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miércoles, 8 de enero de 2020

Y cada año la inmortalidad

Trompetas (Martínez Clares, 2019).

En una de sus canciones memorables, nos confiesa José Ignacio Lapido que el futuro ya no es lo que era. El nuestro -el de Gor me refiero-, con el paso de los años y la aceptación de los peores augurios, está adquiriendo una atmósfera propia de la mitología. Porque a Gor, en la actualidad, le sucede un poco como le sucedía a la Comala de Rulfo o al Macondo de García Márquez o a la Mágina de Muñoz Molina. Le sucede que, con sólo nombrarlo, ya sabe a literatura. Cojan, si no me creen, una revista cualquiera de antaño, una de esas que atrapan el polvo sobre los anaqueles de una estantería olvidada o que reposan en el fondo de una caja de cartón bajo las facturas, los recibos de la fábrica de luz, las cartas de la Agencia Tributaria y algunas fotos de Blas El Retratista en las que, con el tiempo, se han colado los martinicos. Cojan, por ejemplo, la revista 55 en la que Antonia M. Jiménez Manzano escribió sobre la mítica banda de música de Gor. Nos contaba por entonces Antonia María que, cuando aquella banda actuaba en las fiestas y acontecimientos de otros pueblos, a su regreso siempre repetía el mismo rito: al llegar a las inmediaciones de Gor, uno de sus músicos tiraba un cohete y, seguidamente, atacaba las primeras notas del pasodoble que iba a acompañarla durante su trayecto hasta a la plaza. Me baila el corazón de sólo pensarlo. Me baila del mismo modo que me baila cada 6 de agosto cuando escucho el estruendo de la banda de música de Jérez del Marquesado rompiendo la mañana, una banda que está viva, que todavía no vive, como la nuestra, del mito y la literatura. Me baila igual que me baila cuando llegamos a la plaza y nos olvidamos por completo de los peores augurios, y nos saludamos y nos besamos y nos abrazamos. Igual que cuando nos acodamos en la barra del Sebas para tomarnos un par cervezas mientras sestean las trompetas de esta fotografía y, desde el balcón del Ayuntamiento, nos reconviene el pregonero. Eso me pasa: que me baila el corazón ahora y que me bailará mañana y todos los días que me queden por vivir, porque ya escribió Galeano -a Eduardo me refiero- que todos somos mortales hasta el primer beso y la segunda copa de vino.

jueves, 15 de febrero de 2018

Un andar solitario entre la gente


Siento el mismo vértigo de siempre, el vértigo que siento cada vez que me asomo a un nuevo libro de Antonio Muñoz Molina. Antes de lanzarme al vacío, pongo en marcha el protocolo del fetichista: lo palpo, lo huelo, compruebo el tacto de sus páginas (esta vez viene cosido y se lo agradezco a Seix Barral), me detengo en las tapas, busco alguna incipiente dedicatoria inicial y poco más: mi oficio de lector me avisa de que ésta no es tarde para libros: lo cierro como si cerrase una caja fuerte, y lo deposito entre los estantes. Tal vez, arrimarse al precipicio de la lectura requiera de unas condiciones determinadas que todavía no se dan. Pero no me preocupa lo más mínimo. Cuando sea el momento, sé que será el libro quien me avise.

jueves, 14 de enero de 2016

Laberinto de secano

Pelayo retratado a traición. Martínez Clares, 2010.

Uno puede narrar la vida en el pueblo de dos maneras: la primera sería a lo Miguel Delibes en Las ratas. El pueblo como un ecosistema del que nunca se aspira a salir y desde el que se mira con recelo a quienes eligieron aventurarse extramuros de la costumbre; la segunda podría ser a lo Muñoz Molina en El jinete polaco. El pueblo como una cárcel inexpugnable que sólo se soporta si cada noche te sueñas excavando un túnel para escapar de allí.
Yo fui de los que pasé la mayor parte de mi juventud en un laberinto de secano (*) y comulgué, según épocas, con ambos enfoques, pero finalmente excavé mi túnel y me evadí dejando atrás esa otra vida que nunca llegaré a conocer. Pelayo, en cambio, decidió quedarse o, más bien, decidió regresar antes de que fuera demasiado tarde. A él -y a otros como él- el pueblo les debe mucho, aunque sospecho que nunca se lo agradecerá lo suficiente. Por mi parte, yo sí les agradezco que todavía me quede un lugar donde volver.

