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lunes, 4 de noviembre de 2013

Autores y Transmisores: Algunas cosas sobre el plagio, Shakespeare, El Quijote, los Románticos, Chiquito y el "Spaghetti Western"





Durante un tiempo estuvo circulando por la red una historieta en la que un abogado de derechos de autor le pedía a Shakespeare cuentas sobre los continuos plagios que había detectado en su obra.  La base es completamente cierta: Shakespeare no fue un autor original al 100%. Tampoco lo fueron otros autores de teatro como Lope o Calderón.

La moraleja del asunto, muy aplaudida y difundida, es el viejo “Nada nuevo bajo el Sol” pero aplicado a la actualidad, también un más peligroso “Si Shakespeare hubiera tenido que pagar derechos de autor por esas obras no hubiéramos disfrutado de Shakespeare porque no podría haber hecho frente a los pagos de uso de los textos originales” y, claro está, una defensa de la “copia doméstica” y la “difusión gratuita de la cultura” donde se entremezcla la mala conciencia (en definitiva todos hemos convenido en que no pagar por algo que no nos pertenece es robar, por mucho que para llevar a cabo dicho acto delictivo no sea necesario el uso de la violencia ni contra las cosas, ni contra las personas)  y un erróneo discurso basado en que sin estos métodos se vería detenido el flujo cultural, se interrumpiría “la tradición” y, por tanto, la transmisión se vería detenía y, con ello, volveríamos a las cavernas. Todo un poco trágico. Todo un poco apocalíptico.

El problema, como siempre, reside en esa idea instalada de modo general que insiste en que solo puede observarse, estudiarse, analizarse y criticarse la Historia Universal a través de los usos de la moral y las costumbres actuales.

Esa historieta tiene una base muy cierta (Shakespeare “plagió”…también muchos otros) pero lo hizo por cuestiones muy precisas: no existía la conciencia de “plagio” puesto que no existían ni el concepto actual de “autor” ni tampoco el de “originalidad”. Por lo menos no en los términos en los que se vienen usando desde que el Romanticismo cambiara para siempre esos términos.

El escritor se sentía solamente parte de una tradición literaria previamente acotada por el mencionado “NADA NUEVO BAJO EL SOL”. De hecho estaba convencido que todos los grandes temas, que todas las formas de narrar ya habían sido inventadas por los autores de la Grecia clásica. Sin más. Lo único que se podía hacer, por tanto, era volver una y otra vez a ellos, imitarlos (el concepto de “imitatio”…algo farragoso) e intentar imitarlos con la mayor gracia posible. El objetivo del autor era renovar aquellos textos y adaptarlos a su época. Sin más. El hecho de que las decisiones sobre la moral, sobre lo que era bueno y no, recayeran en la Iglesia (católica o protestante en sus diversas modalidades) ayudaba también bastante a que el escritor –que no autor pues tenía una autoría relativa según nuestra propia visión- no se saliera del camino prescrito. Si se salía, si se ponía tonto o reivindicativo, siempre le podía pasar como al autor del “Lazarillo de Tormes” que vio su obra perseguida y publicada sin su nombre. Primero por lo que decía, es una crítica frontal y dolorosa a la sociedad de su época, y por otro porque podría considerarse a este libro como una de las primeras obras “originales” de su tiempo si tenemos en cuenta la estructura que usa como base narrativa.

El historietista de esta tira cómica se hubiera visto en problemas para llevar a cabo su razonamiento si, por ejemplo, hubiera usado a Cervantes y a “El Quijote” como base para su trabajo. El Cervantes que escribió “El Quijote” también fue un autor muy original. Completamente original pues inventó, posiblemente sin saberlo, la mayoría de los recursos narrativos que se utilizan actualmente. Si, para hacer la obra comprensible, se nos ha contado siempre (y esto también con cierto desdén un tanto doloroso) que Cervantes no hizo más que parodiar el género de la “novela de caballería” lo cierto es que en el extenso texto pueden encontrarse otras chuflas cervantinas sobre la poesía pastoril, el teatro o, incluso, varias coñas con respecto a muchos de los manuales sobre usos y buenas costumbres que habían de observar los caballeros y, también, a los manuales sobre como combatir con espada. Sin duda también a otras tradiciones de las otras dos confesiones religiosas persistentes (pese a la persecución eclesiástica y gubernamental) como eran la árabe y la judía.

Todo eso es “El Quijote” y no es muy “original” –puesto que no era del todo suyo…Cervantes como autor teatral y lírico también metió sus sablazos a los autores clásicos porque era como se esperaba que actuara un escritor- porque lo que es “original” de Cervantes es, más bien, su modo de disponer todas las piezas, de estructurarlas y de ofrecérnoslas como algo nuevo e, insisto, “original”.

Ese esfuerzo autoral, la construcción de toda una maquinaria narrativa por parte de un autor, no se le reconoció en su época. No fue lo que llamó más la atención de “El Quijote”. Nadie, tras leerlo, pensó un “cáspita, esto no lo había leído yo así en mi puta vida. Este hombre es un genio” o si lo pensó no nos lo hizo saber. De hecho, sus contemporáneos, siempre le achacaron a Cervantes que hubiera perdido el tiempo en escribir una obra tan extensa y, a la vez, tan carente de cosas buenas. Y cuando esa gente decía “cosas buenas” se refería a que, por aquellos tiempos, todo lo que no incluyera alimento para el espíritu y no prosiguiera la línea de loar y transmitir todo lo que se consideraba justo y bueno era más bien tomado como simple entretenimiento y, por tanto, de poco peso.

La idea general sería algo así como: “Bueno, está de puta madre, pero solo vale para echarse unas risas”.
¿Se identifican ustedes con esa frase? ¿No recuerdan haberla dicho nunca para referirse a una película cómica, a una obra de teatro o a una novela del mismo género? Yo creo que alguna vez sí.


Cervantes, pues así lo dice en el prólogo y así lo dejan caer sutilmente algunos de sus personajes, sí es consciente de que ha escrito una obra muy compleja para su época, incluso que lo que le “ha salido” es algo que puede confundir a los lectores pero no parece alardear de ello en ningún momento pues también cree, como todos nosotros, que la comedia es un género menor. De hecho lo escribe porque anda mal de dinero, como siempre, y necesita un libro que le haga ganarse el favor de algún mecenas y le abra las puertas de la nueva corte de Felipe III. Piensa en una obra que le pueda llamar la atención, en una obra que le pueda gustar a un rey joven y fiestero que, por aquel entonces, tiene revolucionado al reino pues ha convertido la pacata corte de su padre Felipe II en un “fiestódromo” al más puro estilo portugués o italiano. Por eso escribe una comedia. Vale que se echa unas risas diciendo que hay mucho escritor teatral y poeta al que se le ha ido la olla y que cada vez todo resulta más elevado e incomprensible pero, en realidad, a la hora de dedicarle el libro al VI Duque de Béjar, hombre de confianza del Rey que él confía que se convierta en su valedor y mecenas, ya le avisa de que el libro que le ofrece no es muy allá con estas palabras:   “(…) está desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudición del que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben (…)”.

A Cervantes parece que “El Quijote” le sabe a poco. Que le hubiera gustado que sus obras anteriores, más serias, le hubieran dado más fama y más dinero.

El objetivo de Cervantes, en lo que a ventas se refiere, fue cumplido pues la obra le dio muchísima fama en la época. Tanto es así que en 1614, nueve o diez años después de su publicación, alguien tiene a bien sacar a la luz un  “Segundo tomo de las andanzas del ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras”., obra firmada por alguien que decía ser el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda.

El autor no aparece por ninguna parte porque, en realidad, es el seudónimo de Cristobal Suárez de Figueroa un autor muy conocido y famoso en su época pero, cuya obra, no ha resistido el paso del tiempo y, en la actualidad, no aparece en las listas de escritores que consideramos importantes. Seguramente porque Suárez de Figueroa fue un autor que no “inventó” nada, que simplemente fue un contemporáneo que siguió los pasos marcados por los gustos de la época en la que le tocó vivir y que pensó que “El Quijote” era todo un dislate.
Por la Biblioteca Nacional debe de andar todavía un pliego de cordel donde se recomiendan una serie de obras que el “buen caballero debía leer” y otras tantas que no donde se recomiendan un montón de volúmenes que ahora consideramos menores o, incluso, ni siquiera han llegado a conservarse y, sin embargo, se dice que ni “El Lazarillo”, ni “El Quijote”, son obras a tener en cuenta. Ya saben, los tiempos cambian.
La cosa sentó muy mal a Cervantes que, pese a que parece que nunca lo tuvo previsto (hay una diferencia entre un volumen y otro de unos 10 años) publicó al poco tiempo la verdadera “Segunda Parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha” donde se quejaba, con buena pluma y mucha ironía, de que hubiera gente que se hubiera tomado mal el éxito de su primer trabajo y, sobre todo, se defendía de las acusaciones de falta de calidad de su primer Quijote. En el trasfondo de dicho enfrentamiento también late una cuestión de dinero: El “Quijote de Avellaneda” tuvo mucho éxito en su época y a Cervantes le molestó que alguien sacara dinero a su costa.  

En la España actual una cosa como esta hubiera terminado en los tribunales: Primero porque incurre en un plagio al no reconocer la autoría de Cervantes sobre los personajes que ha utilizado y, segundo, aunque eso ya sería cogérsela con papel de fumar, porque se pone sobre papel una burla descarada contra el autor, un ataque personal, y no contra la obra.

