El cine Navacerrada ponía películas de artes marciales casi todas las semanas porque la juventud de los 80 vivió un idilio con ese tipo de películas y con las de navajeros. De ahí fue de donde mucha gente salía corriendo para apuntarse al gimnasio más cercano donde le enseñaran a matar a un hombre dos veces antes de caer al suelo o a impresionar a las pibitas rompiendo tablas con la cabeza.
Las películas de artes marciales eran un peligro. En general. Porque cuando salías a la calle siempre había alguien dispuesto a poner en práctica todas aquellas volteretas y puñetazos con el primer inocente que saliera del cine. Todavía recuerdo con escalofríos como unos cuantos adolescentes rodearon a un chiquillo, le pusieron una bolsa de palomitas GOL en la cabeza y se dispusieron a quitársela limpiamente de allí con una patada voladora. Creo que les costó tres o cuatro intentos, al parecer, no porque la peli no les hubiera enseñado bien la técnica si no porque el tembleque del chiquillo no permitía que la bolsa de plástico medio vacía se estuviera en su sitio.
Los macarras occidentales estaban seducidos por la orientalidad, equivocando el camino del Tao y cogiendo el de la "hostia fina" pero en el camino que es de lo que se trata y todos, con más o menos pericia, querían imitar a sus ídolos de ojos rasgados ya fuera el inmortal Bruce Lee o cualquiera de sus ochocientas copias (Bruce Li, Bruce Le, Lee Bruce...y otros chinorris) o, incluso, el afamado y macarra John Liu del que Minchinela, Vigalondo y Lardín darán cuenta en esta cita que, de estar en Barcelona, no se deberían perder.
No es de extrañar que muchos actores europeos intentaran luego emular a los actores de ojos rasgados como Chuck Norris (en el papel de occidental con cintura de tronco de fuerza sobrehumana y final fatídico), Franco Nero haciendo de ninja en "La justicia del ninja" (1981, Menahem Golam) o ya más tarde Mark Dacascos, Michael "El Guerrero americano" Dudikoff o Jean Claude Van Damme entre otros.
Pero antes de que ellos fueran unas estrellas de videoclub y de que las películas de acción oriental y su inconfundible olor a linimento y puticlub tailandés fueran sustituídas en el corazón de los macarras de todo el mundo por las pelis de acción protagonizadas por culturistas de gesto facial inseguro y actuación dramática robótica (siempre he creído que en toda esta moda mucho tuvo que ver el rollo de las drogas de diseño y el crujiente mercado de los anabolizantes) ya había un tipo que, gracias a la colgadura de Hollywood había tenido los arrestos de interpretar el papel de un monje sao-lín pese a haber nacido en la muy occidental California. Se llamaba David Carradine y le quitó el papel protagonista de la serie televisiva "Kung Fu" a, nada más y nada menos que Bruce Lee.
Bruce jamás le perdonó a Hollywood semejante desprecio, ese y no darle el papel principal en "Green Hornet" para ponerlo a hacer de Kato (ya lo había hecho en Batman), y se vio obligado a emigrar a Hong Kong (siendo norteamericano de nacimiento) para convertirse en toda una estrella y volver a Occidente con las películas de artes marciales bajo el brazo.
David Carradine fue el primer actor occidental en hacer uno de esos papeles que mezclan paparrucha orientalista con hostias como panes de hogaza. Un tipo de la estirpe de los Lee Van Cleef o los Jack Palance, con cara de tipo duro o malo, con cara de dolor de estómago o de tener el alma negra. De ese tipo de actores con tanto caracter que acaban siendo adorados por la serie B porque con una mirada a cámara te ahorran todo un presupuesto de efectos especiales. Imposible no acordarse ahora de que fue el Frankenstein de "La Carrera de la muerte del año 2000" (Roger Corman, 1975) pero que también trabajó en "Boxcar Bertha" (1972, Martin Scorsese) o en la espectacular "Bound of glory" (Hal Ashby, 1976) interpretando al cantautor Woody Guthrie, que no le importó nunca autoparodiarse como hizo en "El Gran Stan" para mayor gloria del cómico Ron Scheneider y, claro está, que Tarantino (otro macarra criado a los pechos de los videoclubes de barrio americanos, no tan diferentes de los nuestros) le dio la golosina de un papel mítico y crepuscular que lo ha devuelto a una generación entera de espectadores. 
Dicen que el tipo duro se ha colgado en un hotel en Tailandia y hoy todos los gimnasios del mundo, todos los cines de reestreno, todos los videoclubes de barrio y, claro está, todos los macarras del universo deberían de llevar una escarapela negra en señal de respeto.