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lunes, 22 de junio de 2009

El "Bruno" español


Gracias al blog "Mi mesa cojea" veo la aparición que Sacha Baron Cohen hizo en El Hormiguero (1 y 2) y rápidamente me he acordado de la escena de Lost in traslation (Sofia Coppola, 2003) en la que Bill Murray acudía a un programa de televisión con la promesa de su agente de que el presentador estaba considerado como "el Johnny Carson nipón" y lo que se encuentra es una chifladura dirigida por un tipo con una peluca rubia y vestido con un terno rosa.
¿Qué le dirán a los actores extranjeros del programa de Pablo Motos? ¿Cómo lo explicarán? ¿Qué paralelismo con otra estrella americana harán para atraerlos hasta la boca de El Hormiguero?
Si normalmente estamos acostumbrados a que sea Motos la única estrella de su show esta vez es el inglés el que se lo lleva por delante demostrando que tiene un talento infinito para capitalizar la escena, quedar bien, poner incómodo al que tiene alrededor y sacarle ciertamente los colores y las debilidades...la primera es conseguir que Motos parezca a la defensiva, que parezca que no ha hecho los deberes (ver la película, documentarse...esas cosillas) y que finalmente la cosa estalle en unos cuantos chistes chuscos y en un empujón de despedida algo brusco para un programa que aspira a ser entretenimiento para toda la familia.

Viendo a Sacha Baron Cohen, o a Bruno porque no se quita el personaje de encima hasta que no llega al hotel, me he acordado de que en España ya tenemos un Bruno de verdad, de carne y hueso, un monstruo de la moda, de la clase, del estilo...y no me estoy refiriendo al tristemente fallecido Daniel El-Kum (un final rarísimo, para un señor francamente raro en vida), ni a ese príncipe de la maldad salonista llamado Josie que muchos definen como el Truman Capote del salonismo nacional...que más quisiera...

si no a un señor mucho más chocante, más impresionante, más increíble, más bizarro...¡Erik Putzbach!

¿No parece que haya servido de inspiración para Sacha Baron Cohen? ¿De qué nave espacial ha salido? ¿Cuál es su planeta? Pues sinceramente, si nos fiamos de su extensa entrada en Wikipedia sabremos que en realidad es un barcelonés nacido de unos seres humanos corrientes y molientes...bueno, no tanto, sólo hay que ver a su mamá con la que sale en este vídeo...




¿Acojonante verdad? Juro que es el mismo lo que ocurre es que su rostro ha mutado bastante. La razón es que, para su desgracia, Erik está enganchado a las operaciones de estética como ha declarado en varias apariciones en progrmas como "El Diario de Patricia", "gent de Tárrega" y otros espacios de carne para el zapping. Erik tiene un carrerón profesional dentro del mundo de la moda que comenzó a enseñar la patita en el programa "Equipo G" (nunca entenderé como una cosa así pudo desaparecer de la parrilla...yo era muy fan), versión española de "The Queer Eye", en el que un grupo de gays asesoraba a un despistado heterosexual dándole consejos de moda, estilo, belleza, decoración y cocina. Un pasote vamos, que levante la mano quien quiera ser asesorado en este tipo de cuestiones por el simpático Erik que concede entrevistas donde cuenta su terrible paso por la enfermedad de la anorexia o sobre su paso por el programa "la granja de los famosos" (A3) donde nos dejó sin aliento. Aunque para conocerlo lo mejor es pasarse por su web personal donde creo que vuelca toda la sabiduría de su persona...

