desapercibido. 

El Madrid además se enfrenta con la renuencia de los dos técnicos italianos que se han encargado este año de los designios técnicos del club de utilizar más y mejor a dos jugadores como Vidal y Velickovic. Lo del catalán y su paso por el Madrid raya lo completamente incomprensible. Es y será un gran jugador que, sin embargo, parece no contar con ninguna confianza ni de Messina, ni tampoco de Lele Molin (Messina 2) que lo ningunean aunque fuera necesario su concurso, aunque se necesite a un alero con más confianza que los que hay en cancha. Velickovic, ese jugador que vino con la etiqueta de "enorme", ha sufrido tantos cambios de posición, han intentado remover tanto su colocación dentro de las estrecheces tácticas que ni él mismo sabe por donde anda. Es raro que un tirador nato como este ya no tire, es raro que ni siquiera juegue. Su primera temporada en el Madrid trajo un enorme cabreo por su parte al ser cambiado de posición (algo que hizo medianamente público) y parece que ha sido estigmatizado desde entonces. Entiendo, de verdad lo entiendo, que es el cuadro técnico el que está con los jugadores, el que sabe de las debilidades y las fortalezas de la gente a la que dirige pero, sinceramente, la sensación de que todo se debe a cosas que no son nada deportivas me hace pensar en una enorme falta de sentido común o en una gigantesca italianada. ¿Y Begic? ¿Que me dicen de Begic? ¿Para qué ha venido Begic? ¿Por qué nadie se acuerda de Begic? 

Nos quedaba aferrarnos a Llul y a su nervio (23 puntos en el partido por el tercer y cuarto puesto...), a que su acierto nos mantuviera dentro del primer partido pero no llegó la caballería. Desgraciadamente el jugador menorquín anda arrastrando una cierta falta de potencia física desde que se lesionara meses ha y no parece poder plantar batalla. Mala suerte y mala planificación cuando para mantenerte tienes que tirar de un tipo tan joven al que ni siquiera el seleccionador nacional ha dado la suficiente confianza. Tampoco nos ha quedado la baza de agarrarnos a Mirotic, Tomic o a Suarez que también forman parte de ese caudal de talento por explotar del que disfruta la plantilla blanca. Son futuro como lo fueron en su momento Radja, Kucoc, Tabak o Perasovic...sí, aquellos muchachos yugoslavos desconocidos que formaron la Jugoplastika que dominó Europa de 1989 a 1991 pasándole por encima al Barça en tres ocasiones y aligerando la carga histórica de Maccabi y el cheque sin fondos que fue aquel Aris de Salónica de  Gallis y Yannakis. Ellos tampoco tenían demasiada experiencia en aquella primera Final Four de Munich a la que concurrieron pero aplastaron a un conjunto cargado de experimentados jugadores donde estaban Epi, Solozabal, Sibilio, Jiménez...no todo es una cuestión de inocencia competitiva, a veces el talento explota antes, a veces el talento sí es lo que define a un equipo y la sabia dirección del mismo, saber dirigirlo hacia algo hace que los títulos vayan cayendo sin tener en cuenta el curriculum previo. 

Ahí tienen ustedes a Sergio Rodríguez. El claro ejemplo de un jugador con grandes dotes que, sin embargo, cometió el error de marcharse a la NBA demasiado pronto, cuando todavía estaba en esa progresión. El canario no sabe si actúa de base o de escolta, si tiene que tirar, si tiene que jugársela en una entrada cortando la zona o pasarle a un compañero. El caso de Rodríguez debería de servir como aviso a navegantes para todos los europeos que dan el salto a la liga americana: a USA o se va aprendido o se vuelve con las cosas a medio hacer. Desde la desaparición de Pitino de la liga profesional, y de otros entrenadores de corte antiguo (quiero decir, de esos tíos que sabían y disfrutaban enseñando) no hay sitio en las franquicias de la NBA para jugadores que no combinen el ABC del deporte de la pelota naranja con un sentido carnívoro de la competición. Sergio ha perdido dos años en una aventura que solo le ha reportado una experiencia deportiva vacía y un retorno, paradójicamente, a un club que está a medio hacer y que por cuestiones meramente históricas no tendrá paciencia y por cuestiones meramente económicas (no hay dinero para un buen jugador de baloncesto, sí para la política futbolera de Fauberts y Secretarios) es posible que no lo mantenga más de otra temporada en plantilla. 

Si el Madrid se hubiera tenido que agarrar a Fhroelich, Beirán, Jodar, Sanz o Kasse (todos de la cantera) sí hubiera sido válido hablar de falta de experiencia pero, sinceramente, los problemas que ha demostrado tener el Madrid de Basket son otros. Demasiada intermitencia, demasiados nervios, demasiado diamante en bruto y muy poco crédito en la actualidad.

