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lunes, 27 de julio de 2009

El (milagroso) helado de Rafael



Rafael estaba hablando a voz en grito sobre los pormenores de la construcción de la estatua de Pizarro que decora el centro de la plaza de Trujillo (Cáceres). Sentado en la terraza de una heladería su particular clase de historia iba haciéndose cada vez más molesta para los pocos paisanos que, a esas horas, ocupaban las otras terrazas y que no estaban demasiado dispuestos a escuchar como un desmañado anciano, vestido con un traje gris y una corbata a cuarenta grados a la sombra, cargaba contra el conquistador, pese a que en realidad fue uno de los mayores sanguinarios que participaron en la Conquista. Digamos que a nadie le apetece que vengan a su casa a hablar mal de los vecinos.

Comentó que fue un regalo de la familia Rummsey, un norteamericano amigo del Duque de Alba entusiasmado con la Historia de España y estudioso de la conquista del Perú y su esposa ambos bastante ricos, el peso exacto (6500 kilos) y el destino último de la estatua gemela que también pagaron los Rummsey y que el Ayuntamiento de Lima había retirado del centro de la ciudad para colocarla en un parque más recoleto donde seguía recibiendo las mismas muestras de cariño en forma de pedradas, pintadas y bombas de pintura que en el pasado. Luego pegó un garrotazo en el suelo que ahuyentó a las palomas y despertó a algunos vecinos que estarían echando la siesta y dijo: “Las junturas de los adoquines de esta plaza están pringados de sangre india”. En el pasado Rafael había sido muy crítico con los fastos del Quinto Centenario del descubrimiento de América y había escrito algunos artículos francamente combativos contra dichas celebraciones en las que dejaba bastante claro que dicha fecha debería de haber sido aprovechada por parte de Occidente para elevar una queja (y a ser posible una restitución) de los atropellos de la conquista que incluían matanzas y atropellos de toda índole desde Usuahia hasta Alaska.

La conversación giró entonces a los escritores hispanoamericanos que Rafael dividía entre los que habían explotado la herencia criolla y los que, directamente y con el tiempo, habían decidido acercarse a Europa o creerse directamente europeos señalando a algunos de ellos pro salvando a muy pocos. No solía estar Rafael tan parlanchín pero algo, seguramente la presencia de otro gran escritor catalán entre nosotros, le lanzó a una de esas peleas contra la historia (peleas que no se podrán ganar hasta que no podamos enderezar las líneas del espacio-tiempo con la invención de una máquina del tiempo) en la que iba desmenuzando mitos. Luego vino el camarero y Rafael pidió una copa de helado con tres bolas con ración extra de sirope. “Azucar, no debería, pero bueno, qué mas da”. Habíamos estado viajando por una ruta poco conocida de Extremadura que nos había llevado hasta el arco del Templo de Diana, rescatado de la inundación del pantano cercano que ahogó el pueblo de Talaverilla y que fue la única pieza indultada (junto a unos cuadros de El Greco) de un espectacular conjunto artístico que duerme debajo de las aguas, y luego hasta la Encina Terrona de Zarza de Montánchez considerada como la más grande del mundo y mucho más tarde, ya casi para comer, al mirador del Parque Natural de Monfragüe donde el escritor catalán, Rafael y yo nos quedamos charlando y donde Rafael nos enseñó un pequeño cuaderno guardado en el bolsillo de su chaqueta donde con letra prieta iba escribiendo términos perdidos. Los llamó así.

El caso es que la charla se dirigía indefectiblemente hacia un único tema: el desánimo. Participaba yo de la amargura de Rafael por otras razones que no eran las puramente intelectuales. Normalmente eludo las conversaciones amargas que no llevan a ninguna parte pero acababa de perder mi trabajo y estaba KO después de una temporada en la que me había dedicado a darme de puñetazos con todo el mundo y, bueno, en esa situación sueles dejarte llevar y compartir el punto de vista más radicalmente negativo…en esas andaba, despellejando a Tirios y Troyanos, cuando el camarero se acercó hasta la mesa y repartió las consumiciones. Estaba la cosa en su punto álgido y ya había saltado hacia la molesta, pretenciosa y falsa (¡Sobre todo falsa!) asunción por parte de la intelectualidad occidental más cursi de la cultura oriental cuando Rafael hundió con furia la cucharilla sobre las bolas de helado y la sacó de las entrañas de la golosina arrastrando una generosa porción de Stracciatella bañada en sirope hacia su boca para luego como un Saturno que devora a sus hijos meterla en su boca. Y pasó el milagro.

