A veces, conviene leer la vida
desde una sentimentalidad diferente. La perspectiva que nos ofrece el humor bien
podría ser una opción. Me refiero al bueno, naturalmente. Pongamos como ejemplo
el Holocausto: La lista de Schindler (Steven
Spielberg, 1993) es un ejercicio perfecto de maestría cinematográfica. En
cambio, La vida es bella (Roberto
Benigni, 1997) no es más que una progresión melodiosa de emociones. Ambas
ocupan un lugar destacado en mi cinéfilo corazón, pero sólo la cinta de Benigni
me lo pellizca a diario.