Mostrando entradas con la etiqueta JCVD. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JCVD. Mostrar todas las entradas

lunes, 9 de noviembre de 2009

Proust y bofetones


Nunca pensé que afirmaría que algo en lo que saliera Jean Claude Van Damme me parecería bueno pero JCVD (2008, Mabrouk El Bechri), esa rara película de acción que bebe de Funny Games (1997, Michael Haneke) y Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975), me parece sublime. La he visto este fin de semana de nuevo y me ha parecido incluso mejor que cuando la vi el año pasado.  

La cosa va de lo siguiente: un grupo de atracadores secuestra a un grupo de personas que están en una oficina de correos y hace creer a los policías del exterior que es Jean Claude Van Damme (que también está secuestrado) el que está llevando a cabo el delito.

La película de El Bechri me ha recordado a un puzzle para niños que Chicho Sánchez Ferlosio había inventado y que intentó vender sin éxito: se trataba de un puzzle que siempre podías hacer. Colocaras las piezas como las colocaras siempre acababas terminando la figura. Quería demostrar que lo interesante era entretenerse, el viaje, y que el fin, más o menos, daba bastante igual porque no era más que el comienzo de un nuevo viaje.

JCVD es un poco así: contando con todas las piezas de una película de acción puedes conseguir que el resultado final sea sorprendente y que, en el camino, mientras vas narrando una cosa resulte que también estás contando otra. Esta técnica bien podría llamarse: Proust y bofetones.

Lo más curioso es que tienes la sensación de que, con el tiempo, Van Damme ha hecho algo inevitable: ha aprendido a actuar de manera solvente.

Por suerte actuar no es lo mismo que operar a corazón abierto y te puedes permitir toda una vida de actos sonrojantes para encaminar el otoño de tu carrera con elegancia, no olvidemos que Clint Eastwood fue un actor bastante flojo antes de descubrirse como un fantástico intérprete y director.

Y si no me creen detengámonos por un momento en la figura del director de "Rocky": el muy poco valorado John G. Avildsen. ¿No les suena? Pues rodó "The Karate Kid" (1984). Seguramente nadie se atrevería a hacer ahora una película para adolescentes con esos mimbres y sin que salieran vampiros o gente que se pone a bailar sin ton ni son. Les cuento: iba de un chaval muy pobre y pringado que se matriculaba en un instituto bastante pijo. Vivía con su madre en un apartamento bastante cutre que les alquilaba un japonés huraño llamado "Señor Miyagi" (¿Cuanto tiempo vamos a aguantar sin que nadie tenga un grupo llamado así?). El caso es que el muchacho se enamoraba de una pija que había dejado recientemente una relación con un matón y este le soba el lomo al muchacho hasta que el casero le enseña a hacer karate y le descubre el secreto del golpe de "la grulla".

Enfrentamiento social, acoso escolar, lucha de clases y, lo que es peor, un Señor Miyagi contando como su familia palmó en uno de los campos de concentración de Encino (California) donde el gobierno norteamericano recluyó a los japoneses residentes en los USA eran algunas de las cosas con las que trabajaba Avildsen para montar una película teóricamente para chiquillos pero que tenía una interesante carga por detrás y que, albricias, no mostraba ni vampiros (incluso "Jovenes ocultos" es mejor que cualquier mierda actual), ni gente bailando (que aprenda la juventud de películas como "Beat Street", y "Electric Boogaloo" -y su secuela- donde salían Turbina y Ozono). Proust y bofetones con sabor juvenil.

Me he quedado con ganas este fin de semana de ir a ver "Celda 211" (2009, Daniel Monzón) aunque, lo reconozco, su director nunca me ha dado demasiadas alegrías pero como decía por ahí si Van Damme ha conseguido aprender es muy posible que, tras todos los fiascos anteriores, Monzón también lo haya hecho.