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martes, 11 de agosto de 2009

"American swing": tiempos sucios y divertidos


En los años 70 Nueva York se convirtió en la capital oficial del mundo occidental. Pasados los febriles y comunitarios 60 la intelectualidad abandonó atropelladamente el Oeste huyendo del violento y repentino invierno que aniquiló la primavera de las flores y se volvió a refugiar en los 70 para inaugurar una década más individualista.
A toro pasado la clase media norteamericana comenzó a asumir los cambios que la revolución hippie había propuesto, y que hasta ese momento se habían considerado como descabelladas, y se generalizaron las protestas contra la guerra de vietnam (mucho más amplias y virulentas), se comenzó a liberalizar el mercado editorial, la industria cinematográfica entró en una barrena (que fue mitigada por una nueva generación de barbudos que hacían cine de autor) y, en general, la perspectiva de una vida menos encorsetada se hacía bastante patente.

Las convulsiones sesenteras (una década llena de crímenes de estado, revueltas sociales y raciales, el recrudecimiento de la guerra de Vietnam, el terror nuclear y la Guerra Fría...) habían desgastado poco a poco a los norteamericanos de USA y los sumió en una necesidad de divertirse (algo parecido le pasó a la corte Española, sólo a la Corte, cuando murió Felipe II y subió al poder Felipe III...pero esa es otra historia) y sobre todo de conocer otros mundos que estaban en este...nada más y nada menos que subirse al carro de eso que se llamó Revolución sexual.

Nueva York se convirtió en toda una referencia por distintas razones,por un lado había asumido definitivamente la capitalidad intelectual (dejando a los californianos el negocio de la televisión y el cine de entretenimiento) pero también asumiría la de la capital del entretenimiento para adultos y sólo para adultos.

Studio 54 así como otras grandes discotecas inauguraron la etapa del disco, una etapa famosa por los cambios de consumo (de hecho EE.UU. parecía querer resarcirse de una década en la que se había hecho bandera del "no consumo") en el campo de la moda (la gente comenzó a vestir como si todas las noches hubiera que asistir a una fiesta), la música (sonidos más urbanos, nacidos en los clubes, hechos por grupos nacidos en los cinturones industriales de las industriales ciudades del norte) y también de las drogas donde se dejó paso a las sustancias de consumo comunal que garantizaban experiencias comunales (básicamente alucinógenos, opiáceos y marihuana) para meterse de lleno en la cocaína que garantizaba 100% de pasotismo inducido químicamente y luego, un poquito más tarde, del consumo masivo de la heroína (no tan famosa en los años 60) y también esa necesidad de hedonismo de medio pelo.

Las películas X, estrenadas al principio con la etiqueta de películas científicas, comenzaron a hacer esa labor. Unas películas que no podrían haberse estrenado nada más que cuando la industria del cine necesitó una inyección monetaria extra y decidió saltarse a la torera el código Hays que había constreñido la creatividad durante unas cuatro décadas.

El interés de los americanos por el género ínfimo, circunscrito básicamente a chungas emisiones privadas de películas ilegales o europeas, se disparó en aquellos años de tal modo que "Garganta profunda" (Gerard Damiano, 1972), que había costado 25.000 dólares recaudara más de 600 millones de dólares o que otras películas como "Tras la puerta verde" (1972, hermanos Mitchell) fuera de las más taquilleras del año, también que Playboy o Hustler alcanzaran su esplendor en estos años abandonando por completo el lugar de semilegalidad de la que habían (no) disfrutado.

Tan necesitados estaban los norteamericanos de impulsos y de nuevas experiencias que decidieron inaugurar (con el discreto patrocinio de Henry Kissinger) una liga profesional donde el Comos de NY ponía el glamour y los grandes jugadores (Chinaglia, Pelé, Beckembauer, Cabañas, Neeskens...) mientras que los San Louis Earthquakes ponían el oficio y los títulos...al menos al principio.
Esta historia se puede ver en el divertidísimo documental "La asombrosa historia del New York Cosmos" (2006, Paul Crowder&John Dower) que resume la historia oculta de este chiflado experimento deportivo y que tiene mucho que ver con el documental "American swing" (2008, Jon Hart&Matthew Kauffman) que trata de la historia de uno de los personajes más bizarre de la historia de Nueva York: Larry Levenson.

