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miércoles, 26 de febrero de 2014

Paco de Lucía: la vida, el flamenco y sus dos manos.


La vida tiene dos manos. Con una te acaricia y con la otra te golpea. Drama y comedia. Te mece o te arrea. Unas veces suave y otras con fuerza.

A nosotros, durante un tiempo, la vida nos sacudió con ceguera y rabia.

Para mitigar estas malas circunstancias mi padre nos embarcó en un viaje a Granada a mi hermana y a mi con la intención de que no olvidáramos que, al menos, seguíamos juntos y sobre todo que todo aquello pasaría.

En Granada visitamos a nuestros “titos”, Manolo y Miguel. En realidad ni siquiera son familia nuestra pero los llamamos “titos”, si algo nos ha enseñado padre es que tienes a tu familia impuesta pero que, aleatoriamente, puedes ampliarla incorporando a amigos y personas que te hacen sentir siempre como si estuvieras cerca de casa y que tienes que corresponder abriendo las puertas de la tuya para que todo el que quiera se pueda tomar un respiro y descansar.
Granada para nosotros significa muchas cosas: playas de la infancia, amistades, música…

Los titos nos llevaron un día de cañas. Un recorrido larguísimo de Alhambras en cada bar, de tapas y de flamenco. Acabamos dando con nuestros huesos en un pequeño local regentado por un personaje llamado Antoñito “El Triniá”. Cantaor. Amante ortodoxo del flamenco. Un poco tartamudo.

Era inevitable que, entre cerveza y cerveza, se nos soltara la lengua y por la conversación discurrieran las diferencias entre la forma de entender el flamenco en toda Andalucía, incluso en España. “El Triniá” denostaba el flamenquito y hacía una llamada a “la pureza” mientras que yo me empeñaba en intentar explicarle –maldita cerveza- que el arte (tampoco el flamenco, ningún tipo de arte) puede sobrevivir intacta, suspendida en el tiempo y circunscrita a su espacio geográfico original y que, si bien, las raíces han de ser conservadas y necesitan para ello de la ortodoxia y sus creyentes también es bueno, de cuando en cuando, mezclarlas con otros ingredientes para que puedan así conformar otras formas de expresión artística.

-“A mi es que estos modernos de las lagartijas y los universos…pues que no, no sé qué pensarán en Madrid o en Sevilla”.  

-“¿Y Morente?

-“Morente es caso aparte porque Enrique Morente puede hacer lo que quiera, niño, ese no pierde la raíz”.

-“¿Y Camarón?

-“Ese igual, ese era un cantaor de toda la vida por más que os empeñéis…aunque hiciera sus mezclitas y sus cosas…esos son genios y son casos aparte. Pero lo otro, lo del uyuyuyuy y la guitarrita eléctrica y la rumbita…eso no es de aquí”.

-“¿Entonces?

-“Pues que los experimentos para los que sepan experimentar o que le pongan gaseosa”.

Pensaba yo que Antoñito “El Triniá” era de los que pensaban, erróneamente, que el flamenco partía de un lugar incierto llamado “Duende”. Esa manía de reducir el arte a un asunto de iluminados y elegidos, un tipo de arte que no se puede aprender y para la que tienes que estar predispuesto de una forma mágica.

Entre la ortodoxia se suele pensar así: El flamenco es/existe porque se genera de forma espontánea. Sin aviso, un poco como te golpea o te acaricia la vida.  

El nacimiento de la heterodoxia (el nuevo flamenco) impulsado desde finales de los 60 y conocido como nuevo flamenco, sin embargo, nace del pensamiento contrario: El flamenco es y existe en sus raíces pero puede aprenderse, puede estudiarse y, claro está, puede expresarse y disfrutarse por personas ajenas a sus raíces.

El ortodoxo cree en la pureza y en el linaje mientras que el heterodoxo cree en la mezcla y en la internacionalización. Para el ortodoxo, el más ensimismado, el flamenco no podría contar con cátedras para su estudio o con escuelas para su aprendizaje.  

Así, los heterodoxos, se agarraron al flamenco identificando a la música popular andaluza con las mismas virtudes que al “sonido progresivo” (con su poquito de rock y su poquito de psicodelia…a un arte nuevo, en definitiva) y expresaron sus intenciones artísticas en un texto conocido como “Manifiesto de lo borde”. Reproduzco solo sus tres últimos puntos para mejor comprensión:

I. No se trata de hacer “flamenco-pop” ni “blues aflamencado”, sino de corromperse por derecho.

II. Sólo puede uno corromperse por el palo de la belleza.

III. Imagínate a Bob Dylan en un cuarto, con una botella de Tío Pepe, Diego el del Gastor, a la guitarra, y la Fernanda y la Bernarda de Utrera haciendo el compás, y dile: canta ahora tus canciones. ¿Qué le entraría a Dylan por ese cuerpecito? Pues lo mismo que a Manuel [Molina] cuando empieza a cantar por bulerías con sonido eléctrico:

“Aunque digan lo contrario,
yo sé bien que esto es la guerra,
puñalaítas de muerte
me darían si pudieran”.

Desgraciadamente la explosión primera (macarra, viva, sentida, brutal, contradictoria porque era a la vez “universitaria” e “internacionalista” y a la vez callejera) que alumbró a Smash, la figura de Silvio Fernández Melgarejo –y todos sus proyectos musicales-, a Triana, Veneno, Pata Negra, Camarón de la Isla y a toda una serie de virtuosos que añadieron sus raíces flamencas al jazz (Chano Domínguez) o que jugaron con excelencia en los márgenes de la experimentación y de la pura ortodoxia (Enrique Morente o Paco de Lucía) o, incluso, el “arrancón” primero de la misma rumba catalana (El Pescaílla y Bambino) o de la traslación de ese sonido –ya mestizo- a “los Chichos” o a los propios nietos de Porrina de Badajoz (“Los Chunguitos), incluso a los “Medina Azahara” (el flamenco y el rock mezclado con el sinfónico) también ha generado monstruos. Es normal. No hay un estilo musical puro que en el cambio de manos, de tiempo y de lugar no haya sido vejado por la propia industria. Convengamos en que, aunque la raíz sea la misma, no es lo mismo el “Miami Sound” de Emilio Stefan que Ruben Blades o Willy Colón.

¿Es el flamenco algo mágico como sostienen los ortodoxos?

Así le ataqué a Antoñito “El Triniá”. Como dicen los taurinos: por delante y por derecho.

-"¿Entonces esto sale por que sí?".

-"A veces sí y a veces no".

-"¿No se puede aprender?"

-"Mira, cuando tu ves a Tomatito acompañando a Camarón piensas en que ese es un guitarrista para un cantaor. Algo específico. Uno para el otro. Otra cosa es cuando ves a Paco de Lucía. Y tú lo ves tocar y piensas que ese tío tiene algo. Que lo tiene. En la punta de los dedos. Pero también es verdad que cada vez que él pone un traste y saca una nota seguro que no piensa en si eso le sale de dentro o no. Seguro que piensa en las broncas que le echaban por poner mal los dedos y en las horas y horas que hay que dedicarle para tocar así la guitarra. Así de bien. Como todo para esto hay que valer. Hay que sentirlo y hay que tocarlo pero también hay que echarle tiempo y perfeccionarlo porque si no, no vale la pena".

-"¿Entonces?".

-"Pues que unos sí y que otros no…pero un japonés tocando la guitarra, por muy bien que lo haga, nunca va a ser lo mismo. Solo hay que verlo. Eso es un robot. Paco de Lucía es otra cosa, no porque lo digan desde fuera. Aunque tocara todavía de tablao en tablao sería otra cosa. Algo tendrá cuando se lo rifan. Y ahora perdonarme que os voy a preparar una pipirrana y os voy a poner otras cuantas cervecitas. No le demos más vueltas".

Convinimos pues en estar de acuerdo en que estábamos en desacuerdo.

La desaparición de Paco de Lucía se lleva por delante un pellizco importante de nuestra historia musical, posiblemente de la más personal –si es que los países tienen personalidad- y seguramente una de las más atrevidas de este país tan normalmente pacato. Se lleva por delante al hombre que mejor entendió que todo era trabajo y un poquito de inspiración, al talento y al estudio, al tipo que estaba sentado en el punto justo en el que la ortodoxia y la heterodoxia se daban la mano.



Escuchando “Rosa María”, esos tangos tan clásicos y a la vez tan peculiares porque están personalizados en la siempre nueva voz de Camarón y acompañados por una guitarra que siempre suena clásica y, a la vez, vanguardista, me emociono recordando aquella pérdida dolorosa y aquel viaje agridulce, a los titos, a mi hermana y a mi padre acodados ya a unas horas tardías de la sobremesa en la barra de aquel pequeño bar de Granada que ni siquiera sé si sigue en pie.


El flamenco, como la vida, tiene dos manos. Unas veces da palmas por alegrías y otras veces se cierran en un gesto de dolor enorme. Unas veces son unas manos nuevas que se abren paso a través de un camino también nuevo buscando aire y reclamando espacio y otras veces se agarran con fuerza a las raíces como las manos de Paco de Lucía rasgando las cuerdas de la guitarra. Como dice mi amigo Pablo: Hoy este mundo es un poco peor.  

jueves, 20 de junio de 2013

El Final de "Los Soprano"



Fui con mi tío Julio a ver “Perdita Durango”. Era lunes y fuimos a un cine que ahora es un gimnasio. A ambos nos gustó pero, sin duda,  lo que más nos gustó a los dos fue aquel actor gordinflas, de aspecto sudoroso y eterna cara de angustia y mosqueo.