(*) Joaquín Sabina en Esta boca es mía (Ediciones B, 2010).

domingo, 2 de agosto de 2015

El jinete polaco (BSO)

Lyrics:
“Una moneda en la ranura de la máquina de discos y en menos de tres minutos se acaba la música, y con ella la exaltación de tanta ternura imaginada, la plenitud furiosa de las guitarras y la batería, tantas afirmaciones y huidas y búsquedas demasiado perentorias para que alguien o algo las satisficiera”.
“Jimi Hendrix, Janis Joplin, Jim Morrison, Otis Redding, estaban muertos cuando a nosotros nos revivían sus discos, de Eric Burdon y de Lou Reed nos dijeron que eran muertos en vida, aniquilados por la heroína y el alcohol”.
Antonio Muñoz Molina, El jinete polaco (Planeta, 1991).

Justification:
Hay libros que no pueden concebirse en silencio, libros que, con sólo abrirlos, dejan escapar sus músicas para que las escuchemos igual que las escucharíamos en cualquiera de los bares en los que todavía nos escondemos de nosotros mismos, libros que nos devuelven aquellas canciones que aún subsisten en los vericuetos más inaccesibles y privados de nuestra memoria, allá donde nunca llegan las interferencias ni las modas del exterior, libros que nos dejan acariciar por unos instantes las notas impresas en cada una de sus páginas, los títulos, los grupos, los sonidos que definen cada una de mis edades y que delatan a los personajes y, por ende, a su autor. El jinete polaco es uno de esos libros que no se callan nada. Escúchenlo.
Corre el año 1972. En el bar Martos, los jóvenes de Mágina flirtean con la modernidad. Algo huele a cambio y Muñoz Molina nos lo narra apoyándose en la llegada de las nuevas corrientes musicales. Éstas son algunas de las canciones que irán sonando en la rockola del Martos, ésta es parte de la música citada expresamente en El jinete polaco, la novela con la que el autor de Úbeda se alzó con el Premio Planeta 1991.

Songs:
1. Riders on the storm.
Empezamos con Riders on the storm de los Doors, la canción que da nombre a la segunda parte de la novela y que aparece citada en la página 222 de la primera edición del libro.


2. It´s only rock´n´roll but I like it.
Aunque Muñoz Molina confiesa, por boca del protagonista, que le gustan más los Doors, seguimos con It´s only rock´n´roll but I like it, una canción “bronca y golfa” de los Rolling Stones citada en la misma página.


3. Hotel Hell.
Son varios los momentos de la narración en los que Muñoz Molina escribe con devota admiración sobre Eric Burdon, solista de The Animals.”Movía los labios como si la voz de Eric Burdon fuera mía”, escribe el de Úbeda. El narrador se refiere sobre todo a una canción que cuenta la historia de un hotel en la frontera mejicana. En ningún momento nos dice el título, pero bien podría referirse a Hotel Hell, un éxito lanzado en 1967. “And I´m so very far from my home”, canta Burdon con “cara torva y temeraria”. Demasiado lejos de casa. Demasiado a menudo.


4. Walk on the wild side.
Apenas hemos llegado a la página 231, pero ya es el momento de meter las manos en los bolsillos -“take a walk on the wild side”- e imaginar que uno anda “como un lobo por una calle de Nueva York o de París”, el momento de olvidar que realmente caminas por las calles de Mágina y que no eres más que un crío de dieciséis años. Muñoz Molina cita la canción, pero esta vez omite a su intérprete: Lou Reed. Quizás existan algunos temas (muy pocos) que no precisan de un cantante que los ampare. Perteneciente a su álbum Transformer (1972), este himno supone una vuelta de tuerca en la carrera del genio de Brooklyn. A destacar la producción de Bowie que le aproxima al Glam rock.


