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martes, 1 de marzo de 2011

¡Ayúdense a ayudarse! (y de paso ganen unos euritos)


Me sorprendo mucho cuando me entero de que un colaborador de El País le ha colado a dicho diario un texto que no es suyo. Lo dice @elteleoperador en un twitt que, de esto, sabe un huevo y que lee el periódico al que le tengo hecho un absurdo boicot mientras no se me pase el cabreo por lo del amigo Nacho Vigalondo (por cierto, hasta la fecha, ni una maldita rectificación). La historia entera está aquí

Borja Vilaseca es un periodista de 30 años especializado en estas cosas de la autoayuda y el coaching. Eso de la "autoayuda" tiene mucha gracia porque, en realidad, parece que significa "ayudarse a uno mismo" pero no, porque para llevar a cabo todas esas técnicas tienes que comprar unos cuantos libros, asistir a algunas conferencias y aguantar algunas charlas. Ya sabes, mola eso de que te estás ayudando a ti mismo, tu solito pero, en realidad, no haces más que poner en práctica una serie de técnicas que te ayudarán, teóricamente, a mejorar tu relación con los demás y, más allá de eso, a ser más eficiente o, como no, a trepar más rápido y alzarte con el control de la empresa en la que trabajas y en la que tan poco se te valora. 

Desde que cayó en mis manos un libro de Paulo Coelho que alguien me vendió como la biblia moderna y que me recomendaran vehementemente un libro sobre ratones que pateando en un cubo de leche hacen mantequilla y no se ahogan y, en fechas más cercanas, alguien me sugirió que entrara en esa secta de la gente que se ha leído un libro llamado "El Secreto" he tenido siempre la misma sensación: aquello era una especie de mezcla intragable y mal digerida de las ideas más elementales y peor entendidas de la filosofía, la religión y la psicología universal puestas en el tablero de la forma más burda, estúpida y naïf que había leído nunca. Frases ridículas como "Ayudate a ayudarte" o "lo bueno atrae lo bueno" son, simplemente, proyecciones de una vaciedad propia de un mundo que no tiene interés ni en ayudarse ni, claro está, en atraer lo bueno. 

Me consta que muchas personas que objetan falta de tiempo para leer o para pasar más de dos horas de su vida delante de una pantalla donde estén poniendo una película que tenga más de dos giros de guión un tanto inesperados degluten esta especie de nueva ideología salida de la regurgitación de ideas de otros cogidas a vuela pluma aquí y allá como una especie de nuevo y moderno dogma. El que quiere ser moderno ni puede participar del todo en una religión organizada (porque dejaría de serlo automáticamente) y tiene que esconderse en esas frases tipo "hay una energía ahí arriba" o "Creo en Dios pero no en la Iglesia", ni claro está puede no estar con los tiempos y no ir tan rápido como los mismos para sentarse en un parque a degustar a Descartes o a Platón. Ufff, que puto agobio. Esa inequívoca mezcla de religiones y filosofías orientales, masters en dirección de empresas occidentales y ese punto del misterio misterioso de la energía que nos mueve y que mueve al Universo tan intocable, impalpable e incomprobable como la misma idea de Dios o de las ideas concretas es lo que ofrece cada uno de estas publicaciones y estos cursillos tan útiles como, por ejemplo, perder la tarde en asistir a una charla de Nueva Atenea o a una que de una organización económica piramidal. 

La purrela intelectual ofrecida y, en general, la cancamusa espiritual entregada a cambio de sus euros les permitirá ejercer como sabios en eso tan difuso que se llama "inteligencia emocional", "ley de la atracción" y otras tantas y tantas obviedades revestidas de profundidad. 

Es normal que a Borja Vilaseca, periodista especializado en este tipo de publicaciones y teorías, lo contratara un medio como El País (necesitado como está de cubrir todos los paladares, como si de una heladería Baskins y Robbins se tratara) y que, finalmente, fuera este periódico objeto de la naturaleza propia de la especialidad que Vilaseca preconiza ser entendido: un artículo donde, a modo de cocktail mal digerido, este periodista literalmente copia párrafos enteros de un vídeo de youtube con millones de visitas y otras tantas cosas más. ¡Claro! ¿Qué se esperaban? ¿Un pensamiento original? ¿La verdad rediviva en las páginas de su periódico? ¿Una inequívoca señal de luz que marcara un camino unívoco de triunfo profesional y personal? Pues no, como todos los maestros de la autoayuda Borja Vilaseca no ha hecho otra cosa que picar de allí y un poco de allá para hacerse la componenda. 