Durante toda la película Woody Dumas intenta desentrañar el retorcido caso de secuestro de dos adolescentes en medio de un terreno completamente hostil, un territorio fronterizo donde se mezclan dos culturas que se oponen la una a la otra para no ser absorbidas y acaban por fundar una entidad propia. Por ese nuevo “país” fundado en varias religiones, tendencias musicales, literaturas, sociedades etc. pululan ricos despistados que quieren pasarse al lado salvaje, pobres como ratas que quieren saltar al otro lado para llenarse los bolsillos de dólares, mafiosos, criminales sexuales, traficantes (de drogas, de armas, de almas, de fetos) y, en medio de todo aquello, solo Woody Dumas intenta poner algo de orden enfrentándose a la locura colectiva como un policía tan estéticamente horrible como profesionalmente eficaz.

Bien podría Alex de la Iglesia  haber introducido en aquella historia a un policía de una sola pieza, ya saben, a un héroe. Haber invocado la idea de que el Mal absoluto solo puede combatirse con el Bien absoluto. Por suerte, el binomio De la Iglesia-Guerricaechevarría, ya había escrito “El Día de la Bestia” y ya nos había mostrado a otro antihéroe, el Padre Berriartúa, que había llegado a la conclusión de que el Mal absoluto solo puede combatirse con sus mismas armas.

La diferencia, esta vez, estribaba en que Ángel Berriartúa era un ser inocente introducido en un ambiento completamente hostil (El del Madrid de la crisis económica-ideológica de la primera mitad de la década de los 90 del siglo pasado) que inicia con torpeza pero con decisión el camino de convertirse en un socio de Satán (quizás en uno de nosotros) y aquí Woody Dumas es un policía metódico que busca la raíz del mal (A Perdita y Romeo) conociéndolo a la perfección y cuyo mayor inconveniente acaba siendo su propia mala suerte –acaso las interferencias de los “hechizos” del propio Romeo Dolorosa- y una cierta dosis de estupidez de las personas que, en teoría, tienen que ayudarle a completar su misión. Berriartúa se ve incapaz de entender el mal pese a que viene a desatarlo para hacerlo desaparecer y Woody Dumas, sin embargo, lo entiende a la perfección y quiere acabar con él pese a que entiende perfectamente que no será capaz. 


Durante las cañas posteriores el Tío Julio y yo intentamos recordar donde habíamos visto a ese actor. Recordábamos haberlo visto en “Amor a quemarropa”,  “Marea Roja” (ambas de Tony Scott) y en “Como Conquistar Hollywood” de Barry Sonnenfeld. En dos de ellas haciendo de matón y en una haciendo de oficial de un submarino nuclear. Todos aquellos papeles, que en su momento nos habían parecido tan intensos, nos parecieron demasiado pequeños para un actor con tanto talento.
Meses más tarde, leyendo “Durango Perdido” (el diario que Carlos Bardem hizo de “Perdita Durango”), me enteré de que James Gandolfini había conseguido esa cara de angustia y de cabreo continuo poniéndose trocitos de piedras en los zapatos. Un truco tan del “Actor´s Studio” como los de Hoffman en “Marathon Man” (correr toda una noche antes del rodaje de las escenas finales de la película para parecer cansado, sucio y aturdido) que con tanta sorna criticó Sir Laurence Olivier (“No sabía que NO eras actor” le espetó el actor inglés al norteamericano cuando este le explicó su técnica) y quizás tanto como los de Juan Diego (que vivió durante unos meses en una casa completamente vacía) para interpretar a San Juan de la Cruz en “La Noche Oscura” o los de Jorge Sanz que, y esto es verídico pese a estar recogido como ficción en su serie “¿Qué fue de Jorge Sanz?”, reconocía “pellizcarse un huevo” metiéndose la mano en el bolsillo del pantalón cada vez que tenía que llorar en una secuencia.

La anécdota, la de las chinas en los zapatos, nos habla muy bien de James Gandolfini como de un actor tan metódico (más allá de ser un “actor del método”) que preparaba a conciencia sus papeles. Unos papeles que le fueron cayendo a cuenta gotas durante toda su carrera y que, excepto en el caso de “Los Soprano”, no le permitió más que brillar como brillante secundario. Una pena, un déficit del “mercado audiovisual” que venimos arrastrando desde hace ya unas cuantas décadas, porque sin duda se hubiera merecido un poco más. Gandolfini ha sido tan grande que todo lo que ha hecho nos parece grande pero, a la vez, un poco pequeño, un poco injusto, muy poco acorde con su talento tan empequeñecido por una cuestión ridícula:  ese “déficit” de papeles grandes para gente que no entra en los cánones estéticos adecuados o de esos papeles grandes que serían adecuados pero que, desgraciadamente, acaban cayendo en manos de un actor que decide engordar o afearse con complicadas técnicas de maquillaje para poder hacer un papel de estas características. Ejemplos claros de este hecho los tenemos en  Charlize Theron haciendo de Eileen Wournos en “Monster” hasta Leonardo  Di Caprio interpretando a J. Edgard Hoover en “Hoover”. Me pregunto si no hay actores y actrices que pudieran haber hecho esos papeles sin tener que pasar por sesiones maratonianas de maquillaje.

Pese a todo, no hay ni un papel de la carrera de James Gandolfini que, simplemente, no haya bordado y no nos haya permitido retenerlo en la memoria por muy pequeño que fuera. Señal inequívoca de que algo estaría haciendo bien.

Fue la HBO y su papel de Tony Soprano por el que será recordado siempre. De 1999 a 2007 dio vida al jefe de una pequeña familia mafiosa de New Jersey que se pone en manos de una psicoanalista para intentar sobrellevar los avatares de una vida complicada en la que ejerce como “cabeza de familia” de dos familias diferentes: la suya, la que ha formado junto a Carmela, y la otra, el clan mafioso que lidera. Si hay algo interesante de la serie creada por David Chase es que nos encontramos ante un personaje que, durante seis temporadas, aparece completamente partido por la mitad, a veces roto en mil pedazos, un mafioso de poca monta violento y brutal que, a veces, parecía un tierno padre de familia, que, en otras muchas, intentaba recuperar el amor de su mujer, que actuaba según un código moral propio retorcido que, en otras tantas, nos parecía que aceptaba pese a odiar y que, otras, defendía a capa y espada.


Tony había intentado escapar de la herencia mafiosa de su familia, de hecho acudió durante un periodo de tiempo muy corto a la universidad y, sin embargo, como Michael Corleone había tenido que regresar. La cara de Gandolfini/Tony viendo como Silvio Dante (Steve Van Zandt) imita al más joven de los Corleone diciendo eso de “Creí que estaba fuera, y me vuelven a meter dentro” entre los aplausos de los otros mafiosos es, posiblemente, uno de los momentos más duros y a la vez tiernos de toda la serie. En definitiva “Los Soprano” no es otra cosa que una lectura más realista que actualizada de “El Padrino”, una obra cruel con sus personajes y con el desarrollo de la trama donde Shakespeare se da la mano con Hammet, pero también con las portadas de los tabloides y, definitivamente, con la realidad. Nadie duda de que “El Padrino” encierra en su subtexto un discurso completamente inmoral, una especie de traición del subconsciente de Coppola que los propios mafiosos americanos (o gente tan dispar como Gil y Gil, amante de la trilogía hasta el punto de instalar un tríptico de la saga en el centro de negocios de Marbella) leyeron a la perfección: “Somos así porque éramos pobres y tuvimos que hacernos ricos saltándonos el sistema porque este no nos daba ninguna oportunidad”.

Frente a la elegancia y al honor que Coppola le supone a los Corleone, no olvidemos que se inicia una guerra contra ellos porque han prohibido a los otros mafiosos traficar con drogas instalándose a ojos del espectador como unos “mafiosos buenos” o “no tan malos”, David Chase se acerca más a la dolorosa realidad de la biografía de gente como John Gotti y, por encima de eso, dibuja a una mafia menor, arrinconada en un territorio pobretón y dominado por las familias de Nueva York que les aprietan las tuercas cada vez más.



En medio de ese territorio hostil y complejo, violento y brutal, Chase dibujó a un personaje normal, a un mafioso normal, nos deja un regalo a modo de moraleja inquietante: El mafioso no tiene más remedio que ser así no porque tenga honor si no porque tiene miedo de que le corten el cuello. Y, por encima de todo eso, ya no puede dar marcha atrás y dedicarse a algo honrado porque no podría pagarse su tren de vida.
Gandolfini creó a un Tony Soprano completamente humano, tan complejo como todos los seres humanos, un personaje dislocado y continuamente dividido entre lo que le dice su cabeza y su corazón que, muy pocas veces, duda de lo que tiene que hacer. Un mafioso metódico que elimina a los que amenazan su reinado o su supervivencia por cuestiones más humanas que instaladas en la leyenda, la tradición o la ficción.