Ya lo veis, es posible que Sacha Baron Cohen haga cosas buenas pero Bruno ya hay uno en España y es para mear y no echar gota...

viernes, 24 de abril de 2009

Provocación pasiva/provocación activa





Hay dos tipos de provocadores: los activos y los pasivos. Los activos son aquellos que se dedican profesionalmente a decir opiniones estúpidas para que nos fijemos en ellos. Una grey poco peligrosa y, normalmente, muy plana en la cosa intelectual que sólo es feliz en el conflicto. En realidad cualquier persona con un aparato fonador puede emitir una sentencia que sepa "políticamente incorrecta" para provocar un simpático revuelo en la sala. Detritus se llamaba el personaje creado por Uderzo&Goscinny para sacar de quicio a todo quisque en "La Cizaña" y volver locos a los "locos" romanos y a los galos. Se parecía un poco al hermano (más) feo del director Ron Howard, Clint Howard. Por cierto, qué malos genes tiene esa familia...pasados los treinta se convierten en unos monstruos de padre y muy señor mío. Pero ese no es el caso, se le perdona todo a Ron que ha dirigido "Frost/Nixon", una de las mejores películas del año pasado, y también a Clint que suele bordar los papeles malrollistas.


A mi los provocadores activos, o "natos" como se les llama cariñosamente como si nacer siendo un petit bastard fuera algo chachi, me aburren enormemente. La figura del "enfant terrible", del bicho que anda sesteando alrededor de cualquier conversación para meter la cuchara y procurar que todo el mundo se fije en las paridas que está diciendo me hace bostezar. Cuantas fiestas se van al traste por la aparición de uno de estos capullos que siempre se agarran a clavos ardiendo como "tu dijiste que me invitabas y si me invitas no tengo por qué traer nada, porque si traigo algo ya no me estás invitando" para presentarse de vacío o, peor, con una botella de licor de flores del chino asegurando que a él le encanta aunque esté, en ese mismo instante, mirando a la mesa de las bebidas para identificar el Beefeater o el Bombay de algún alma cándida.


Fuera de esta categoría quedarían los personajes creados por Sacha Baron Cohen (Ali G, Borat y Bruno..."este último es el austriaco más famoso después de Hitler" según sus palabras) que son una provocación en sí pero que esperan sacarle los colores al contrario.


Ese es otro de los rasgos definitorios del "provocador nato" o "activo", que se cree la monda, el típico tío que es capaz de argumentar cualquier chorrada, cualquier minucia para demostrar que es capaz de acaparar cualquier amigable charla y convertirla en un Dunkerke casero...


Me interesan mucho más los otros, los "provocadores pasivos", la gente que, sin querer, emite unas cuantas opiniones que le parecen de lo más normal y coherente y provocan alrededor de él un tremendo revuelo. Dentro de los "pasivos" está también la gente cuyo aspecto, por lo que sea, se parece bastante al del fenotipo "comadreja" o, peor, al grupo "gente demasiado ansiosa por caer bien", o casi peor "gente que quiere demostrarte que habéis nacido para compartir el pan y la sal en materia de amistad" pero esa es otra historia porque, la verdad, nadie tiene la culpa de tener una genética que no le impediría pertenecer a la familia Howard.


Hecho el "running gag" (Howard arriba y Howard abajo) vayamos a lo completamente insustancial que es eso que es prescindible para vivir pero que, sin embargo, da gustico disfrutar y compartir: Por casualidad me he topado con una vieja novela de Giorgio Scerbanenco titulada "Los milaneses matan en sábado". La encontré mientras rebuscaba un obsequio para mi letrado Mr. Appletree, enfrascado ahora mismo en un caso de ofensas y calumnias entre una folclórica ucraniana y un ex amante pigmeo, y cuando ya había pagado al librero de viejo el ejemplar (una novela muy rara de Chandler titulada "Bay City Blues" y que me costó la friolera de 0'60 pavazos) mis ojos se clavaron en este librito publicado en una colección de Planeta de los años 80 llamada "Bestsellers Novela negra" (Muy, pero que muy, recomendable).



Scerbanenco nació en Ucrania pero se crió en Milán...curiosamente una de sus novelas fue adaptada por Carlos Saura al cine en 1993. La peli se llamaba "Dispara" y fue protagonizada por Antonio Banderas y la italiana Francesca Neri (famosa por "Las Edades de Lulú"). Si te acuerdas de la película recordarás que no era una película muy buena. Digamos que el escritor italiano mejora, un poco, cuando es leído que cuando es adaptado. El escritor se crió y murió en la ciudad de Milán y, al parecer, por la profusión con la que se emplea en comentar cosas como "Milan es la capital moral de Italia" o "las brumas de esta majestuosa ciudad" o "las honradas calles milanesas" estaba muy orgulloso de ser vecino de dicha orbe que, dicho de paso, tampoco es para tanto. Además no tiene ningún empacho en remarcar la honradez de los italianos del norte frente a los malvados "terrones" (sic) que son los chungos italianos del sur a los que no deja de catalogar como vagos y maleantes dedicados en su totalidad a actividades como la prostitución (ellas), el proxenetismo (ellos) y al tráfico de drogas (todos).