En este país, que es el despiporre y la guasa de la blasa, nos han crecido en unos años unos cuantos textos plagiados y unos cuantos autores cogidos en el renuncio. Pese a la diferencia entre ellos, el denominador común de los mismos ha sido una enorme caradura: Ana Rosa Quintana achacó a un fallo informático el hecho de que, en su libro "Sabor a hiel", se hubieran colado párrafos enteros de una novela rosa escrita por una autora inglesa superventas; Lucía Etxeberría dijo que el fusilamiento que había inflingido a la obra de Antonio Colinas y, más tarde, al psicólogo Jorge Castelló  era una "intertextualización" y, finalmente, Vilaseca que es mucho más 2.0 ha aducido que, lo único que ha querido copiando a otra persona era "democratizar la sabiduría" y que, opinaba, "que el conocimiento no es de nadie". 

¿Ven? He aquí un muchacho que opina que hay que democratizar la sabiduría...eh...a ver...no, vamos, que bien, que está muy bien que la sabiduría se democratice...o yo me he hecho un lío: ¿Que tiene que ver democratizar con la sabiduría? ¿Entiende Vilseca que "democratizar" es lo mismo que "hacer accesible"? ¿Qué diccionario tiene este hombre? ¿Nos está tratando como idiotas? Posiblemente. Si ustedes tienen tiempo pueden pasarse por el vídeo de youtube que Vilaseca ha plagiado (aquí) ¿Le parecía a Vilaseca poco democrático que el vídeo estuviera en una página de uso masivo que las tuvo que poner en El País para que llegara a más personas? Pero...eh...el caso es que Vilaseca no le contó a nadie de donde había sacado su artículo dando la sensación de que, cáspita, todo lo escrito había salido de su linda cabecita. Pues no. 

Ya que cobró por el artículo convendremos en que es bueno el intento de democratizar la cultura y, claro está, llevarnos un dinero por tan loable labor. Vilaseca cobró por un artículo que había copiado algo que, claramente, estamos en predisposición de hacer cualquiera de nosotros con un poco de tiempo. ¿Se imaginan que un diario de tirada nacional les paga dinero por transcribir vídeos de youtube? 

De intento de despiste fallido diría yo que es esa frase de que el conocimiento es de todo el mundo. ¿Lo es? Sí, claro, pero es que no hablamos de conocimiento si no de una obra intelectual ajena sujeta a una propiedad. Se que es difícil de entender pero es así: la obra intelectual pertenece a quien la crea y no es de uso público a no ser que su autor así lo permita. Incluso, cuando lo permite, hay que ser agradecido y nombrar, al menos, a la persona a la que pertenecen las palabras que usamos. Máxime cuando vamos a cobrar simplemente por transcribirlas. 

He aquí un claro ejemplo de persona que se lucra con la publicación de un material que le es completamente ajeno y que se escuda en el actual debate sobre la propiedad intelectual para utilizarlo de manera torticera escudándose en él para su  beneficio económico. Sin mediadores, sin intermediarios, sin grandes compañías dispuestas a sacarle las tripas a los sufridos consumidores. La idea de A pasa a B y B la publica quedándose con los beneficios íntegros. Reduciendo el debate a la mínima expresión del mismo se haya una verdad como un templo, o dos, de grande: hay gente que se lucra (mucho o poco) con el trabajo de otros haciéndolo, además, pasar por propio lo que es una especie de remate colosal a la cuestión. 

Sin duda achaco a la organización de nuestra prensa el hecho de que no exista un departamento encargado de comprobar las historias que se publican. Estos departamentos sí existen en las publicaciones anglosajonas y sirven, básicamente, a mantener limpia la imagen del medio y, claro está, a proteger a los lectores de perder su tiempo leyendo mentiras, falsedades o textos firmados por alguien que no es su autor. Es verdad que estos mismos departamentos no evitaron el escándalo de "New Republic" (una prestigiosa publicación política norteamericana) cuyo ambicioso reportero Stephen Glass estuvo publicando todo tipo de paridas durante 3 años o que Jayson Blair le colara 36 artículos falsos al New York Times entre 2001 y 2003 pero, al menos, sirven como una especie de salvaguarda moral de la prensa en general.