Con su muerte ha llegado el fin definitivo de “Los Soprano” cuyo final abierto no ha hecho otra cosa que alimentar el debate y la leyenda sobre la propia serie. Unos minutos finales que han sido analizados milímetro a milímetro y donde se han dado todas las hipótesis posibles sobre qué es lo que ocurre en ese larguísimo cierre a negro donde se interrumpe la acción y termina de sonar abruptamente “Don´t Stop believing” de Journey. Una canción melosa que habla de una chica de pueblo y de un chico nacido en el sur de Detroit (pobre como una rata si tenemos en cuenta esa obrera localización) que se conocen en un antro. Y luego la cosa se pone poética y todo parece un tanto hostil como la vida misma y luego se nos dice que hay gente que nació para cantar blues, que todo el mundo quiere emoción, que la gente apuesta por ganar y que hay gente que gana y gente que pierde…y también que, pase lo que pase, la “película nunca termina y que la siguen proyectando una y otra vez” y, claro está, que si somos gente de la calle, que pese a ser gente de la calle, esa gente normal que puede ser obrera de la construcción, policía o mafioso no dejemos de creer ni por un instante. Ese es el consejo: “No dejes de creer”. Da igual en qué. Es decir, intencionadamente, la canción tampoco aporta mucha información sobre qué pasa en esos segundos larguísimos en que la pantalla se viene a negro. O quizás sí y todo lo que viene a decirnos David Chase es que la vida de la familia Soprano, de las dos familias Soprano, seguirá su camino y que no dejarán de creer, es decir, que seguirán haciendo las cosas más o menos como hasta ahora, que la serie podría haberse alargado otras 20 temporadas más.



Ahora ya no, claro, las noticias desde aquel final han contenido la posibilidad de hacer una película definitiva sobre la saga e, incluso, una nueva tanda de seis o siete episodios más. Una especie de final heroico. Siempre quise que ocurriera pero también temí porque lo que viniera después fuera mucho peor o acabara por darme un final épico (que se hubiera cargado el discurso de la serie) con un Tony Soprano asesinado o un final tranquilizador donde este se hubiera entregado al Programa de Protección de Testigos para intentar vivir como una persona normal. Eso último hubiera sonado tan convencional como creer que todas las películas tienen que tener una final feliz, hubiera acercado a Tony Soprano al Henry Hill interpretado por Ray Liotta en “Uno de los nuestros” quejándose de vivir en una zona residencial donde creen que los macarrones con kétchup son una comida decente.

La muerte de James Gandolfini ha impedido cualquier posibilidad de que “The Sopranos” vuelve a rodarse pero, sobre todo, lo imprevisible de su desaparición viene a refutar la teoría de Chase, y la de los Journey, de que la vida sigue y que las cosas pasan y de que no podemos hacer nada por evitarlo, que la vida no se acoge nunca a las leyes de la ficción, del guión o de la literatura y que las cosas buenas y malas se entremezclan de una manera sorpresiva y absurda formando una cadena de acontecimientos que, en forma de guión, nadie se atrevería a rodar por parecer completamente ridícula proyectada en una pantalla.

La muerte prematura de este enorme actor ha acabado, de una vez, con todas las teorías sobre qué pasa en ese negro alargadísimo del final de “Los Soprano”. 

Ese negro es nuestro siguiente paso en la vida, un paso que daremos pero que no sabremos hacia donde nos lleva en realidad, porque, en realidad, el único final posible es este final. Este final es el que ha acabado de verdad con “The Sopranos” y, por desgracia, es un final que no ha gustado a nadie, como casi todos los finales tristes. Un final inquietante e inesperado que nos deja, como todos los finales de la vida, empantanados en medio de un montón de dudas. 

martes, 19 de marzo de 2013

El Pueblo Nerd vs. Fernando Trueba




Me han sorprendido los comentarios ciertamente airados que ha despertado la declaración de Fernando Trueba sobre James Bond y los superhéroes. Me sorprende que gente bastante bien preparada y que, en teoría, sabe manejar bien el impacto de unas declaraciones públicas haya saltado como un resorte y un ataque personal que, como siempre, se ha resuelto con una serie de chistes muy viejos y no muy buenos sobre el estrabismo del director madrileño.

No seré yo el que se ponga tiquismiquis pero, la verdad, muchachos y muchachas, responder a un tipo que dice que Spiderman y James Bond le parecen una gilipollez con un sonoro “¡CALLA BIZCO!” es una muestra de estupidez que supera, con creces, al hecho de que a Trueba no le gusten las películas de ciertos géneros. Ese dibujo de hombre del viejo régimen, de tipo desconectado de la realidad, del pensamiento general y dominante me hace vomitar. 

Tampoco sere yo el que justifique las palabras de Fernando Trueba, ni se dedique a reinterpretarlas públicamente: dijo lo que dijo. Yo ni siquiera lo entendí como un desprecio hacia la cultura popular, hacia los cómics o hacia el cine de acción. Lo entendí como una crítica hacia el actual sistema de producción de Hollywood (ese que se ha criticado hasta la saciedad, incluso, por los más fanses de las películas de superhéroes) que comparte gente como, por ejemplo, Harvey Weinstein, que hace ya unos años, tachó a estas películas y a la obsesión por producirlas en cadena y casi como opción única de los grandes estudios como “basura”. Como Weinstein lo hicieron también Kevin Smith (poco sospechoso de ser un denostador de la cultura popular) y otro buen número de directores y guionistas que dijeron no entender que se dedicara esa ingente cantidad de dinero y promoción no ya a películas de género si no a películas de género que, muchas veces, carecían de calidad y donde primaban otros aspectos que, por ejemplo, cuidar la calidad del guión.

O simplemente: es que no le gustan. Punto. A lo mejor es verdad que el cine de superhéroes se ha convertido en una "imbecilidad" en su paso al cine. No sé, la gente habla muy bien de "Los Vengadores" y a mi me pareció una idiotez mal contada. 

Creo que tampoco soy sospechoso de que no me guste la cultura popular. Buenos palos me costó, en mis tiempos de estudiante, defender “intelectualmente” mi gusto por la novela negra (un trabajo mío sobre este género recibió un desabrido "vaya pérdida de tiempo" por parte de un profesor), los juegos de rol, los cómics y el cine de terror. Y hablo de los años 90 donde me encontré en una facultad de letras rodeado por una turba de pomposos y arrogantes candidatos al puesto de intelectual orgánico (algunos todavía en ese proceso) que creían que todo aquello en lo que yo encontraba cierto valor y cierto refugio era un montón de basura. Cosas de críos.

Entiendo que muchos de aquellos muchachos y muchachas tienen ahora la coartada intelectual para haberse iniciado en el cómic (cambiándole el nombre por “novela gráfica”) y a apuntarse a todas las falsas “reescrituras” en clave (cualquier clave, da igual, en el fondo esas reescrituras no son más que vueltas al género) que se ha hecho de todo aquello que parecía proscrito intelectualmente, que no llegaba a la categoría de lo medianamente aceptable. No hay que olvidar que ese salto de calidad (si es que alguna vez se necesitó) se ha conseguido gracias a la defensa a ultranza que algunos intelectuales (estos de verdad) hicieron en su momento por el género.

Podríamos hablar de Vargas Llosa, por ejemplo, que con “La tía Julia y el escribidor” defendió la igualdad de los géneros y que, en todos ellos, incluso en los populares, incluso en los tachados de “ínfimos”, existía un trabajo de creación igualito, igualito que el que creemos que existe detrás de las grandes obras maestras. Sin distinción.  Tampoco de Borges o de Bioy Casares que con su Isidro Parodi equipararon a la novela negra, tachada de novelucha, con las novelas de ficción más leídas y, en nuestro país, podríamos hablar de Vázquez Montalbán y su Pepe Carvalho que, usando el género detectivesco, supo ser un fiel reflejo de nuestro país. También de Mendoza, por ejemplo. No sé, hay un montón. Los maestros suelen ir siempre por delante de los alumnos por muy pomposos e idiotas que estos sean. Y esto solo en el campo de la literatura.

En nuestro país el cine de género patrio siempre ha estado denostado. Incluso en los 60 y 70 cuando el cine de consumo (por llamarlo de alguna manera) suponía casi el 100% del cine que se hacía en nuestro país. Tuvo que llegar Alex de la Iglesia (y con él otro montón de directores) que reivindicaran el cine de terror español y su tradición –por cutre que esta pareciera- para que los muchachos y muchachas modernas se partieran la cara por ver una película de Paul Naschy. Habrá que echarle la culpa también a Jordi Costa (al que no le pagaré ese trabajo ni con 1.000.000 de nuggets) de haberle dado a mucha gente las claves necesarias para acercarse a un tipo de películas de las que, un momento antes, hubieran corrido despavoridos.

Como “nerd” de aquí. Como “geek” de aquí (una categoría poco romántica y más bien tristona) diré que siempre pensé que, cuando llegara la gran revelación de que el género podía ser tan bueno como la obra de autor, sabríamos perdonar todas las vilezas acumuladas en nuestro costado y, por lo menos, sentirnos comprensivos a la hora de encajar algún coletazo como el que ha arreado Trueba en la semana pasada. Que siempre habíamos sabido aceptar ese tipo de cosas y, mucho más, cuando ni siquiera la cosa iba dirigida a un grupo de espectadores, cuando ni siquiera se refería a muchas de las cosas que nos dan gustico.
Entiendo, por tanto, ante esta salida en tromba que, de pronto, todo lo que resultaba y “underground” (¡NUESTRO TESSSOOOOROOO!), underground en realidad solo en nuestro país, se ha convertido en un divertimento de masas y, claro está, como masa se ha reaccionado: sin pensar y con mucha mala hostia, con un pobre ataque personal.  ¿Hubiera aplaudido la nueva masa de aficionados que se ha tragado el sapo de que “lo inteligente es sexy” si Trueba hubiera dicho que Sartre era completamente gilipollas? A lo mejor sí o a lo mejor es que nadie hubiera sabido quién coño era Sartre. Lo que está claro es que si Trueba hubiera dicho que le gustaba mucho Superman se le hubiera aplaudido o, a lo mejor tampoco. A lo mejor alguien habría pensado que “se estaba subiendo al carro”. No sé, cosas que pienso.