Conocido como el "Rey del Swing" su apodo no le venía por mover bien el palo de golf, ni tampoco por cantar como Frank Sinatra aunque llegó a tener tanta fama como él. Lo de swing le venía por ser el rey de los swingers o, lo que es lo mismo, el intercambio de parejas.

Aficionado a este tipo de prácticas desde los años 50, Larry era un enfebrecido aficionado al sexo. Muy trabajador pero muy mal empresario decidió unir su afición (zumbar) con su sueño (hacerse rico) y se dio cuenta de que todos los intercambios de parejas se producían en el ámbito privado, dentro de domicilios y entre personas que comenzaban a aburrirse de estar siempre juntos. Larry se fijó en que los bares gays ofrecían fiestas de sexo liberal y abierto y que el ambiente llevaba bastante adelanto en lo que a esa materia se refería. De ese modo decidió calcar el modelo de negocio y alquiló una vieja sauna gay neoyorquina para abrir su primer y único negocio: Plato´s retreat. O, lo que es lo mismo, el Retiro de Platón.

Semejante chiflado nombre convirtió su local en un lugar de referencia y, de buenas a primeras, lo convirtió en todo un personaje que se sentaba todas las noches en un trono junto a su novia (y socia) Mary.

Contado con ritmo y con gracia "American swing" hace un repaso del auge y la caída del local y del personaje, los personajes famosos que acudían con ganas de marcha (Richard Dreyfuss y el elenco de SNL, el actor porno Ron Jeremy que tiene como siempre mucha gracia en sus testimonios), escritores, periodistas, artistas y también el testimonio de clientes anónimos que recuerdan el lugar con una mezcla de caspa sentimental y pulsión naïf digna de ser vista. Aunque se queda un poco flojo o se oscurece en algunos aspectos interesantes -como la conexión de Larry con la mafia o la ruptura entre los dos socios- lo cierto es que te hace pasar un buen rato y te retrotrae a unos tiempos fugaces en los que el SIDA, uno de los asesinos del local, ni siquiera existía.

Cargado de material real que capta la deshinibición general y el rollo desenfreno un poco macarril que se respiraba "American swing" bien podrían servir para comparar semejante libertinaje con los actuales tiempos en los que parece que todo el mundo agradece eso de que el personal se la coja con papel de fumar.

Por cierto, puede verse aquí. Pero no digáis que os lo he dicho.

miércoles, 5 de agosto de 2009

UP


¿Alguien se acuerda de cuando durante el verano no pasaba casi nada? Los periódicos se llenaban de cosas inútiles como suplementos "fresquitos y diferentes" en el que mostraban al mundo que el periodismo de solera también sabía ir en bermudas por la vida. Los telediarios se llenaban de incendios, de accidentes de coche y, muy de vez en cuando, una tragedia enorme cruzaba por nuestras vidas detrás de una gran pelota azul oscuro con la palabra NIVEA escrita en su panza.

Pero este verano está especialmente cabrón: Caso Gürtel, Camps convertido en nuevo martir de la conspiración socialista a escala global, terrorismo, la programación de Telecinco, el tío ese que escribe bajo el pseudónimo de Carlos Cay en El País, la polémica de la piscina de Pedro José Ramírez...

Había que darse una dósis de optimismo y convencí a Raquel para dejarse llevar hasta una sala donde proyectaban UP (Peter Docter & Bob Harrison, 2009) ¡en 3D!