Por poner un ejemplo actual: no hablo de que Wes Craven, autor de “Scream”, denuncie a los Hermanos Wayans por “Scary movie” si no de Gregorio Sánchez Fernández demandando a Florentino Fernández y Pepe Navarro por lucrarse con la creación de unos personajes (los habitantes de Chiquitistán conocidos como Lucas Grijander  y Krispín Jander Klander…Chiquitita lo interpretaba Maribel Ripoll) basados en otro personaje creado por él llamado “Chiquito de la Calzada” dejándole al juez la papeleta de decidir si el que se subía al escenario a contar chistes era el propio Gregorio Sánchez Fernández bajo el seudónimo de “Chiquito de la Calzada” o “Chiquito de la Calzada” era, en realidad, un personaje creado e interpretado por Gregorio Sánchez Fernández, cantaor y humorista malagueño.  





Si Cervantes no llevó a los tribunales al autor del “Quijote de Avellaneda” fue, específicamente, porque ni el plagio era considerado un delito, ni ya digo, se observaba a la creación artística más que como una imitación y no como algo de lo que el autor fuera dueño.

Durante los siglos venideros “El Quijote” nunca fue considerado una gran obra de la literatura. Pese a ello su fama no se agotó pero no fue muy digno de mención. Esta catalogación de “obra menor” culminó abruptamente con los románticos europeos que cambiaron el concepto literario para siempre.

¿Cómo?

Échale la culpa al cambio de conciencia producido por la Revolución francesa primero y por las revoluciones burguesas después. El mundo cambió así como su concepción del individuo y los seres humanos comenzaron a cuestionarse el orden de las cosas. La moral se aflojó o, por lo menos, la dirección moral impuesta dejo de tener sentido al mismo tiempo que filósofos y escritores comenzaron a trabajar en la idea de que, a lo mejor, los que imponían esa dirección moral carecían por completo de moral y, por tanto, no eran los más indicados para salvaguardarnos de nada. Afloraron otras ideas sobre el individuo y, de pronto, comenzamos a pensar en que cada hombre y cada mujer e, incluso, cada país, podían tener una idea diferente pero aceptable para hacer las cosas.

Eso tardó poco tiempo en saltar al arte. De pronto los románticos decidieron que el autor tenía que tener también voz propia, que podía hablar de lo que quisiera y desde el punto de vista que quisiera, que ya no había diferencia.

Así nació un nuevo concepto de “originalidad”, que es el que usamos todavía, en el que el autor tenía que ser, por narices, diferente a los demás o, por lo menos, ofrecer una visión diferente de las cosas.

El escritor ya no era solamente un transmisor si no un “creador”, un “autor” y, como tal, tenía que ceñirse a ese nuevo concepto de lo “original”. Tenía que ser novedoso e interesante. No había más narices.
Con una nueva concepción sobre el autor y un nuevo concepto de originalidad todas las obras tenían, por tanto, que diferenciarse las unas de las otras y así fue como plagiar y copiar fueron convirtiéndose en cosas cada vez peor vistas y, definitivamente, delictivas. Sin más.

Ese cambio de conciencia descubrió la dimensión gigantesca de la obra de Cervantes por haber sido la primera, la original, la que lo petaba, a la hora de mezclar géneros y puntos de vista, de estar estructurada de la manera en la que lo está, de dar voces a unos personajes y a otros en los momentos en los que lo hace. 

En general se reconoció a Cervantes como el “inventor”/”creador” de un universo nuevo que en nada tenía que ver con lo visto hasta entonces.

En los años venideros la lucha por la erradicación del analfabetismo, el acercamiento de la cultura a las masas y un abaratamiento de los costes en la producción cultural fueron aumentando el número de voces y, por tanto, también, fue más difícil ser un autor genuinamente original. En la actualidad, paradójicamente, volvemos a insistir (como el autor de esa historieta) en dar la producción cultural como cerrada por completo y, por tanto, obligamos a la gente a que comprenda que ser original ya no es un valor porque es imposible ser original ya que nuestra herencia cultural es tan grande y diversa que hemos agotado todas las posibilidades de inventar cosas nuevas.

Estoy un poco en contra de esas afirmaciones taxativas y de esos sermones laicos interesados sobre esta cuestión. La creación siempre será posible y la originalidad también. Seguramente no en las temáticas pero sí en la forma de hacer las cosas, de narrarlas.

Es imposible escapar de las influencias, de los “basados en”, pero esto es normal en tanto en cuanto pertenecemos a una tradición que, a la vez, nos enseña los pasos para nuevas formas de creación. Hay que huir en sentido contrario o defenderse con una pistola de la gente que dice “no tengo influencias” porque, sobradamente, sabemos que es mentira, que la tradición es aprendizaje y que, cuanto más amplio sea este aprendizaje, más rico será nuestro arsenal creativo. La inspiración, la dichosa inspiración, también proviene de ahí. Es simple de entender y no hay que negarla, es más, hay que reconocerla. Sergio Leone, inventor de el “Spaghetti Western” (una relectura, un subgénero, alimentado por la necesidad, la geografía y los departamentos de producción antes incluso que por trasladar una “visión nueva” al propio western) decía de sí mismo: “Reconozco que soy el padre de muchos hijos de puta”. Una frase que podía interpretarse igual para reconocerse como inventor de un género nuevo y también como el colaborador necesario para que otros hubieran envilecido el western clásico o, también pensemos en estos términos, como el reconocimiento de que el “Spaghetti western” tenía más padres-creadores-autores además de los directores y guionistas norteamericanos.

Pese a todo a Leone no se le ocurrió rodar “La Diligencia” sin avisar de que, en realidad, la idea original no era suya o intentó pasar un guión de otra persona por un guión propio que es de lo que se trata el plagio.
Desasistir al autor de la autoría, de los derechos intelectuales sobre sus invenciones, justificándolo con argumentos torticeros es, en realidad, abrirle las puertas a que haya gente que se nutra del trabajo de otra gente y nos llevaría, por ejemplo, a eliminar las oficinas de patentes en tanto en cuanto las invenciones en el campo industrial también deberían de ser desasistidas de cualquier derecho intelectual, de cualquier autoría. 

Es evidente que la invención de una válvula de plástico para hacer funcionar un corazón enfermo es muchísimo más importante (¡Salva vidas, maldita sea!) que sacarse del magín una novela (¡Solo sirve para entretener!) pero en términos de esfuerzo intelectual supone, a veces, las mismas horas de trabajo. En realidad escribir, pintar, tallar o rodar una película también son actividades que pertenecen a un aprendizaje, son trabajos donde existe la profesionalización y, aunque tienen su parte de inspiración (ahí está el detalle, la diferencia entre unos autores y otros), pueden reproducirse. Es decir, se pueden aprender las técnicas para llevarse a cabo. Defiéndanse a palos de esos autores que dicen que lo suyo es todo inspiración y que el trabajo solo es una parte del asunto. Mienten como bellacos de forma interesada, quieren hacerse pasar por seres especiales y esperan desalentarlos con sus palabras recordándoles que ustedes no lo son. Menudos caraduras. Recordemos a Picasso y su “Si llega la inspiración que me coja trabajando”.

A efectos prácticos legales, en realidad, pasando por encima la importancia o trasdendencia de las cosas (algo que se dirime en la condena y no en el veredicto) no hay mucha diferencia entre que un empresario de reactores para aviones use un modelo copiado a otra empresa y un escritor que copia de arriba abajo la novela de otro autor. Más que nada porque ambos reconocen así su incapacidad para producir algo bueno por sí mismos y, sobre todo, esperan ganar dinero con ello.


Por eso hay una diferencia enorme, que creo que haya podido explicar en el texto, entre lo que es coger cosas de una tradición, de acudir a otros autores que admiramos y con los que aprendemos, y directamente plagiar o fusilar que es una cosa más bien fea. Un delito si con ello pretendemos dinero y una estupidez ególatra si lo único que queremos es apropiarnos de algo que no es nuestro para darnos pisto. A mi, como a mucha otra gente, en el transcurso de mi vida profesional me han plagiado algunas cosas. Siempre me he sentido mal. Sobre todo cuando descubres que otro ha ganado dinero  a tu costa. Reconozco que mi enfado ha sido mayor cuando me he enterado de que la cifra recibida por copiar y pegar algo mío (en tanto en cuanto no existía antes de que se me ocurriera ponerlo en un papel) fue alta (en una ocasión, nada más) pero que la sensación de mierda era la misma que, cuando en el colegio, alguien intentaba pasar una redacción que acababa de copiar de un libro como suya o cuando una vez no tuve tiempo para terminar una tarjeta de felicitación de “El Día de la Madre” y tuve a bien escribir una que había leído por ahí. Me declaro culpable de aquello. Durante todo el tiempo que la felicitación de cartulina estuvo a la vista no podía pasar por su lado sin que se me pusieran la cara como si me acabara de quedar dormido sobre una placa vitrocerámica. Me declaro culpable también de no reconocer aquello hasta hoy mismo y eso que han pasado como 30 años. Era joven y necesitaba el reconocimiento de mi madre, eso es lo único que me justifica.   

miércoles, 12 de octubre de 2011

La muerte de los creadores



En solo ocho días hemos perdido a un poeta y a un escritor. Félix Romeo y Salvador Iborra. A Félix se lo ha llevado la muerte en un infarto de miocardio y a Salvador lo ha arramplado en la punta de una navaja. 

