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martes, 22 de septiembre de 2009

Yoshito Usui (1958-2009) y otras muertes ridículas.


No sé casi nada de Topanga Lawrence excepto que tiene un blog, que está prendada de Eduardo Galán, que ha sido alumna de un amigo mío y que escribe muy bien. Iba a escribir algo sobre la estúpida muerte de Yoshito Usui , creador de Shin Chan personaje del que soy rendido fan, pero se me ha adelantado y al comprender que no podía superar su texto prefiero poneros el enlace y que lo disfrutéis. Aquí.


La muerte de Mr. Usui me ha recordado aquella vez en que le pedí a un amigo que intentara, por todos los medios, que pudiera morir de una forma ridícula, tipo "desaparecido mientras cogía setas" o en cualquiera de los supuestos de los que habla Def Con Dos en "Pánico a una muerte ridícula".


Si malo es irse para el otro mundo, peor es irse de una manera completamente deshonrosa o absurda. En ese caso, y si tiene que ocurrir (que acostumbrado como estoy a atraer el absurdo a mi alrededor es más que posible) ya he dejado dicho que mis herederos se vean "Los Tenenbaums" (Wes Anderson, 2001) y que actúen como lo hace Gene Hackman que, pese a morir de un ataque al corazón que le sobreviene cuando viaja agarrado a la parte trasera de un camión de basura, escribe en su epitafio: "Amante padre que falleció cuando rescataba a toda su familia de un naufragio". Pues a mi más o menos. De todas maneras he confeccionado una lista de gente que murió de una forma absurda:


1. Keith Moon: El genial batería de The Who, no se si uno de los mejores del mundo pero sí uno de mis preferidos de todos los tiempos, nos abandonó el 7 de septiembre de 1978 mientras dormía. Palmó por una sobredósis de pastillas, esta vez no de pastillas ilegales, si no de unas recetadas por un médico y cuyo tratamiento tenían como objetivo que dejara de beber tanto alcohol.


2. Peter Sellers: El 24 de julio de 1980 abandonaba esta roca el cómico inglés más famoso de todos los tiempos (si exceptuamos a Tony Blair) debido a una estúpida afición: Sellers, desde su infancia, era un conocido amante de todo lo relacionado con las ciencias ocultas y uno de esos ingleses chiflados con el renacimiento de la Golden Dawn. A Sellers se le detectó un cáncer un año antes de que se lanzara al rodaje de "Bienvenido Mr.Chance" (Hal Ashby, 1979) pero decidió no tratárselo por los medios tradicionales ya que uno de sus habituales brujos de cabecera le recomendó no hacerlo y tratarse con piedras captoras de la energía y una dieta a base de vegetales y aguas imantadas (o algo parecido). Como no mejoraba ese mismo brujo, u otro cualquiera, le recomendó que viajara a Filipinas para ser operado por uno de esos santones que dice arrancar tumores sin necesidad de anestesia...fue, se dejó "operar" e, incluso, decidió aceptar un papel en un par de películas que no pudo terminar por razones obvias. ¿Les suena la anécdota? Es porque el cómico americano Andy Kaufman sufrió el mismo timo por parte de otro filipino y la historia quedó documentada en "Man on the Moon" (Milos Forman, 1999).


3. Oliver Reed: El actor inglés se autodenominó así mismo como "Mr. England" pero falleció en La Valetta, capital de Malta. Fue un 2 de mayo de 1999 después de haberse tragado tres botellas de Ron Capitán Morgan, ocho cervezas alemanas y un número indeterminado de chupitos de whisky Famous Grouse. Lo más alucinante es que, pese a todo, Oliver Reed no palmó de la cogorza si no por una apuesta: se jugó el pago de la factura (470 euros) con cinco marineros de la Royal Navy a los que retó a vencerlo en un combate de pulsos. Les ganó pero, poco después, cuando salía del local cayó redondo de un ataque al corazón. ´


4. Tennesse Williams: El dramaturgo norteamericano abandonó este Valle de lágrimas el 25 de febrero de 1983. Intentaba abrir un bote de pastillas con la boca cuando, sin querer, aspiró la tapa del envase que fue a parar a su garganta obstruyéndola y matándolo de asfixia.


