Aún recuerdo a mi maestro.
Lo recuerdo enseñando, con aparente libertad, cómo acercarnos a este mundo que se derrumba cada día, cómo encontrar sus costuras, sus debilidades, cómo afrontar, llegado el caso, su turbadora oscuridad. Recuerdo, también, que muchas de sus preguntas no tenían respuesta, que sus historias admitían finales muy diferentes, que se alborozaba con nuestras dudas, que disfrutaba haciéndonos sentir vivos. Pero, sobretodo, lo recuerdo llevándonos de la mano hacia la belleza, ese lugar abstracto que está en todas partes y en ninguna.
Como al profesor Keating, a mi maestro, un día, también le mostraron la puerta de salida. Pero él eligió quedarse.
Ahora, si busca usted a mi maestro, lo encontrará enterrado bajo una montaña de legajos, un cúmulo de ásperos documentos que describen cada uno de nuestros pasos, que anticipan las intenciones del que enseña, las dificultades del que aprende y la forma en que serán juzgados los gestos, las respuestas o los silencios. En ellos, en esos papeles que pesan 80 gramos por cada metro cuadrado, a doble cara si es posible, se encuentran las claves para descifrar su ineficacia, su desidia, la escasa productividad de su labor docente.
Muchos piensan que es natural que sus jefes le obliguen a preverlo todo, a programar la belleza de un poema, a medir los sueños, porque sólo así conseguirán que nada nos sorprenda, que la improvisación, la creatividad o el talento no se cuelen en las aulas, que se mueran de aburrimiento nuestras inquietudes y también su libertad.
Pie de foto: Una imagen de “El club de los poetas muertos”.