5. Proud Mary.
Proud Mary fue escrita por el cantante y guitarrista estadounidense John Fogerty, lider de los Credence. Podemos escucharla en la página 230, nuevamente en la rockola del Martos, con la batería y el bajo vibrando densamente en el aire, aunque Muñoz Molina nos especifica que no se trata de la original de los Credence, sino de una versión de 1971 interpretada por Ike and Tina Turner.


6. My girl (I).
A veces, uno se cruza con una canción que escapa de la radio de un coche o que se desliza desde un balcón abierto y esa canción ya sigue contigo mientras buscas por las calles de Mágina el rostro de Marina y diseñas un futuro de encuentros fortuitos, románticos, irrealizables. Esa canción pudiera ser My girl de Otis Redding y Muñoz Molina nos la pincha en la página 339, a finales de mayo, cuando ya acaba el instituto y el verano cae sobre la ciudad vacía.


7. Summertime.
Créanme: leo en plena ola de calor y pienso que no tengo otra meta que la de sobrevivir al verano a cualquier precio: “Era un bar triste y más bien sucio” pero tenía dos o tres buenas canciones en su máquina de discos. Muñoz Molina echa a la rockola un par de sus monedas para mi disfrute. Mientras tanto, afuera, languidece el domingo y, antes de concluir la página 345, suena Summertime, un temazo de Janis Joplin.


8. The house of the rising sun.
"Aparejaba la yegua y me iba a la huerta". Por el camino, su evasión eran, de nuevo, The Animals, aunque Muñoz Molina menciona por segunda vez una canción sin nombrar a sus intérpretes. Quizás porque se trata de una canción popular americana de incierta autoría: "The house of the rising sun". Dentro de ella, se conjuran el ritmo y las letras capaces de llevarnos lejos de aquí, a esos otros lugares tan imaginados como inaccesibles: murmurar canciones sólo para no estar en este mundo, en la Mágina de los primeros setenta, a pocos pasos de la página 309.


9. Whole lotta love.
De garito en garito vamos pasando los días. La máquina de La Cueva Árabe tiene peores canciones que la del Martos, pero allí están los Led Zeppelin con su Whole lotta love. Desde su terraza, veo cómo el verano sigue apoderándose del valle del Guadalquivir sin darme cuenta, todavía, de que ya llevo 376 páginas de buena música.


10. Brown sugar.
Llegas a un país extraño, un país del que has oído hablar y que consideras rancio, un país todavía anclado en unas costumbres inalterables que rigen su devenir como ritos, pero te asomas a cualquiera de sus calles y, al abrirse la puerta de un bar, escuchas "Brown sugar" y entonces piensas que jamás hubieses imaginado que en la España del 72, aquel año lejano y abstracto en que yo nací, alguien pudiese escuchar a los Rolling Stones.


11. You´ve got a friend.A veces, sucede que la canción que no recuerdas se convierte en la más importante. Porque una canción puede, por sí sola, explicarlo todo. Aunque para ello tengamos que llegar hasta la página 480 y dejarnos llevar por Carole King y su “You´ve got a friend”.


12. Break on through to the other side.
La banda sonora de "El jinete polaco" es mucho más amplia y variada, pero me he limitado a reseñar las canciones que creo que más le gustan al protagonista o que, tal vez, significaron algo importante para él, o para Antonio Muñoz Molina. Quizás para mí mismo. Canciones, en definitiva, que marcan momentos determinantes en la trama y que le proporcionan viajes de ida y vuelta al recuerdo.
Una historia que se desarrolla a través de la música, a través de su memoria, debería contar con un tema que cerrase el círculo, y éste me parece bastante propicio: "Break on through to the other side". Estamos en la página 315 de aquella primera edición de Planeta. Sólo han pasado veinticuatro años y tres lecturas. Disfruten de los Doors.