5. Shannon Michelle Wilsey (a) "Savannah": La actriz porno que pudo reinar en los 90, o al menor haberle hecho algo de sombra a Jenna Jameson, falleció el 11 de julio de 1994. Fue novia de la también actriz porno Jeanna Fine (única persona que clamaba que la había querído) y del cómico Pauly Shore. La noche de los hechos volvía a casa tras una fiesta conduciendo su deportivo, un Corvette, e iba bastante castaña o, al menos, tan castaña como su acompañante, su novio de aquel entonces, Jason Swing. Cuando sólo les falta una calle para llegar a su casa Savannah pierde el contro del coche y lo estampa contra una verja. Se hace algún corte en la cara y se rompe la nariz pero su novio no es capaz de que vaya al hospital. Ella insiste en volver a casa seguramente con la cara adormecia por la ingesta de farlopa y alcohol y le quita importancia al asunto. Su novio sale a pasear al perro y, cuando vuelve, se encuentra con que su novia se ha intentado volar la tapa de los sesos pero lo ha hecho mal y, pese a la herida, no está muerta todavía. Llama a una ambulancia y se llevan a la actriz a un hospital donde fallece tras permanecer unas diez horas en coma. ¿Qué le ocurrió a Savannah? Pues muy sencillo: la maldita "bajona". Al parecer cuando los efectos de la farlopa y del alcohol fueron disminuyendo se miró a un espejo y pensó que se había desfigurado la cara. Llamó a su ex, Jeanna Fine, histérica y le comunicó que nunca recuperaría su cara, que estaba destrozada...en realidad no es para tanto pero ella se lo cree y cree que se le ha acabado la carrera artística...

viernes, 29 de agosto de 2008

El apocalipsis visto por Terry Southern y Charlie Manson


Mis abuelos tenían un piso en el pueblo que me sirvió como refugio durante años. El lugar era un cuchitril polvoriento y enano que, hasta que yo me hice con una copia de la llave, servía como trastero donde se apilaban todo tipo de trastos, muebles y muchas cajas con libros. La casa olía igual que las tiendas de El Rastro y Cuatro Caminos donde, de cuando en cuando, me llevaban mis padres para intercambiar tebeos. Una mezcla de humedad, polvo y papel viejo que se ha instalado en la pituitaria y que, cada vez que recupero, me trae el recuerdo de aquellas tardes de rebusque y lectura.

La casa fue, durante años, mi refugio durante las horas de la siesta en la que desaparecía de casa de los abuelos con cualquier excusa para apalancarme allí y leer, ver fotos viejas o, simplemente pasar el rato escuchando música con un walkman.


Durante aquellas razias de libros encontré muchas joyas de la literatura ínfima, que decía un colgado profe de la Facultad, como La Historia de O de Reage, Justine del Marqués de Sade, los libros del tarado de Vázquez Figueroa (Tuareg, Manaos, Los nuevos dioses...), una edición en tapa dura de Cartas a la prostituta feliz de Xaviera Hollander que después desapareció sin dejar rastro, mucho pulp americano (novelas de las que no recuerdo el nombre pero estaban llenas de crímenes, foglieteo y malos malísimos), novelas de Stephe King de la edición de Círculo de Lectores y una colección completa de Club Planeta -creo que está en todas las casas de España- que incluía los Trópicos de Henry Miller, Lolita y Ada de Nabokov, la autobiografía de Dalí y, quizás, el mejor descubrimiento de todos: Candy de Terry Southern.

Aquello era como la biblioteca vergonzante de dos o tres ramas diferentes de la familia y nunca sabré quienes eran, en realidad, los dueños de aquel botín. Mi teoría es que, con la edad, muchos de ellos comenzaron a tener hijos y les pareció que dejar a la vista todo aquello no era muy recomendable para crear un hogar sano.

En realidad aquellas tardes de literatura best-seller mezclada con clásicos ha hecho más mella en mí como lector que los Episodios Nacionales o Baroja, pero claro, yo no soy Juan Manuel de Prada. No hay más que vernos.


El caso es que descubrí a Terry Southern y eso era bueno. Ni siquiera sabía que Southern había sido el coguionista de películas como Teléfono Rojo: volamos hacia Moscú (Stanley Kubrick, 1964) Casino Royale (1967), Easy Rider (Dennis Hopper, 1968), The Cincinnati Kid (Norman Jewison, 1965); que se había convertido en un personaje adorado por toda la contracultura desde William S. Burroughs a Andy Warhol, que Peter Seller lo consideraba un absoluto genio o que The beatles incluyeron una foto suya dentro del collage de la portada del Sargent Pepper´s Lonely Hearts Club Band (aquí).



