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miércoles, 3 de marzo de 2010

15 películas que hacen que se te quiten las ganas de ir al cine.

Me he acordado de unas cuantas películas malas y me ha parecido bien compartirlas con ustedes. Se abre la veda para que incorporen en los comentarios su propia lista. Hagan juego. Seguro que hay más, incluso algunas de esta lista les parecen obras magnas...allá ustedes. Aquí lo dejo.

Me llaman Radio (Michael Tollin, 2003): Posiblemente no haya visto una película más bajonera en mi vida. Sale Cuba Gooding haciendo de tonto de un pueblo de América, con unos dientes falsos que echan para atrás. La cosa tiene que dar ternura pero, me temo, que si el verdadero "Radio" tuviera unos buenos abogados estos ya habrían clavado en la cruz de la justicia a los responsables de una de las películas más bochornosas de los últimos años. 

Nadie conoce a nadie (Mateo Gil, 1999): Las andanzas de Eduardo Noriega por una Sevilla en plena Semana Santa que un chiflado, Jordi Mollá, ha convertido en un juego de rol tan increíble como el hecho de que esta película fuera tan taquillera en su momento. Un horror estruendoso que, al menos, tenía la decencia de contar con Natalia Verbeke en su reparto. Menos mal. Lo único reseñable es que, un año después de su estreno, se produjo una especie de ataque de paranoía/pánico en plena Semana Santa sevillana que los ciudadanos de aquella ciudad achacaron a algunos locos jugadores de rol que habían decidido emular la película. 

Matrix (Hermanos Wachosky, 1999): Ver a Keanu Reeves decir "ya se kung fu" era lo único bueno de esta película con ínfulas filosóficas (un poco de budismo por aquí, un poco de nihilismo por allá mezclado con gente dándose hostias en dos planos de realidad diferentes) que resultaron un exitazo mundial. Las dos siguientes partes, con aparición del Coronel Sanders inventor del KFC como guest star, eran tal despiporre que todavía busco a alguien que me las explique sin que me de (nos de) una embolia. La cosa partía de una premisa falsa: si eres, por ejemplo, Bertín Osborne o alguien de éxito y hacienda parecidas nunca tomarías la pastilla de "despertar" porque, en realidad, lo que te espera al otro lado es un sitio un poco coñazo, básicamente, la pelea eterna con unos robots con malas pulgas. 

La Teniente O´Neill  (Ridley Scott, 1997): Salía Demi Moore con el pelo rapado intentando convertirse en la primera mujer que hacía las pruebas para entrar en los temibles NAVY SEALS que son como los legionarios, la Tuna y los escuadrones de la muerte de los señores de la droga pero con licencia para matar. La cosa partía de la misma premisa falsa que la saga de "La familia Klump" inaugurada por Eddie Murphy: si en las comedietas de Murphy el asunto iba de decirle a la gente que los gordos también eran muy buenas personas pero se pasaba el 90% del metraje haciendo chistes sobre gordos con especial saña en "La Teniente O´Neill" la cosa era demostrar que el valor de una mujer era comparable al de un hombre lo que no era óbice para que ella, en el camino, perdiera la identidad y el oremus gritándole a Viggo Mortensen eso de "Sargento, cómame la polla". Así, en plan travesti. 

Thelma & Louise (Ridley Scott, 1991): Todavía recuerdo el día en el que, saliendo del cine con unas compañeras de facultad después de ver la película, se me ocurrió decir que era una mierda seca, llena de trampas baratas y de estereotipos lamentables cuando un alud de mujeres (compañeras incluídas) se me vino encima en plena puerta del cine al grito de "¡Aquí hay un machista asqueroso, venguemos a esas dos heroínas del feminismo!". 

La Pasión de Cristo (Mel Gibson, 2003): Me entran dolores de estómago cada vez que me acuerdo de la cantidad de compasivos católicos (amigos todos) que me invitaron a "conocer la verdadera naturaleza de la fe cristiana" a través de este cuadro románico perjeñado en el siglo XX para, definitivamente, quitarme cualquier simpatía por las religiones en general. Una cosa floja, floja, una adaptación gore que debería de haber sido quemada en la plaza de San Pedro pero que, con la excusa de atrapar nuevas almas (aunque fuera entre rendidos sadomasoquistas), fue alabada hasta la nausea. Horror, siento. Horror.

El Príncipe de las mareas (Barbra Streisand, 1991): Una de las películas que más alquilé en mi etapa de trabajador de videoclub. Un infierno, Barbra Streisand delante y detrás de la cámara mostrándonos un trauma tras otro que, sin embargo, parecía no molestar a las clientas del establecimiento que decían "es una película preciosa". Jamás lo entendí, es más, no entiendo a Barbra como concepto.