Me estoy acordando ahora de que Fernando Trueba también sufrió un ataque similar cuando dijo que, cada 25 años, a alguien se le ocurría inventar un nuevo sistema 3D. Já. A la turba le faltó poco tiempo para encender las antorchas e incendiar las plazas públicas de las redes sociales para contraatacar con los consabidos “¡Cállate bizco!” y los “¡Estás anticuado!” y los “¡El 3D es el futuro!”. Sinceramente, desde que se inventó internet he escuchado tantas veces que esto o lo otro era “EL FUTURO” que ya no sé a qué coño atenerme.

Lo curioso es que Trueba quedó mal por decir algo bastante simple, algo que era verdad. Ni siquiera habló de la calidad de las películas que se estrenaban en 3D, simplemente dijo que le parecía que cada cuarto de siglo alguien se inventaba un nuevo 3D y que todos habían resultado ser un fracaso.
Más curioso todavía es que, poco tiempo después de haberse atrevido a hablar MAL del 3D, un informe de la MPAA (el “sindicato” de las grandes productoras americanas) nos contaba que muchas de las películas que se estrenaban en sistema normal y en 3D recaudaban bastante menos en este formato de llevar gafas. Seguramente, y eso nadie lo tuvo en cuenta, sobre el comentario este pesó el hecho de que, en su momento, Trueba también fue exhibidor. Tuvo un cine. Algo de cine y algo de películas, al menos, aunque no sean de género, sabe. Incluso de hacerlas también. No sé, yo es que soy fan (también de James Bond y de los superhéroes, menos de algunas mierdas de películas de superhéroes pero porque son malas, no porque salgan superhéroes). El caso es que se recuerda mucho que Trueba se metió con el 3D y se le tachó de inmovilista (de agente de la SGAE, de titiritero, de bizco que denostaba el 3D porque no podía disfrutar de tamaño avance tecnológico…sí, un avance tecnológico que cambiaría de una vez por todas el mundo del cine, la revolución y su puta madre…como otros inventos tales como el “tomato color” o el “odorama” o cualquiera de las cosas que se sacó de la chistera Mr. Castle) pero no que, aquella vez Trueba acertó y que, actualmente, ha bajado el número de películas que se estrenan en 3D.

Diré también que me gusta el género, que me gusta el cine de…, que me gusta el cómic, que me siguen gustando todas estas cosas pero que, me sorprende, que la gente se vuelque tanto en memorizar listados de hipervillanos y se olvide un poco de Jack London y de Cervantes. Quiero decir: ni una cosa ni la otra.
Me explico: tendemos a leer a Eisner como un clásico, que lo es, pero olvidamos la raíz de donde salió Eisner. Nos empapamos de Stan Lee pero, desgraciadamente, olvidamos la honrosa tradición que arrastra. En cierto modo, corremos el mismo peligro que esos encorsetados y pomposos muchachos que, allá por los 90, pensaban que si no habías visto películas de Cocteau eras un puto mierda. No tenías categoría. Desgraciadamente tendemos el peligro de convertirnos en unos encorsetados y pomposos muchachos que saborean el manga y que echan pestes sobre el que todavía no lo ha descubierto o, peor, atacamos a aquél que por sus gustos no le coge el gustito al manga.

Está muy bien tener 30ytantos y poder seguir leyendo la saga de “Canción de Hielo y Fuego”. Muy bien. Yo lo hago. Pero, la verdad, ahí fuera hay un caudal cultural de cosas tan importantes, interesantes y bien escritas (pintadas, rodadas, esculpidas etc.) que no deberíamos olvidar y con el que deberíamos conectar. Es así, por ejemplo, como no tendríamos políticos que dicen ser marxistas que no han leído a Marx, músicos que dicen ser compositores y no conocen a Rubén Blades y, definitivamente, lectores y espectadores que creen que todo, todo, todo, comenzó con “La Guerra de las galaxias” y que, más allá de eso, hay ahí una cosa gris y aburrida, antigua y como de viejos a la que no hay que prestarle atención.

Alegrémonos de que el género, por fin, es considerado “Alta Cultura”, disfrutemos en la certeza de que ya, entonces, en los tiempos oscuros, teníamos razón pero no olvidemos las otras cosas que también son importantes. No seamos unos mostrencos (¡Gracias Costa!) que no pueden ver más allá de sus narices y, sobre todo, dejemos de llamar “bizco” a Trueba, por favor, que eso sí que no tiene ni puta gracia.  

miércoles, 10 de agosto de 2011

Orden, desorden, generaciones perdidas



Antes de la II Gerra Mundial los periódicos ingleses alzaban su voz en contra de la juventud y a sus costumbres a la que, sin dudarlo, tacharon como una "generación perdida". Al parecer la música swing y el jazz, la nocturnidad, cierto relajo sexual y la expansión de la cultura del ocio iban a hacer destructiva mella en una muchachada cada vez más interesada por vivir. En cada uno de aquellas columnas, de aquellas diatribas había una indisimulada admiración hacia el trabajo que Hitler y los nazis habían hecho con la juventud propia que, a tenor de lo que rodaba Lenny Reinfhestal, parecía de lo más ordenada, de lo más sana y de lo más simpática. Por qué no, también, de lo más productiva que, al parecer, no era el caso. 

La cosa, como ustedes saben, ya pareció peor cuando Hitler (me pregunto en qué momento semejante señor y semejante régimen pudieron parecer algo inofensivo) decidió que a Alemania le faltaba espacio y pasándose el Tratado de Versalles por el sitio justo por donde pasa el Rhin comenzó una particular gira turística que acabó con unos cuantos regimientos de la Wermacht echando el rato en las cafeterías de Pigalle. 

Aquella Francia ocupada también tenía su propia generación perdida: se llamaban los "zazou". Amantes del swing, del jazz y de todo lo americano en general, los zazou eran la antítesis de lo que el conservador General Petain esperaba de una juventud a la que veía, como sus mayores y como él mismo, colaborando en el esfuerzo de guerra nazi y, claro está, sirviendo a la delación de conflictivos ciudadanos o, peor, los siempre peligrosos judíos. 

Como si aquello de echar una mano a los nazis en la producción de material bélico, el control de las colonias norteafricanas, la deportación de judíos y la aniquilación de la resistencia no le pareció suficiente a Petain muy pronto descubrió en los "zazou" y sus pintas un nuevo peligro que amenazaba al nuevo orden establecido por él mismo (y un poco por los nazis que lo tenían comiendo de la manita) y se empeñó en eliminarlos lanzándoles a las alegres, sanas, ordenadas y violentas Jeunesse Populaire Française  fundadas por Jacques Doriot que se encargaban de estos trabajitos. 

Dice la leyenda, así estaba la gente de perdida por aquel entonces, que muchos "zazous" en plan de broma cosían estrellas de david a sus ropas donde, en lugar de leerse "judío" se podía leer "zazou". Como la cosa no estaba como para hacer humor algunos de ellos terminaron siendo deportados. 

Tanto los "zazous" como los miembros de la "generación perdida" inglesa acabaron engrosando las filas bien de los ejércitos de la Francia Liberada (y aquí un inciso...aplaudamos al General De Gaulle su capacidad para comenzar una especie de ejército sin país en realidad junto a Leclerq y acabar por convertirse en una de las "potencias vencedoras" de la Guerra...algo de lo que no disfrutó Italia, por ejemplo) bien de los pilotos de la RAF que mantuvieron a los nazis fuera de las Islas Británicas y sirvieron para elevar la moral de los ingleses. Uno de ellos dijo: "Nos llamaron la Generación perdida por nuestro pelo largo, nuestra juventud, nuestra indisciplina, nuestra alegría...nosotros la usamos para demostrar que éramos la respuesta a la masa alienada, militarizada y obsesivamente disciplinada que eran los nazis, que siendo como éramos les podíamos vencer".     

Es una historia corta pero creo que resume bastante bien lo que vengo sintiendo de un tiempo a esta parte con tanto discurso sobre la unidad, la fuerza y bla, bla, bla... 

jueves, 31 de marzo de 2011

Sangre de tigre para cabezas de chorlito


Resalta Breat Easton Ellis en esta estupenda columna sobre Charlie Sheen que en el pequeño papel que hizo en la generacional "Todo en un día" la primera línea  de texto que el actor intercambiaba con Jennifer Grey fuera una única pregunta: "¿drogas?". No se si se acuerdan de la escena pero en ella Sheen aparecía vestido con una chupa de cuero y aspecto de no haber dormido y distaba bastante de la imagen enérgica de deportista que tenía en "Amanecer Rojo".


