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martes, 16 de diciembre de 2014

Historia de un payaso

El payaso es el poeta en acción.
Henry Miller

Siempre he pensado que la sonrisa de un payaso tiene mucho de maquillaje. Al menos lo he pensado desde que conocí a aquel payaso hace unos treinta y cinco años, uno de esos payasos decrépitos que surcaban España, de pueblo en pueblo, llevando hasta los lugares más olvidados alguna mínima novedad que despedazase nuestra rutina.
Llegó acompañado tan sólo de un mono y una vaca hindú. Entre los tres, montaron la carpa ante las miradas atónitas de niños y viejos. Después, tanteó el ambiente y los gustos locales, repartió papeles protagonistas entre los lugareños más atrevidos y, de toda esa mezcolanza, surgió un espectáculo singular que propició hasta tres funciones de fin de semana. No falté a ninguna. Entre otras cosas porque no había nada más que hacer y, por eso, pasamos allí varios días acampados con el viejo (justo al lado de nuestro colegio), protegidos por los rezos de las beatas que nos advertían de los peligros del circo al salir de misa de siete.
Recuerdo la función como amputada de un guión de Rafael Azcona: comenzaba con nuestro empresario circense llevando a cabo pésimos números de magia, regalándonos escenas saturadas de equívocos en los que el pequeño mono siempre salía triunfante o números extraordinarios en los que la vaca, descabalgada de su deidad, se comportaba como una simple vaca para nuestra sorpresa. Después, todo se volvía negociable: la sesión de cine (gracias a un lastimoso proyector vimos por primera vez El bueno, el feo y el malo); los chistes, paulatinamente más audaces; los números musicales, en los que algún paisano se atrevió a debutar por soleás en aquel improvisado escenario. Pero con todo, lo más absurdo fue un encierro que, para satisfacer los exigencias locales, nos organizó el viejo con la vaca hindú por las principales callejuelas del pueblo. Huelga decir que no hubo heridos por asta de toro. Al concluir cada sesión, se iban apagando paulatinamente las luces y, mientras los niños nos internábamos lentamente en la madrugada, le veíamos negociar otro tipo de espectáculos con algún rezagado. A ciertas horas el circo, como la noche, se hace adulto.
Cada día, al llegar a casa, me preguntaba cómo podía ese payaso desvencijado, socorrido por un mono y una vaca, sacar el circo adelante. Mi mente de niño no alcanzaba a comprender que, en realidad, durante esos días, el viejo consiguió que el circo fuésemos nosotros mismos.
Aunque a Gor llegaron otros circos, recuerdo únicamente el de aquel tipo vividor y silencioso, el del viejo crápula que desmentía en cada número al payaso de Henry Miller, el del personaje que aún actuaba, cerca de su ocaso, para sobrevivir a la decadencia y a la poesía. Porque bajo la fingida sonrisa de aquel payaso crepuscular, entre sus escombros, se ocultaba todavía la tristeza de alguien que seguramente hipotecó su juventud tan sólo para ver sonreír a los demás.
Pie de foto: Historia de un payaso. Martínez Clares, 2009.

El gran Zambini (Igor Legarreta y Emilio Pérez Pérez, 2005).