Tras este fin de semana en el que el Madrid ha naufragado contra Maccabi y Montepaschi es posible que esté tan dolido como fan que no sea capaz de sacar nada positivo del paso del equipo de mis amores por esta Final Four. Yo, cagón de mi, y cuando la cosa estaba tan fea me lamentaba diciendo: "En la ULEB los hubiéramos pateado, somos de la ULEB". Es posible que ese sea el nivel en el que hay que crecer, si es que el Madrid de Basket quiere crecer ganando títulos, si quiere crecer sin ganarlos no lo hará porque hay, como en las casas de los nobles arruinados de las novelas decimonónicas, mucho orgullo para no arrastrar el escudo nobiliario pero muy poco parné para hacer reforma. Los más fanáticos dirán que la temporada no ha estado mal, que se ha llegado a la final de la Copa del Rey, que se ha llegado a la Final Four y que el equipo está en disposición de llegar al play off final de la ACB. Nadaremos para ahogarnos en la costa lamentando no contar con un equipo maduro para afrontar los grandes retos, enquistados en esa mentira de que todas las derrotas saben, este año, a futuro. Fracasará este proyecto, se depurará a dos o tres jugadores que serán sustituídos por otros dos o tres jugadores y llegará septiembre y la Supercopa y volveremos a sufrir otro año más de derrotas estrepitosas (Fuenlabrada, ese es el dato), peleas con Power y Caja Laboral y a esperar con una victoria en toda la temporada cuando el Barça esté peor. Lo importante es que Florentino no gaste mucho y que no nos quite el Madrid de Basket, que sigamos hablando de nuestro pasado glorioso, de Itu, de Corbalán, de Aitken, de Luyk, de Lolo, de Martín, Brabender, Biriukov, García Coll, Sabonis, Arlauckas...en el fondo de la cuestión quedará que se fichaba bien porque había gente en la sección que sabía mucho y que ahora, a día de hoy, hay mucho talento en bruto pero nadie capacitado para dirigirlo hacia la victoria final. 

Podríamos haber apelado a la épica, haber batido a Maccabi y llegar a la final contra el Panathinaikos para extender un poco más el espejismo. Hubiera sido contraproducente, hubiera sido malo porque vale, estábamos para un milagro, para un in extremis pero, sinceramente, no para dos. El Madrid de Basket es un arma cargada de futuro, nadie lo duda, pero también es un arma cargada a secas, una plantilla donde hay jugadores que no tocan bola incomprensiblemente, donde los veteranos se muestran nerviosos y acomplejados, donde se habla mucho de tradición, de historia, de colores porque, a lo mejor, nadie sabe qué coño va a pasar en quince días dentro del club. Nunca nos dijeron que la gloria estaba tan cerca y, en realidad, nos despertamos tan lejos de la misma.


Este último acto europeo ha sido un bofetón de realidad de grandes proporciones, un aterrizaje de emergencia en un nuevo territorio desconocido. Por usar un símil taurino viviremos de aquí a final de temporada de esa especie de "curroromerismo baloncestístico" que nos ha mantenido a flote, tejiendo lo sublime con lo catastrófico, a día de hoy estamos lejos de cualquier gesta o, a lo mejor, cerca de dar una campanada en la liga como hicimos con el TAU y aquel canastón de Herreros o contra el Barça en la liga de Scariolo y aquel partidazo de Djorjevic o en fechas más cercanas cuando Plaza le sacó jugo a Reyes, Smith, Tunceri, Hervelle, López...estamos para dar la sorpresa, como todos los equipos pequeños. El Madrid de Basket es un equipo pequeño que rema entre los grandes de su liga y de Europa, no es el Real Madrid de Fútbol que navega en pos de las grandes glorias deportivas que campean por España (y el universo), es un histórico que vive un momento extraño y que parece tener la cabeza todavía en un baloncesto desaparecido donde reinaban las grandes escuadras extranjeras como el Scavolini, la Cibona, el Zalguiris, el Banco di Roma, el Tracer de Milán, el CSKA de Moscú, el Limoges...aquello ya se fue, aquello ya no existe...el Madrid de Basket de hoy es otra cosa, está a otro nivel, tiene que plantearse otros objetivos. El Madrid de Basket es una cosa de románticos, de chiflados, como los de la novela de Eduardo Mendoza y se tendrá que consagrar a su propia chifladura para intentar dar la campanada o, como las tropas de Toro Sentado, enfrentarse al Séptimo de Caballería (barcelonista, valenciano, macabeo, vitoriano...) lanzando los caballos a toda máquina para que resulte un Little Big Horn o el Cedar Creek al que estamos acostumbrados. Es lo que pasa cuando no se tienen generales ni dentro, ni fuera del campo y nos dirigen las fuerzas de la improvisación y el desastre.

Nunca, jamás, en toda la historia del Madrid de Basket ha sido tan acertado eso de que nos llamen Vikingos aunque solo sea porque toda la estrategia parece ser desembarcar y arrear a ver si hay suerte, nunca ha sido tan descriptivo el hecho de que la peña mayoritaria de seguidores madridistas se llame "Bersheker", ya saben, es ese estado espiritual loquísimo de máxima violencia irracional en el que entraban en trance los guerreros nórdicos en plena batalla, un alarido, un berrido a la historia, algo tan casual como el acompañamiento de las musas o que estas te sean esquivas. Un maldito despelote.

El año que viene fichen a Piti Hurtado (llevo insistentemente pidiendo el fichaje de Hurtado y del americano Paul Shirley desde hace años), por favor, seguro que no se da tanto pisto y que saca petroleo de los más jóvenes (y además es de Cáceres). Traigan a Julbe, al que se sacó de la manga lo del BA-LON-CES-TO y nos hizo campeones del mundo, por favor, ya tenemos suficientes mandones, ya tenemos suficientes guardianes de la historia, la moral y la tradición...juguemos con lo que tenemos, abramos las ventanas que comienza a oler a cuco y pongamos a cada uno donde le corresponde y a hacer el  trabajo que le corresponde. Olvídense del pasado de una puñetera vez y comiencen a trabajar en el futuro de verdad.

