Sin saberlo, guardaba un Tàpies
en casa de mis padres. Pero no se trata de un Tàpies cualquiera. Es un Tàpies plasmado
en la cubierta diseñada por Jaume Bordas para un Vargas Llosa: La guerra del fin del mundo en su
primera edición de Seix Barral cuando Seix Barral tenía aún su sede en Tambor
del Bruc, 10, en San Joan Despí, muy cerca de nuestra residencia familiar de
General Mola, s/n; una edición cuidada por Luis A. Lagos y Alex Zisman; una
edición de lujo que ha reposado durante treinta y seis años protegida por un
estuche sobre un estante de nuestra casa de Gor, muy cerquita del fuego como
todo libro que se precie de serlo.
Lo abro con apetito y en la
primera página impar, sobre un fondo que debió ser blanco en otro tiempo, encuentro
trece firmas. Son las rúbricas de los compañeros de mi padre en las oficinas de
Conisa, sitas en la calle Balmes de Barcelona, trece nombres garabateados que
nos devuelven por un momento a aquel lejano veinticuatro de diciembre de mil
novecientos ochenta y uno, el día en que se despide de su trabajo como contable
tras una década. Guardan los libros más historias de las que cuentan. Tan sólo
tres días después, el veintisiete de diciembre, llegamos a Gor para empezar la
segunda de nuestras vidas.
Ojeo el libro y me entrego de
nuevo al capricho de la aritmética: treinta y seis años esperando que alguien
lo agarre con decisión, que alguien pretenda leerlo al fin, porque a pesar de
ser un bien muy preciado en nuestra casa sospecho que nadie lo ha leído todavía.
Ahora está aquí, en mi barra, junto a mis Alhambras artesanas, entre los juegos
de mis hijos y el olor a cena de pueblo, y cuando todos se acuesten lo
desvirgaré sin miramientos. Me toca a mí seguir la estela de o fanatico Antonio Conselheiro camino de
Canudos, del mismo modo que hace treinta y seis años le tocó a mi padre decidir
si basta con emprender el camino de regreso para poder sentirse un hijo pródigo.