Muchos periodistas norteamericanos (juntaletras tan poco prestigiosos como Woodward, Cronkite, Jennings o Bernstein) se han quejado públicamente de que el debilitamiento o desaparición de estos departamentos de control de fuentes y prevención de plagios son la peor debilidad que muestras actualmente los medios lanzados a una carrera de búfalos en pos del titular que atraiga a más lectores como único fin por encima que el de ofrecer información veraz. 

Es posible que los contenidos que están por Internet parezcan piezas de casa ideales para colgar encima de nuestra chimenea, que todos podemos alimentarnos de ellos sin temor a que nadie reclame su autoría o su propiedad. Ese cuatrerismo intelectual de robar el ganado ajeno para revenderlo como si fuera nuestro es una fea práctica, una práctica asquerosa y lamentable, es pobre y no hace otra cosa que rellenar los bolsillos de unos cuantos trepas que, oh la lá, se creen más listos que la media y piensan que, nadie en este planeta, va a caer en la cuenta de que lo que escriben es, en realidad, parte de un vídeo con una audiencia millonaria o un trozo de un libro que ha vendido 4 o 5 millones de ejemplares. 

En realidad, el concepto de autor no es tan viejo. Apenas se lleva hablando de la autoría desde el siglo de Oro. Antes era normal que el autor se sintiera nada más que un miembro de una tradición literaria que no tenía empacho en revisitar una y otra vez a los clásicos griegos o romanos (que ya parecían haberlo inventado todo) pero es que, por aquel entonces, todo el mundo estaba ya avisado del truco. Esa, de hecho, sí hubiera sido una buena justificación para Vilaseca, algo que yo podría haber respetado: "Soy parte de una tradición, de una estirpe de mercachifles, soy un hijo de Coelho y nada más". Qué pena que, al parecer, Vilaseca solo sea capaz de entender un poco "El Principito". 

Por cierto, les he hablado de Jayson Blair, un periodista que le coló 36 artículos falsos al "New York Times": ¿Saben a qué se dedicó después de dejar el periodismo? Al Coaching. Ahí lo dejo, por si hubiera alguna duda.   

miércoles, 21 de octubre de 2009

La historia de Stephen Glass.


"Antes llegaba del cole, me tumbaba en la cama, me hundía en la autocompasión y lo flipaba".
(Francisco Nixon...entrevista completa aquí).

The New Republic es la revista política de más prestigio de los Estados Unidos. Se dice que es la única de su estilo que puede encontrarse en los revisteros del Air Force One -da igual que su presidente sea demócrata o republicano-  pese a que sus ventas no exceden nunca de los 90.000 ejemplares.

La redacción de TNR esta formada por un nucleo duro de profesionales mayores alrededor de su fundador, Martin Peretz, y un grupo de periodistas muy jóvenes (y normalmente muy brillantes) que se fogean en dicha publicación antes de dar el salto a periódicos como El New York Times o el Washington Post. La razón de ello es que TNR tiene una tirada muy pequeña, apenas vende publicidad y, por lo tanto, paga unos sueldos muy bajos pero mantiene un alto nivel de exigencia.

Allá por 1998 trabajaba en dicha redacción una emergente estrella del periodismo llamado Stephen Glass. Glass era un muchacho de Chicago con una fantástica carrera como editor universitario que además de trabajar para TNR colaboraba con la desaparecida George (propiedad de John John Kennedy), Harper´s o Rolling Stone. Su estilo incisivo, cinematográfico y lleno de color y humor (es decir, escrito en primera persona y desde esa perspectiva que permite mezclar la noticia con las opiniones personales) formaba parte de esa nueva forma de hacer las cosas y, por aquellos tiempos,comenzaba a despuntar como uno de las grandes promesas de futuro.

En mayo de ese mismo año publicó un artículo titulado "Hack Heaven" en la que, con todo lujo de detalles, contaba la historia de un hacker de tan solo 15 años que había sido contratado por una potente empresa de software como supervisor de sus sistemas de seguridad. Glass aseguraba haber estado presente durante la entrevista y haber conocido personalmente a todos los implicados.