Nota del Insustancial: "Empire" fue el primer single del disco homónimo de la banda británica Kasabian. El potente tema y el videoclip original de temática bélica (he dejado el enlace arriba) lo hacían perfecto para esta entrada...bueno, también ese rollo de que la canción se llame "Imperio", ya saben imperio caído...todo un poco torpe como siempre. Disfruten. 

lunes, 7 de marzo de 2011

Messina, no country for trainers


Sergio Scariolo la cagó en el Real Madrid. Se llevó una liga extraña, último partido en el Palau con un Djorjevic excelso y haciendo el yugoslavo, pero lo demás fueron todo escándalos. El último fue intentar largar a Alberto Herreros porque, como dice la norma, nadie puede brillar más en la plantilla que un entrenador estrella de esos brillantes. En el Madrid se ha sufrido a Fabio Capello y en el Atletico se sufrió con Sacchi (los dos italianos), todos los equipos en los que ha metido la mano Javier Clemente han sufrido el Síndrome de "solo una estrella en este equipo y esa estrella es su entrenador" y otros botarates con más o menos estilo han seguido esa línea de enfrentamiento entre el entrenador y sus mejores jugadores. 

Sabía que, más tarde o más temprano, Messina acabaría por hartarse de él mismo. Le está pasando a Mourinho en el equipo de fútbol de la misma entidad: vienen a España con la etiqueta de grandes, con la etiqueta de implacables, con la etiqueta de algo sentenciosos ante la prensa y, esos mismos pecadillos, le son devueltos y multiplicados por mil por unas entidades cuyos cargos directivos son capaces de creer que saben más que ellos, con una afición que puede ser más displicente que ellos y con una sensación general de que cualquiera puede hacerlo mejor que ellos. Bienvenidos a un país de irreductibles sabihondos llamado España. 

Nadie puede dudar del carácter algo tramontano de Messina, de que tiene ese rollo de megalómano detrás de una pizarra que ensayan otros megalómanos de nivel en la NBA como Phil Jackson. Tampoco de ese mismo caracter de "all mighty" que se ha gastado Mourinho o del que hizo gala Van Gaal que fue ridiculizado cientos de miles de veces por su obsesión por manejar los aspectos más bobos de la plantilla desde la forma en la que se colocaban en la foto hasta lo que comían sus jugadores. 

Todos ellos, todos los que he nombrado, se han llevado a matar con la prensa deportiva internacional sacando las garras en ruedas de prensa, cortando el acceso de los profesionales a los jugadores e intentando poner a cada uno en su sitio. Las agarradas de Messina con los medios griegos o las de Mou con los ingleses han sido históricas. Lo bueno de por ahí fuera es que, cada uno, tras la batalla recoge los bártulos y aquí paz y después gloria. 

No así en España donde jamás, y digo jamás, olvidamos una afrenta y donde cada equipo (incluso los de los deportes que parece que no tienen un especial seguimiento) sufren una acoso y derribo continuo desde la sala de prensa y llega hasta ese mundo ideal llamado "los despachos" que son un sitio raro y desconocido como "los mercados". 

España es un mal sitio para labrarse una carrera porque no es como el resto del mundo. No. Decimos que sí, que somos Europa pero...definitivamente no. 

Aquí todo el mundo sabe más que todo el mundo y, por tanto, no podemos permitir que nadie intente saber más que nosotros. Se llame Messina, se llama Van Gaal o se llame Quique Sánchez Flores. No importa. Nosotros, la gente, sabe qué pivot es el que mejor le viene al Estudiantes incluso más que su propio equipo técnico. 

La sección de baloncesto del Real Madrid es un enorme desastre. Desde la marcha de Plaza, mejor, desde la primera temporada de plaza, no se  han vuelto a ganar títulos. un Barça arrollador acapara todas las competiciones y, cuando no es el Barça, son equipos de presupuesto parecido (como el Caja Laboral) los que se llevan los laureles. El desfile de jugadores, técnicos, directivos y demás personal (y en el Madrid parece que hay mucho) es insuficiente para taponar la herida y da la sensación, la mala sensación, de que cada año la sección no es más que uno de esos famosos proyectos deportivos descabezados que proponía Jesús Gil en su Invicto Atleti. 

El primer año Messina, a sabiendas de que se le exigirían títulos, decidió tirar de veteranos. Fue un desastre no solo por la elección de los mismos si no, también, porque las expectativas no se cumplieron y, sobre todo, era un equipo demasiado poco físico para aguantar tres competiciones muy exigentes. Se acabó. No hubo manera de levantar el desastre. Este año ha habido un NO general a aumentar el gasto y a fichar a Ingells o Anderson (por precios que no superan el de un juvenil con vitola de futura estrella futbolera) que ahora militan en el Barça. ¿En medio? La dimisión de un director general llamado Antonio Maceiras que resultó absurda y la contratación de otro que viene con la idea de que un entrenador discreto y español como Pepu Hernández podía sacar petroleo de una plantilla menos competitiva. 