Phenomenom (Jon Turteltaub, 1996): En realidad muchas de las películas de Travolta son enormememente bajoneras pero esta historia de un tonto del pueblo de América que recibe un rayo del espacio y, con él, unos poderes paranormales que lo convierten en un tío inteligente me parece especialmente cochambrosa. La moraleja es la siguiente: si eres muy listo eres infeliz y encima de pensar te sale un tumor en la cabeza del tamaño de una calabaza y te mueres. La cosa, dicen, estaba hecha para que la gente conociera de cerca las grandezas de la Cienciología pero, la verdad, la cosa no quedaba clara.

La habitación de Fermat (Luis Piedrahita & Rodrigo Sopeña, 2007): Nunca entendí porqué un tío que hace comedia se mete, en su primera película, en una especie de thriller de carácter matemático...la cosa quedaba desabrida, extraña y flojuna en general. Un bostezo tras otro y carcajadas a costa de la interpretación de algunos de los actores. No entendí nada. Es posible que la culpa sea mía.

Amistad (Steven Spielberg, 1997): En serio ¿de qué iba Spielberg haciendo esta película? ¿Se puede hacer peor? ¿Se puede olvidar el talento transitoriamente? ¿Había necesidad de firmar esta película? ¿Para qué? ¿Para contarles a los conciudadanos yanquis que el asunto de la esclavitud no era sólo cosa de ellos sino de todos los demás también? ¿Había que sacar a Matthew McConaghey?

Contact (Robert Zemeckis, 1997): Jodie Foster es una científica que malgasta el dinero del erario público en buscar señales extraterrestres. Digo malgasta porque, en realidad, lo que busca es una señal de que, de algún modo absurdo, si es posible que haya vida extraterrestre es posible que ella crea algún día en que el alma de su padre ha subido al cielo y, por lo tanto, pueda creer en Dios sin que se rían de ella en la comunidad científica. También sale Matthew McConaghey haciendo de cura, un tío super intenso que cree que si hay que ir al encuentro de entidades de otra dimensión lo mejor es que nuestro mensajero sea alguien que crea en Dios....sí, por eso la historia de los misioneros está llena de pasajes de amor y concordia, no te jode. Pues nada, una historia de aliens y chiflados religiosos que nos hizo olvidar que su director había hecho Forrest Gump tres años antes.

Varsity Blues (Brian Robbins, 1999): Durante toda la década de los 80 gente como John Hughes se dedicó a reconfortar a los frikis de medio mundo diciendo que, pese a que lo habían pasado mal en el insti, lo cierto es que ellos atesoraban las mejores y más tiernas historias, conservaban las mejores amistades y habían sido protagonistas de los grandes discursos generacionales...todo ese sueño acabó con esta película que engrandecía el papel de deportistas y cheerleaders colocándolos en el lugar que la Enciclopedia del Bullying les había reservado por derecho propio: el de molar hasta el infinito y más allá. Sí, resulta que esos mostrencos insensibles, esas descerebradas que daban culto a la estética eran, en realidad, los protagonistas, los que mejores fiestas montaban. Los guays volvieron a ser guays y a los del club de ajedrez que les den mucho por el culo.

La conjura de El Escorial (Antonio del Real, 2008): Esto, bueno, venga, es verdad que casi toda la filmografía de Antonio del Real  (Sobre todo esa cosa llamada "Y decirte una tontería por ejemplo que te quiero") deberían de estar en una lista de películas que te quitan las ganas de vivir pero este despilfarro de dinero -público, que la película tuvo una jugosa compensación de la Comunidad de Madrid- y el ridículo tan espantoso de rodar una película como esta que tiene todo para triunfar y, sin embargo, se dio la enorme hostia tiene un enorme delito por ser una obra al sonrojo y a la estulticia del tamaño del palacio construído por Juan de Herrera. 

Sangre de Mayo (Jose Luis Garci, 2008):   Esto, bueno, venga, es verdad que casi toda la filmografía de Jose Luis Garci (Sobre todo esa cosa llamada "Canción de cuna") deberían de estar en una lista de películas que te quitan las ganas de vivir pero este despilfarro de dinero -público, que la película tuvo una jugosa compensación de la Comunidad de Madrid- y el ridículo tan espantoso de rodar una película como esta que tiene todo para triunfar y, sin embargo, se dio la enorme hostia tiene un enorme delito por ser una obra al sonrojo y a la estulticia del tamaño de La Puerta del Sol. Un amigo mío diría que, en realidad, estaríamos ante la obra de un Garci menor...pero es que ese si que es un cabrón con pintas.  


Toys (Barry Levinson, 1992): No hay película en el planeta que me cree una desazón mayor que esta tontuna. Una cosa que va de una fábrica de juguetes y de Robin Williams y Joan Cusack haciendo cosas raras y un primo suyo que convierte la fábrica malrollera en una fábrica de material bélico. Lo más parecido a un mal viaje de ácido del de drogarse y del que te provoca úlceras en el estómago.







domingo, 17 de enero de 2010

Lisboa-Puerto Príncipe



Nota del Insustancial: Esta fantástica canción de Woody  Guthrie, titulada "La cosa más importante que ha hecho el hombre", es un repaso de todas las gestas que según el cantautor estadounidense el hombre (el hombre sencillo  y anónimo, el ser humano insignificante) había conseguido con su esfuerzo...me parecía que venía que ni al pelo para ilustrar esta entrada aunque es posible que me equivoque. La letra, extendida, puede encontrarse aquí.