Epilogue:
Mi madre me observa estos días con el libro debajo del brazo, en el bolso, cerca del sillón en que sesteo, y probablemente se pregunta qué hace conmigo, tan cercano, después de tantos años. Tal vez por eso, sin venir a cuento, me dice que está leyendo “Como la sombra que se va”, la última novela de Muñoz Molina, y que cree que ha perdido gran parte de la poesía que tenían sus primeros libros. Le respondo que algunos autores con el tiempo adquieren más oficio y, a cambio, sacrifican pequeñas dosis de emoción, pero que no coincido con ella. Ah, por cierto, “El jinete polaco” siempre viene conmigo porque me explica, me rescata, me hospedo en él.

Caption: La primera edición del libro de Antonio Muñoz Molina que ganó, en 1991, el Premio Planeta. Se trata de uno de aquellos primeros 210000 ejemplares. Martínez Clares, 2015.

*Note: En “El jinete polaco”, se mencionan otras muchas canciones, algunas en diversas ocasiones para resaltar que sonaban mucho en aquel momento, pero son músicas que no llegamos a escuchar del todo, músicas impresas en la nostalgia del protagonista, calladas para el resto del mundo, silenciosas en su armonía, inexplicables en su diversidad. Éstos son otros temas e intérpretes que se dan cita en el libro: Los Canarios, Get on your knees; Juanito Valderrama, El emigrante; Slade; Aretha Franklin; Sam Cook; The Beatles, I wanna hold your hand; Concha Piquer, En er mundo y Suspiros de España; Miguel de Molina; Jimy Hendrix; Demis Roussos, We shall dance; Antonio Molina, Soy minero; Porrina de Badajoz; Manolo Escobar; Fórmula V; Joselito; Jane Birkin and Serge Gainsbourg, Je t´aime, moi non plus; Roberta Flack, Killing me softly with his song; Jacques Brel; Ne me quite pas; Joan Manel Serrat).    

viernes, 9 de enero de 2015

Lisboa on my mind

Disculpen la tardanza. He estado fuera unos días, en Lisboa, sin pisarla siquiera, de la misma forma que estuvo allí aquella chica del instituto hace más de veinticinco años, una chica ni guapa ni fea, ni tonta ni lista, algo pedante, eso sí, siempre recluida en esos jerseys de lana que tejían nuestras abuelas, con un lápiz ágil en la mano, lápices cargados como armas de la memoria, dispuesta a tomar nota de todo lo dicho, una chica aparentemente letraherida que iba al aula de al lado, una como tantas otras de nuestros pueblos en una época en la que era más que improbable que alguien, a los dieciséis, pudiera viajar a Lisboa o a cualquier otra parte si no era leyendo, por ejemplo, a Antonio Muñoz Molina.

Tecleo Lisboa y emergen en la pantalla ventanas innumerables: Lisboa es la capital y la mayor ciudad de Portugal; Lisboa está situada en la desembocadura del río Tajo; hay que viajar a Lisboa por su cercanía, por sus tranvías, por sus monumentos; el Museo de la Marina es perfecto para los niños, para los adultos, que adoren los objetos náuticos.

Me ha encantado Lisboa, le dijo en el turno de intervenciones que sucedió a la breve charla de Muñoz Molina. Me ha encantado Lisboa. Se lo dijo con la tranquilidad que no suele concedernos la juventud, con la desidia del viajero que acaba de regresar a la maldita realidad, con la inercia de alguien que ya ha entregado todo su futuro a los libros. Y Muñoz Molina, aún poco curtido para estas lides, inhábil todavía para los acertijos inmediatos del lenguaje oral, para los auditorios abarrotados de gente que te mira, que te escucha, en los albores de su prometedora trayectoria como hombre de letras, sin saber aún que al curso siguiente, con tan sólo treinta y dos años, ya formaría parte del temario de Selectividad, le preguntó cándidamente que cuándo había estado allí. Y ella, aquella chica de pueblo que ya apenas tiene rostro ni nombre, sin inmutarse, derramando las palabras desde su recuerdo, le respondió que había estado tan sólo hacía unos días, mientras leía El invierno en Lisboa. ¿No lo sabías? Tú me llevaste allí.

