Mostrando entradas con la etiqueta Lisboa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lisboa. Mostrar todas las entradas

viernes, 9 de enero de 2015

Lisboa on my mind

Disculpen la tardanza. He estado fuera unos días, en Lisboa, sin pisarla siquiera, de la misma forma que estuvo allí aquella chica del instituto hace más de veinticinco años, una chica ni guapa ni fea, ni tonta ni lista, algo pedante, eso sí, siempre recluida en esos jerseys de lana que tejían nuestras abuelas, con un lápiz ágil en la mano, lápices cargados como armas de la memoria, dispuesta a tomar nota de todo lo dicho, una chica aparentemente letraherida que iba al aula de al lado, una como tantas otras de nuestros pueblos en una época en la que era más que improbable que alguien, a los dieciséis, pudiera viajar a Lisboa o a cualquier otra parte si no era leyendo, por ejemplo, a Antonio Muñoz Molina.

Tecleo Lisboa y emergen en la pantalla ventanas innumerables: Lisboa es la capital y la mayor ciudad de Portugal; Lisboa está situada en la desembocadura del río Tajo; hay que viajar a Lisboa por su cercanía, por sus tranvías, por sus monumentos; el Museo de la Marina es perfecto para los niños, para los adultos, que adoren los objetos náuticos.

Me ha encantado Lisboa, le dijo en el turno de intervenciones que sucedió a la breve charla de Muñoz Molina. Me ha encantado Lisboa. Se lo dijo con la tranquilidad que no suele concedernos la juventud, con la desidia del viajero que acaba de regresar a la maldita realidad, con la inercia de alguien que ya ha entregado todo su futuro a los libros. Y Muñoz Molina, aún poco curtido para estas lides, inhábil todavía para los acertijos inmediatos del lenguaje oral, para los auditorios abarrotados de gente que te mira, que te escucha, en los albores de su prometedora trayectoria como hombre de letras, sin saber aún que al curso siguiente, con tan sólo treinta y dos años, ya formaría parte del temario de Selectividad, le preguntó cándidamente que cuándo había estado allí. Y ella, aquella chica de pueblo que ya apenas tiene rostro ni nombre, sin inmutarse, derramando las palabras desde su recuerdo, le respondió que había estado tan sólo hacía unos días, mientras leía El invierno en Lisboa. ¿No lo sabías? Tú me llevaste allí.

Las horas ante la pantalla agotan los ojos, aumentan la tensión de las cervicales, la rigidez de un cuello mal educado, incrementan mi urgencia por saber algo más: Lisboa es lo suficientemente pequeña como para no sentirse desbordado por su tamaño; la Baixa comienza en el norte, en las Praças do Rossio y Restauradores, y es una zona extrañamente llana entre colinas; la Praça do Comercio es una explanada abierta al río Tajo; no perderse el barrio de Alfama, la catedral, el castillo; el Chiado y el barrio alto.

Muñoz Molina, sobrepasado por la situación, desconcertado en parte por no haber descubierto el juego de aquella muchacha con la antelación suficiente, sólo pudo bajar la mirada, entre vanidoso y furtivo, para inmediatamente cambiar de tema.
Desde aquella mañana de mil novecientos ochenta y ocho, Antonio ha visitado Lisboa al menos tres veces más y en cada una de ellas ya no era el mismo viajero de la ocasión anterior, ni tan siquiera el mismo escritor de provincias que nos habló en el instituto. Yo, en cambio, he tenido que esperar todo este tiempo para poder regresar a Lisboa. Pero he vuelto a una Lisboa en la que no suena la música del jazz ni se expande entre la melodía de los metales el humo meloso de los cigarros, la Lisboa que a él también le pareció una Granada mirando al mar. Esta Lisboa de Como la sombra que se va, la que hoy piso, es una Lisboa portuaria que huele a salitre y pescado, una Lisboa de hoteles decadentes y sucios, de bares húmedos, sombríos, bares sin horarios en los que se bebe y se ama mientras dure el crédito o la salud, la Lisboa que dio cobijo sin saberlo, durante diez días, al asesino de Martin Luther King.

En Internet, Lisboa es sólo un producto que se ofrece al mejor postor: Lisboa en un día, ¿Alguien sabe cómo narices funcionan los tranvías de Lisboa?, descargue el plano interactivo e indescifrable de Lisboa. Hay que cerrar la búsqueda, seleccionar pacientemente las palabras clave, engañar a los buscadores, huir, mientras sea posible, de los 1100 hoteles baratos de Lisboa: James Earl Ray pasó en Lisboa diez días tras asesinar a Luther King. 

De allí regreso ahora, de la prosa provinciana de un narrador majestuoso, del lenguaje preciso como único medio para derrotar al olvido, de las palabras que nacen sólo para reconstruir obsesivamente los hechos y dar una segunda oportunidad a los personajes, incluso a los que ya están más que muertos y van a vivir, de nuevo, durante unos minutos o durante cien páginas si es necesario en la imaginación colosal de Muñoz Molina, invulnerables ya al paso del tiempo, a la devastación del olvido, a la muerte.
Se retiran las aguas y el Tajo descubre su frágil legado de pérdidas. Y allí, en Cais das Colunas, junto a la Praça do Comercio, me encuentro con aquella chica sin nombre que también se irá, como yo, de Lisboa al día siguiente, apenas lea el último renglón y cierre lentamente el libro que han acariciado sus manos durante unos días. Me ha encantado Lisboa. La miro a esos ojos que no recuerdo y acordamos regresar despacio, juntos, negándonos a abrir otro libro diferente, esperando que Muñoz Molina nos lleve de viaje pronto. Nuevamente. Donde él quiera.

Pie de foto: Lisboa.
Sitio web de la imagen.