En los años 50 un norteamericano llamado William Castle fue el primero en intentar llevar el cine a otra dimensión o, más bien, en devolver al cine a la barraca en la que nació. Aprovechando el gusto de los adolescentes por las películas de terror Castle decidió convertir cada uno de los estrenos de sus películas en una experiencia única. A Castle le debemos algunos trucos como las películas en Odorama: un simple artilugio que lanzaba bocanadas de olores que acompañaban a la película y que ayudaban a reforzar la experiencia sensitiva de los espectadores y que el chiflado de John Waters volvió a utilizar para Polyester (1981) entregando con cada entrada una tarjeta impregnada de olores como el de "caca de perro", "sudor", "hamburguesas" y que los espectadores iban rascando siguiendo las indicaciones de la pantalla.

Además de eso Castle, un mago para vender películas de serie B, equipaba las salas con cepillos que pasaban por los pies de los espectadores cuando aparecía en pantalla una marabunta de insectos, cutre fantasmas florescentes que atravesaban la sala, actores que simulaban sufrir ataques de pánico o apostados en la puerta de las salas disfrazados de médicos y obligando a los espectadores a suscribir un papel donde juraban no demandar a la productora si morían de un ataque al corazón y, claro está, cosas como el 3D que tuvo un repunte en los 60...algo debido al consumo de LSD y que también benefició al reestreno de Fantasia (1940) que se convirtió en toda una experiencia para la masa hippy. La vida de Mr. Castle, o un remedo de ella, puede verse en la estupenda "Matinee" (1993, Joe Dante).

El caso es que Disney ha querido volver a reutilizar este truco (francamente mejorado, se han sustituído las gafas de cartón bicolor por unas muy modernas de tres lentes irisadas) para intentar sobrellevar lo mejor posible el asunto del pirateo. No está nada mal, la verdad, de vez en cuando dejarse seducir por estas cosas.

UP es seguramente una de las sorpresas de esta temporada. Una película que parece concebida por Terry Gilliam y que recuerda, tremendamente, al corto del comienzo de "El sentido de la vida" (Terry Jones & Terry Gilliam, 1983), aquel en el que un grupo de viejecitos empleados en una vieja empresa de seguros deciden hacer zarpar su edificio y enfrentarse contra una moderna y joven corporación.

Aquí es un viejete a medio camino entre el Spencer Tracy de "Adivina quién viene a cenar esta noche" (Stanley Kramer,1967) y Walter Matthau convierte su casa en un zeppelin casero impulsado por globos de helio atados a los hierros de la chimenea para llegar a las Cataratas Paraíso. Sin duda una premisa que podría pertenecer al realismo mágico (ahora que su virtudes han sido descubiertas por los realizadores y guionistas norteamericanos) o a ese tipo de películas independientes con grandes rasgos naïf.

Un comienzo de cuento para adultos (la vida de una pareja desde la infancia hasta la vejez) enlaza con un primer plano calcado de "Nuestros pequeños aliados" (Matthew Robbins, 1987) y de ahí a una historia chiflada en la que se entremezclan un torpe niño explorador, parecidísimo al personaje de Gordi de "Los Goonies" (Richad Donner, 1985), un pajarraco extraño a medio camino entre el Correcaminos, Buster Keaton y el velocirraptor malvado de "Parque Jurásico" (Steven Spielberg, 1993) y un malo malísimo colgado y perdido en medio de la selva con rasgos de Klaus Kinski o, mejor, del Coronel Kurtz de "Apocalypse Now" (Francis Ford Coppola, 1979) al que no le falta su ejército de adeptos formado por perros que llevan un collar que les permite hablar como a los seres humanos olvidándonos así de tener que preguntarnos por qué en las películas de dibujos animados los animales se comunican orálmente sin que a nadie le resulte extraño.

Peliculón de principio a fin, historia de aventuras, sin muchas pretensiones a primera vista (quizás menos introspectiva que "Wall-E") pero que destila gran cine por estar realizada con un tino espectacular y escrita de maravilla.