Rafael borró de su cara el gesto adusto, echó la cabeza unos milímetros hacia atrás, dibujó una pequeña sonrisa y saboreó el helado. Luego devolvió su cráneo a la posición normal y se quedó durante unos segundos mirando hacia la estatua de Pizarro. Después comenzó a hablar y dijo: “Mi padre no era muy hablador, pero a mi me encantaba pasear a su lado, paseos largos por Recoletos para terminar sentándonos en cualquier kiosco cercano al Museo del Prado, en verano se podía tomar horchata o agua de cebada”.

Y después de la ensoñación se lanzó sobre su copa de helado y desapareció su humor de perros y comenzó a hablar de que a lo mejor había tiempo para visitar algún sitio cercano a nuestro destino que fuera de interés y después estuvo de un fantástico humor durante toda la tarde.

Después de asistir a aquel milagro del helado saqué la conclusión de que la vida, normalmente, te depara momentos asquerosos y conversaciones hoscas pero que, de cuando en cuando, también existe la posibilidad de disfrutar de una buena película, de un mejor libro, de una gran canción, de un buen chiste, de una gran historia, de una raja de sandía, de una cerveza helada, de un cocido, de un whiskazo en condiciones o de un helado de tres bolas con una ración extra de sirope y que el truco consiste en pasar lo mejor posible los malos momentos y agarrar con fuerza los instantes en los que podemos sentirnos un poco mejor para extenderlos y disfrutarlos el máximo tiempo posible porque uno no sabe nunca cuando nos van a volver a cortar la digestión. Lo dicho: disfruten.

viernes, 17 de abril de 2009

Perdedores

Nota del Insustancial: En uno de mis más que frecuentes despistes dije que no había negros en High School Musical...los hay, como se ve en esta foto. Juro que pensé que era un niño al que sus desaprensivos padres habían inflingido unas cuantas sesiones de rayos UVA.

La lírica del perdedor tiene mucho más de atractivo que la del vencedor. La del perdedor se cuenta en corros formados en los parques, en las puertas de una empresa a punto de firmar el E.R.E. y finiquito (o sea, Tocata y fuga), en las reuniones más animadas de los bares...las mejores películas son las películas protagonizadas por perdedores natos: Rocky era un homenaje a un boxeador medio sonado, su novia escurrida, un cuñado alcohólico y vago y un entrenador con malas pulgas mientras que las siguientes entregas -elevemos un aplauso por la última entrega "Rocky Balboa"- eran una puta patraña que, sin embargo nos regaló a dos grandes malos como Ivan Drago (un chiflado boxeador soviético interpretado por el actor Dolph Lundgren) y Clubber Lang (un barriobajero muy chungo al que daba vida Mr. T).

Desde aquí lanzo una pregunta: ¿Por qué gusta más "El Luchador" de Aranofsky que Rocky Balboa si van más o menos de lo mismo?

Pero sigamos...las historias de ganadores sólo pueden interesar a Disney. ¡Disney! Que ha hecho, en realidad, una pasta contándonos historias de inadaptados: Nemo era un pececito minusválido, Dumbo un orejón, Bambi un cervatillo (¿O cervatilla?) cargado con el trauma de ver morir a su madre y, por favor, Ariel "La Sirenita" quería piernas...y sospechamos que también lo otro, porque seamos serios: la reproducción por huevos de los peces parece mucho menos placentera que la de los mamiferos.

El por qué ahora las películas juveniles están interpretadas por los malos de la película, capitanes de los equipos de beisbol o fútbol americano y las malvadas capitanas de los equipos de animadoras, es para mí un misterio que me he criado identificándome con los perdedores de las películas de John Hughes o, más allá de eso, con películas como "Tobi". Algunos de vosotros sois muy jóvenes y no fuistes traumados por dicha película, me explico: "Tobi" es una película dirigida por ese terrorista de los sentimientos llamado Antonio Mercero en la que un niño con alas (¡Como un angelito de Murillo!) intentaba ser normal y acababa siendo capturado por una mafia que lo exhibía como un freak de circo en el Parque de Atracciones. Al final (¡Atención spoiler!) el chiquillo se iba volando -literalmente-con una bandada de pájaros. Yo propongo que se haga una secuela en la que "Tobi" acabe electrocutado en una línea de alta tensión o envenenado por esos señores de campo que dejan estrictina mezclada con carne de pollo o alpiste para matar a "las ratas del aire". Por concienciar, sobre este crimen ecológico, digo.