Las horas ante la pantalla agotan los ojos, aumentan la tensión de las cervicales, la rigidez de un cuello mal educado, incrementan mi urgencia por saber algo más: Lisboa es lo suficientemente pequeña como para no sentirse desbordado por su tamaño; la Baixa comienza en el norte, en las Praças do Rossio y Restauradores, y es una zona extrañamente llana entre colinas; la Praça do Comercio es una explanada abierta al río Tajo; no perderse el barrio de Alfama, la catedral, el castillo; el Chiado y el barrio alto.

Muñoz Molina, sobrepasado por la situación, desconcertado en parte por no haber descubierto el juego de aquella muchacha con la antelación suficiente, sólo pudo bajar la mirada, entre vanidoso y furtivo, para inmediatamente cambiar de tema.
Desde aquella mañana de mil novecientos ochenta y ocho, Antonio ha visitado Lisboa al menos tres veces más y en cada una de ellas ya no era el mismo viajero de la ocasión anterior, ni tan siquiera el mismo escritor de provincias que nos habló en el instituto. Yo, en cambio, he tenido que esperar todo este tiempo para poder regresar a Lisboa. Pero he vuelto a una Lisboa en la que no suena la música del jazz ni se expande entre la melodía de los metales el humo meloso de los cigarros, la Lisboa que a él también le pareció una Granada mirando al mar. Esta Lisboa de Como la sombra que se va, la que hoy piso, es una Lisboa portuaria que huele a salitre y pescado, una Lisboa de hoteles decadentes y sucios, de bares húmedos, sombríos, bares sin horarios en los que se bebe y se ama mientras dure el crédito o la salud, la Lisboa que dio cobijo sin saberlo, durante diez días, al asesino de Martin Luther King.

En Internet, Lisboa es sólo un producto que se ofrece al mejor postor: Lisboa en un día, ¿Alguien sabe cómo narices funcionan los tranvías de Lisboa?, descargue el plano interactivo e indescifrable de Lisboa. Hay que cerrar la búsqueda, seleccionar pacientemente las palabras clave, engañar a los buscadores, huir, mientras sea posible, de los 1100 hoteles baratos de Lisboa: James Earl Ray pasó en Lisboa diez días tras asesinar a Luther King. 

De allí regreso ahora, de la prosa provinciana de un narrador majestuoso, del lenguaje preciso como único medio para derrotar al olvido, de las palabras que nacen sólo para reconstruir obsesivamente los hechos y dar una segunda oportunidad a los personajes, incluso a los que ya están más que muertos y van a vivir, de nuevo, durante unos minutos o durante cien páginas si es necesario en la imaginación colosal de Muñoz Molina, invulnerables ya al paso del tiempo, a la devastación del olvido, a la muerte.
Se retiran las aguas y el Tajo descubre su frágil legado de pérdidas. Y allí, en Cais das Colunas, junto a la Praça do Comercio, me encuentro con aquella chica sin nombre que también se irá, como yo, de Lisboa al día siguiente, apenas lea el último renglón y cierre lentamente el libro que han acariciado sus manos durante unos días. Me ha encantado Lisboa. La miro a esos ojos que no recuerdo y acordamos regresar despacio, juntos, negándonos a abrir otro libro diferente, esperando que Muñoz Molina nos lleve de viaje pronto. Nuevamente. Donde él quiera.

Pie de foto: Lisboa.
Sitio web de la imagen.



miércoles, 9 de julio de 2014

Largo y cálido verano

El verano es un desierto adulto en el que algunos niños descubren el hielo.
En este momento, puede que usted ande por Macondo, Vetusta, Comala, Mágina, Argónida o Calabuch. Yo, en cambio, aguardo la llegada del frío sentado en un pueblo granadino de nombre breve pero de sonoridad mitológica.
A los que estén por Comala les deseo que sigan vivos a su regreso y, al resto, sólo decirles que nunca olviden que todos esos lugares que ahora recorren absortos y que nos parecen mentira existen porque alguien como nosotros los imaginó alguna vez.
Pie de foto: Gor. Martínez Clares, 2014.

miércoles, 8 de enero de 2014

2014

Mirar es una vocación solitaria de conocimiento y viaje.
Antonio Muñoz Molina.