La novela se centra en la investigación de dos policías que investigan la muerte y desaparición de una muchacha que es definida así por Scerbanenco: "de casi dos metros de altura, pesaba como un quintal y era subnormal". Y eso así, siendo piadoso porque luego no faltan en todo el libro, entre palabras de conmiseración, adjetivos como "retrasada", "débil mental" o "enferma". Y digo conmiseración porque, aunque es tratada de "subnormal", la muchacha parece ser que "tenía un bello cuerpo y una cara armónica que no podrían haber copiado ni los escultores de la Victoria". El escritor tampoco tiene ningún problema en afirmar cosas como que, por culpa de su "enfermedad", la "muchacha tenía que ser mantenida bajo llave por su pobre padre porque sonreía a los hombres y con esa sonrisa se insinuaba haciendo imposible que un grupo de latin lovers no la siguiera por la calle".

Más divertido es descubrir lo que piensa Scerbanenco, una sentencia emitida por sus personajes, de la manía absurda de sus conciudadanos de no encerrar a sus parientes con problemas mentales. He aquí el poco compasivo relato:

"Hay en el mundo centenares, quizás millares, decenas de millares de familias que mantienen en su casa a sus hijos enfermos mentales o deformes, focomiélicos, con perversiones sexuales o dementes. Los mantienen en sus casas, sobre todo si son pobres o de riqueza media. Los ricos prefieren meterlos en clínicas (...) Ocultan en sus casas el motivo de desgracia, y en el fondo, de lo que consideran una vergüenza; dan la comida en la boca a muchachos de veinte años que todávía se orinan en la cama, llevan en cochechillos a mongólicos obtusos de cien kilos que todavía no han aprendido a caminar; se desangran intentando evitar mostrar su desgracia".

¿Habría que haber colgado a Scerbanenco de un pino por decir esas cosas? Pues no, porque él las decía con la compasión propia de las mujeres de alta sociedad que montan mesas petitorias o de la muchachada de colegio de pago que sale a la calle con una hucha para pedir por "los negritos de África" que como todo el mundo sabe pasan "hambre y frío". Por cierto, que la novela fue escrita por el autor poco antes de su muerte, en 1969, cuando la psicología ya andaba bastante avanzada y el humanismo también.

Machista y racista hasta la misma médula, Scerbano no tiene empacho en hablar de un cliente de un prostíbulo "tan vicioso que sólo se alegra en el lecho cuando está con una mujer rara que sea japonesa o negra" así como otras lindezas que , sin embargo, no evitaron que fuera redactor de revistas femeninas en la década de los 40 y 60...lo que refutaría bastante mi teoría de que detrás de todos esos consejos de "haz feliz a tu hombre poniéndote guapa por dos euros", "haz feliz a tu pareja aprendiendo los secretos del sexo oral"; esos artículos de profundidad sobre fidelidad y vida en común, en realidad, están escritos por tíos disfrazados con pseudónimos de mujer.


Scerbanenco en "los Milaneses matan en sábado" nos da una lección de "provocación pasiva" de esa provocación que sentimos cuando escuchamos como alguien inocentemente suelta esas sartas absurdas de mala baba como si, en realidad, no estuviera expresando nada del otro mundo...
Leyendo a Scerbanenco, tan milanés, tan recto, tan conservador y tan así como es él con toda su doble moral (no puede evitar justificar algunas actitudes como la violencia de género y un largo etcétera...), diciendo las cosas más burras como si no tuvieran ningún peso o importancia me he acordado mucho de Silvio Berlusconi e, incluso, lo he entendido un poco mejor. Eso si que es provocar.