¿Por qué tanta rubia saltimbanqui y tanto cachas con chupa ochentera en las películas comerciales actuales? Y mucho más cuando el sexo, no como en las pelis de los 90 u 80 donde siempre estaba más bien presente sólo hay que ver "Risky Bussiness" (una de las pocas pelis salvables de la filmografía de Tom Cruise) o "La Mujer explosiva", se ha convertido en un tabú de tamaño industrial. Qué desperdicio de juventud, ni un cochino botellón, ni tocar una teta por encima del jersey, ni nada. Una juventud bendecida por una salud de hierro y un incomparable mapa genético que, sin embargo, prefiere parecerse a "La Tribu de los Brady" que a una pandilla de bonobos...representación esta muy gráfica y muy al pelo de "Porky´s" o "American Pie".

Ayer tarde, tras el concierto de Joaquín Pascual (ex surfin´Bichos, actualmente en Travolta...no dejes de darle una oprtunidad), en el Centre Octubre de Valencia -llegamos tarde, pero lo que vimos fue emocionante- charlábamos sobre la imagen de los jóvenes en la gran pantalla de "Kids" o "Bully" (ambas del excesivo Larry Clark) a "los 400 golpes" (Truffaut) pasando por "Colegas" (Eloy de la Iglesia), "Clerks" (Kevin Smith) y llegando a "This is England" (Shane Meadows) discutíamos sobre si es más bonito perder o ganar -en la pantalla- sobre la inmensa senda de sabiduría del perdedor que comienza cuando uno es pequeño y acabamos recordando cantaores flamencos trágicos, futbolistas geniales destrozados, cantantes de discreto éxito, artistas callejeros que emocionan a pequeñas audiencias. Convinimos en que es mejor ser feliz todos los días que vender a tus amigos por alcanzar un puesto en el equipo de Fútbol Americano. Es muy posible que sólo Hollywood piense lo contrario...eso o es que pienso así porque soy gordo y gafotas. Por si acaso os dejo con una estupenda película sobre perdedores en dos partes: "Amici Miei" y "Amici Miei II". Y esta canción sobre el gustito de tomarse la vida sin prisas.







martes, 12 de agosto de 2008

Las ventajas de vivir insustancialmente





Cuando Robert Crumb era un adolescente su madre le dijo: "Ten cuidado o acabarás por casarte con la primera que pase". Crumb pensó que su madre estaba loca porque pensaba que ninguna mujer en su sano juicio se casaría con un tipo feo y acomplejado como él. Algunos años después encontró un trabajo como ilustrador en una enorme compañía de tarjetas de felicitación y dos años después encontró a su primera esposa, Dana Morgan, a la que hizo muy infeliz para solaz de su madre que, cual Casandra, ya sabía lo que a su hijo se le venía encima.




Según las propias confesiones de Crumb la fama lo ha hecho mejor persona y ha colmado todos sus deseos: desde cumplir todas sus fantasías sexuales por muy chifladas que parecieran como, por ejemplo, ser transportado a hombros de una mujer vestida con un pantalón corto, camiseta de tirantes y botas tejanas con espuelas hasta la cima de una colina; poseer una gigantesca colección de discos de pizarra de 78 rpm (gracias a la cual conoció a Harvey Pekar con el cuál fundó la saga de American Splendor, una joya), tener su propio grupo de música folk Cheap Suit Serenaders en el que toca el banjo y retirarse durante un largo tiempo a Francia junto a su nueva esposa (otra chica Crumb de ideas claras, poderosas posaderas etc.).




El freak de Crumb cumplió todos sus sueños dibujando muñequitos, se puede permitir vestir todo el año de manera estrafalaria (gusta del canotier y la pajarita) e, incluso, mostrarse maleducado con sus fans que, de cuando en cuando, lo asaltan con peticiones como que les haga una caricatura, les firme un autógrafo o les cuente alguna anécdota sobre el tiempo que pasó de gira junto a Grateful Dead o algo sobre la personalidad real de Janis Joplin a la que hizo la portada de un disco, Cheap Thrills.




