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miércoles, 27 de diciembre de 2017

El hijo pródigo


Sin saberlo, guardaba un Tàpies en casa de mis padres. Pero no se trata de un Tàpies cualquiera. Es un Tàpies plasmado en la cubierta diseñada por Jaume Bordas para un Vargas Llosa: La guerra del fin del mundo en su primera edición de Seix Barral cuando Seix Barral tenía aún su sede en Tambor del Bruc, 10, en San Joan Despí, muy cerca de nuestra residencia familiar de General Mola, s/n; una edición cuidada por Luis A. Lagos y Alex Zisman; una edición de lujo que ha reposado durante treinta y seis años protegida por un estuche sobre un estante de nuestra casa de Gor, muy cerquita del fuego como todo libro que se precie de serlo.


Lo abro con apetito y en la primera página impar, sobre un fondo que debió ser blanco en otro tiempo, encuentro trece firmas. Son las rúbricas de los compañeros de mi padre en las oficinas de Conisa, sitas en la calle Balmes de Barcelona, trece nombres garabateados que nos devuelven por un momento a aquel lejano veinticuatro de diciembre de mil novecientos ochenta y uno, el día en que se despide de su trabajo como contable tras una década. Guardan los libros más historias de las que cuentan. Tan sólo tres días después, el veintisiete de diciembre, llegamos a Gor para empezar la segunda de nuestras vidas.
Ojeo el libro y me entrego de nuevo al capricho de la aritmética: treinta y seis años esperando que alguien lo agarre con decisión, que alguien pretenda leerlo al fin, porque a pesar de ser un bien muy preciado en nuestra casa sospecho que nadie lo ha leído todavía. Ahora está aquí, en mi barra, junto a mis Alhambras artesanas, entre los juegos de mis hijos y el olor a cena de pueblo, y cuando todos se acuesten lo desvirgaré sin miramientos. Me toca a mí seguir la estela de o fanatico Antonio Conselheiro camino de Canudos, del mismo modo que hace treinta y seis años le tocó a mi padre decidir si basta con emprender el camino de regreso para poder sentirse un hijo pródigo.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Decadencia


Estoy sumergido en una autentica celebración de la palabra: La fiesta del chivo. Y, claro, ahora me pregunto cómo el mismo tipo que regaló la vida a esas líneas puede haber escrito El héroe discreto o Cinco esquinas. Algunos de ustedes me dirán que son las consecuencias del paso del tiempo; otros que se debe a las exigencias de un mercado voraz. Quizás, de alguna forma, todos estén en lo cierto: la Literatura nunca debería envejecer ni prostituirse.