Volviendo la vista atrás esa escena parece la explicación más comprensible para entender como Charlie Sheen ha sido el tío que ha conseguido hacer descarrilar su carrera dos veces. Hay cierta tendencia a pensar que las reglas dentro del mundo del espectáculo son diferentes a las normales pero, lo cierto, es que todo el mundo que haya trabajado alguna vez en un rodaje sabe que, seguramente, lo más importante es ser puntual. No se si lo más importante pero sí es básico. Nicholas Ray decía que a los actores se les exige una cosa que no se les exige  a otros profesionales (aunque yo incluiría a los desactivadores de bombas): demostrar todo lo que han aprendido en una sola toma. En un solo segundo, con una miradita a cámara, hay que demostrar que se es bueno pero, para que esto ocurra, es necesario que se esté frente a esa cámara en un minuto concreto de un día concreto ya que, por narices, ese momento solo se producir una vez. La gracia es esa, el truco es ese: un montón de personas se convierten en un grupo interdependiente entre sí que tiene que funcionar bien durante un tiempo determinado sin que nadie pueda faltar a la cita en ninguno de los días previstos porque, en menor o mayor medida, todos los trabajos dependen de que todos hagan el suyo. 

Es verdad que, en otros ámbitos y en otras profesiones, también se producen situaciones como esta todos los días pero, lo cierto, es que en muy pocas la impuntualidad cuesta tantos cientos de euros. Y si en el cine es muy importante no digamos ya en el teatro donde, por narices, el actor tiene que llegar a una hora determinada y, a ser posible, en las mejores condiciones posibles. 

Se habla, de hecho Sheen lo hace, que todo es un asunto de doble moral. Digamos que existe la idea preconcebida (y si no la tienen deberían de ver "El séquito") de que todos los habitantes de Hollywood beben, se drogan y viven una vida que se disipa en placeres terrenales...de acuerdo, es posible que un alto porcentaje lo haga y, de hecho, se pagan muchos sueldos y se extienden muchos cheques para asegurar que el señor A esté en el punto B a la hora acordada. Agentes, publicistas, secretarios, ayudantes...la carrera del actor mide su éxito por el número de personas que lo rodean cobrando un sueldo por hacer los trabajos más banales y absurdos que se le puedan pasar a ustedes por la cabeza como conducir su coche o comprarle una camiseta pero también para que acuda a una sesión fotográfica o para que no meta la pata frente a las preguntas de un periodista. Con los años ha crecido toda una industria de servicios adosada al mundo del espectáculo y al del deporte encargada de velar por los caprichos más absurdos. Si ha crecido es porque es necesario que la gente esté a su hora y en condiciones en su sitio. 

Sheen, desgraciadamente, ha faltado a esa regla de oro en varias ocasiones y ahora solo está pagando las consecuencias de no poder mantenerse sereno. El problema del actor es este y no que lleve una mala vida que, por cierto, hace ya meses que pasó la barrera de lo anecdótico para resbalar poquito a poco más allá de los límites de la realidad. 

Si hace unos años vimos a un lastimero Maradona llorando como un niño en la televisión nacional argentina pidiéndole a las autoridades médicas y políticas que le permitieran marcharse a Cuba (donde le resultaba más fácil estar de juerga) no es más lamentable ver a Charlie Sheen emprendiendo esa carrera loquísima contra los demás y contra sí mismo agarrado a esa bolsa de cuero y mostrando de cuando en cuando un machete de cortar caña que parece le que hubiera regalado un hutu. Es un bajón.

Internet que cada vez se parece más a un pueblo aplaude mucho las salidas de tono de Sheen y su twitter es todo un éxito. Las miniparrafadas del loquito se aplauden en todos los rincones del mundo con la misma alegría que, siglos ha, los mozos daban de beber al borrachín del pueblo para divertirse un rato a su costa. Somos todos muy modernos pero, en realidad, parece que nos hayan sacado de "Calle Mayor" o de "La señorita de Trévelez" y no de "Tron".

Y no solo por el asunto de reirle las gracias si no, como no, por el asunto que más se remarca de toda la trayectoria del actor americano y de lo que me parece menos importante: que se acueste con señoras que trabajan en la industria pornográfica. En una voltereta moral de esas tan paletas, al hacerse la lista de los males y las enfermedades del actor se dice: alcohol, drogas y actrices porno.

A mi que me lo expliquen porque, la verdad, entiendo que estar todo el día rodeado de odaliscas pueda crear cierta dependencia pero, la verdad, no se conoce ningún caso (bueno, el de algún enfermo de corazón que no sabía de su enfermedad) que haya muerto por practicar el coito -ni siquiera desaforadamente y a deshoras- o cuya práctica -por muy acrobática y placentera que esta sea...no se, estoy pensando en un tema que ni siquiera estaría en la cabeza de Calígula, algo olímpico sexualmente hablando- le impida acudir al trabajo puntualmente aunque solo sea por hacer corrillo a la hora del café.  Vaya, al final va a ser verdad que también hay algo de moralina en todo el asunto...

Si la fascinación por el artista atormentado ha sido uno de los peores cánceres que ha vivido cierto tipo de artista que se ha visto incapacitado para quitarse la etiqueta de encima e iniciar una vida más normalita y más de andar por casa (muchas veces me imagino a un Marilyn Manson deseando hacer un disco de cumbias) ante la sospecha de que muchos fans que han imitado -desde una perspectiva de clase media- las actitudes del ídolo (tatuajes, ropa absurda, exceso de estudio sobre unas letras intrascendentes...) lo cierto es que no deja de ser paradójico que ahora Sheen no pueda dejar atrás todas las tonterías que está haciendo por miedo a que su cuenta en twitter se vea dañada. Alguien debería de informarle de que no se ríen porque el chiste sea bueno si no porque el que lo está contando apenas puede mantenerse agarrado a la barra del bar mientras lo hace. Son dos formas diferentes de comedia, si ustedes lo quieren ver así.

La borrachera que Martin Sheen se agarró en "Apocalipsis Now", con el permiso de Francis Ford Coppola que lo animó a dejarse llevar de una manera un tanto irresponsable y sin saber que el actor pasaba por un momento personal terrible, derivó en el rodaje de una de las mejores secuencias de la historia del cine. Vemos a Sheen completamente ido, bebiendo como un zumbado, solo y abandonado en una lastimosa habitación de un hotel perdido en sí mismo a millones de kilómetros de la realidad intentando ahogar los recuerdos de su última misión. En el texto, al comienzo del mismo, dice eso de "quería una misión y por mis pecados me concedieron una". En la realidad le costó un ataque cardiaco que lo mantuvo apartado del rodaje durante semanas.


Esa es la imagen que yo tengo ahora de Charlie Sheen, la de un tipo completamente chiflado que está a millones de kilómetros de la realidad, que lo está pasando mal y que no puede volver para atrás. Es una pena que esa secuencia, tan íntima y tan trágica, esté siendo retransmitida en directo por su protagonista sin la necesidad de que ningún director inconsciente le esté invitando a ello. La tecnología nos ha puesto en el papel de ese director inconsciente que cree que podrá manejar a un actor harto de merca y alcohol pero esta vez no para rodar una gran secuencia de una gran película si no un número estúpido de un circo que, cada vez, da más miedo y cada vez resulta más incomprensible y más cateto. Espero que, al menos, la audiencia vaya de maravilla. Eso es lo importante, al parecer.

lunes, 28 de marzo de 2011

Aeropuerto de Castellón, una mirada hacia el futuro: qué hacer con un aeropuerto donde no despegan ni aterrizan aviones (¡ni ganas!)


Que se sepa que a mi lo del Aeropuerto de Castellón me encanta. Me parece una pasada. Un sueño hecho realidad lleno de posibilidades. 

Hace años nos conformábamos con que los gobiernos construyeran todo tipo de infraestructuras que, pasada la fiebre, abandonaban a su suerte por falta de presupuesto como Casas de la Cultura, teatros locales, Palacios de la Música o salones de exposiciones que acababan por convertirse en el lugar donde, de cuando en cuando, se da salida a alguna pequeña muestra del arte autóctono pero, ahora, vamos un paso más allá y decidimos construir infraestructura de transportes que, en realidad, no sirven para transportar nada.

Fabra se ha convertido en el Fitzcarraldo levantino. Por si ustedes no vieron la película de Herzog va de un tipo que decide construir un teatro de la Ópera en medio del Amazonas. Ya ves. Le da por ahí, por meter toda su pasta en un edificio algo inutil teniendo en cuenta que, por aquella zona del mundo, seguramente el único interesado en ver una ópera fuera el propio Fitzcarraldo. La historia, pese a que parece otra de las muchas idas de olla de ese peculiar dúo compuesto por Werner Herzog y Klaus Kinski, tiene una base real: Antonio José Fernandes Junior, allá por 1881, tuvo la idea de impulsar un teatro de la ópera al estilo europeo en la ciudad brasileña de Manaos. Curiosamente a todos los pareció bien la idea y el sitio se construyó pese a que, tras la inauguración y un par de cosillas más, se pasó más de 90 años sin que en su interior se celebrara ni un mísero concierto de triángulo. El edificio sigue en pie y ha sido restaurado varias veces me temo que más por ser un monumento a la estupidez extrema que por su valor arquitectónico o el interés de los habitantes de Manaos por la música clásica. 