Si a día de hoy es perfectamente posible calcular las pérdidas de la Bolsa de cualquier parte del mundo con milimétrica y apocalíptica exactitud no vamos a ser capaces de calcular con la misma exhaustividad el hueco exacto que ha dejado la desaparición de ambos escritores. Podemos calcularlo en términos simplemente personales (la muerte de Félix Romeo me ha dejado completamente aturdido porque lo conocí un poco y tenemos muchos amigos comunes) pero eso siempre será algo relativo. 

La muerte conlleva siempre un número importante de tragedias pequeñas: la desaparición de una persona, como decía Eastwood en "Sin perdón", es que desaparezca no su pasado si no su futuro. No habrá más artículos de Romeo, ni más poemas de Iborra. Alguien rebuscará entre sus papeles, en su ordenador, entre sus libros pequeños rastros de obras inacabadas pero siempre con la certeza de que estos felices descubrimientos serán finitos y, por otro lado, nos permitirán atisbar eso, ese hueco, dibujar un poco la estructura del vacío que dejan pero poco más. Por encima de eso, claro está, se encuentra el reguero de vidas afectadas por la pérdida de alguien querido y, en el caso de estos dos hombres de letras, de lectores que sin conocerlos de nada habrán disfrutado de su trabajo. 

En medio de estos dos fallecimientos se produjo el del empresario norteamericano Steve Jobs. Jobs ha subido a los altares y pasará a la historia (daño colateral de este histérico mundo de información histérica) como un visionario de poderes infalibles que nos dotó de algunos de los mejores aparatos tecnológicos que hemos podido disfrutar y, claro está, de los Estudios Pixar. No seré yo el que le quite méritos a las actividades de Jobs al que le agradezco el desarrollo de la marca Apple y de haber puesto el dinero para que se creara un personaje como Buzz Lightyear (la creatividad en este caso corría a cargo de otro visionario llamado John Lassetter) pero si me ha sorprendido que la muerte del magnate -o del visionario, o del prócer, o del genio o de lo que ustedes quieran- haya provocado una enorme cantidad de información acerca del dinero que le iba a costar a la economía mundial el hecho de que Jobs (que por otro lado ya estuvo fuera de Apple un tiempo) haya fallecido y, sobre todo, a un montón de exactas predicciones sobre el futuro de la marca que creara (en compañía de otros). 

En general me ha sorprendido la voz de alarma: ¿Nos quedaremos sin un nuevo Ipod? ¿Qué pasará con el nuevo Iphone? ¿Se resentirá la calidad del futuro Ipad? ¿Serán tan buenos los futuros portátiles de Mac?

Es la primera vez que leo a un grupo de consumidores tan apegados a una marca y tan conocedores de la filosofía de la misma, es decir, que han estudiado la personalidad de Jobs y han atisbado sus planes de futuro, que lo consideraban una especie de benefactor (pese al  precio de sus productos) y que temen que otros, unos advenedizos como Gates, se hagan ahora con el control de la compañía de la manzana y su legado. Un legado que, curiosamente, no tiene solo que ver con aparatos para escuchar música, diseñar, escribir o montar películas si no con algo más, con un rollo muy ciencia-ficción que tiene que ver con una tecnología humana aunque solo sea porque es de colores agradables y no parece un cochino mamotreto y, por ende, queda bien en cualquier parte sea el salón, sea la mesa de trabajo. También hay que decir en favor de Jobs y su compañía que consiguen hacer aparatos que funcionan la mar de bien lo que, la verdad, es de agradecer. 

En ocho días nos hemos quedado sin tres creadores: un escritor, un poeta y un empresario. Ya saben, nunca sabremos muy bien que nos hubiera deparado el futuro de los tres porque se han ido antes de tiempo dejándonos esa sensación de que, en realidad, cuando alguien desaparece nada vuelve a la normalidad ni siquiera pasado el tiempo. Siempre queda eso, el agujero ese tan cabrón, el arañazo y la cicatriz, el surco, la certeza de que nada demasiado bueno dura demasiado tiempo.  

miércoles, 30 de marzo de 2011

James Frey, la incapacidad de hacer nada bien


Oprah Winfrey es un estrellón. Un estrellón enorme que tiene un programa raro que aquí en España todas las grandes damas de la televisión intentan imitar del mismo modo que todos los grandes de la televisión en España quieren ser David Letterman o Jay Leno aunque, en público, muy pocas veces se les escuche hablar de ellos.  

Oprah es una mujer completamente hecha así misma. Aquí desconfiamos automáticamente de cualquier persona que alcance el éxito partiendo de la peor posición posible (a no ser que sea Fernando Alonso) pero en los EE.UU. las historias de superación venden como churros porque forman parte de su imaginería social y de eso que se llama “el sueño americano”.

La afroamericana es algo así como una especie de telepredicadora laica que se dedica a dar consejos para llevar una vida mejor y juega como nadie en el terreno de las entrevistas humanas, esas que hacen llorar a todo el mundo. Los testimonios desgarrados, además, suelen tener una recompensa automática porque Oprah se arremanga en directo y reclama, cuando no pone de su cuenta corriente, todos los medios necesarios para atajar, en vivo y en directo, cualquier injusticia.

Las únicas veces en las que Miss Winfrey ha parecido completamente fuera de juego han sido tres: cuando Tom Cruise se puso a hacer morisquetas y ejercicios gimnásticos en un sofá, cuando accedió a entrevistar a Cormac McCarthy  dando una de las peores entrevistas de la historia reciente al intentar que el esquivo escritor se pusiera tierno y la segunda vez que tuvo a James Frey en el plató de su programa.



En 2003 James Frey publicó “A milion little pieces” ( cuya traducción sería "Un millón de pedazos pequeños". Editado en nuestro país por Taurus con el título "En un millón de pedazos"). Una novela autobiográfica en la que narraba su experiencia con las drogas, sus desastrosas consecuencias y en su caótico proceso de rehabilitación. La narración que fue acogida con cierta frialdad y bastantes malas críticas no dejó indiferente a la presentadora que encontró en el texto una de esas historias que suelen engordar los ratings de audiencia: chico blanco, ex drogadicto, ex delincuente, culpable de la muerte accidental en accidente de tráfico de dos compañeros de instituto que renacía como escritor utilizando la literatura como terapia para la salvación y la restitución pública. ¡Guau!




Dentro del famoso programa existe una sección titulada “Oprah´s Book Club” (se podría traducir como "El club de lectura de Oprah") desde la que la presentadora recomienda libros a su audiencia. Algo que comenzó como una simple labor de apostolado (¡Lean, que no me leen nada! ¡Que leer es precioso!) se convirtió en la rampa de lanzamiento más codiciada por todos los editores del mundo anglosajón: cualquier novela que salía en ese escaparate se convertía, al día siguiente, en un éxito literario. Incluso les ponen una pegatina con el logo de la sección para que sean más reconocibles.
Winfrey dijo de la novela de Frey, que se había vendido bien hasta la fecha,  que la había mantenido en tensión durante toda la lectura, que había perdido horas de sueño con ella, que era la pera limonera, vamos.

Llegó al puesto cuatro de ventas de libros de “no ficción” en cuestión de días y, unas semanas después, Oprah recibió en su programa al escritor que le relató todo su historial delictivo, que estuvo siendo perseguido por la policía en varios estados, que había tenido recaídas en el alcohol y en la merca y cosas así de esas de dar mucho morbo. De hecho, utilizó profusamente la retórica de arrepentido que despliega en su novela y habló de esas cosas tan agradecidas como “la furia” y “la ira” que te llevan a la droga o “el demonio interior” contra el que hay que luchar. Ya saben, ese rollo medio religioso, medio freudiano que tan bien viene para metaforizar sobre el desgarro, el desarraigo y la culpa.  Oprah se sintió encantada de tener a un demonio domesticado, a un ángel caído y rehabilitado en su plató y corrieron lágrimas y todo fue fenomenal para el autor que, ya en junio de ese año, había publicado  “My friend Leonard” la segunda parte de las memorias que tenía como objeto alargar la historia primigenia y ahondar en la terapia y en la recuperación de su vida.

La entrevista, una de las más seguidas de la historia del programa, se cerró con un profundo éxito. Un éxito que no dejó a nadie indiferente pero, sobre todo a los responsables de thesmokinggun.com (TSG). Esta página web, dedicada a escarbar en los archivos policiales, tiene una famosa sección (llamada "Mug shot") en la que muestran las fotos de los famosos que han sido fichados en cualquier comisaría de los Estados Unidos. Gracias a esta página hemos visto a Bill Gates sosteniendo un cartelito con su nombre en una comisaría y cosas así. Como Frey era una nueva estrella, y un ex delincuente, los puso a la búsqueda de la ficha policial del mismo y de la, en ese momento, codiciada fotografía.

Seis semanas de la aparición de James Frey en la televisión nacional los editores de Smokinggun no tenían solo la fotografía si no, además, un artículo demoledor titulado “A million Little lies” ("Un millón de mentiras pequeñas") donde daban pruebas de que el escritor no había sido un delincuente tan peligroso, jamás había sido detenido por los delitos que describía en su biografía y, claro está, que todo lo escrito en sus dos tomos no era más que una invención de Frey.




