Esperaba que la última película de Tarantino fuera mucho más violenta. En serio. "Malditos bastardos" no es ni de lejos la película más violenta del director texano que no alcanza en ese campo a "Kill Bill" y desgraciadamente tampoco es la más mostrenca. Es violenta a veces y mostrenca a veces y es, en esos mismos instantes, donde la cosa se pone interesante y la película alcanza los objetivos esperados.
El peor lastre de esta película es que Tarantino sigue fiel a la filosofía narrativa que el personaje que él mismo interpretaba en "The man from Rio" (la cuarta historia de "Four Rooms"). En dicha escena QT daba una larga explicación a Tim Roth (que interpretaba al Botones) sobre las razones por las cuales le había pedido subir hasta la suite donde se celebraba la fiesta y que trajera consigo un trinchante, una tabla de cortar carne, dos clavos, una bola de bramante y un martillo. Cuando se estaba alargando demasiado alguien le pide que acelere y él dice: "Es posible que mi explicación de la vuelta al mundo pero llega hasta donde yo quiero que llegue".
Nadie lo ha dicho más claro y nadie ha sido tan fiel a su filosofía desde sus comienzos: las películas de Tarantino, un rasgo compartido con la literatura y el teatro del Siglo de Oro y con Shakespeare curiosamente, parecen perderse en explicaciones pero, al final, vas entendiendo que todo justifica un final épico (cuenten cuantos finales trágicos o abruptos ha generado Tarantino...).
"Malditos bastardos" intenta recuperar la fórmula narrativa de "Pulp Fiction" (¿Que era Pulp Fiction si no una enorme y contínua digresión?) pero sin alcanzar el nivel de los parlamentos que se largan Christopher Walken sobre el reloj que llevó insertado en su ano durante el cautiverio de Vietnam, el de Vingh Rhames en off ante la cara de mármol de Bruce Willis sobre las punzadas de la honradez o el de Samuel L. Jackson ante la jeta de Honey bunny y Pumpkin sobre por qué soltaba aquella cosa de la Biblia y que identificaba como el pasaje de Ezequiel 25:17 (por cierto, inventado y alargado por Tarantino).
Pese a ese fallo los logros de "Malditos bastardos" son tan grandes que hacen olvidar que, en algún momento, la narración te provocó un bostezo. Me tomo este "Malditos bastardos" como la primera parte que dará parte a otra película centrada completamente en las aventuras de los bastardos del Teniente Aldo Rayne.
En la primera posición de los logros de esta película está lo bien que se desenvuelve Tarantino a la hora de manejar los diálogos. En serio, son artificiales e impostados y son la antítesis del naturalismo o el realismo, están llenos de frases guays que sólo eres capaz de reproducir en plan paródico en la vida real pero, coño, funcionan tan bien dentro de las películas de Tarantino...
Después la elección de un tipo como Christoph Waltz para interpretar al que se revela como personaje casi principal de la película: el "caza judíos" Hans Landa. Un tipo vil, malo como el baladre, chungo, inteligente, cursi, refinado y, claro está, violento y amante de la jerarquía. Un mal bicho que representa todas aquellas cosas negativas que uno conferiría al Tercer Reich y a todos los que lo hicieron posible. Sin duda una de las mejores interpretaciones de los últimos años y uno de los personajes más interesantes que se ha visto en el cine de los últimos años. Es tan bueno que es capaz de zamparse a todos los actores con los que comparte secuencia casi sin esfuerzo.
Rinden a gran nivel también los otros actores europeos desde Daniel Brühl, metido en la piel de un personaje con dos caras, hasta Sylvester Groth que se marca un increíble Joseph Goebbels que no te hace olvidar al que interpretó Johannes Silberschneider en "La niña de tus ojos" (Fernando Trueba, 1998).
En el apartado actoral Eli Roth queda algo desdibujado haciendo de Donny "Jüden Bear" Donnowitz al igual que Mike Myers que fue la primera elección de Tarantino para encarnar al jefe de los bastardos, Aldo Rayne, y también al personaje de Hans Landa pero que luego se ha tenido que conformar con una aparición muy pequeña.
No me gustaría tampoco olvidarme de Brad Pitt que borda el papel del chiflado y violento Aldo Rayne, Teniente y al parecer inventor de la operación de los bastardos, en su faceta de paleto sin corazón (en la vida civil se dedicaba al contrabando de alcohol en Tennessee) que consigue el puntito de desmitificación que daban los personajes de "Los Doce del Patíbulo" (Robert Aldrich, 1967) o el de James Coburn en "La Cruz de hierro" (Sam Peckimpah, 1977). Seguramente sin el concurso de Pitt, atentos a la escena en la primera escena en el interior del cine y a los caretos que pone en segundo término, al película hubiera sido otra completamente diferente porque, en el fondo, frente al refinado europeo y cruel que representa Landa está su némesis que no es otra que el cateto americano violento, montaraz y poco educado de Rayne.
Es una pena que el padre de la revisitación de los géneros bastardos (películas de atracos, blaxplotaitions, artes marciales, western, gore, grindhouse etc.) se haya perdido en derroteros más formalistas, más intensos, más de auteur y no haya confiado en lanzarnos a la cara una película totalmente mostrenca porque la ocasión lo merecía. Es una pena que sus ganas por firmar una obra maestra lo hayan alejado de su objetivo.
Los que hemos leído los tebeos de "Hazañas bélicas", leído a Sven Hassel y coleccionado soldaditos de plástico de la marca monta-plex nos sentiremos plenamente identificados con esta película y las razones que ha tenido Tarantino para ofrecernos semejante espectáculo. No se si ustedes serán de esa generación pero a todos los que debajo del árbol de navidad nos encontramos en algún momento una winchester de plástico, una ametralladora dotada de un ingenioso gatillo que la hacía sonar como un arma de verdad (o casi) o un casco de color verde de los Marines comulgaremos perfectamente con las razones que ha tenido Tarantino para jugar así con el género y con las historias de la II Guerra Mundial. En cierto modo ha hecho lo mismo que hacíamos nosotros cuando nos perdíamos por los descampados simulando ser un comando que acababa de saltar de un avión en paracaídas detrás de las líneas enemigas en una zona atestada de malditos nazis: contar nuestras propias historias y echar la tarde. A Tarantino le ha costado unos cuantos millones más de dólares pero, bueno, se trata de lo mismo.
En definitiva: Malditos bastardos es una gran película. Una película de Tarantino en todos los sentidos de la expresión y eso es mucho en un panorama cinematográfico que parece cada vez más condenado a los productos impersonales donde no importan quien se siente en la silla donde pone director. A costa de hacer las cosas medio bien (y nunca medio mal) Tarantino va a pasar a la historia como uno de los grandes del cine por la sencilla fórmula de redescubrirnos a los clásicos y de reinterpretarlos. No está nada, pero nada mal. Ya digo, es casi una obra maestra.