Curiosamente la mayoría de los personajes que se cruzaron con Crumb en los 60 están muertos: Janis Joplin y Jimi Hendrix en el 70, Jim Morrison en el 71, Frank Zappa en el 93 y Jerry García en el 95. Ninguno de ellos consiguió hacer demasiado digerible su fama y todos renegaron de ella diciendo que sólo les había traído problemas. Todos muertos, excepto Zappa que fue víctima de un fulminante cáncer de próstata, por la consabida mezcla de alcohol y drogas a la que acuden todas las almas atormentadas o por las secuelas que dejan en el cuerpo. Hendrix, previsible, cascó ahogado en su propio vómito, una muerte estupida y recurrente entre los músicos que, al parecer, como las tortugas son incapaces de darse la vuelta si nadie les echa una mano...

Hace una semana vi Last days (2005, Gus Van Sant) una enorme pieza funeraria que intentaba ahondar poéticamente en los últimos días de la vida del martir Kurt Cobain. Decir sopor es decir poco. Si quieres que se te quiten las gana de adorar al muchacho de Hoquiam no hay más que acercarse a esta estupidez de película firmada por un tipo que, sin embargo ha hecho cosas interesantes como My own private Idaho (curiosa adaptación de El Rey Lear), Todo por un sueño, Mala Noche o Drugstore Cowboy...nadie a alternado tan mal grandes películas con cosas completamente banales.



Muy en la línea de querer reconvertirse en algo diferente, o quizás buscando el remanso de talento que le dieron los largos silencios de sus primeras películas, Van Sant rodó en 2003 la aburridísima Elephant, otra obra modernesque sobre la matanza de Columbine y las motivaciones de los criminales, ya saben, el mundo es un lugar vacío, silencioso y frío repleto de padres castradores y bla, bla,bla...una explicación tan asombrosamente simplista como la que suele dar la Asociación Nacional del Rifle y que echa la culpa a la "ira provocada por la televisión y el rock satánico".


La película además tiene como productor ejecutivo al escritor J.T. Leroy que, allá por finales de los 90 principios del nuevo siglo sedujo a propios y extraños con sus novelas autobiográficas que relataban una vida de chaperismo, alcohol, maltrato, drogas y alcohol que sobrecogió al mundo literario y que se convirtió en un icono. El propio Van Sant llegó a declarar que había escrito el guión a partir de un manuscrito del propio Leroy y que sus conversaciones habían hecho el resto y habían puesto las bases de una nueva colaboración (Last Days)...inocente...





Allá por 2006 la persona que había adoptado a J.T. Leroy, Laura Albert, reconoció que el escritor era ella misma y que la persona que aparecía de vez en cuando en público no era otra que su sobrina, Savannah Knopp. Nadie sabe, en realidad, con quién habló Gus Van Sant para hacer Elephant. Albert reconoció que su marido, Geoffrey Knopp, del que se acababa de divorciar estuvo también metido en el ajo. O sea que el escritor seropositivo que acogió en su sótano y que fue, desde niño obligado por su madre a prostituirse vestido de mujer en realidad era una especie de alucinación colectiva. La propia Albert dice que creó el personaje porque entendía que era mucho más fácil que un personaje como ese vendiera novelas a que lo hiciera una escritora treintañera que llevaba una vida de clase media.


Es curioso como dos manojos de nervios atenazados por diversas neurosis como Crumb (o Pekar) nunca hayan necesitado de todos estos manejos para hacerse famosos y ser (en la medida en la que una persona aquejada por la depresión crónica lo es) tan felices, haber criado hijos medianamente sanos y no haber caído en ninguna de las trampas del camino para convertirte en un exquisito cadáver o en un mamarracho capaz de tragarse la primera estupidez que se le cruza por el camino. Demasiado feos y vulgares de aspecto ni uno ni otro pensaron, ni de lejos, en casarse (como auguraba Mamá Crumb que sería de la escuela filosófica de "siempre hay un roto para un descosido") y mucho menos en hacerse famosos. Ni que decir tiene que, aunque muchos se empeñen, el que resiste hasta el final de la carrera gana y llega al final el que no se toma, ni su propia vida, demasiado en serio. Ya saben aquí nos va sobre todo lo aparentemente insustancial.