28 horas. Madrid-Lisboa-Madrid. Las cosas así hacen que entiendas por qué la cabeza de Tyler Durden hizo catacroker. Cena y fados en el Barrio Alto y, por la mañana, entrevista con Joao García, el primer alpinista portugués en coronar la cumbre del Everest. Lo consiguió el 18 de mayo de 1999 junto al belga Pascal Debrouwer. Lo hace sin  oxígeno suplementario como le enseñaron los alpinistas polacos (tienen fama de ser los más duros y estóicos) con los dio sus primeros pasos por la cordillera del Himalaya en 1993.
En el descenso  los pequeños errores que los dos compañeros cometen en la ascensión (falta de hidratación, abandono de material que llevaban en la ascensión...) de pronto se suman para convertir la gesta en una tragedia. El mal tiempo les sorprende, se desorientan y cualquier paso es lento y costoso. Pascal, muy debilitado, se queda en el camino mientras que Joao inicia una carrera contra el reloj para alcanzar el último campamento. Cuando llega, y pese a las malas condiciones metereológicas, decide tomar fuerzas y volver a por su compañero. No lo consigue. Pascal fallece.

A la muerte de su amigo, con el que llevaba tres años intentando alcanzar la cumbre, se unen las secuelas de la expedición: Joao tiene la cara y las manos destrozadas por la congelación. Pasa tres meses en el Hospital de Zaragoza donde le reimplantan parte de la nariz y le amputan falanges de varios dedos. Dice que se sintió más solo y desorientado en la habitación de aquel hospital que en medio del Himalaya.

Joao tardó dos años en recuperarse física y mentalmente de aquello pero volvió a la montaña dice que "demostrando que lo más importante es creer" mientras se lleva una mano a la cabeza y sonríe tímidamente. "La montaña te lo da y la montaña te lo quita".  En abril de este año intentará escalar el Annapurna y, si lo consigue, entrará en la selecta lista de escaladores que han conseguido encaramarse a los 14 "ochomiles" que hay en el mundo.

Conociendo la historia de Joao creo haber entendido la diferencia que hay entre la obsesión y la determinación.

Es posible, y es sólamente un juicio personal, que el primer Joao García que subió el Everest lo hiciera movido por la obsesión de alcanzar una meta que se le había resistido dos veces anteriormente. La perentoria necesidad de llegar arriba le hizo tomar demasiados riesgos porque lo único importante era llegar. El Joao García que reinició su carrera dos años después era un tipo diferente, alguien movido por la determinación de culminar su sueño pero entendiendo que "el alpinismo es una escuela que cultiva la paciencia" en un mundo en el que creemos que todo tiene que ocurrir inmediatamente.

Las tragedias tienen el curioso efecto de recolocar automáticamente nuestras prioridades y de darnos la oportunidad de tener una visión más amplia y certera del espacio exacto que ocupamos, de la sombra que hace nuestro cuerpo y nuestros actos. Las cosas que parecían no tener importancia pasan a un primer plano y las que parecían ser cruciales nos parecen gilipolleces en las que hemos perdido demasiado tiempo.

Mientras revisaba la cinta con la entrevista a Joao no he podido dejar de preguntarme sobre el efecto que la tragedia de Haití tendrá sobre el planeta, sobre si alguien que pueda hacer algo de verdad (me refiero a aviones, comida,agua, millones de dólares para la reconstrucción de un país...está muy bien mandar diez euros a una ONG pero todos sabemos que se necesita más de un grano de arena para hacer una playa) pensará ahora que Haití y el tercer mundo en general es más importante de lo que, en un primer momento, parecía. Es posible que alguien que pueda hacer algo de verdad caiga en la cuenta que haber permitido que un país  sufriera las iras de dictadores como Torrijos (pese a ser el dirigente de la República Dominicana no tuvo empacho en iniciar unas cuantas operaciones que tenían como objetivo reducir el número de haitianos dentro de sus fronteras con la excusa de que "había demasiados negros en la isla") o de tener dirigentes como los Duvalier (padre e hijo esquilmaron el país, perpetuaron un régimen de terror alimentado por un extraño coctel de vudú y aniquilación servido por los machetes del Ton Ton Macoute) sea la causa directa de que un país entero haya desaparecido ante nuestros ojos porque el terremoto simplemente ha removido los cimientos de un país que llevaban siglos siendo sistemáticamente carcomidos por la miseria, la corrupción, el analfabetismo...males todos ellos engendrados por el olvido.