Incluso a aquellos poetas que
siempre renegaron del amor, éste se les acaba deslizando por los versos de la
misma forma que se desliza, sigilosamente, por los demás ámbitos de la
existencia. Se trata de un amor sosegado cuyo único fin sería precisarlo todo,
pero su presencia aquí es tan necesaria como imperceptible.
En otros casos más notorios, la
contención brilló por su ausencia, de manera que han hecho mucho daño a la
poesía amorosa y, por ende, a sus melodías más populares los versos
edulcorados, ampulosos y afectados que tanto aproximaron a sus autores al
patetismo.
Uno -que nunca ha sido de Manolo
García- escucha de tarde en tarde sus Pájaros
de barro porque a veces es recomendable enfrentarse a alguna emoción. En esa
canción irrepetible, hay tres versos que podrían fijar por sí solos todo un
canon para la poesía amorosa: Ya no subo
la cuesta / que me lleva a tu casa. / Ya no duerme mi perro junto a tu candela.
Estas veinte palabras han sacudido, desde el principio, todos mis preceptos poéticos
porque me confirman que el amor se posa en las cosas más insignificantes, ese
conjunto de nimiedades que, sin saberlo, van definiendo nuestra manera de
vivir. De escribir. De amar.
Pie de foto: Portada del disco “Arena en los bolsillos”. BMG, 1998.