¿Por qué alguien querría autoinculparse de un montón de delitos y ensuciar así su biografía? Pues muy sencillo: marketing. Durante unos cuantos años Frey estuvo intentando colocar el manuscrito de su novela en varias editoriales sin éxito. En un momento determinado él o una avispada publicista, Nan Talese, decidiera que se podía vender mucho mejor si se cambiaba la etiqueta de “ficción” a “biografía”. Así fue. La traducción de la novela a 29 idiomas y 5.000.000 de ejemplares vendidos avalan que el truco funcionó mucho mejor de lo que hubieran esperado, incluso demasiado bien. Sin duda, la conversión de Frey en un escritor de best-seller impidió que se mantuviera bajo la línea del interés informativo y que su millón de pequeñas trolas pasara desapercibido: de haber vendido una respetable cifra de 400.000 o 500.000 ejemplares y no haber aparecido en el programa de Winfrey hubiera permitido a Frey seguir con el engaño durante toda su vida.

Un engaño que, antes de que el libro fuera un superventas, el propio frey había reconocido a varios periódicos pequeños en diversas entrevistas pero que, poco a poco, fue negando aduciendo a que, en ese momento, quería obviar ese pasado de macarra.

Tras el artículo de TSG que retrataba a Frey como un teen afable que se había metido en dos delitos muy menores en toda su vida (dos fotos de comisaría, nada más) y que explicaba abiertamente las objeciones legales que había puesto a la publicación del artículo y a la exhibición pública de las fichas policiales y judiciales de sus delitos (algo extraño teniendo en cuenta que toda la promoción de sus libros se basaba justamente en el relato de las mismas) llegó el turno de defensa del autor que acudió al programa de Larry King el 11 de enero para declarar que, bueno, que sí, que parte de su libro no era del todo real y que había alterado parte de los mismos. En realidad, hasta ahí, la maniobra de defensa de Frey no podría haber sido más sencilla: todos los que podrían declarar sobre la veracidad de los hechos y hablar en su favor desmintiendo el artículo de TGS estaban muertos (su amigo Leonard de SIDA, su novia Lilly se había suicidado...) y los que estaban vivos eran delincuentes que no darían la cara.



La propia Oprah salió en defensa de Frey en el programa haciendo una sorpresiva y calculada llamada de teléfono que intentaba, claro está, salvar los muebles de su programa y volver a recuperar la confianza de sus espectadores en su "Club de libros".

Sin embargo, como la mentira ya era suficientemente evidente, el  26 del mismo mes Frey reaparece en el programa de Oprah y la entrevista se convierte en un auténtico bombazo porque el autor reconoce que su obra, los dos tomos, son una mera ficción.  La presentadora se deja de enredos y ataca a la yugular del escritor diciendo cosas como que se siente "estafada y, más allá de eso, siente que (Frey) ha estafado a millones de lectores". Si Frey quería jugar, otra vez, al mismo juego promocional de su primera entrevista en la que apareció como un ex adicto redimido para presentarse ahora como un mentiroso decidido a redimirse en público el cálculo le salió mal porque una cosa es jugar con tu propio prestigio y otro, entendería Winfrey, jugar con el de ella que tiene un emporio de varios cientos de millones de dólares que penden, básicamente, del fino hilo de su buena imagen. El comentario general es que destrozó a su entrevistado.

El visionado de la entrevista me trajo a la memoria una divertida anécdota que me contó el veterano periodista Mariano López de otro reputado periodista del que obviaré el nombre y que tenía una estupenda facultad que explotó en su juventud: siempre tenía a mano la última entrevista concedida por un personaje recientemente fallecido. Si la entrevista era real o ficticia jamás podía comprobarse pero, decía Mariano, que por las hemerotecas españolas debían de estar todas cogiendo polvo y esperando a que alguien pudiera desentrañar el misterio.

La discordia y la revelación de la verdad pusieron en un brete a la editorial Doubleday que anunció el cambio del género de la novela a “ficción” y publicó una nota en la que pedía a los lectores que se hubieran sentido estafados que se pusieran en contacto con ellos para que les fuera devuelto su dinero. En septiembre Frey emitió una nota pública disculpándose por ser un escritor de ficción (muy superventas…por cierto) pero, en el fondo, no por haber desplegado todo un montón de mierda para vender su obra. Obviamente, el hecho de que Frey escriba no es algo malo…lo otro, pues sí.

En el gérmen de todo está una interesante cuestión: ¿Se valora más una obra “basada en hechos reales” que una de ficción? ¿Puede mantenerse la etiqueta de “basado en hechos reales” cuando se incluye una nota que dice “que algunos tramos del relato son ficticios y han sido alterados para mejorar la narración y los nombres cambiados?

Cuando “Soldados de Salamina” se convirtió en un éxito editorial en nuestro país muchos pensaban que estaban comprando, en realidad, las memorias de Javier Cercas y las de todos los implicados en el fusilamiento fallido de Rafael Sánchez Mazas acaecido en los últimos tiempos de la Guerra Civil española. En realidad Cercas no había hecho más que tejer el paño de su novela con hechos reales y muchos ficticios creando lo que él mismo dijo era “una obra de ficción”. Muchos lectores se sintieron estafados valorando mucho más el contenido histórico de un pasaje rocambolesco y la investigación un tanto rocambolesca del mismo frente a algo que es mucho más interesante: Cercas es un gran escritor que cogió una historia complicada y la convirtió en una historia interesante, es más, la extrapoló de toda la contienda para convertirla en una especie de símbolo permanente de la misma. Seguramente Cercas podría haber seguido con el cuento, haber alimentado que todo lo dicho era real pero prefirió contar que era escritor y no periodista. Cercas se convirtió, temporalmente, en personaje literario de la forma en la que todos los que escriben ficción se meten de cuando en cuando como personajes principales o secundarios de sus propias historias.


Normalmente tendemos a pensar que la literatura es un mero entretenimiento, que es algo con lo que perder el tiempo y nos sentimos aliviados y engañados a la vez cuando encontramos entre las páginas de un libro un personaje con el que nos identificamos. La sensación de identificarnos con alguien inexistente no deja de parecernos brutalmente inhumana, como si de pronto, la conexión con los sentimientos y la historia inventada nos desconectara de una manera rara e irracional de la realidad y, seguramente por ello, porque nos aferramos a no dejarnos llevar, a mantenernos con los dos pies en el suelo, sentimos la necesidad de que haya más testimonio que invento en todo. Si alguien te cuenta una historia quieres que la historia sea cierta para que pueda aportarte algo pero si la historia es simplemente mentira nos parece que podemos desconectar de ella, que sea nada más que una banalidad.

Frey intentó vender su libro como una obra de ficción y no lo consiguió. Pasó por 17 editoriales que se negaron a publicarlo. Ni que decir tiene que el libro es flojo y malo a más no poder. Un tocho de casi 400 páginas (más las 400 de la segunda parte) cocinados entre la chorrada sensacionalista, la baratería insultante, los pasajes arrancados a Hemingway y al realismo sucio…un best seller sin mucho interés que se hubiera quedado en nada si no fuera porque a alguien se le ocurrió decir que todo era real, que todo era cierto. Es entonces cuando el delito literario de ser un escritor mediocre se perdona porque, en el fondo, el que lo escribe ya no tiene que aferrarse a las reglas ortodoxas del buen escritor y puede justificar todos sus fallos diciendo que lo que escribe sale del corazón. Es entonces cuando el engaño y el truco que tiene toda obra literaria deja de tener peso para ceder terreno ante fines mayores. “A million little pieces” ya no es un mal libro y se convierte en mucho más que eso porque atiende a un fin mayor que al del puro entretenimiento: a la salvación de los adictos a las drogas y al alcohol. Al discurso ejemplarizante. Es ahí donde más libros se venden porque lo importante no es escribir bien si no transmitir algo que parece, a primera vista, de mucha más importancia.

Lo contradictorio es que Frey ha seguido moviéndose entre el escándalo y la escritura convirtiéndose en ese autor que demuestra que el bussiness es más importante que lo que se encuaderna.

Harper Collins, nada más y nada menos, publicó su tercera novela en 2008 (ficción, pura ficción) titulada “Bright Shiny Morning” (un rollo macabeo) centrada en la historia de varios personajes de Los Ángeles  que sonaba a un intento por acercarse al Easton Ellis que escribió los cuentos que conformaron “Los confidentes” y más allá de eso en una regurgitación del "Vidas cruzadas" de Raymond Carver. No tuvo mucho éxito y encontró críticas de todo tipo pero, sobre todo, descabelladas y, más recientemente, Frey ha intentado publicar una historia basada en la Biblia con un poco original sinopsis basada en el renacimiento de Jesucristo en Nueva York (¡Ay, Diosito!) y se vio envuelto en un escándalo chocante.

En 2009 fundó Full Fathom Five una editorial nacida para crear pelotazos editoriales en serie. En régimen de colaboración se contrataba a autores muy jóvenes (250 dólares por cabeza) para trabajar en proyectos colaborativos. ¿han oído eso de que una ingente cantidad de monos acabaría por escribir una novela legible? Pues algo así debió de pensar Frey que estaba empeñado no en escribir una buena novela si no un montón (un millón de pequeñas novelas) de libros y dar con el nuevo Harry Potter. La cosa no le fue mal y “I Am number Four” se convirtió en un éxito de ventas juvenil (está a la venta en España) cuyos derechos fueron comprados por Dreamworks que la ha llevado al cine recientemente y que se estrenará en los primeros días de abril en nuestro país. ¿El trasfondo de la historia? Tan chorra y tan manido como la historia que lo hizo famoso.  Los contratos precarios y algunos pequeños escándalos más han puesto el proyecto en la mira de muchos…y no positivamente.