Al otro lado de la calle un periodista de Forbes.com, Adam Pennemberg, leía sorprendido el artículo de Glass. Pennemberg, especializado en noticias sobre los negocios informáticos, jamás había oído hablar de ese hacker y, mucho menos, de la empresa que lo había contratado llamada Jukt Micronics. Pennemberg comenzó a rascar y se dio cuenta de que todo formaba parte de un gran engaño. En un primer momento pensó que su colega Glass había sido engañado por una fuente (un grupo de hackers con ganas de reírse de alguien) pero luego destapó que era el propio Glass el que había inventado toda la historia para hacerse un hueco. (Aquí la noticia original publicada por Pennemberg en Forbes.com).

Días más tarde el director de The New Republic, Charles Lane, se vio en la obligación de despedir a Stephen Glass por haber escrito un artículo falso. Lo que no sabía es que al tirar del hilo de aquella historia descubriría que 27 de los 41 artículos escritos por su redactor eran pura patraña o estaban construídos con una delirante mezcla de mentira y realidad. Otras publicaciones para las que había colaborado Glass se vieron en la misma tesitura que TNR: publicaron cartas de disculpa reconociendo haber publicado falsedades y tragándose el sapo de haber sido engañados descaradamente, o de haber permitido la publicación de mentiras porque las ideas "eran demasiado interesantes para dejarlas escapar".

Tienen que pasar muchos años para que en nuestro país, y sin mandato judicial por medio, veamos como un periódico, publicación o programa de televisión hacen semejante ejercicio de honradez con respecto a sus lectores, oyentes o televidentes. Es más, en nuestro país, parece que son los propios programas de más audiencia los que con cierto descaro tiran de esas malas artes para enganchar a su audiencia tejiendo unas noticias fantásticas de fotos borrosas, vídeos donde no se ve nada o fuentes que acuden a los platós o a las redacciones a refutar sus falsedades de la mano de periodistas que viven de las mismas. Diría más: muchos periodistas trincados en cosas incluso más importantes que Glass siguen impartiendo clases de periodismo y de ética o jugando a informar recibiendo un sueldo, muchas veces astronómico, por seguirnos engañando.

El mismo Arturo Pérez Reverte decía en el último XL Semanal disfrutar como nadie del salto que sus personajes habían dado a la realidad (aquí) desentendiéndose de que esas cosas fueran cosas suya pese a que conté una historia sobre Don Arturo y las llaves de la ciudad de Breda por aquí . Concedámosle al académico (¡Académico de la lengua!) el hecho de que ya no se dedica al periodismo por las patrióticas y crematísticas razones que todos sabemos.

Pero la figura de Glass me ha recordado también a un personaje actual que nada tiene que ver con el periodismo. Dicen los compañeros de Glass de aquella época que, en realidad, era un encantador de serpientes, un tipo majo, encantador, atento, simpático, amigo de sus amigos, fino observador de los detalles y, sobre todo, un cursi empedernido que, para intentar no caer del todo cuando se estaba fabricando su despido y su deshonra profesional, no tuvo empacho en comentar a sus allegados que todo era parte de una conspiración que tenía como objetivo derrotarlo porque era un buen tipo y una persona agradable. Glass se convirtió en un manipulador que organizó una pequeña rebelión en la redacción, que lloriqueó y que se travistió en un chaval muy joven que había cometido un error de principiante para despertar la compasión ajena...y que lo consiguió. Sus lágrimas de cocodrilo, su capacidad para atraerse lealtades y su aspecto de "no he roto un plato en mi puta vida, señor" mezclado con una miradita de "¿Puede este huerfanito tomar un plato más de gachas?" a punto estuvieron de salvarle de la quema pese a que su conducta profesional era, simplemente inexcusable. Sus buenas formas fueron en aquellos días un disfraz de honradez y de inocencia perfectamente vestido por un caradura que quería evitar, a toda costa, ser quitado de en medio y enfrentarse a un proceso público.

Miro a Stephen Glass y me acuerdo de las últimas estampas de Ricardo Costa, lloroso y tristón, clamando contra la injusticia de un mundo que no lo entiendo...hombretones hechos y derechos que, como los adolescentes, se encierran en sus habitaciones y se hunden en la autocompasión para darnos pena y que nos apiademos de ellos. Pobrecitos. Me imagino que ninguno de los dos fue capaz de redirigir todos esos sentimientos de culpa, todo ese victimismo, todo ese llanto hacia algo mucho más constructivo.

Nota del Insustancial: Pueden ustedes ver la película de los hechos aquí. O leer el libro "El fabulador" (Ed. Planeta, 2003) donde Glass da las razones de su conducta. Dentro de unos años veremos que nos cuenta el propio Costa.