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martes, 11 de noviembre de 2008

El rugido del ligre


Hay cosas raras: ¿Por qué la gente cree que es vejatorio que un tipo sin brazos y sin piernas exhiba sus habilidades en una carpa de circo como hacía Prince Randian en Freaks (Todd Browning, 1931) y, sin embargo, eso mismo sea un ejemplo de superación si lo hace en un estadio olímpico?

Es curioso: Consideramos algo extraordinario, por poco común, el físico de una ucraniana de 16 años cuyas medidas harían llorar de emoción a Praxíteles y le permitimos vivir del mismo enseñándole a mostrar palmito, a no caerse mientras camina mirando al frente por una pasarela, a poner caras inexpresivas o de monguer deseosa en las portadas de las revistas de medio mundo y pagamos ese esfuerzo introduciéndola en el mundo de la cocaína, los proxenetas internacionales o los novios químicamente inestables. Sin embargo, si tenemos otro físico extraordinario pero raro, como ser una mujer barbuda, el 50% de un siamés, midget o Peter “El esqueleto humano” Robinson y queremos exhibir cómo nos ha tratado la naturaleza en una barraca de feria hay alguien que tiene algo que objetar desde la moralidad.

Normalmente te dirán que lo malo está en el ojo del espectador morboso que acude a estos eventos a ver un espectáculo de exhibición impúdica…me refería a lo segundo, lo del circo, y no a lo primero, lo de la pasarela…bueno, me lío. El caso es que nos parece muy bien que si tienes unos pectorales perfectos o un culo made in Ipanema se te permita ganarte la legumbre con su exhibición pero que si lo tuyo (como lo mío, básicamente) raya en lo que cualquier predicador en su sano juicio tacharía de “abominación” preferimos que no lo hagan y que se dediquen a montar bolis, hacer marquetería o tengan una plaza en un consistorio. Sigo sin entender la diferencia.

Desde hace años, por tanto, los freaks no pueden trabajar en los circos y por eso se buscaron alternativas como la exhibición de animales raros como serpientes, tarántulas, mamíferos curiosos pero, la verdad, el aumento del tráfico ilegal de especies protegidas y peligrosas ya había convertido la habitación de muchos macarras titulares en pequeños ecosistemas del “horror vacui” donde ratones de Madagascar, iguanas, camaleones, monos, pitones albinas y un largo etcétera competían por llegar primero al enchufe o a la ventana para acabar con su existencia.


En realidad sólo hay un freak circense que resiste el paso de los años sin que nadie haya hecho nada por prohibir su proliferación y/o exhibición: el ligre. Sí, el mítico animal que se anuncia de cuando en cuando en enormes carteles que parecen hechos por un esquizofrénico daltónico y que dicen que es mezcla de tigre y leona ya que lo contrario daría otro animal híbrido llamado Tigón. Otro infierno de la globalización: coges a un felino asiático y a uno africano y los encierras a ver que sale, a ver quién se zumba a quién y en qué condiciones…acabo de caer en la cuenta en que estas cosas ya se pueden hacer por medio de la inseminación artificial…estoy muy anticuado.
Bueno, el caso es que el ligre (y el tigón) es uno de esos bichos míticos, mitad mentira, mitad verdad, todo espectáculo. Como Michael Jackson que es el ligre humano más conocido pero no el único.
Ayer tuve esa sensación viendo a Rosa Díez en el programa de Sánchez Dragó. Daños colaterales del insomnio: sumergirte en el estado inducido de incoherencia que te procura la programación de Telemadrid.
Rosa quiere, sobre todo, ser un ligre. Estar a bien con izquierda y con derecha, reinar en el futuro ganando el centro y diciendo todas esas cosas que quieres escuchar como, por ejemplo, que hay que hacer una política sin ideología. Son esos tochos de sebo y carne cruda sin sabor y sin olor de los que se alimentan los ligres como la Díez. El sabor le gusta a la diputada de UPyD pero sólo en su libro de recetas que no he tenido el placer.

Ayer Dragó y la misma Díez se enzarzaron en una lamida de culo de esas que uno piensa que sólo puede encontrar en las películas de Rocco Siffredi, un rimming televisado en el que compitieron primero por descubrir quién admiraba más a quién (Ganó la Díez que admira mucho a Dragó porque Dragó sólo se admira a sí mismo) y luego en una gilipollada estupenda que fue a ver quién se declaraba más “liberal”. Pero no liberal de esos “neocons” o de esos “liberales americanos” ¡NO! Ellos son liberales al estilo de las Cortes de Cádiz. El guirigay fue evidente, claro. Hay que retrotraerse a 1812 para encontrar las raíces de la tradición política de la ligresa y del escritor que, por otro lado, también es muy ligre, muy ligre (¡Ding!) incluso de pensar que es lo más del cabás.

En realidad ambos son dos floreros porque como no son ni tigres ni leones sólo destacan por llamar mucho la atención. El ligre, como todos los híbridos, es estéril. No heredará la tierra, ni la jaula y, por lo tanto, no tiene que preocuparse de nadie nada más que de él por lo que puede permitirse el lujo de hacer con que hace política sin hacerla o hacer que está haciendo literatura sin dedicarse de manera real. El ligre vive el momento a tope a sabiendas de que nada quedará de ellos en el futuro.


En la entretenida “Hijo de los hombres” (novela de P.D. James y película de Alfonso Cuarón) se plantea un mundo caótico en el que el ser humano ha dejado de ser fértil y camina hacia su absoluta desaparición. Un mundo dominado por ligres sería un poco así, incapacitado para generar nada nuevo, para ser fértil en el terreno de la procreación de otros semejantes o en el del terreno de las ideas caminaría irremisiblemente hacia su destrucción absoluta…
Es por eso que es importante que siga habiendo tigres, leones, ucranianas de pechos perfectos, Adonis andantes, freaks, mujeres barbudas y también ideas, pensamientos, canciones, películas, libros y cosas así que aseguran la supervivencia de la especie, su biodiversidad. El resto es sólo el rugido pasajero de un animal concebido simple y llanamente para ser exhibido en un espectáculo banal y el dueño del circo pueda comer calentito todos los días.