Soy fan de Pepu pero, sinceramente, sus mayores logros los ha conseguido con una selección nacional donde cohabitaban seis jugadores que militaban o militarían en la NBA(Pau y Marc Gasol, Juan Carlos Navarro, Sergio Rodríguez, Jorge Garbajosa, Calderón, Rudy Fernández...) y otras tantas estrellas nacionales al máximo nivel (Berni Rodríguez, Carlos Cabezas, Felipe Reyes...). No dudo de la capacidad pedagógica, de que Pepu entiende el baloncesto como me gusta a mi entenderlo (ataque rápido, desprejuiciado, fortaleza abajo, contraataque, corte...) pero necesita de algo más que de esas buenas intenciones. 

Y justo, para acabar de rematar el asunto, ahi tenemos a Jorge Valdano, ese señor que es el asesor deportivo de Florentino Pérez y que tiene en su haber todo tipo de fracasos como el hecho, insalvable, de que parece ser que nadie aprueba su gestión ni futbolística, ni baloncestística...lo que me hace preguntarme que qué narices sabe Jorge Valdano de baloncesto para recomendar que se reduzca el presupuesto, se de luz verde a este o a otro fichaje y cosas así. 

En medio de la decisión de Messina de poner tierra de por medio (en un momento bueno para él pero malo para la plantilla, protagonizando la enésima italianada) coexisten todos estos factores de enfrentamiento institucional, de echarle los perros de la prensa encima al técnico italiano y también algunos misterios como, por ejemplo, que Sergi Vidal o Velicovick que vinieron como estrellas apenas estén tocando bola. Y más allá de eso el hecho secundario más sangrante: Messina decide despedir a Jorge Garbajosa para traer a Begic y este, en lugar de marcharse, se queda en la plantilla pero sin ficha. ¿No es raro? ¿Ustedes se imaginan que los despiden pero los dejan en su sitio, sin trabajar, hasta que expira el contrato? 

No dudo de que Messina se ha confundido en algunos casos (en los anteriores, en algunos fichajes) pero lo cierto es que es feo contratar a alguien para hacer justamente lo contrario de lo que te recomienda y mucho más es darle menos presupuesto del prometido y, además, no dejar que lo gestione directamente. No dudo, tampoco, de que el silencio del técnico italiano es algo más que un signo de elegancia, es la señal inequívoca de que sabe que el Real Madrid de Baloncesto es una institución volátil, mal manejada y que suele tomar decisiones absurdas por lo que, no es improbable que, el día de mañana, se le vuelva a convocar para sentarse en el mismo banquillo como ya se hizo con George Karl. ¿Quien sabe? 

Este no es un buen país para venir con etiqueta de nada y, mucho menos, con la etiqueta de querer hacer las cosas a tu modo. Ahí está el ejemplo de Guardiola que se tiene que morder la lengua en cada aparición pública para que nadie lo acuse de querer ser más que el periodista que lo entrevista, más que el aficionado que ahora lo aplaude y, sobre todo, más que la institución que lo sustenta. Da igual que él sea el artífice de los éxitos, que él sea el que pone la máquina a funcionar todos los días, da igual que él sea el tío capaz de manejar la pizarra porque todos sabemos, y él que es muy listo también, que cualquier desliz le puede costar el cuello, el insulto y la marcha a un club extranjero. En realidad, los tratamos como a nada y siempre pensaremos que están ahí gracias a nosotros. 

Hacemos las cosas como nos viene en gana, desoímos a los expertos, preferimos tirar por la calle de en medio...y si así funcionan las instituciones más conocidas de nuestro país díganme si esto no es un reflejo general de lo que ocurre en otros estamentos. Así nos luce el pelo. 

sábado, 5 de diciembre de 2009

20 años después



Belostenny. Creo que era ese jugador ruso el que lloraba, con la cabeza metida entre las manos sentado en el banco del vestuario. Recuerdo mejor a Lolo Sáinz con los ojos llorosos hablando de que el accidente de Fernando Martín era "una tragedia para el baloncesto". A secas: para el baloncesto español y para el mundial.

Se me cayeron dos lagrimones como puños aferrado a la pelota de baloncesto MIKASA tan usada que brillaba en algunas zonas como si fuera un balón de playa. Llevaba esa pelota a todas partes metida en una red: al colegio, a la cancha de arena del barrio, me la llevaba de veraneo. Tenía un significado especial para mi: mi tío Damián me la había regalado dos años tantes para que aprendiera a botar. Para que aprendiera el fundamente básico: botar tan bien que, mientras tanto, puedes estar mirando hacia donde va la jugada. Botar tan bien que te de la sensación de que podrías estar haciendo cualquier cosa mientras botas, botar tan bien que te da la sensación de que la pelota no obedece a las yemas de los dedos si no a una especie de orden telequinética que emana de tu cabeza. Él había aprendido baloncesto en el Joventut de Badalona y estuvo un verano entero detrás de mi diciendo que botara aquella pelota, que me la pasara de mano, un ejercicio tras otro.

La estúpida pelota estaba allí conmigo, en el regazo y no hacía más que agarrarla, que pasarle la mano por encima.