Después de esto, y aquí en España, en el mismo Castellón ya tenemos nuestro monumento. Ni que decir tiene que si el dinero de la ópera que gasta Fitzcarraldo para construir su Ópera sale de su bolsillo el del Aeropuerto de Castellón sale del dinero de los contribuyentes. Es más, el edificio ha servido como sponsor de equipos de fútbol (el Villarreal) y motociclismo que han paseado, paradójicamente, el nombre de un lugar inexistente durante años que, ahora, ya es una realidad a medias puesto que no tiene licencia para operar. 

¿Qué es en realidad un aeropuerto que no funciona? Pues es una maqueta a escala 1:1 del aeropuerto que va a ser o, mejor, una especie de gigantesco museo de la aviación que enseña como son los aeropuertos donde despegan y aterrizan aviones todos los días. Los castellonenses ya no tendrán que salir de la provincia para saber lo que es un aeropuerto ya que tienen uno a pocos kilómetros de su casa. Eso es servir a los ciudadanos y, sin duda, entretenerlos los domingos. 

¿Y por qué construir el edificio y no darle vidilla? Por ejemplo, propongo que se contrate a cientos de actores que interpreten los papeles de personal de vuelo, viajeros, taxistas...un rollo como lo de Almeria con sus poblados del Oeste. Vas, te sientas y ves historias de gente que viene y va...aunque no vaya y no venga. Pero qué bonito todo. Es más, pagando un extra se podría adquirir un pase que te convertiría en viajero y pasar por todas las experiencias previas a viajar en avión: facturar, discutir con la señorita del mostrador sobre el peso de la maleta, el arco de seguridad, la discusión en el arco de seguridad, el cacheo en el arco de seguridad, la compra de fruslerías a modo de souvenir en las tiendas del interior, que te claven 8 euros por un bocadillo de tortilla de patata mal recalentada en el microondas y todavía rígida y semicongelada. Finalmente te meterían en un avión de mentirijillas y podrías hacer un vuelo Castellón-Islas Kuriles y ver a unas azafatas haciéndote la coreografía de la mascarilla y el salvavidas, luego el reparto de prensa y zumo de naranja...para hacerlo emocionante, a lo mejor, podrían meter a un secuestrador o uno de esos pasajeros que se empeña en que lo traten como una persona y acaba siendo detenido por el personal de seguridad metiéndose en un lío...

De hecho, un aeropuerto como este servirá para que, los castellonenses (y todos los que quieran vivir una experiencia parecida) se conviertan en los mejores viajeros del mundo. Es decir, tengan la oportunidad de aprender a solucionar todos los problemas que plantea un viaje en avión y estén preparados para cualquier contingencia. El Aeropuerto de Castellón podría convertirse en la primera academia de vuelo para pasajeros y no para pilotos. Es más, se podría convertir también en una especie de laboratorio de ideas para diferentes compañías aéreas que quisieran probar nuevas formas de torturar a sus pasajeros y, claro está, sería un sitio ideal para utilizar como plató de cine o televisión. ¿Qué provincia española, qué lugar de todo el mundo puede tener una réplica exacta de un aeropuerto?

Si Borges jugueteó con la idea de un Quijote escrito por un tipo llamado Pierre Menard que era, justamente, igual que la novela de Cervantes y Max Aub presentó al mundo a Josep Torres Catalans un pintor cubista desconocido y coétaneo de Picasso y Gris que, curiosamente, pintaba como Picasso y Gris en plan "vamos a quedarnos con todo el mundo" o Banksy enreda en "Exit trough the giftshop" con el alcance del mercado del arte contemporáneo rodando un falso falso documental o un mockumentary real (que no está claro) Fabra, que no es más que un político que no tiene pinta de ser un artista, le ha dado a todos sopas con ondas sacándose de la manga una obra de arte surrealista: un aeropuerto donde no aterrizan ni despegan aviones. Si este señor pasará a la historia como un político de esos que hacen las cosas de aquella manera lo cierto es que es innegable que merecería que su "instalación" se exhibiera en todos los museos de arte del mundo y que su nombre se coloque al lado de gente como Christo y Jeanna-Claude. 

Ustedes dirán que, a lo mejor, ha llevado las cosas demasiado lejos pero, sinceramente, el arte tiene esas cosas. En un mundo cada vez más feo es precioso que se lleven a cabo iniciativas como estas tan sonoras y que dan tanta prestancia y, más allá de eso, es necesario que los castellonenses sepan mirar hacia el futuro y prepararse para todas las contingencias que les provoque un vuelo en avión. 

A los derrotistas les digo que si artística y cívicamente la obra del Aeropuerto de Castellón era necesaria desde un punto de vista meramente económico también lo es: si en Las Vegas  pueden encontrarse hoteles casino temáticos que se convierten en museos de arte, recuperan el encanto de Venecia y sus canales, al Egipto antiguo o a una isla pirata bien podría convertirse este lugar en uno de ellos tematizado bajo el asunto "viajes en avión". Solo hace falta construir un casino y un hotel al lado. Punto. Diversión para toda la familia. Actuaciones de Revolver, Presuntos Implicados, Wau y los Arghhh, Rajoy Division, Tonino llevando su obra de teatro sobre Rita Barberá a la terminal 1 en plan performance, Francisco Jackson (el impersonator levantino de Michaerl Jackson), minifallas diarias y eternas, reparto de fartons y horchata 365 días al año, demostraciones de pelota valenciana, una exposición permanente de arte íbero con una gigantesca Dama de Elche en cartón piedra, paella de diferentes sabores y a todas horas, mascletás cada dos horas, levantás cada seis, Concurso de falleras (con tutú y si tutú), un centro de convenciones donde explicarían las maravillas de la nueva economía y la nueva política, una escuela de negocios dirigida por Fabra que cerraría cada curso con unas charlas de motivación empresarial y la presencia de Rick Costa en la puerta (como Foreman en Las Vegas) dando la mano a los recién llegados o, incluso, impartiendo clases de conducción. 

Miren si no cabrían cosas en un sitio tan excelente, tan levantino y tan español como un Aeropuerto donde, vaya chorrada, no aterrizan ni despegan aviones. Ustedes son el pasado, el Aeropuerto de Castellón es el futuro y, si no lo ven, es que están ustedes tuertos o ciegos y no saben el significado de la palabra "grandeza" que ustedes confunden con capricho. Sin duda Fabra es un visionario, lo que resulta paradójico. Pero eso es otra historia. 

miércoles, 23 de marzo de 2011

Lago, Wallace...la supervivencia del escritor.


Conocí a Eduardo Lago en 2006 cuando vino a España a recoger el Premio Nadal que ganó con su primera novela "Llámame Brooklyn". Por aquel entonces el interés que despertaba su obra era mínimo por una sencilla razón: Lago residía en NY desde finales de los 80 que se había dedicado al ensayo y daba clases en la Sarah Lawrence School y era completamente ajeno al mundillo literario español. Como era un currante de la letra, cosa que es complicado que se aprecie, lo cierto es que el departamento de prensa de su editorial lo tenía complicado para conseguirle entrevistas y darle un poco de publicidad por lo que, si no recuerdo mal, en la nota de prensa que te enviaban se comentaba que era "amigo de Paul Auster y profesor de su hija Sophie". 

El reclamo, pese a lo burdo, no dejó de causar su efecto porque cuando me senté delante de él a entrevistarlo me comentó que todo el mundo le había comentado lo de su relación con los Auster con el desasosiego del que sabe que, el que le está lanzando preguntas, no ha tenido tiempo de leerse más que la contraportada de la novela y la dichosa nota de prensa. 

Si con bastante frecuencia nos reímos de la mecánica y las coletillas utilizadas por los periodistas deportivos que, más o menos, hacen todos los días las mismas preguntas y se revuelcan un tanto en la obviedad lo cierto es que el periodismo cultural tampoco está tan alejado de las mismas preguntas tipo como "¿En qué te has inspirado?" ¿Cuánto tiempo le has dedicado?" "¿Qué hay de real y de ficticio?" y, también, de un supremo interés por conocer la opinión del escritor, cineasta, pintor o acuarelista o lo que sea sobre cualquiera de los temas que a uno le apetezcan. A mi, todo eso, me parece un síntoma de que uno va a la entrevista sin haberse documentado demasiado o, peor, que no sabe hacer demasiado bien su trabajo. 

Cuando me senté con Lago no tenía ni idea de quien era pero me había leído "Llámame Brooklyn" en tres días. El hecho de no saber qué tipo de persona tienes enfrente merece pues que centres todas tus preguntas en su trabajo y que, a partir de ahí, vayas viendo como surge la cosa. Estuvimos sentados en el despacho de aquel enorme palacete de La Castellana como dos horas donde hablamos sobre todo de literatura y, más que de eso, del oficio de escribir. A mi me resultó apasionante escuchar a un escritor hablar de estructura y del aparato técnico que sostiene una narración para, poco a poco, hablar de influencias y, finalmente, de como había llegado a la conclusión de que, lo mejor, era contar la historia que se le había ocurrido contar. Es una pena que, por aquel entonces, no me permitieran publicar la entrevista porque resultaba un tanto "árida". Es posible que así fuera y que una entrevista donde se habla de Joyce, O´Henry, Cervantes, la pintura del XVI y XVII y cosas así interese menos que si Auster tomar cerveza o si su hija es buena estudiante pero me parecía que era la entrevista que un escritor debería siempre de conceder por encima de su interés, un interés muy acentuado en los escritores españoles, de hacernos saber lo que opinan sobre el ruido que hacen los bares, la fiesta de los toros o la ordenación urbanística. 