Recientemente ha anunciado que está trabajando en un proyecto para HBO junto a Mark Walhberg que tendría como trasfondo el negocio del porno en Los Ángeles…eh…Mark Wal…¿ese no salía en “Boogie Nights” que iba, justamente, del negocio del porno en Los Ángeles?

James Frey demuestra que no hace falta hacer las cosas bien, ni siquiera ser demasiado original, ni siquiera ser un buen escritor para vender libros. Ha demostrado cierta incapacidad para obrar honestamente, para ejercer su profesión de una forma digna pero, la verdad, nadie puede evitar pensar que conoce bastante bien el negocio en el que está metido y como hacerlo funcionar. Ah...y una absurda tendencia a retratarse haciendo una peineta (el famoso "fokyu") que es lo que hacen los chicos buenos cuando quieren parecer malos malísimos consiguiendo, sin embargo, parecer unos verdaderos gilipollas. En realidad no deja de hacer patente no solo eso último si no también su plena incapacidad para sentir vergüenza propia.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Lago, Wallace...la supervivencia del escritor.


Conocí a Eduardo Lago en 2006 cuando vino a España a recoger el Premio Nadal que ganó con su primera novela "Llámame Brooklyn". Por aquel entonces el interés que despertaba su obra era mínimo por una sencilla razón: Lago residía en NY desde finales de los 80 que se había dedicado al ensayo y daba clases en la Sarah Lawrence School y era completamente ajeno al mundillo literario español. Como era un currante de la letra, cosa que es complicado que se aprecie, lo cierto es que el departamento de prensa de su editorial lo tenía complicado para conseguirle entrevistas y darle un poco de publicidad por lo que, si no recuerdo mal, en la nota de prensa que te enviaban se comentaba que era "amigo de Paul Auster y profesor de su hija Sophie". 

El reclamo, pese a lo burdo, no dejó de causar su efecto porque cuando me senté delante de él a entrevistarlo me comentó que todo el mundo le había comentado lo de su relación con los Auster con el desasosiego del que sabe que, el que le está lanzando preguntas, no ha tenido tiempo de leerse más que la contraportada de la novela y la dichosa nota de prensa. 

Si con bastante frecuencia nos reímos de la mecánica y las coletillas utilizadas por los periodistas deportivos que, más o menos, hacen todos los días las mismas preguntas y se revuelcan un tanto en la obviedad lo cierto es que el periodismo cultural tampoco está tan alejado de las mismas preguntas tipo como "¿En qué te has inspirado?" ¿Cuánto tiempo le has dedicado?" "¿Qué hay de real y de ficticio?" y, también, de un supremo interés por conocer la opinión del escritor, cineasta, pintor o acuarelista o lo que sea sobre cualquiera de los temas que a uno le apetezcan. A mi, todo eso, me parece un síntoma de que uno va a la entrevista sin haberse documentado demasiado o, peor, que no sabe hacer demasiado bien su trabajo. 

Cuando me senté con Lago no tenía ni idea de quien era pero me había leído "Llámame Brooklyn" en tres días. El hecho de no saber qué tipo de persona tienes enfrente merece pues que centres todas tus preguntas en su trabajo y que, a partir de ahí, vayas viendo como surge la cosa. Estuvimos sentados en el despacho de aquel enorme palacete de La Castellana como dos horas donde hablamos sobre todo de literatura y, más que de eso, del oficio de escribir. A mi me resultó apasionante escuchar a un escritor hablar de estructura y del aparato técnico que sostiene una narración para, poco a poco, hablar de influencias y, finalmente, de como había llegado a la conclusión de que, lo mejor, era contar la historia que se le había ocurrido contar. Es una pena que, por aquel entonces, no me permitieran publicar la entrevista porque resultaba un tanto "árida". Es posible que así fuera y que una entrevista donde se habla de Joyce, O´Henry, Cervantes, la pintura del XVI y XVII y cosas así interese menos que si Auster tomar cerveza o si su hija es buena estudiante pero me parecía que era la entrevista que un escritor debería siempre de conceder por encima de su interés, un interés muy acentuado en los escritores españoles, de hacernos saber lo que opinan sobre el ruido que hacen los bares, la fiesta de los toros o la ordenación urbanística. 

En la actualidad Lago es director del Instituto Cervantes en NY y ya tiene una segunda novela en el mercado, la poco apreciada "el ladrón de mapas", y suele colaborar con El País con lo que, me imagino, que si me tuviera que sentar a charlar con él me sería mucho más fácil hacerle una entrevista de esas menos áridas y más fértiles. 

El caso es que Eduardo Lago publicó el domingo un interesante artículo en El País sobre la publicación de "The Pale King" la novela inacabada del escritor David Foster Wallace. El norteamericano se suicidó en 2008  sumido en una depresión crónica. 

Wallace fue un escritor que consumió sus tiempos de la misma forma desaforada con la que transcurren sus novelas y ensayos. En 1987 publicó "The broom of the system" -con  solo 25 años- convirtiéndose en el segundo niño prodigio de la llamada "Generación X" tras Breat Easton Ellis. Ellis se convirtió en un escritor de masas que alimentó su imagen de estrella intelectual y en una especie de colaborador necesario para darle rollo cultureta a MTV y a algunas publicaciones muy modernas mientras que Foster Wallace se esmeró en labrarse una carrera mucho menos vendedora y discreta que no lo llevó a las grandes cadenas pero que le hizo labrarse una reputación literaria junto a Michael Chabon (que también con 25 publicaría en el 87 la fantástica "Los misterios de Pittsburgh"). 

En el artículo de Lago  resalta el escritor español que, quizás, no hay nada peor para un escritor que publicar una obra maestra demasiado pronto: en 1996 Wallace publicó "La broma infinita". A partir de ahí la obsesión del escritor por alcanzar un nuevo estado de perfección se convirtió en un lastre que lo mantuvo postrado durante varios años pese a que siguió publicando azarosamente y haciéndose hueco en todo tipo de experimentos (desde sus ensayos, sus cuentos, la revista McSweeney´s, artículos...). Foster Wallace, cuenta Lago, parecía inconsolable a la hora de encontrar esa perfección. 

El oficio de escritor, el oficio de escribir, de pronto, se convierte más que en una bendición en un lastre que le incapacitó para la felicidad. "Escribo a regañadientes, sumido en sentimientos ambivalentes sobre lo que hago, hundido en el dolor. Estoy cansado de mí mismo, de mis pensamientos y asociaciones mentales, de la sintaxis, de mis hábitos verbales" le escribiría a Jonathan Franzen poco antes de quitarse de en medio. 

Ya ven, un genio de la literatura sumido en el aburrimiento y en hastío de sí mismo, con la sensación de estar repitiéndose, de no estar haciendo nada bueno...qué curioso que no haya ningún papanatas que no se aburra también de sí mismo. 

"The Pale King" se publicará el mes que viene en Estados Unidos y Reino Unido. Es una novela difícil sobre un tema algo chocante: la vida de un inspector de hacienda que trabaja en una oficina de la ciudad de Peoria. Un trabajo inacabado que le llevó 10 años de su vida y que, al final, verá la luz por pura demanda del mercado. No me cabe duda de que, como dice, Lago la literatura de Wallace se sustenta sobre la doble combinación del trabajo muy bien hecho y de una experiencia basada en la pasión. Una pasión arrasadora que te deja, la mayoría de las veces, vacío. Un trabajo ímprobo de ordenación de empujones emocionales, de recolocación interior y de mucha observación. Una labor ingrata en la que el autor se enfrenta a la exposición de su obra (como parte inevitable del proceso de la misma) pero también a la lucha consigo mismo. Wallace, Lago y otros tantos -estoy pensando en los amigos que de verdad escriben- deben de tener esa sensación rara de que, en realidad, no se merecen estar ahí y que, de entre la multitud, saldrá un dedo acusador que les pondrá en el paredón resaltando todas sus vergüenzas y sus debilidades como escritores...muchas veces, como en el caso de Wallace o en el de Sánchez Ferlosio (en su faceta de novelista), ese dedo acusador es el de ellos mismos. 

Es muy común que se escuche, y más en estos días, que los que se dedican al asunto artístico son unos privilegiados. Es un comentario común que se dibuje así, un poco a la ligera, a los escritores, cineastas, pintores o bailarines de claqué como miembros de una élite que hace lo que quiere porque quiere. No llego a entender cuál es el privilegio en vivir una vida que se basa, únicamente, en estar en paz con uno mismo.






Nota del Insustancial: "Rust never sleeps" es el disco que Neil Young & Crazy Horse publicó en 1979. Se abre y se cierra con las canciones "My My, Hey Hey" y "Hey Hey, My My" o quizás una sola canción interpretada en acústico y en eléctrico y con pequeñas variaciones sobre la letra. El verso "It´s better to burn than fade away" (es mejor arder que apagarse lentamente) formó parte de la nota de suicidio de Kurt Cobain lo que impactó a Neil Young que lo homenajeó en el disco "Sleeps with angels" (1994). En las postreras interpretaciones de la canción Young ha cambiado ese verso por "once you´re gone you can´t come back" (una vez que te has marchado no puedes regresar). El verso "Out of the blue into the dark" tiene varias interpretaciones desde una bélica -acuñada durante la guerra de Vietnam- pero luego juega con el significado doble de la palabra "blue" y se utiliza para hablar de una caída en la depresión, una bajona producida por las drogas o el alcohol o como metáfora poética de la muerte. 

miércoles, 16 de marzo de 2011

La biografía de DCD


Así reza la contraportada del Volumen 1 de la biografía de DEF CON DOS titulado "Freddy Krueger tiene alzheimer": 

"¿Cómo es posible que una banda que nació para un solo concierto se convierta en una de las referencias del panorama nacional y en uno de los grupos españoles que más conciertos da fuera de nuestras fronteras?