Tenía quince años y se me había muerto el tío que tenía en los posters de la habitación, recortado en fotos, recortado en artículos. Y eso que me traicionó yéndose a Portland Trail Blazers un año. A un equipo de mierda con un entrenador de mierda que no daba nunca jamás oportunidades a los novatos porque él mismo era un novato. Fernando Martín se había largado y la noticia de su muerte la estaba dando un periodista que, años antes, había tenido un accidente de coche con él a bordo de un Mercedes que quedó espachurrado en una cuneta de una carretera comarcal. Aquella vez se escapó por los pelos pero esta vez la velocidad, las ansias por llegar el primero que caracterizaron toda su carrera se lo llevaron por delante. Game Over. Pitido final, sin posibilidad de un último tiro sobre la bocina.

Veo las fotos de Martín ahora y me parece que todavía tendría hueco. Un pivot bajito (no más de 2.10) pero con espíritu, vieja escuela, un tipo que hubiera hecho carrera como reboteador en equipos más guerrilleros como Detroit Pistons, quizás unos años más tarde, con la explosión de los bad boys.

Se me había muerto el primer ídolo y no sabía como reaccionar. La casa olía a café con leche porque se celebraba la visita dominguera de algunos parientes. Yo estaba sentado en el suelo con la pelota agarrada, ni siquiera me había dado tiempo a soltarla porque acabada de llegar de la cancha de arena del barrio de jugar unos cuantos partidos a 21. Invierno significaba tardes domingueras de baloncesto, perneras sucias, botas llenas de barro...épica enana para chavales que crecieron con el triunfo de nuestra selección de baloncesto en las Olimpiadas de Los Angeles 84, "una plata que sabía a oro" arrancada a Yugoslavia en una semifinal en la que Martín estuvo espléndido. En plena forma.

En aquellos años no habíamos oído hablar mucho de Magic Johnson, ni de Kareem, ni de Thomas ni de Earving, Maravich, Bird o English. Todo nos sonaba un poco a chino y nuestras referencias eran europeas porque los americanos, los americanos que jugaban por aquí se quedaban y se nacionalizaban o se largaban en busca de la pasta de la lega italiana. España sólo era un lugar de paso y nuestros ídolos eran de aquí: Llorente, Corbalán, Villacampa, Creus, Martinez, Epi, De la Cruz, Sibilio, Solozabal, Cabrera, Beirán, Rullán, Biriukov, Gil, El "Chinche" Lafuente...lejos de los Madison y los Inglewoods nuestras canchas eran el Pabellón del Real Madrid, el Palau Blaugrana, El Magariños o sea "La nevera"...

¿Quien iba a pensar que de aquella liga todavía casi amateur donde te cruzabas a los jugadores tomando cañas en cualquier bar de al lado de la cancha iba a salir un superclase?

Sería injusto decir que sólo Martín fue un superclase pero, la verdad, fue el primer jugador moderno, tanto que decían que ganaba más dinero por temporada que cualquier jugador de la primera plantilla de fútbol. Todos los años llovían ofertas del Cantú, del Milan, del Bolonia, incluo el Scavolini de Pesaro quiso que Walter Magnifico y él hicieran parejas pero Martín siempre decía que le debía mucho al Madrid y un poco también al Estudiantes donde se hizo como jugador. Los del Magariños jamás le perdonaron la traición y, en cada partido, le recriminaban el cambio de colores incluso cuando los que nos habíamos enganchado más tarde, o veníamos de instituciones educativas menos baloncesteras que el Ramiro de Maeztu, no supiéramos muy bien de donde venía toda aquella mala leche a duras penas retenida.

Martín a su aire se fue haciendo grande, poco a poco, y convertía cada partido en una pelea entre él y todo el equipo contrario. Era así. La escuadra madridista se preciaba de ser risueña. No era menos, grandes cómicos como Fernando Romay o Juanma López Iturriaga estaban en sus filas con tíos de no menos humor como Jose Luis Llorente (jamás le perdonaré que un día, delante de Raül López me dijera, "¿Y quien crees que es mejor base este o yo?") o Corbalán. Me imagino que sólo resaltaban el caracter casi amateur de nuestro baloncesto, crecido en colegios y enseñado por, curiosamente, entrenadores que eran profesores o que tenían una enorme vocación pedagógica. No es de extrañar el aspecto beatífico de Miguel Ángel Martín (apodado "El cura"), las formas de Pepu Hernández (que alguien me diga si ese hombre no tiene pinta de profe de historia) o de Pinedo. Raro eran señores mosqueados como Lolo Sáinz o hombres con aspecto de estrategas fríos y calculadores como Aíto.


No digo que no se lo tomaran en serio, sólo digo que después de Luyk no ha habido un tío más peleón que Fernando Martín. No de aquella época y no militando en el Real Madrid. Serio, blanquecino, sacando brazos aunque ganara por treinta de diferencia...¿De donde había salido esa hambre de ganar? ¿Esas protestas a los árbitros? Martín era carácter y, frente a ello, no había nada que hacer. Los duelos con Audie Norris -un hombre con talento de superestrella pero rodillas de cristal- quedarán para la historia pero no menos escalofriantes fueron las literales palizas que se daba con Meneghin (un criminal en la cancha, un trozo de pan fuera de ella), con brutos mecánicos y brillantes venidos del frío como Sabonis, Iobaisha o Volkov o con Pinone (seguramente el jugador más raro que ha pasado por España del grupo de brillantes).

