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domingo, 7 de diciembre de 2008

Lo divino y lo patatero


Los domingos de aperitivo, sobre la mesa del salón nunca falta un bol con patatas fritas de bolsa y una lata de mejillones, con su escabeche y todo, por encima. Es una de esas cosas que uno ha probado en los bares de tapas (En Madrid se le ponen a veces a las patatas de bolsa un par de boquerones en vinagre o una finústica anchoa) y que ha trasladado a la gastronomía familiar. Reconozco que es de esas cosas que está entre lo divino (y el mejillón en escabeche lo es) y lo patatero, entendiendo por ese término a todo aquello más o menos vulgar.

El ser humano se mueve entre lo divino y lo patatero continuamente: Dylan recibió una vez una carta de Johnny Cash. En ella le decía que estaba deseando tocar con él, que admiraba su forma de tocar y le agradecía que hubiera transmitido la música popular, el folk, a las generaciones venideras. La carta estaba escrita en una bolsa para vomitar de un avión en el que viajaba Cash que, en medio de un enorme pedo, sintió la imperiosa necesidad de transmitirle todo su cariño a Dylan.






Ambos coincidieron en el Festival de Newport donde compartieron escenario y comenzaron una larga amistad. Cash era un americano derechista, creyente y conservador, desquiciado por el vicio e incapaz de no mantener esa pose de estrella sobria que deslumbraba a los paletos y que soñaba con convertirse en una gran estrella de la pantalla o de la televisión. A su lado Dylan, delgado y poca cosa, izquierdoso, ejerciendo el papel de bufón para decir verdades como puños, comenzando la carrera en contra de su propio personaje, negándose a aceptar que iba a ser una leyenda. Dicen que Cash ni siquiera sabía que Dylan era judío y que, cuando lo supo, se quedó chocado porque, me imagino, no le encontró ni el rabo ni los cuernos; Dylan se sorprendió cuando se enteró de que el cantante country nunca había pisado, en realidad, la cárcel . Dylan, que sí sabía como era Cash, simplemente lo admiraba. En contra de lo que sus primeros biógrafos la obra de Cash pasó de ser patatera a rayar en lo divino mientras que Dylan que conservaba un alto porcentaje de divinismo ha ido pisando cada vez con menos empacho los terrenos de lo infinitamente patatero (y no me refiero solo a eso de haber tocado una vez para el Papa Juan Pablo II que el hombre también tenía derecho a mover el esqueleto).
En la vida, en general, también se pisan los dos terrenos. Hay que saber mantenerse en medio o, al menos, no ser demasiado cutre pese a que a veces es imposible.


Ocurre en las bodas, que te dejas llevar, comienzas ahí bien plantado con tu traje, tu mejor sonrisa y terminas en un local con barra libre con un de los faldones de la camisa metidos dentro del pantalón y otro por fuera, la corbata deshecha o puesta en la cabeza y gritando contra la autoridad del padrino o, peor, intentando que la única mujer soltera caiga en tus garras acudiendo a esa máxima de la tradición oral que dice eso de "boda llama a boda" y diciendo con voz gangosa: "¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?".

Lo divino está ahí, escondido en lo patatero, o viceversa. Por ejemplo, ves Fama (Cuatro) y te das cuenta de lo cerca que anda una cosa de la otra: los ves jóvenes y bailongos y dices ¡Guay!, los escuchas hablar y dices ¡Arf! Ves a los profesores comportándose como los profesores de la serie americana y dices ¡Horreur!. Te gastas unos cuantos miles de euros en producir un programa de cantantes y resulta que te sale Factor X y Operación Triunfo. Telecinco a convertido la divinidad de la televisión en una rueda de identificación de una comisaria. Sin embargo ves a Elvis, pasado de kilos,vestido como una especie de monstruo, sabiendo que en sus últimas actuaciones en Las Vegas tenía que llevar pañales -la incontinencia provocada por los calmantes- entonando las primeras frases de Suspicious Mind y descubres lo sublime, a un tipo que trabajaba de camionero y hubiera seguido así, seguramente hsta hoy, si no se le hubiera ocurrido grabarle a su madre una canción por su cumpleaños. No lo hizo porque pensara que sabía cantar mejor que nadie, lo hizo por que sólo tenía cuatro dólares en el bolsillo y grabarle un disco costaba justamente eso.

Diego "El Cigala" acudió al estreno de Calle 54 con sus primos, sus hijos y su mujer para ver bailar a Tomasito, amigo del alma, que salía en la película acompañando a Chano Domínguez. Entraron tarde, los críos llevaban en la mano todavía hamburguesas de un burguer cercano. Se sentaron haciendo ruido y El Cigala comentó en alto: "¡Mira el Chano! ¡Qué gordo está!" cuando vio al pianista en la pantalla. Minutos más tarde vio en pantalla a Bebo Valdés y comentó "¡Válgame!" cuando se entero de que Bebo y su hijo llevaban sin verse dos o tres décadas. Después lo escuchó tocar Lágrimas al piano, siguiendo embelesado el ritmo de la canción. Mucho más tarde, en la fiesta que se dio en el Restaurante Hispano se dirigió a Fernando Trueba y le dijo: "¿No ha venido el señor ese mayorcito? Es que me gustaría hacer un disco con él". Diego El Cigala, pese a sus enormes capacidades como cantaor, sólo había grabado un éxito hasta ese momento. Se llamaba "Endevel". Luego, luego ya es otra historia. Patatas fritas con mejillones o mejor.