A estas y a otras preguntas aún más delirantes (¿De donde viene el nombre artístico de César Strawberry? ¿Qué apodo tenía Alex de la Iglesia antes de ser Presidente de la Academia de Cine? ¿Cuál fue el germen del Escuadrón de las Sombras? ¿Quién vigila a los Vigilantes? ¿Puede Loquillo encajar una mala crítica? ) da respuesta este libro que narra los comienzos de Def Con Dos y el cúmulo de necesidades y casualidades que unió a la banda de Hip-Hop Metal (¿O era Rapcore? ¿Qué estilo musical hace DCD?) desde su primer concierto bajo el nombre de “Freddy Krueger y los Masters del Universo” en la Noche de Reyes de 1990 hasta el momento en el que DCD lanza su Tercer Asalto y se enfrenta al rugido de 20.000 espectadores
.
Sin pizca de sentimentalismo, Cesar Strawberry aprovecha el 20 aniversario de su banda para  repasar los arduos comienzos del grupo y el escenario madrileño que los vio nacer, el hervidero de los bares del Barrio de Malasaña, por donde pululaban personajes de toda índole que luego se han convertido (o no) en referencias del mercado cultural español.

Freddy Krueger tiene Alzheimer es una narración vibrante y honesta, desenfrenada y a la vez serena, del ruidoso y efervescente panoramal cultural que sustituyó a la Movida (Promovida por el Ayuntamiento) y que está repleta de personajes conocidos y anónimos que conforman un zoo humano descacharrante en el que creció, casi sin quererlo,  DCD.

Este libro que tienes entre las manos es una biografía pero, también, un manual para la revolución “low cost”, una guía imprescindible para la supervivencia en un ambiente hostil donde el enemigo cañí te espera agazapado en cada esquina como un Charlie vietnamita, un protocoloco de salvamento contra el stablishment y, como no, esconde las claves para diseñar la lucha definitiva contra la estupidez.

En definitiva, este es el libro que Fernando Sánchez Dragó nunca recomendaría…¿Le vas a dar la razón? 

Creo que ha quedado bastante bien. Por ahora solo se vende con un pack en forma de ladrillo en el que se incluyen dos CD uno con versiones que han hecho diferentes grupos de música (La Cabra Mecánica, Andrés Calamaro, Digital 21, Soziedad Alcohólica...) y un grandes éxitos con una versión nueva de la canción "¿Qué dice la gente?" que deja entrever el plus de potencia que le han dado las nuevas incorporaciones al grupo. 

Directo como un puñetazo al plexo solar Strawberry desgrana con soltura en un volumen maquetado con material fotográfico inédito y mucha guasa los arranques del grupo que, según su frontman, no era más que una broma que luego se convirtió en un éxito. Sin dejar ni errores, casualidades, ni aciertos este libro es una sincera mirada al pasado poco cariñosa y bastante poco amable. Se nota que este es el tercer libro de Cesar aunque solo sea que, con la práctica (lo que es natural) va cogiendo formas de escritor y siendo consciente de palabras como "estructura" y "pulso" y, a mi entender cortísimo, se ha esmerado en ir puliendo el truco narrativo que en sus anteriores trabajos quedaba ocultado por un tipo de narrativa más bruta de sus anteriores trabajos. Yo que ustedes no me lo pensaba demasiado. 

martes, 1 de marzo de 2011

¡Ayúdense a ayudarse! (y de paso ganen unos euritos)


Me sorprendo mucho cuando me entero de que un colaborador de El País le ha colado a dicho diario un texto que no es suyo. Lo dice @elteleoperador en un twitt que, de esto, sabe un huevo y que lee el periódico al que le tengo hecho un absurdo boicot mientras no se me pase el cabreo por lo del amigo Nacho Vigalondo (por cierto, hasta la fecha, ni una maldita rectificación). La historia entera está aquí

Borja Vilaseca es un periodista de 30 años especializado en estas cosas de la autoayuda y el coaching. Eso de la "autoayuda" tiene mucha gracia porque, en realidad, parece que significa "ayudarse a uno mismo" pero no, porque para llevar a cabo todas esas técnicas tienes que comprar unos cuantos libros, asistir a algunas conferencias y aguantar algunas charlas. Ya sabes, mola eso de que te estás ayudando a ti mismo, tu solito pero, en realidad, no haces más que poner en práctica una serie de técnicas que te ayudarán, teóricamente, a mejorar tu relación con los demás y, más allá de eso, a ser más eficiente o, como no, a trepar más rápido y alzarte con el control de la empresa en la que trabajas y en la que tan poco se te valora. 

Desde que cayó en mis manos un libro de Paulo Coelho que alguien me vendió como la biblia moderna y que me recomendaran vehementemente un libro sobre ratones que pateando en un cubo de leche hacen mantequilla y no se ahogan y, en fechas más cercanas, alguien me sugirió que entrara en esa secta de la gente que se ha leído un libro llamado "El Secreto" he tenido siempre la misma sensación: aquello era una especie de mezcla intragable y mal digerida de las ideas más elementales y peor entendidas de la filosofía, la religión y la psicología universal puestas en el tablero de la forma más burda, estúpida y naïf que había leído nunca. Frases ridículas como "Ayudate a ayudarte" o "lo bueno atrae lo bueno" son, simplemente, proyecciones de una vaciedad propia de un mundo que no tiene interés ni en ayudarse ni, claro está, en atraer lo bueno. 

Me consta que muchas personas que objetan falta de tiempo para leer o para pasar más de dos horas de su vida delante de una pantalla donde estén poniendo una película que tenga más de dos giros de guión un tanto inesperados degluten esta especie de nueva ideología salida de la regurgitación de ideas de otros cogidas a vuela pluma aquí y allá como una especie de nuevo y moderno dogma. El que quiere ser moderno ni puede participar del todo en una religión organizada (porque dejaría de serlo automáticamente) y tiene que esconderse en esas frases tipo "hay una energía ahí arriba" o "Creo en Dios pero no en la Iglesia", ni claro está puede no estar con los tiempos y no ir tan rápido como los mismos para sentarse en un parque a degustar a Descartes o a Platón. Ufff, que puto agobio. Esa inequívoca mezcla de religiones y filosofías orientales, masters en dirección de empresas occidentales y ese punto del misterio misterioso de la energía que nos mueve y que mueve al Universo tan intocable, impalpable e incomprobable como la misma idea de Dios o de las ideas concretas es lo que ofrece cada uno de estas publicaciones y estos cursillos tan útiles como, por ejemplo, perder la tarde en asistir a una charla de Nueva Atenea o a una que de una organización económica piramidal. 

La purrela intelectual ofrecida y, en general, la cancamusa espiritual entregada a cambio de sus euros les permitirá ejercer como sabios en eso tan difuso que se llama "inteligencia emocional", "ley de la atracción" y otras tantas y tantas obviedades revestidas de profundidad. 

Es normal que a Borja Vilaseca, periodista especializado en este tipo de publicaciones y teorías, lo contratara un medio como El País (necesitado como está de cubrir todos los paladares, como si de una heladería Baskins y Robbins se tratara) y que, finalmente, fuera este periódico objeto de la naturaleza propia de la especialidad que Vilaseca preconiza ser entendido: un artículo donde, a modo de cocktail mal digerido, este periodista literalmente copia párrafos enteros de un vídeo de youtube con millones de visitas y otras tantas cosas más. ¡Claro! ¿Qué se esperaban? ¿Un pensamiento original? ¿La verdad rediviva en las páginas de su periódico? ¿Una inequívoca señal de luz que marcara un camino unívoco de triunfo profesional y personal? Pues no, como todos los maestros de la autoayuda Borja Vilaseca no ha hecho otra cosa que picar de allí y un poco de allá para hacerse la componenda. 

En este país, que es el despiporre y la guasa de la blasa, nos han crecido en unos años unos cuantos textos plagiados y unos cuantos autores cogidos en el renuncio. Pese a la diferencia entre ellos, el denominador común de los mismos ha sido una enorme caradura: Ana Rosa Quintana achacó a un fallo informático el hecho de que, en su libro "Sabor a hiel", se hubieran colado párrafos enteros de una novela rosa escrita por una autora inglesa superventas; Lucía Etxeberría dijo que el fusilamiento que había inflingido a la obra de Antonio Colinas y, más tarde, al psicólogo Jorge Castelló  era una "intertextualización" y, finalmente, Vilaseca que es mucho más 2.0 ha aducido que, lo único que ha querido copiando a otra persona era "democratizar la sabiduría" y que, opinaba, "que el conocimiento no es de nadie". 

¿Ven? He aquí un muchacho que opina que hay que democratizar la sabiduría...eh...a ver...no, vamos, que bien, que está muy bien que la sabiduría se democratice...o yo me he hecho un lío: ¿Que tiene que ver democratizar con la sabiduría? ¿Entiende Vilseca que "democratizar" es lo mismo que "hacer accesible"? ¿Qué diccionario tiene este hombre? ¿Nos está tratando como idiotas? Posiblemente. Si ustedes tienen tiempo pueden pasarse por el vídeo de youtube que Vilaseca ha plagiado (aquí) ¿Le parecía a Vilaseca poco democrático que el vídeo estuviera en una página de uso masivo que las tuvo que poner en El País para que llegara a más personas? Pero...eh...el caso es que Vilaseca no le contó a nadie de donde había sacado su artículo dando la sensación de que, cáspita, todo lo escrito había salido de su linda cabecita. Pues no. 