Por si a alguien le sirve la información diré que no es una película demasiado adecuada para niños demasiado pequeños pese a que, por la publicidad, y porque en este país cualquier película de dibujos animados es pasto de las sacrosantes familias, las salas suelen llenarse de infantes que no acaban de enganchar con la película hasta que la trama se vuelve más infantil y no hay que fijarse ni en los diálogos ni en la presentación de los personajes que se ven envueltos en asuntos que a los chiquillos les quedan bastante lejos.

Pixar, el estudio que la ha producido y que distribuye Disney, que ya es dueña de algunas de las mejores películas de animación de la historia (tengo verdadera debilidad por Toy Story) ha alcanzado con UP lo que ya pretendió con Wall-E que no es otra cosa que demostrar que hay un cine comercial interesante y divertido que puede ser digerido sin necesidad de sonrojarse a cada línea de diálogo o con cada situación planteada en la pantalla.

Se habla estos días mucho de que Pixar ha reformado un género...se habla mucho de artistas que renuevan géneros cuando, en realidad, lo único que están haciendo es volver a las raíces del mismo. Este es uno de esos casos porque UP es una película de aventuras clásica para entretenerse durante unos minutos, un espectáculo visual impresionante, un regalo, un tinto de verano bueno, bueno, para refrescarse de tanta desgracia, una oportunidad para dejarse llevar.

sábado, 25 de julio de 2009

Cosas del cine



Nunca entendí muy bien por qué Rodrigo Sopeña y Luis Piedrahita, ambos profesionales de la comedia, se decidieron por dirigir una película como "La habitación de Fermat" (2007) que era un thriller.


No es que la cuestión me desvele por las noches pero, bueno, estoy seguro de que hubieran rendido mucho más haciendo una película para que la gente se riera que una en la que tenían que concentrarse en un misterio de unos matemáticos encerrados en una estancia que se iba estrechando poco a poco -en plan "Cube" (1997, Vincenzo Natali)- a medida que se les pedía que resolvieran un puñado de acertijos.


La comedia ha sido siempre considerada un género menor y, normalmente, no se empieza a tomar en cuenta a un guionista, director o actor hasta que no escribe una historia sobre unos niños refugiados, dirige la historia sobre un hombre que está paralizado de cuello para abajo o interpreta a un pianista sordo que en la infancia sufrió abusos sexuales. Si te dedicas a hacer chistes es mucho más difícil que se fijen en ti y por eso es posible que la dupla Piedrahita-Sopeña se decidiera por una película de género o, a lo mejor, es que sabían de la dificultad de vender en estos tiempos que corren una película cómica.


Vivimos, últimamente, un tufo terrible de películas de terror (un género tremendamente vituperado en nuestro país pese a sus innegables ventajas comerciales en el extranjero), de dramas de todo tipo (predominan los dramas familiares y los conflictos padres-hijos) y de films-espectáculo donde la Tierra se destruye. No negaré que me produce una congoja terrible el nombre de Roland Emerich y su enésima recreación de la aniquilación de la Tierra o que el trailer de Tranformers 2 base todo su punch en las imagenes donde se destruyen las Pirámides o cualquier otra de las joyas arquitectónicas de todo el mundo. Ni que decir tiene que no entiendo el éxito de las películas de catástrofes (desde Titanic hasta El día después) y que no entiendo qué placer hay en ver tanto sufrimiento y tanto volcán rugiente, tantas tormentas perfectas y tantos Cloverfield (A esta animadversión por dicho género se une el hecho de que la cámara no se esté quieta en ningún puto momento).




Otro interesante dato de nuestro cine es por qué películas como "Imago Mortis" (Stefano Bessoni, 2009) o "Paintball" (Daniel Benmayor, 2009) son películas hechas aquí que, curiosamente, se anuncian como películas hechas allí.