Southern es uno de esos autores que demuestra que la mejor manera de hablar de una época es manteniendo cierta distancia ácida. Y no me refiero, aunque también, al LSD (tan presente) pero, seguramente, no haya nadie que supiera ver los años 60 con tanta gracia que supiera retratar la Guerra Fría de una forma tan descarnada representándola en la imagen de un cowboy montando una bomba nuclear, supiera hacer más sugerentes los salones donde estalló la música lounge, el acid jazz, el beatnik y, después, retratara con tan buen tino a la Generación Hippie con sus luces (moteros atravesando Norteamérica en Easy Rider, libres como pájaros) y sus sombras (camellos sin escrúpulos en busca de carne fresca o idiotas sin remedio arrastrados por la modernidad como en The Magic Christian, la novela).


A este respecto sorprende, muy mucho, Candy (elegida como una de las 25 novelas eróticas más importantes de la historia por Playboy, ahí es nada y de la que se hizo una película en 1968 dirigida por Christian Marquand donde salía Marlon Brando, muy mala). En planteamiento suena algo elevado: una parodia del Cándido de Voltaire donde Candy es una inocente (hasta la desesperación) muchacha beatnik a la caza de la realización espiritual en medio de un irresuelto complejo de Electra. Un camino rodeado por todos lados, que dice Julius Winnfield en Pulp Fiction, por la tiranía de los egoístas y la tiranía de los hombres malos.


Con su toque satírico y su prosa abusivamente caústica Southern disecciona en una novela erótica, a la vista muy simple, a toda una generación y avisa, premonitoriamente, de lo que se le viene encima a todos esos confiados corderitos puestos en manos de sospechosos gurús con ínfulas hinduístas, los macarras reconvertidos en moteros de cuero y Harley y también una especie de chiflados callejeros que habían vivido siempre al margen de la ley y que vieron en toda la Generación Hippie el lugar perfecto para acampar sin llamar demasiado la atención. Premonitorio es el capítulo en que llevada por una especie de absurda compasión Candy acaba en los brazos de un violento y farfullante jorobado.

¿No les recuerda a nadie? 10 años antes de la aparición en escena de Charlie Manson el escritor ya auguraba que quizás el pachuli y el incienso estaban evitando que se oliera la podredumbre que comenzaba a instalarse en las calles y que dice Dennis Hopper "comenzó a salir de la luz cuando todas aquellas drogas que solían ser gratis se convirtieron en un artículo de lujo".


De hecho Charlie Manson ya era la visión apocalíptica andante del final de la Revolución de las flores ¿no? Un tipo feo, contrahecho y cargado de palabrería barata se tiró a toda una generación de inocentones convirtiéndose en la cara del terror que alumbró al Ejército Simbiótico de Liberación y a The Weathermen. Charlie fue el primero de los profetas del pánico como Jim Jones, el extraño fundado del People´s Temple que provocó el suicidio en masa de Guyana llevándose por delante 971 almas a finales de los 70, y el creador de un modelo de anulación personal copiado por David Berg para crear Niños de Dios que, ahora, sobreviven curiosamente bajo el mismo nombre que Manson dio a su grupo: "La familia". Dejo aquí testimonio de lo que pensaba Charles Manson de sí mismo.














Entrevistador: ¿En esencia quién eres?
Manson: Nadie. No soy nadie. Soy un tramp, un bum, un hobo, un boxcar (todos sinónimos de "vagabundo"), un yellow wine (porción de LSD en slang)... y una navaja de afeitar si estás demasiado cerca.

Escritores como Hunter S. Thompson, Ton Wolfe, Terry Pratchet o Robert Irwin, que publicó en 1999 la sorprendente Satán me quiere (Mondadori) sobre la misma temática pero de manera más cruda, le deben mucho a Southern y a su manera de mirar los diferentes movimientos culturales, políticos y sociales a los que sobrevivió pero sólo él supo adelantarse a todos ellos advirtiendo a todos, medio en broma, medio en serio, de todo lo que se les vendría encima. Nadie ha sido capaz de hablar de las sucesivas inmolaciones de todo un siglo de una manera tan divertida.