Ya que cobró por el artículo convendremos en que es bueno el intento de democratizar la cultura y, claro está, llevarnos un dinero por tan loable labor. Vilaseca cobró por un artículo que había copiado algo que, claramente, estamos en predisposición de hacer cualquiera de nosotros con un poco de tiempo. ¿Se imaginan que un diario de tirada nacional les paga dinero por transcribir vídeos de youtube? 

De intento de despiste fallido diría yo que es esa frase de que el conocimiento es de todo el mundo. ¿Lo es? Sí, claro, pero es que no hablamos de conocimiento si no de una obra intelectual ajena sujeta a una propiedad. Se que es difícil de entender pero es así: la obra intelectual pertenece a quien la crea y no es de uso público a no ser que su autor así lo permita. Incluso, cuando lo permite, hay que ser agradecido y nombrar, al menos, a la persona a la que pertenecen las palabras que usamos. Máxime cuando vamos a cobrar simplemente por transcribirlas. 

He aquí un claro ejemplo de persona que se lucra con la publicación de un material que le es completamente ajeno y que se escuda en el actual debate sobre la propiedad intelectual para utilizarlo de manera torticera escudándose en él para su  beneficio económico. Sin mediadores, sin intermediarios, sin grandes compañías dispuestas a sacarle las tripas a los sufridos consumidores. La idea de A pasa a B y B la publica quedándose con los beneficios íntegros. Reduciendo el debate a la mínima expresión del mismo se haya una verdad como un templo, o dos, de grande: hay gente que se lucra (mucho o poco) con el trabajo de otros haciéndolo, además, pasar por propio lo que es una especie de remate colosal a la cuestión. 

Sin duda achaco a la organización de nuestra prensa el hecho de que no exista un departamento encargado de comprobar las historias que se publican. Estos departamentos sí existen en las publicaciones anglosajonas y sirven, básicamente, a mantener limpia la imagen del medio y, claro está, a proteger a los lectores de perder su tiempo leyendo mentiras, falsedades o textos firmados por alguien que no es su autor. Es verdad que estos mismos departamentos no evitaron el escándalo de "New Republic" (una prestigiosa publicación política norteamericana) cuyo ambicioso reportero Stephen Glass estuvo publicando todo tipo de paridas durante 3 años o que Jayson Blair le colara 36 artículos falsos al New York Times entre 2001 y 2003 pero, al menos, sirven como una especie de salvaguarda moral de la prensa en general.

Muchos periodistas norteamericanos (juntaletras tan poco prestigiosos como Woodward, Cronkite, Jennings o Bernstein) se han quejado públicamente de que el debilitamiento o desaparición de estos departamentos de control de fuentes y prevención de plagios son la peor debilidad que muestras actualmente los medios lanzados a una carrera de búfalos en pos del titular que atraiga a más lectores como único fin por encima que el de ofrecer información veraz. 

Es posible que los contenidos que están por Internet parezcan piezas de casa ideales para colgar encima de nuestra chimenea, que todos podemos alimentarnos de ellos sin temor a que nadie reclame su autoría o su propiedad. Ese cuatrerismo intelectual de robar el ganado ajeno para revenderlo como si fuera nuestro es una fea práctica, una práctica asquerosa y lamentable, es pobre y no hace otra cosa que rellenar los bolsillos de unos cuantos trepas que, oh la lá, se creen más listos que la media y piensan que, nadie en este planeta, va a caer en la cuenta de que lo que escriben es, en realidad, parte de un vídeo con una audiencia millonaria o un trozo de un libro que ha vendido 4 o 5 millones de ejemplares. 

En realidad, el concepto de autor no es tan viejo. Apenas se lleva hablando de la autoría desde el siglo de Oro. Antes era normal que el autor se sintiera nada más que un miembro de una tradición literaria que no tenía empacho en revisitar una y otra vez a los clásicos griegos o romanos (que ya parecían haberlo inventado todo) pero es que, por aquel entonces, todo el mundo estaba ya avisado del truco. Esa, de hecho, sí hubiera sido una buena justificación para Vilaseca, algo que yo podría haber respetado: "Soy parte de una tradición, de una estirpe de mercachifles, soy un hijo de Coelho y nada más". Qué pena que, al parecer, Vilaseca solo sea capaz de entender un poco "El Principito". 

Por cierto, les he hablado de Jayson Blair, un periodista que le coló 36 artículos falsos al "New York Times": ¿Saben a qué se dedicó después de dejar el periodismo? Al Coaching. Ahí lo dejo, por si hubiera alguna duda.   

miércoles, 2 de febrero de 2011

¡Voten a LOS MILLONES!


Hace meses, con lo de la tregua de ETA, me permití el lujo de hacer media gracieta comentando que "Los Millones", la novela de Santiago Lorenzo, era algo así como medio indispensable para leer el proceso de desintegración de la banda terrorista o algo así. Proponía, sin mucha fortuna como siempre, una especie de juego tontorrón en el que el otrora miembro de la organización que contaba con unas cuentas saneadas y un cierto apoyo popular se había convertido en ese hambrón que se pasea por un barrio obrero que es el protagonista de la novela de Lorenzo esperando que alguien se comunique con él y esperando, claro está, tener un DNI para poder cobrar los millones que le acaban de tocar en la lotería primitiva. 

Sin duda y porque utilicé una de esas "técnicas mixtas" en las que intento con torpeza que unos temas solapen a otros para que tengan ustedes conciencia de lo que es vivir con una cabeza que piensa en 300 cosas a la vez ("y ninguna de ellas demasiado útil o demasiado buena" que dice mi compañero de piso) simplemente catalogué a "Los millones" como una "maravilla". Adjetivo un poco corto para definir lo que este libro es en realidad, un adjetivo que si bien vale para que sepan ustedes lo que me pareció en general queda bastante lejos de definir en su totalidad lo que este libro supone para un servidor. 

"Los millones" es una maravilla pero también es muchas otras cosas: es una estructura estupenda, una historia de esas que no se encuentran normalmente y, sobre todo, es algo que vengo echando de menos desde hace tiempo en la literatura española en general que no es otra cosa que una forma propia de mostrar las cosas. 

De los cortos de Lorenzo y de sus dos películas siempre me maravilló que pudiera darle a los personajes una especie de toque inconfundible, una manera de hablar propia que respetaba el juego de hacer de la trola algo completamente real, es más, algo tan real que pasaba por ser más realista que la propia vida. Eso me lo volví a encontrar en "Los millones". Y me encantó. Olvidándonos de comparaciones odiosas: Auster juega a eso todo el tiempo y cualquier gran escritor del siglo anterior (y no digamos ya del XIX o anterior al mismo) ha jugado a dotar a sus personajes y a sus historias de esos juegos sin los que, sinceramente, me falta algo. 

Sin duda es la mejor novela que he leído en mucho tiempo y, sin duda, me parece innegablemente la novela del año anterior. 

¿Y a qué viene repetirse? Pues que los señores de notodo.com han nominado a "Los millones" como una de las novelas del año y se requiere, para que se le entregue el galardón, que ustedes voten en la página. Yo ya lo he hecho y ustedes deberían. 

Le dejo el enlace por si quieren hacer ustedes uso de ese derecho inalienable que es demostrar que tienen un gusto infinito para las cosas de la literatura. 

Se vota desde aquí.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Pele (¿?-2010): De aquellos años...


Esta semana pasada Cesar Strawberry me mandó la primera versión de la primera entrega de las memorias de Def Con Dos para el juicio, el datito tonto (tengo memoria estúpida para recordar los cumpleaños de la gente pero, sin embargo, estoy lleno de datos idiotas sobre locales, gentes, libros, discos y películas...) y echarle una mano en un texto de contraportada. 

Esta primera lectura me ha trasladado a un espacio bastante olvidado de la memoria cultural popular de nuestro país, al germen de un lugar espacio temporal sin nombre que, sin embargo, por su actividad debería de merecer más recuerdo. Me refiero a esa antimateria llamada: postmovida. Al fenecimiento oficioso de la misma y al nacimiento de una generación (¿?) de grupos, fanzines y personajes de toda índole que tuvieron que mal resistir los embates furiosos de un Ayuntamiento decidido a acabar con la transigencia de otros años y, claro está, decidido también a darle la espalda a cualquier manifestación cultural (por nimia, ridícula o naïf que esta fuera) que no entrara dentro de estos dos parámetros: procesión o chotis. 

El primer damnificado de ese alcalde llamado Álvarez del Manzano fue, sin duda, la cultura. Ahí estaba ese concejal llamado Matanzo (un señor de voz aguardentosa y vestimenta loquísimamente vintage) que, en plan Elliot Ness castizo igual se hacía fotos para ABC regando una calle que exhortando, megáfono en mano, a las prostitutas y al personal de un centro de salud sito en la Calle Montera y fundado para dar ayuda sanitaria a las lumis a "dar la cara" y a salir del local porque, según sus propias palabras, "el cachondeo se había acabao". 

Manzano, Matanzo y algún otro de estos concejales siempre se rodeaba de una extraña troupe, de una de esas legiones de la decencia alimentada por jubiletas de ropa gris y pin ora del oso y el madroño ora de la Virgen de no se donde, pelos cardados en plan Divine y maquillaje 60´s. Una clac chiflada que hacía daño a la vista y que zarandeaba al personal a la mínima. 