Martín le dio a nuestro baloncesto otra cara y otra estela. Jugador de equipo, sin embargo, cuando en Madrid aterrizó una estrella de alcance internacional llamado Drazen Petrovic la relación entre ambos no fue fácil. El yugoslavo era una bestia, una maquinita que se quedaba a entrenar después de cada entrenamiento durante tres horas más. Lanzaba 100 balones, 100. Con cada fallo se obligaba a tirar otros dos con lo que las sesiones acababan siendo brutales. Drazen hizo lo suyo y deslumbró a jugadores como Villalobos o Pepe Cargol que crecieron junto a él por una sencilla razón: lo acompañaban en cada entrenamiento. Sólo así es posible que en el   primer Open McDonald que se jugó en Madrid Cargol fuera elogiado internacionalmente como el mejor jugador del torneo, el tío que había puesto patas arriba a los Boston Celtics durante casi dos cuartos. Raro en él Petrovic estuvo todo el partido jugando descentrado y no tan raramente para él y para los ojeadores de la NBA. Fue una triste demostración de que el talento sin control se queda en pura chorrada por más que se empeñara en sacar todas sus artes.


No es de extrañar que en la Recopa del 89 Petrovic se cascara más de sesenta puntos y que, pese a la alegría por el título, Martín se plantara delante de los periodistas y dijera eso de "Esto es un deporte de equipo y tenemos que jugar todos...si hubiéramos jugado como un equipo les hubiéramos ganado igual". La prensa achacó el cabreo personal a una rabieta de estrella, a un jugador que estaba ya en horas bajas y que venía de la NBA con una espalda hecha trizas, que ya no podía rendir como en sus mejores años. Algo absurdo porque Martín tenía sólo 27 años por aquel entonces y le quedaban años y años de baloncesto. de Muy buen baloncesto.

No es de extrañar que el paso de Martín (que mantuvo el número 10 y el acento sobre la I) fuera difícil. Sin casi aclimatarse lo primero que sufrió fueron los rigores de una liga profesionalizada. Acostumbrado a las formas de gallina clueca de los entrenadores europeos Martín llegó a su primer entrenamiento, pasó el examen médico y le dijeron "tienes que coger músculo y kilos. Toma esta es la dieta que tienes que seguir". Dicen que preguntó que cuando empezaba y el médico del equipo le dijo: "Si quieres jugar en el equipo cuanto antes". Después le pasaron el libro de las jugadas para que se las empollara. Su entrada en un equipo ya formado tampoco fue fácil, soportó la etiqueta de "rookie" y las formas chungas de algunos jugadores como Kiki Vandeghe, capitán del equipo y "estrellaza" mediocre, que en cada entrenamiento le tiraba las cestas de los balones para que los recogiera. Martín  lo agarró del cuello y le dijo: "Soy campeón olímpico, de clubes, subcampeón de europa...¿Cuantos títulos tienes tú?". Con otros compañeros no tuvo tanta suerte y uno de ellos, en una trifulca, le rompió la nariz. Encabronado y con malos número regresó a España donde fue recibido como recibimos a la gente que lo pasa mal por culpa de los extranjeros, o sea, guay.

Aquel domingo Fernando Martín se mató en un accidente de coche y yo no podía pensar en nada más que en los posters y en lo raro que me iba a sentir jugado al Fernando Martín Basket Master, chungo juego de baloncesto para Amstrad y Spectrum, por lo que los posters se quedaron pero jamás volví a jugar a aquel juego y eso que me gustaba mucho más que el One on One que enfrentaba a Larry Bird e Isaiah Thomas.

Me acosté tarde y no me perdí el telediario, ni los programas de deportes. Antonio, su hermano, parecía completamente destrozado. El equipo estaba hecho una mierda y el miércoles jugaban partido contra un equipo griego, contra un equipo donde jugaba Fassoulas (¿Olimpiakos?). No me lo podía creer. Me metí en la cama y miré los posters y las fotos recortadas, saqué las revistas de basket de debajo de la cama buscando crónicas de otros partidos, estadísticas, me leí de un tirón la entrevista que había concedido recién llegado a Portland. La había leído otra vez en septiembre, cuando me tocó cambiar de instituto para darme fuerzas y la recordaba bien porque entre las páginas de esa revista estuvo durante muchos años un autógrafo que me firmó en un VIPS donde me lo encontré después de una eliminatoria de copa contra el Tracer. Mi padre me dijo que no lo molestara pero yo me acerqué para decirle que era el mejor. Me agarró del pelo y me contestó que no era para tanto pero yo insistí. "Que sí, que eres el mejor". Y después le dije que no se fuera nunca a la NBA, que les dieran por saco. Se rió y dijo "¿Y a la liga italiana?" y me tuvo que cambiar la cara porque me volvió a agarrar del pelo y me dijo "No, que yo me quedo, de verdad". Fue ese el momento en el que mi padre y mi madre aparecieron para preguntarle "Perdónalo, seguro que te está dando el coñazo, es que no hace otra cosa que hablar de baloncesto...pero es un enano. No vale". Dijo mi padre. Y en ese momento se rió bastante y me dijo "tu sigue jugando que lo importante es divertirse". Y eso me pareció raro en un tío que siempre parecía jugar para ganar pero que no parecía muy divertido sobre la cancha.