Anoche fui a la sesión golfa de Kinépolis a ver "Pagafantas" (2009, Borja Cobeaga) porque se lo debía a su protagonista Gorka Otxoa con el que he trabajado en "Hollywood no existe" y porque las críticas son tan arrolladoramente buenas que era imposible no acabar sentándose en un cine a verla. Borja Cobeaga, su director, llegó a ser nominado por un corto titulado "Éramos pocos" (2005), una comedia, podría haber utilizado sus recursos, pensar en el mercado americano y haber rodado una película seria, incluso me imagino que más gran



de de presupuesto...esto...como se dice eso...más ambiciosa (cuando alguien dice que ha rodado su película más ambiciosa suele querer transmitirnos que es su película "más cara" o "más pretenciosa"). Sin embargo ha preferido mantenerse fiel a su estilo y hacer lo que mejor sabe hacer: comedia.


Una película pequeña, porque este tipo de cine tiene la capacidad de no necesitar demasiados efectos digitales ni sacar un bicho venido de otro planeta zampándose el Guggenheim, que sin embargo es una de las mejores que he visto este año. Entretenida, entrañable, algo tristona pero, sobre todo, bien dirigida y fantásticamente bien interpretada.


Gorka está fantástico (aunque he notado que su buen carácter predispone a todos los que escriben para él a meterlo en las situaciones más embarazosas o dolorosas) y también lo están Oscar Ladoire -tan olvidado, tan grande-, Kiti Manver, Julián López, Sabrina Garciarena...


Que nadie espere grandes revelaciones pero sí la identificación automática del público masculino con la figura principal: un tipo enamorado de una chica que lo considera, sólamente, un buen amigo. Je. Un dolor pequeño instalado en empollones, hombres con mamitis, feos profesionales, gafotas, pusilánimes, delegados de curso y, en general, entre los que, después de ver esta película, francamente me incluyo por haber pasado en distintas etapas de mi vida por situaciones semejantes. En realidad creo que podría haber sido un buen candidato para el puesto de coordinador de la Mesa Nacional de los Pagafantas.


Pues nada gran película...por cierto que he descubierto algunas razones por las que la gente no va al cine,podrían ser estas:


-El personal se comporta como si estuviera en el salón de su casa.


-El personal va acompañado de personas ciegas que coloca a su lado y por eso le va contando los pormenores de la película.


-El personal hace cursos a distancia de adivinación y segundos antes de que vaya a ocurrir algo resulta que lo predice a voz en grito y luego suelta una carcajada.


-El personal acude en verano al cine en chanclas, se las quita y pone los pinreles desnudos en la butaca de delante. Aquí una reflexión: ¿Por qué la gente que va en chanclas se ve en la obligación de quitárselas a la mínima ocasión? ¿Qué pasa que son incómodas? ¿Por qué no se ponen otro calzado entonces?


-El personal sigue utilizando el móvil en la sala para charlar e, incluso, para hacerle fotos a la pantalla de cuando en cuando. Será que estamos perdiendo memoria y necesitan registrar esos momentos inolvidables.


-Pese al sonido THX es imposible que el personal se dedique a comentar desgañitado cada paso de los protagonistas.


-Aviso a las parejas: se me sentaron dos delante anoche y pude comprobar como despellejaban sistemáticamente a una tercera que no había acudido a la cita por tener que atender otros compromisos. Me enteré de que los que faltaban les estropearon las vacaciones a los que estaban porque se tiraban pedos por la mañana y ponían música "del gitano y la cabra" que hacía "tiroriroriro"...al parecer era su manera de definir a The Doors.


-El personal se pone ciego de porros antes de entrar a una película de risa para que le haga más gracia y durante toda el metraje se escucha una risa floja y desacompasada acompañada de un "¿No hay más gominolas? ¿Y nubes? ¡Joder, chico, que hambre me dan los porros!".


Aunque hay muchas y variadas razones pero siempre son muchas más las que me empujan a ir al cine siempre que puedo...¡Id a ver Pagafantas! ¡Que es buenísima!