Tras la famosa moción de censura que el grupo popular y el CDS que encumbró a un derechón tradicional y algo manso llamado Rodríguez Sahagún dispuesto a uno de esos mandatos que tenía como fin la "recuperación de un Madrid para todos" (lo que se traduce como un Madrid para los de siempre) comenzaron a enseñar la patita los de la gaviota con sus horas de cierre para los bares, sus medidores de decibelios, sus ordenanzas municipales sobre seguridad y sanidad que se llevaron por delante bares, conciertos, librerías y todo tipo de lugares de reunión de índole sospechosa. Si la alcaldía de Tierno Galván y Barranco se había hecho famosa por el apoyo incondicional a cualquier tontuna que llevara la etiqueta de moderno-cultural (desde la visita de Warhol a título privado y promocionada por la Galería Moriarty para la presentación de "Cuchillos y Pistolas" y, como no, para que la modernez con pasta pudiera colgar un retrato fotopintado del artistón hasta los conciertos de música clásica gratuitos de los ahora olvidados centros culturales) el breve paso de Sahagún y el Castizo Reich de los 1000 años iniciado por ese Álvarez del Manzano de corte andaluz y porte directamente conectado de algún modo estético con la familia Ruiz Mateos  se caracterizó por tener muy en mente a un grupo de fuerza: los jubilados. 

Sí, queridos amigos, los jubilados se convirtieron en el joie de vivre sentimental de Álvarez del Manzano y la restitución del folclore extinto de la capital en una premisa política: más procesiones, más bailes de salón, subvenciones a chulapos y chulapas, zarzuelonas (pobre Zarzuela...qué daño se le ha hecho) y entrañables y vacías acciones como esa de ponerle a cada árbol de la capital una plaquita de cerámica donde se pondría el nombre de los niños nacidos en la capital que fue abandonada al poco tiempo y que, todavía hoy, resiste al pie de algunos árboles ajadas ya por el tiempo...de hecho...¿A quién coño se le ocurriría que la mejor manera de celebrar el nacimiento de alguien era poniendo su nombre en una placa donde, estrategicamente, sería manchada por la caca y el pis de los perros de los madrileños? 

Matanzo, de hecho, quiso cerrar el Teatro Alfil (y lo consiguió temporalmente) cuando un grupo de teatro (La Compañía Castiza) inició las representaciones de Cabaret Castizo una obra donde el actor Chete Lera hacía una caricatura de su persona. La cosa fue tan descarada que el entonces concejal de cultura Pedro Ortiz del PP pasó por taquilla para solidarizarse con los actores y con el local. 

Poco importaba ya porque desde 1989 hasta 1993 (momento del acoso y derribo) ya estaba la cosa lo suficientemente deteriorada como para que La Legión Manzano se apoderara de las calles y lo más cercano a un acto jolgorioso y popular del que se podía disfrutar en la capital fueran los cada vez menos frecuentes conciertos y exposiciones que fueron siendo sustituidos por el Cocido Más Grande del Mundo ofrecido por Aldeas Infantiles (la visión de jubilados degustando el cocidaco apoyados en los soportales de la Plaza Mayor te hacía pensar en la beneficiencia de la tan añorada dictadura o, en un plano más cercano, a una golosa troupé de zombis deglutiendo su ración de carne humana entre las carcajadas que provoca lo que es gratis). 

No ha habido ningún alcalde de Madrid tan gustoso por los vítores de sus correligionarios ni que, con tanta caradura, haya instaurado la dictadura de lo rancio. Se habla de Gallardón pero, la verdad, este es más o menos un amante del arte sin mensaje, de la cosa rara de diseño, que ni ton ni son. Una maniobra que nos llena la capital de una iluminación navideña que no es navideña (yo soy partidario de cargármela toda) y de unas cosas como de cachondeo (vease las instalaciones que se hacen en la fachada de La Casa de América que llaman a la rebelión). Otros dirán que todo es una maniobra para hacer obras y nada más, como en Valencia, donde los edificios no tienen sentido, ni contenido pero que sirven para dar obras a estos y aquellos...¿Ustedes se lo creen? Pues eso es porque están dominados por los rojos, joder. 

El caso es que esa perspectiva cultural y esos años fueron vibrantes pese a no estar recogidos en ningún libro o manual y, como fueron completamente independientes, pues no salieron en ninguna parte. Malasaña era, por aquel, entonces el escenario perfecto para la eclosión de todo aquello...y el reinado también se alargaba hasta el barrio de Chueca en los días en que los vecinos eran ancianos, el barrio estaba guarrísimo y los yonquis campaban a sus anchas en todas las esquinas. El Norton, que era un local más heavy que el infierno, el Osario, que era siniestro, y tantos y tantos bares de callos pasados de fecha en la barra y camarero con palillo en la boca eran los lugares de peregrinación a Chueca (a precios de coña) antes de que aquello se convirtiera en el Stonewall madrileño. De hecho era más el Bowery...si nos ponemos neoyorquinos. 

El libro de Cesar, bueno el germen de lo que ustedes podrán disfrutar el año que viene, es un repaso a esos años tan cutres y tan brillantes, a los bares desaparecidos, a los grupos, a las personas (ese Alex de la Iglesia delgado recién llegado de Bilbao con aspecto de amish, Mike de Pleasure Fuckers contándote en el Agapo como era eso de tocar en el CBGB y chocarla con Joey Ramone, Carlos "Subterfuge" Galán arrastrando una mochila con su fanzine y sus singles, Strawberry detrás de la barra de La Vaca Austera, el Marx Madera y sus mojitos, el Legado Social, las alegres hornadas de despistados juveniles venidos del extrarradio que bebían minis en el Nueva Visión...). 

Una etapa vibrante que arrastraba el compromiso editorial de La Movida, hecho de radios piratas, organizaciones culturales, grupillos, groupies, músicos venidos de todos los lados...

Si hay un personaje interesante de aquellos años ese es el Pele, el Sheriff de Malasaña, puerta primigenio del King Creole (lo que ahora es el Freeway) local del reunión de rockers y rockabillys y cuartel general oficioso de los temibles "Franceses" aquella banda de rockeros comandados por el "Fransuá" y "Juanma El Terrible" de los que dejó testimonio García Alix antes de que se los llevara por delante la violencia y la delicuencia. Gente hosca que dio mala fama a los que llevaban tupé y que perseguía con la misma saña a mods que a teddys como los "Tennessee" y que daban una amplia panorámica sobre las razones por las cuales no era bueno decir que te habías dejado tupé gracias a que, una vez, viste "Grease". 

El Pele, testimonio de un barrio y de una época, ha fallecido la semana pasada de un ataque al corazón sin que nadie haya podido aclararme cuál era su edad real. Quizás 64, aunque quién sabe. Ha prestado servicio de puerta en King Creole, La Via Lactea y otro montón de garitos teniendo fama de ser el típico enrollado que no pedía el carnet a la juventud aunque se demostraba implacable con aquellos que portaban bebida de otros locales o portaba una petaca. De pocas palabras, Pele era un tipo majete, un personaje de esos extraños que pululó y trabajó en las fronteras de Malasaña entre generaciones y generaciones de muchachada sin inmutarse, como un John Wayne de la vida. Quizás como un sheriff. La última vez que lo vi, fue en la presentación de la última novela de Cesar, "No quiero ser como tu", donde estaba prestándole servicio de escudero a Toño "El guionista sobre ruedas" que es en lo que se entretenía últimamente. 

Si la modernez asquerosa nos ha traido a esos puertas vestidos como mafiosos y a esos colgados de gimnasio incapaces de no provocar todas las noches una bronca arbitraria por razones aún más arbitrarias el Pele parecía imponerse sin mucha violencia, sin palabras demasiado altas y manejando a chuzos y alborotadores con un tino digno de negociador de asalto con rehenes. Cuando los de mi generación comenzamos a pulular por el barrio ya era una institución...y ahora que no está, parece que lo vamos a echar de menos...aunque solo sea por eso de que esta es una señal unívoca de que hay algo que está desapareciendo, algo que no va a volver o, quizás, existe lo mismo pero se producirá de otra manera que no entenderé y a la que no estaré llamado a participar. 

El Pele salía en un clip de DCD y, en uno de sus discos, tuvieron a buenas introducir la críptica frase: "El Pele lo sabe". Y es que, era verdad, El Pele sabía algo de todo aquello, algo de nosotros, sabía flotar por encima de las calles míseras, viviendo con lo puesto, nadando entre las luces de los bares nocturnos y las cañas mañaneras. 

Si hubiera un cielo, que no lo hay, no se me ocurre mejor tipo para echar una mano a San Pedro en eso de abrir la puerta que Pele, con su estrella de sheriff de metal y el corbatín texano de mandamás del Rancho que se gastaba en los 90. Aunque a lo mejor, tendría mejor arte para abrir las puertas del infierno...porque, lo bueno de todo aquello era que, tras la puerta que gobernaba El Pele existía la posibilidad de pecar hasta el amanecer en todos los sentidos y condenarse a la diversión eterna. 

Con la desaparición de Pele algo desaparece, algo importante y anónimo que, sin embargo, tuvo mucha importancia para muchos de nosotros. Se muere un testimonio no escrito de un barrio entero. 

Que el Dios de los bares lo tenga en su gloria y, si puede ser, que le ponga un Johnny Walker con dos hielos. La ronda va de nuestra cuenta.