Recordaba la anécdota y volví a llorar. Guardé el autógrafo y las revistas y puse la radio debajo de la almohada por si acaso, de pronto, a Martín se le ocurría volver de entre los muertos. Negación, ya sabes. Con quince años todo parece posible, incluso que el mundo de pronto se haya puesto en tu contra para gastarte una broma, una broma pesada, una de esas bromas de cámara oculta. Paranoia adolescente lo llaman. Pero no, Martín ya no estaba entre nosotros y solo la tópica catarata de frases hechas, de asuntos cursis acompañaba como un estúpido carrusel funerario a la noticia, todo el circo, los "ahora está jugando en el cielo" o "está descansando para jugar otro partido". Gilipollas, qué sabían ellos.

Enterraron a Fernando Martín Espina rodeado de toda la plantilla del primer equipo, pero también de "enemigos íntimos" como Epi o Audie Norris que parecía también inconsolable. Las imágenes eran duras, frías y llorosas.

Dos días después jugaron en el Pabellón de Deportes, en el grande, en el de Goya y el equipo contrario dejó flores en la silla vacía del banquillo donde descansaba una camiseta con el número 10 que el club acababa de retirar para que nadie pudiera volver a ponerse ese número jamás. Antonio Martín, su hermano, anotó su primera canasta y se agarró la camiseta con fuerza, apretando los tirantes entre los puños, llorando, todos los compañeros, incluso un circunspecto Fredericks que se había incorporado esa misma semana al equipo fueron a abrazarle. Era la imagen de alguien roto, adormilado por el dolor, de alguien al que tampoco le valían todos los baños de azucar que se le dieron a la noticia, todos los símiles idiotas sobre jugar en los campos del señor eternamente y todas las milongas. Pese a que tardaría muchos años en sentir algo similar a lo que sintió él me sentí muy cerca, tanto que dos o tres semanas después me lo crucé después de un partido y aunque di dos pasos para darle el pésame rápidamente me di la vuelta para no molestarlo, para no volver a recordarle el trago, para no decirle eso de que sentía "sinceramente" la pérdida. Me imagino que a lo sabría y, claro está, hubiera sido una estupidez hablarle de los posters, aquello del autógrafo y de que siempre quise ser como su hermano. Seguramente me hubiera respondido que eso hubiera sido tan imposible como que hubiera clavado un mate.

Pese a que es una ñoñez decirlo lo cierto es que cada vez que dan la alineación del Real Madrid por la megafonía del pabellón (ahora por los de la Plaza de Toros de Vistalegre) me acuerdo de él y hay veces en las que me parece oir aquello de "Con el número 10, Fernando Martín". Algo tan tonto como seguir insistiendo en querer botar bien la pelota.

 A Supersalvajuan y Fran que quieren a este deporte.

domingo, 12 de julio de 2009

Paul Shirley o todas las razones para hacerse aficionado al baloncesto (y a otras cosas bastante interesantes)


El Real Madrid de baloncesto siempre será mucho más divertido que el de fútbol. Sólo daré una razón: en la temporada 90/91, y durante unos pocos meses, en este santo equipo militó Mark Mcnamara. ¿Quién era Mcnamara? ¿Acaso un primo de Fabio McNamara? No, mucho mejor, nada más y nada menos que Chewbacca...vale, en realidad fue Peter Mayhew el que interpretó a dicho personaje de la Trilogía pero, cuando "El imperio contraataca" se estaba rodando, Mayhew se puso enfermo y el director, Irving Kershner, buscó desesperadamente un sustituto para no perder ritmo de rodaje. Mark Mcnamara que por aquel entonces jugaba para los Lakers fue el elegido para el papel. Para su desgracia Mr. Kershner era un maldito perfeccionista y notaba algunas diferencias entre el movimiento y las mañas interpretativas de Mayhew (¡Por Dios! ¿Cómo notar la diferencia a través de un traje de pelo y una máscara de látex?) y las de su sustituto. Al parecer McNamara le pareció tan mal actor que, cuando Mayhew volvió al rodaje, decidió rodar de nuevo las escenas. Eso sí, el pivot se pudo resarcir participando en 1985 en el spin off "Ewoks: la batalla de Endor" donde hacía de especialista.


¿Alguien puede imaginar que en la Galaxia Florentino pudiera existir un personaje con ese curriculum? Me temo que no, el Real Madrid es un equipo que se toma demasiado en serio y que sólo permite excesos capilares como colmo de la excentricidad. Eso y que alguno de cuando en cuando abra un bar o local nocturno o se quiera dedicar a la producción musical como es el caso de Guti o que Etoo (en la otra trigalaxia, la de Laporta) se compre un Bentley al que ha pintado un par de líneas rojas y ha puesto su nombre en los dos laterales del capó para que todo el mundo sepa el tipo de conductor que va dentro.


Después de leer "Fiebre en las gradas" (Nick Hornby) me sentí bastante identificado con las razones sentimentales que el autor aducía para pertenecer al Arsenal -cuidado, un Arsenal que no es el actual- y para dar una lista de jugadores excéntricos que, pese a su evidente falta de talento, se habían convertido en los ídolos de la afición. Al igual que Hornby me hice aficionado al baloncesto porque mis padres me comenzaron a llevar a la cancha del Real Madrid (a la antigua, la de la Castellana que debe de estar ahora debajo de esas cuatro pirámides verticales que han construído) cuando era muy pequeño. Es decir, jamás tendré esa unión con ningún equipo de fútbol.


