Sevilla, 16 de mayo de 2012
La veo alejarse distraídamente, igual que lo haría alguien que hubiese dejado parte de su atención atrapada en una labor sobrehumana. Acaba de detallarnos la intervención con palabras muy sencillas, como si le hablase a unos niños que no la van a entender.
Estaba en lo cierto, porque apenas se ha ido y ya soy incapaz de recordar los músculos implicados, las ramificaciones dañadas, los cortocircuitos -así los ha llamado haciendo un guiño a la Ciencia Ficción- que han sido necesarios.
Su silueta se pierde definitivamente por los pasadizos del hospital, pero se queda en mi memoria como la de una mujer de apariencia sencilla, titánica, como titánicas han sido tantas y tantas mujeres de apariencia sencilla. Y, entonces, la imagino viviendo hace quinientos años, en un mundo edificado sobre honores y deshonores, la imagino cosiendo un virgo meticulosamente, devolviéndolo a la vida. Pero no me cuadra del todo.
Intuyo que, si la doctora Pradilla hubiese vivido hace tantos siglos, no habría sido virguera. Sus artes serían las de alguna hilandera de un cuadro de Velázquez, porque lo suyo no son los remiendos; sus virguerías son auténticos primores.
Pie de foto: REM (II). Martínez Clares, 2012.