En la actualidad Lago es director del Instituto Cervantes en NY y ya tiene una segunda novela en el mercado, la poco apreciada "el ladrón de mapas", y suele colaborar con El País con lo que, me imagino, que si me tuviera que sentar a charlar con él me sería mucho más fácil hacerle una entrevista de esas menos áridas y más fértiles. 

El caso es que Eduardo Lago publicó el domingo un interesante artículo en El País sobre la publicación de "The Pale King" la novela inacabada del escritor David Foster Wallace. El norteamericano se suicidó en 2008  sumido en una depresión crónica. 

Wallace fue un escritor que consumió sus tiempos de la misma forma desaforada con la que transcurren sus novelas y ensayos. En 1987 publicó "The broom of the system" -con  solo 25 años- convirtiéndose en el segundo niño prodigio de la llamada "Generación X" tras Breat Easton Ellis. Ellis se convirtió en un escritor de masas que alimentó su imagen de estrella intelectual y en una especie de colaborador necesario para darle rollo cultureta a MTV y a algunas publicaciones muy modernas mientras que Foster Wallace se esmeró en labrarse una carrera mucho menos vendedora y discreta que no lo llevó a las grandes cadenas pero que le hizo labrarse una reputación literaria junto a Michael Chabon (que también con 25 publicaría en el 87 la fantástica "Los misterios de Pittsburgh"). 

En el artículo de Lago  resalta el escritor español que, quizás, no hay nada peor para un escritor que publicar una obra maestra demasiado pronto: en 1996 Wallace publicó "La broma infinita". A partir de ahí la obsesión del escritor por alcanzar un nuevo estado de perfección se convirtió en un lastre que lo mantuvo postrado durante varios años pese a que siguió publicando azarosamente y haciéndose hueco en todo tipo de experimentos (desde sus ensayos, sus cuentos, la revista McSweeney´s, artículos...). Foster Wallace, cuenta Lago, parecía inconsolable a la hora de encontrar esa perfección. 

El oficio de escritor, el oficio de escribir, de pronto, se convierte más que en una bendición en un lastre que le incapacitó para la felicidad. "Escribo a regañadientes, sumido en sentimientos ambivalentes sobre lo que hago, hundido en el dolor. Estoy cansado de mí mismo, de mis pensamientos y asociaciones mentales, de la sintaxis, de mis hábitos verbales" le escribiría a Jonathan Franzen poco antes de quitarse de en medio. 

Ya ven, un genio de la literatura sumido en el aburrimiento y en hastío de sí mismo, con la sensación de estar repitiéndose, de no estar haciendo nada bueno...qué curioso que no haya ningún papanatas que no se aburra también de sí mismo. 

"The Pale King" se publicará el mes que viene en Estados Unidos y Reino Unido. Es una novela difícil sobre un tema algo chocante: la vida de un inspector de hacienda que trabaja en una oficina de la ciudad de Peoria. Un trabajo inacabado que le llevó 10 años de su vida y que, al final, verá la luz por pura demanda del mercado. No me cabe duda de que, como dice, Lago la literatura de Wallace se sustenta sobre la doble combinación del trabajo muy bien hecho y de una experiencia basada en la pasión. Una pasión arrasadora que te deja, la mayoría de las veces, vacío. Un trabajo ímprobo de ordenación de empujones emocionales, de recolocación interior y de mucha observación. Una labor ingrata en la que el autor se enfrenta a la exposición de su obra (como parte inevitable del proceso de la misma) pero también a la lucha consigo mismo. Wallace, Lago y otros tantos -estoy pensando en los amigos que de verdad escriben- deben de tener esa sensación rara de que, en realidad, no se merecen estar ahí y que, de entre la multitud, saldrá un dedo acusador que les pondrá en el paredón resaltando todas sus vergüenzas y sus debilidades como escritores...muchas veces, como en el caso de Wallace o en el de Sánchez Ferlosio (en su faceta de novelista), ese dedo acusador es el de ellos mismos. 

Es muy común que se escuche, y más en estos días, que los que se dedican al asunto artístico son unos privilegiados. Es un comentario común que se dibuje así, un poco a la ligera, a los escritores, cineastas, pintores o bailarines de claqué como miembros de una élite que hace lo que quiere porque quiere. No llego a entender cuál es el privilegio en vivir una vida que se basa, únicamente, en estar en paz con uno mismo.






Nota del Insustancial: "Rust never sleeps" es el disco que Neil Young & Crazy Horse publicó en 1979. Se abre y se cierra con las canciones "My My, Hey Hey" y "Hey Hey, My My" o quizás una sola canción interpretada en acústico y en eléctrico y con pequeñas variaciones sobre la letra. El verso "It´s better to burn than fade away" (es mejor arder que apagarse lentamente) formó parte de la nota de suicidio de Kurt Cobain lo que impactó a Neil Young que lo homenajeó en el disco "Sleeps with angels" (1994). En las postreras interpretaciones de la canción Young ha cambiado ese verso por "once you´re gone you can´t come back" (una vez que te has marchado no puedes regresar). El verso "Out of the blue into the dark" tiene varias interpretaciones desde una bélica -acuñada durante la guerra de Vietnam- pero luego juega con el significado doble de la palabra "blue" y se utiliza para hablar de una caída en la depresión, una bajona producida por las drogas o el alcohol o como metáfora poética de la muerte. 

miércoles, 9 de marzo de 2011

A Spanish movie (una movida muy española)


Hay un juez en Vilanova i la Geltrú que ha imputado a Angel Sala, director de Festival de Sitges, un delito de “exhibición de pornografía infantil”. Al parecer este juez no ha entendido la diferencia entre una película (que es una obra de ficción) y un documental equiparando, por ejemplo, “La Guerra de las Galaxias” con “El puente sobre el Río Kwai”. 

Es decir, en un galaxia no muy, muy, muy lejana podríamos decir que hay gente que ostenta un cargo sin saber diferenciar lo que es real de lo que es ficticio. Cosa, que sinceramente, no debe de ser tomada a guasa o sí. Los denunciantes, una asociación llamada Confederación Católica de Padres y alumnos (CONCAPA) y la FAPMI (Asociación para la prevención del maltrato infantil) parece que tampoco porque no la habrán visto y, sobre todo, porque rebuscando en sus páginas no encuentro ni una sola mención a famosos casos de pederastia y a alguna institución que sí debería de ser preventivamente mirada con lupa por la cantidad de casos de pedofilia (casos reales) en los que se ve envuelta. De hecho no se enteran ya que en la carta que esta segunda asociación remitió a diversos estamentos se refirió a la película como "A servian film". Aquí.

Es una pena que, a estas alturas, una mala crónica firmada por una mala periodista y publicada por un mal periódico llamado “El Mundo” haya dado con el director del Festival de Sitges en un juzgado (con la simpar ayuda de una Concha García Campoy que, sin coscarse de la misa la media, corrió a "denunciar públicamente" que la película se hubiera proyectado pidiendo que este hecho jamás se volviera a repetir desde su programa). Desde hace mucho tiempo, creo ya que demasiado, el panorama cultural español sufre de cuando en cuando un latigazo de estupidez en forma de denuncia que nos deja estupefactos.

Ahora, que con tanta alegría se encienden hogueras por la prohibición de fumar en los bares o por la reducción de la velocidad a 110 km/h es, cuanto menos chocante, que desde algunos sectores de la mal llamada ciudadanía que se pronuncia como si fuéramos todos nosotros se impulsen medidas desde los juzgados que nos prohíben ver esta o aquella película. Hoy es “A serbian Film” y “SAW nosecuantos” y pasado mañana pues ya encontrarán al juez que, de manera obtusa y retorcida, sea el encargado de juzgar si estamos maduros para leer, escuchar o ver lo que creamos conveniente.

La ligereza con la que se protege la proliferación de asociaciones mojigatas, la alegría con la que se promociona el analfabetismo y la idiocia y el tonel de subvenciones públicas, ayudas y simpatías que reciben estos cuatro pelagatos de dudosa moral y peor entendimiento me hacen pensar en la cantidad de tiempo que tengo que gastar todos los días en medir mis palabras para que este o aquel anormal no eleve los brazos al cielo y se ponga hecho un Torquemada porque el mundo no se ajusta a lo que su cabecita concibe que es el mundo.

Pienso en estos mamarrachos como en esos monos a los que obligan a participar en esos experimentos donde hay que meter una figura geométrica dentro de un molde de las mismas características. Incluso el mono, cuando ha hecho dos intentos es capaz de desistir de meter la pieza de madera en forma de estrella dentro del cuadrado porque ya comprende que no cabe, que no encaja. Sin embargo, estos memos de vía estrecha se empeñan en hacer coincidir su pieza geométrica (su moralina) en un molde donde no encaja (la realidad) y al no haber narices de que cuadre se sirven de cualquier martillo que tienen a mano hasta que la cosa cuadra según sus propios intereses.

Estoy cansado de discursos que no caben en los moldes y estoy cansado de la capacidad infinita y de la energía que algunos gastan en que se ajusten. Me da asco esta falta de sentido común, esta incapacidad para releer nuestras costumbres, me da asco que se venda como personalidad o defensa de esto y lo otro lo que simplemente es un intento de meternos por los ojos algo que, a la vista está, no cuadra por ningún lado, por más que se apriete, por más que lo intenten.