Disculpen si pienso que la vida consiste principalmente en mirar. Pero un mirar sin soledades, porque en realidad nadie está solo del todo cuando nos sentamos ante una pantalla de cine o ante un libro, o cuando nuestros ojos se quedan atrapados en la mirada de otra persona desconocida que también nos mira, o cuando éstos comen, temen, desean o conjeturan.
Les deseo que en este 2014 no pierdan su tiempo en banalidades. Miren ustedes mucho y después, si son tan amables, cuéntenme lo que han visto.
Pie de foto: El mar. El tiempo. Martínez Clares, 2011.

domingo, 13 de octubre de 2013

Competencias básicas

Escribo desde Vivaldi -Avda. Reino de España, 184-, entre conversaciones que se enhebran y lecturas apresuradas. El bacalao gratinado se demora lo suficiente como para esperarlo con avidez y, mientras, hablamos de Educación. Coincidimos en que, en la actualidad, la labor docente se reduce a responder a una enorme carga burocrática, de manera que el maestro pasa la mayor parte de su tiempo cumplimentando todos esos absurdos documentos que mantienen satisfecha a una Administración maleducada.
Entre líneas, lleno mi copa con la sangre frutal de Arzuaga.
Sé que ninguno de mis jefes me lee y, por tanto, puedo escribir con total libertad que la Educación ahora, como hace mil años, se fundamenta tan sólo en un maestro con veinticinco alumnos y bastantes cosas que aprender. Por eso, todavía me reconforta tanto leer palabras como las que ha cincelado Muñoz Molina en su bitácora: “Un maestro, un libro, un bolígrafo, un aula, pueden cambiar el mundo. En lo que a mí respecta, me cambiaron la vida”.
A mí también, maestro Antonio. A mí también.
Pie de foto: Herramientas. Martínez Clares, 2010.

jueves, 6 de junio de 2013

Muñoz Molina

Hace tiempo, Rafael Indi me pidió que escribiese un artículo para su blog. De aquel texto autobiográfico al que la memoria aportó numerosas inexactitudes, rescato estas palabras: “Por aquel entonces, un flamante Muñoz Molina se acercó a las aulas y habló muy poco y con escasa convicción, pero nos dejó un libro que irradiaba una luz desconocida: Beatus Ille pudo cambiarlo todo. En sus páginas, encontramos el presagio del frío y, poco después, el jazz se adueñó de Lisboa y de nuestro futuro. Aunque nuestras palabras todavía estaban ligadas a la música, ya comenzaban a disfrutar de una melodía propia entrelazándose con las suyas. Mientras le leíamos, nos hicimos mayores cuidándonos lo justo”.
Puede que tengas la culpa de todo, maestro. Gracias y enhorabuena.
Pie de foto: Antonio Muñoz Molina. Edición de Martínez Clares sobre foto extraída de Twitter.

lunes, 1 de abril de 2013

Richard Parker

En agradecimiento a Ang Lee


“Y aunque nosotros, al mirar uno de esos cuadros, nos pongamos del lado del hombre -qué remedio- poco a poco empezamos a mirarlo con la misma sensación de tener delante a un ser incomprensible que tal vez inquieta al animal”.
A. MUÑOZ MOLINA. El atrevimiento de mirar.

No recuerdo dónde perdí a mi tigre de Bengala.
Debió de caerse del bote cuando me olvidé de soñar despierto y acepté que la realidad debe ajustarse a un guión establecido.
El caso es que anoche volví a sentir su instinto luchando contra la nimiedad del océano y, entonces, entendí que nuestros destinos no siempre tienen que fondear en la derrota.
Dejen que les cuente: yo estaba, una vez más, yaciendo en la rutina. Por eso, para verlo como es debido, tuve que cerrar bien los ojos. Pasó muy despacio junto a mí antes de adentrarse en un mundo tan real como inexplicable. Juraría que me miró como deben mirar los espejismos a quienes más los necesitan. Me pareció exhausto en su grandeza. Lógico. Dicen que venía de vencer al mar.
Pie de foto: Cartel de la película "La vida de Pi".