No cambio a ninguno de aquellos equipos ni a su forma de juego (¡Contraataque! ¡brega en la zona!) por ese ataque estático criminal y esa defensa sangrienta y cruel de la actualidad -basada en las enseñanzas de Maljkovic o Aíto- que se ha puesto de moda en el continente y que sería capaz de dormir a un niño hiperactivo de siete años al que sus padres hubieran atiborrado con gominolas o al basket egocéntrico que se impone en la NBA que tiene que venir a Europa a raptar a nuestras estrellas porque es incapaz de encontrar, ni siquiera en esa pretendida liga formativa que es la universitaria, a talentos que estén familiarizados con términos como "pase" o "equipo".


A veces, no muchas es verdad, me despierto sobresaltado y bañado en sudor pensando en que es muy posible que el baloncesto europeo se "enebeatice" o, lo que es peor, se "futbolice" y no seamos capaces de encontrar a ningún jugador capacitado para, por ejemplo, conceder una entrevista sin dar la sensación de haberse golpeado la cabeza con una maza industrial antes de sentarse en la sala de prensa o, lo que es peor, descubra que cada quince días pago una entrada no por ver un deporte que antes me entretenía si no por ver una actuación del Circo del Sol o, peor, un combate de dos equipos dispuestos a autodestruírse a golpe de falta personal en el centro de la cancha y, por narices, y en cualquiera de los dos casos palme por un colapso nervioso. Por ahora vamos salvando los muebles y nuestras estrellas de baloncesto (que alcanzan objetivos deportivos impensables para el fútbol) se siguen comportando como gente normal pero el dinero de los clubes rusos y griegos me temo que acabará por completo con la cordura...que Jimmy Naismith nos pille confesados...


Si no queremos que eso ocurra alguien debería de volver a fichar a Paul Shirley que es uno de esos pocos jugadores de baloncesto que todavía recuerda a los antiguos jugadores de la infancia. Paul es un jugador norteamericano que ha militado en 17 equipos de todo el mundo (Unicaja Málaga lo fichó el año pasado para suplir las bajas por lesión de su plantilla y creo que está en paro) y que, sin ser una estrella de relumbrón, siempre aporta porque le pone al asunto mucha inteligencia y jamás pierde la concentración. Es un tipo de la vieja escuela formado en el medio oeste (donde el baloncesto es una especie de religión) que terminó su ciclo universitario graduándose en ingeniería mecánica, pasó a la NBA y, desde entonces, no ha dejado de acudir allí donde lo hayan llamado. Un ejemplo de obrero del deporte que las lesiones no han respetado nunca -tiene tendencia a producirse las lesiones más raras- y que además sabe hacer otras cosas entre las que destaca esto de escribir.


En 2005 Paul Shirley se estrenó como escritor en una columna en la que contaba los playoffs de Phoenix Suns y un año más tarde inauguró un espacio para ESPN titulado "my so called career" ("Mi carrera, por decir algo") donde le echa gracia, ironía y mucha mala leche al deporte del baloncesto, un ejercicio de distancia encomiable y de sentido del humor que muy pocos deportistas suelen demostrar en público...además de ese trabajo sigue apareciendo en ESPN, ahora haciendo una interesante columna de música y libros, pero también ha publicado un libro sobre sus andanzas planetarias titulado "Can I keep my jersey?" ("¿Me puedo quedar la camiseta?") y también ha colaborado con El País en una sublime columna sobre la NBA en que dejaba bastante clara su postura sobre las nuevas estrellas de la NBA y mantiene un twitter y una página personal en myspace ¡Él solo! ¡Sin la ayuda de una oficina de prensa!¡Sin ánimo de vendernos unas zapatillas de ninguna marca!

¿Por qué no hay más futbolistas como Paul? ¿Por qué no hay más jugadores de basket como él? Demos ejemplo a los jóvenes y fichemos a Shirley, quien sea, el Madrid debería de hacer justicia a su tradición y traerlo o que el Fuenla le haga un hueco ahora que anda más flojo de pivots, la ACB necesita a jugadores de su categoría para mantener la cordura. Quizás no sean los mejores pero, al menos, serán capaces de explicar por qué se gana o por qué se pierde en este deporte y, si no valen, siempre puede ser reciclado para dar charlas o entrenar. Por Dios, tiene 30 años y está en un nivel perfecto de madurez pero, sobre todo, tiene gracia...¡y tiene buen gusto musical! Es perfecto para ser un sexto o un séptimo hombre de garantías y seguro que es capaz de crear buen ambiente dentro del vestuario. Si me dan a elegir entre irme de cervezas con Cristiano Ronaldo y Shirley no tendría dudas.


Este tipo vale la pena aunque sólo sea por recordarnos que el baloncesto es otra cosa, es otro juego, otra forma de interpretar el deporte pero también otra forma de plantearse la vida. Bien puede, que lo hace muy bien, John Carlin y otros cronistas hablar de la épica imperial del tapete verde, de los once contra once; que se queden con sus declaraciones cruzadas sobre conquista, gloria y demás. Yo prefiero a los deportistas como Shirley que me han hecho amar este deporte.