Si la evolución nos trajo hasta aquí está claro que vivimos en un periodo de regresión que va a marchas forzadas. Alguien ha decidido devolvernos a los tiempos del Código Hays a golpe de denuncia. Me pregunto cuantos de nosotros, en esta situación, no se pensarán dos veces lo de morderse la lengua aunque solo sea por evitarse el chorro de subnormalidades, gilipolleces, insultos, paridas varias y lo que es peor denuncias que no ya la realización si no la exhibición de una obra puede acarrearle. Nos dicen que el universo se expande pero, en realidad, se hace más pequeño. En una cosa tenía razón McLuhan, vamos hacia la conversión en una aldea global de esas, pero no en una aldea cualquiera, vamos a convertirnos en un pueblacho de mierda donde siguen mandando las fuerzas (más muertas que) vivas de siempre.

Yo hoy siento más asco que pena y más ganas de vomitar que otra cosa.

Por cierto, vi “A Serbian Film” en su momento y me pareció que no estaba nada mal.  

Nota del Insustancial: Un abrazo a Ángel Sala. 
Nota del Insustancial 2: la película se encuentra en Internet y puede, claro está, ser descargada por menores que no podrían haberla visto en su pase oficial en Sitges....¿no es paradójico?

lunes, 7 de marzo de 2011

Messina, no country for trainers


Sergio Scariolo la cagó en el Real Madrid. Se llevó una liga extraña, último partido en el Palau con un Djorjevic excelso y haciendo el yugoslavo, pero lo demás fueron todo escándalos. El último fue intentar largar a Alberto Herreros porque, como dice la norma, nadie puede brillar más en la plantilla que un entrenador estrella de esos brillantes. En el Madrid se ha sufrido a Fabio Capello y en el Atletico se sufrió con Sacchi (los dos italianos), todos los equipos en los que ha metido la mano Javier Clemente han sufrido el Síndrome de "solo una estrella en este equipo y esa estrella es su entrenador" y otros botarates con más o menos estilo han seguido esa línea de enfrentamiento entre el entrenador y sus mejores jugadores. 

Sabía que, más tarde o más temprano, Messina acabaría por hartarse de él mismo. Le está pasando a Mourinho en el equipo de fútbol de la misma entidad: vienen a España con la etiqueta de grandes, con la etiqueta de implacables, con la etiqueta de algo sentenciosos ante la prensa y, esos mismos pecadillos, le son devueltos y multiplicados por mil por unas entidades cuyos cargos directivos son capaces de creer que saben más que ellos, con una afición que puede ser más displicente que ellos y con una sensación general de que cualquiera puede hacerlo mejor que ellos. Bienvenidos a un país de irreductibles sabihondos llamado España. 

Nadie puede dudar del carácter algo tramontano de Messina, de que tiene ese rollo de megalómano detrás de una pizarra que ensayan otros megalómanos de nivel en la NBA como Phil Jackson. Tampoco de ese mismo caracter de "all mighty" que se ha gastado Mourinho o del que hizo gala Van Gaal que fue ridiculizado cientos de miles de veces por su obsesión por manejar los aspectos más bobos de la plantilla desde la forma en la que se colocaban en la foto hasta lo que comían sus jugadores. 

Todos ellos, todos los que he nombrado, se han llevado a matar con la prensa deportiva internacional sacando las garras en ruedas de prensa, cortando el acceso de los profesionales a los jugadores e intentando poner a cada uno en su sitio. Las agarradas de Messina con los medios griegos o las de Mou con los ingleses han sido históricas. Lo bueno de por ahí fuera es que, cada uno, tras la batalla recoge los bártulos y aquí paz y después gloria. 

No así en España donde jamás, y digo jamás, olvidamos una afrenta y donde cada equipo (incluso los de los deportes que parece que no tienen un especial seguimiento) sufren una acoso y derribo continuo desde la sala de prensa y llega hasta ese mundo ideal llamado "los despachos" que son un sitio raro y desconocido como "los mercados". 

España es un mal sitio para labrarse una carrera porque no es como el resto del mundo. No. Decimos que sí, que somos Europa pero...definitivamente no. 

Aquí todo el mundo sabe más que todo el mundo y, por tanto, no podemos permitir que nadie intente saber más que nosotros. Se llame Messina, se llama Van Gaal o se llame Quique Sánchez Flores. No importa. Nosotros, la gente, sabe qué pivot es el que mejor le viene al Estudiantes incluso más que su propio equipo técnico. 

La sección de baloncesto del Real Madrid es un enorme desastre. Desde la marcha de Plaza, mejor, desde la primera temporada de plaza, no se  han vuelto a ganar títulos. un Barça arrollador acapara todas las competiciones y, cuando no es el Barça, son equipos de presupuesto parecido (como el Caja Laboral) los que se llevan los laureles. El desfile de jugadores, técnicos, directivos y demás personal (y en el Madrid parece que hay mucho) es insuficiente para taponar la herida y da la sensación, la mala sensación, de que cada año la sección no es más que uno de esos famosos proyectos deportivos descabezados que proponía Jesús Gil en su Invicto Atleti. 

El primer año Messina, a sabiendas de que se le exigirían títulos, decidió tirar de veteranos. Fue un desastre no solo por la elección de los mismos si no, también, porque las expectativas no se cumplieron y, sobre todo, era un equipo demasiado poco físico para aguantar tres competiciones muy exigentes. Se acabó. No hubo manera de levantar el desastre. Este año ha habido un NO general a aumentar el gasto y a fichar a Ingells o Anderson (por precios que no superan el de un juvenil con vitola de futura estrella futbolera) que ahora militan en el Barça. ¿En medio? La dimisión de un director general llamado Antonio Maceiras que resultó absurda y la contratación de otro que viene con la idea de que un entrenador discreto y español como Pepu Hernández podía sacar petroleo de una plantilla menos competitiva. 

Soy fan de Pepu pero, sinceramente, sus mayores logros los ha conseguido con una selección nacional donde cohabitaban seis jugadores que militaban o militarían en la NBA(Pau y Marc Gasol, Juan Carlos Navarro, Sergio Rodríguez, Jorge Garbajosa, Calderón, Rudy Fernández...) y otras tantas estrellas nacionales al máximo nivel (Berni Rodríguez, Carlos Cabezas, Felipe Reyes...). No dudo de la capacidad pedagógica, de que Pepu entiende el baloncesto como me gusta a mi entenderlo (ataque rápido, desprejuiciado, fortaleza abajo, contraataque, corte...) pero necesita de algo más que de esas buenas intenciones. 

Y justo, para acabar de rematar el asunto, ahi tenemos a Jorge Valdano, ese señor que es el asesor deportivo de Florentino Pérez y que tiene en su haber todo tipo de fracasos como el hecho, insalvable, de que parece ser que nadie aprueba su gestión ni futbolística, ni baloncestística...lo que me hace preguntarme que qué narices sabe Jorge Valdano de baloncesto para recomendar que se reduzca el presupuesto, se de luz verde a este o a otro fichaje y cosas así. 

En medio de la decisión de Messina de poner tierra de por medio (en un momento bueno para él pero malo para la plantilla, protagonizando la enésima italianada) coexisten todos estos factores de enfrentamiento institucional, de echarle los perros de la prensa encima al técnico italiano y también algunos misterios como, por ejemplo, que Sergi Vidal o Velicovick que vinieron como estrellas apenas estén tocando bola. Y más allá de eso el hecho secundario más sangrante: Messina decide despedir a Jorge Garbajosa para traer a Begic y este, en lugar de marcharse, se queda en la plantilla pero sin ficha. ¿No es raro? ¿Ustedes se imaginan que los despiden pero los dejan en su sitio, sin trabajar, hasta que expira el contrato? 

No dudo de que Messina se ha confundido en algunos casos (en los anteriores, en algunos fichajes) pero lo cierto es que es feo contratar a alguien para hacer justamente lo contrario de lo que te recomienda y mucho más es darle menos presupuesto del prometido y, además, no dejar que lo gestione directamente. No dudo, tampoco, de que el silencio del técnico italiano es algo más que un signo de elegancia, es la señal inequívoca de que sabe que el Real Madrid de Baloncesto es una institución volátil, mal manejada y que suele tomar decisiones absurdas por lo que, no es improbable que, el día de mañana, se le vuelva a convocar para sentarse en el mismo banquillo como ya se hizo con George Karl. ¿Quien sabe? 

Este no es un buen país para venir con etiqueta de nada y, mucho menos, con la etiqueta de querer hacer las cosas a tu modo. Ahí está el ejemplo de Guardiola que se tiene que morder la lengua en cada aparición pública para que nadie lo acuse de querer ser más que el periodista que lo entrevista, más que el aficionado que ahora lo aplaude y, sobre todo, más que la institución que lo sustenta. Da igual que él sea el artífice de los éxitos, que él sea el que pone la máquina a funcionar todos los días, da igual que él sea el tío capaz de manejar la pizarra porque todos sabemos, y él que es muy listo también, que cualquier desliz le puede costar el cuello, el insulto y la marcha a un club extranjero. En realidad, los tratamos como a nada y siempre pensaremos que están ahí gracias a nosotros. 

Hacemos las cosas como nos viene en gana, desoímos a los expertos, preferimos tirar por la calle de en medio...y si así funcionan las instituciones más conocidas de nuestro país díganme si esto no es un reflejo general de lo que ocurre en otros estamentos. Así nos luce el pelo.