martes, 19 de febrero de 2013

Cómo añorar un libro

Los libros de poesía se leen en un momento que puede durar casi toda la vida. Están por todas partes, siempre al alcance de la vista. Los he encontrado abatidos sobre la mesita de noche, relegados en los anárquicos estantes de un pasillo, olvidados junto a ese televisor siempre mal apagado. Uno pasa junto a ellos y recae. Los abrimos despacio, al azar, y descubrimos que es muy fácil recuperar su pulso.
Con la poesía se convive porque nunca se marcha del todo. En cambio, conozco novelas que se han largado sin dar demasiadas explicaciones. Un día cualquiera, de repente, se acaban con brusquedad, como si cayesen presas de algún giro paradójico de la historia, y nos dejan torpemente agarrados a un rastro que se va disolviendo entre otros rastros de la memoria. Nos quedamos con un libro ya callado para siempre en las manos, igual que aquella mujer de la habitación de un hotel de Hooper. Pero no hay remedio para el hombre que lucha contra el paso de los días y, con los años, se nos plantea la disyuntiva de volver sobre el relato y comprobar cómo ha tratado la vida a sus personajes. No me negarán que eso puede acarrear sus consecuencias, pues ¿quién no teme ensuciar el recuerdo de una historia que ya hemos sacralizado en la distancia? Quizás sea entonces cuando intuimos que es preferible añorarlas. Añorarlas del mismo modo que estoy añorando a Judith Biely o a Sophie Gottlieb, añorarlas igual que añoro a otros muchos personajes que se fueron de puntillas y juraron no regresar jamás.
Pie de foto: Habitación de hotel. Edward Hopper, 1931.

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Falsas apariencias

Quien haya tenido la suerte de leer a Muñoz Molina sabe que nos encontramos ante un gran observador, uno de esos autores que camina absorto por la cotidianidad para después ponerla ante los ojos de aquellos que no miramos con tanta vocación. Y es que, como nos explica en Las apariencias, “mirar es una vocación solitaria de conocimiento y viaje”. 
Pero, en realidad, nadie está solo del todo cuando se sienta ante una pantalla o ante un libro, o cuando nuestros ojos se quedan atrapados en la mirada de otra persona que también nos mira, o cuando éstos comen, temen, desean o conjeturan. 
Quizá para unos ojos expertos no existan las falsas apariencias, porque saben ver los matices que la conducta humana esconde y nos sugieren que todo lo que aflora a la superficie dice de nosotros mucho más que nuestras palabras. 
Pie de foto: El desplante. Martínez Clares, 2008.

sábado, 31 de marzo de 2012

Doce Canciones Sin Piedad

Hace unos días, Rafael Indi me invito a escribir un artículo en su blog ”Pequeño animal en disturbio”. Pretendía saber cuál fue ese primer libro de poesía que llegó a mis manos, de dónde nace este río que sigue bañando mis poemas, quién puso la primera palabra en esta historia aún por escribir. Y yo, ciertamente, no le hice del todo caso y me fui un poco por las ramas. Este es el resultado: Doce Canciones Sin Piedad .
Pie de foto: Sentir Granada. Martínez Clares, 2008.

jueves, 17 de febrero de 2011

Como decíamos ayer

Pensaba Bourdieu que la educación legitima la perpetuación del orden social, puesto que las jerarquías académicas no son más que una fiel reproducción de las jerarquías sociales.
En la misma línea del galo, escribe Muñoz Molina en la revista Mercurio: “Lo que menos perdono a los políticos y a los pedagogos españoles es que, en nombre de un demagógico igualitarismo, han fortalecido escandalosamente la desigualdad” (Artículo completo).
Sonrío y recupero el recuerdo ya impreciso del primer colegio donde enseñé. En la puerta principal, escoltado por airosas banderas, un cartel colocado por la Administración correspondiente anunciaba: “Colégio Publico Los Algárves de Goráfe”.
Pie de foto: Como decíamos ayer. Martínez Clares, 2010.