Os lo aseguro: no es fácil escribirle
a un poeta, aunque este sea eléctrico. No es fácil escribirle a alguien que
entrega su vida a la travesía del desierto. Sé de lo que hablo porque en mi
primer libro le dediqué un poema a José Ignacio Lapido, una conjunción de
versos que resultó -ahora lo veo- en exceso pretenciosa. Desde entonces, decidí
no volver a tentar a la suerte y dediqué mis esfuerzos poéticos a cuestiones
más mundanas. Súbitamente, apostaté de mis precarios principios, dejé de codiciar la comunión “en
el agnóstico recreo / de los dioses” y comencé la búsqueda de una voz propia,
una voz que se pareciera un poco más a mí. Una vez más, el apellido Lapido se
cruzaba en mi camino justo en el momento necesario: quién podría negarle al
maestro el don de la oportunidad.
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jueves, 23 de noviembre de 2017
El alma dormida
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jueves, 29 de junio de 2017
Las flores suicidas
En una época de universal engaño, decir la verdad constituye un acto
revolucionario.
George Orwell.
En Ficciones, un conjunto de relatos publicado en 1944, se encuentra
uno de los cuentos más célebres del universo borgiano: Pierre Menard, autor del Quijote. A diferencia de Menard que escribe
solamente un par de capítulos sin tener conciencia de que está copiando
literalmente el original, Juan Herrezuelo (Palencia, 1966) nos regala, gracias
al cuento que da título a su último libro, Las
flores suicidas (Talentura, 2017), un Quijote inédito, pues su Alonso
Quijano, felizmente reencarnado en la piel de Isidro Agay, parece ser, al
contrario que su predecesor manchego, el único hombre cuerdo en medio de una
marabunta de locos, el único consciente de la vocación suicida que empuja a
nuestra sociedad hacia la autodestrucción.
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viernes, 5 de mayo de 2017
El instante de dilapidar un sentimiento
Feria del libro de Almería: homenaje a la obra de Pilar Quirosa Cheyrouze.
Buenas
noches. Es un placer estar aquí, con todos vosotros, en este acto de la Feria
del libro de Almería. Un placer que le debo a una nueva llamada de Pilar, una
más de las innumerables muestras de confianza y afecto que siempre he recibido
de ella, de esta poeta almeriense que todavía se pregunta en su último libro, Memorial shadow, cuánto queda de aquella
niña que se asustaba de las monjas en un colegio de Tetuán. Desde allí, desde
ese lejano continente que tenemos a la vuelta de la esquina, llegó a esta
tierra de luz meticulosa, y es aquí donde Pilar se estableció para desarrollar
la mayor parte de su trayectoria poética.
No
es un capricho de este poeta caprichoso el situar a Pilar, en primer lugar, en
un espacio geográfico concreto, porque me atrevo a afirmar que la obra de Pilar
Quirosa Cheyrouze sería completamente diferente si el destino no le hubiese
reservado un encuentro con Almería. El contexto determina la obra de cualquier
creador y esta tierra se ha convertido en un escenario natural sin el que no se
entenderían el lirismo, la cadencia y el aroma de los versos de Pilar. A
nuestra poeta, por esta confluencia irrenunciable de espacio vital y espacio
poético, se le acumulan versos de esta calaña:
Y, sin descanso, costea
mi frente el mar.
Ese
Mediterráneo antiguo, con su rito incansable del agua, que empapa nuestros mejores
recuerdos, que fluye en la intensidad de los días azules, llegando a nosotros a
través del oleaje de la memoria. Un mar que refresca este presente a veces
ingrato, tan rutinario, acostumbrados, como estamos, a bañarnos en la bajamar de
cada día.
Porque
la poética de Pilar zarpa desde las desavenencias con la rutina, como un barco
de versos que, para encontrar la perspectiva adecuada, tuviese que surcar, a
diario, las aguas de nuestra bahía; un barco pilotado por una mujer que es
capaz de edificar un mundo nuevo a partir de los restos del naufragio; un barco
cargado de futuro pero capaz de transportar las mercancías del pasado; un barco
que avanza sobre el mar deformando el reflejo caprichoso de los astros, de ese
cosmos que tanto fascina a Pilar; un barco cuyo rumbo se pierde en el devenir
borroso de la línea del horizonte, del mismo modo que se van perdiendo
lentamente las siluetas de todos cuerpos celestes al amanecer.
Y,
desde la cofa, Pilar anota versos en su libro de presas, versos que son, ante
todo, un brindis a la luna, versos
que nos guían entre las lecturas recurrentes, las músicas compartidas, los nombres de las hijas que no tuvimos,
los territorios amados del pasado, los lugares que no habremos de volver a
pisar aunque sigamos codiciándolos entre preguntas, rabia y nostalgia. Es la
suya una poética de momentos inolvidables, de palabras atrapadas por la tela de
araña del recuerdo, de preguntas retóricas para las que no hallaremos respuesta
ni falta que nos hace, porque nadie necesita saber por qué es tan triste la
memoria de los recuerdos felices aunque se lo pregunte a diario.
Marinera
en un barco hacia la nada. Pero también maestra. Maestra de poetas -amiga,
Pilar-, maestra de compañeros en esta locura de la palabra, porque eres el más
claro ejemplo de que los verdaderos poetas no conocen el divismo. Me refiero a
esos poetas que sin pretenderlo nos orientan y enriquecen al resto, los poetas
que dan ejemplo porque saben perfectamente que ser un espejo para los demás no
es la mejor manera de influirles sino más bien la única.
Hay,
además, por último, algo que me encandila de la escritura de Pilar: Pilar
escribe con la rebeldía de quien no acata el destino, tal vez porque está harta
de que el tiempo se lo lleve todo. Hasta tal punto que, en su último libro, ha
querido regalar la actualidad a sus instantes más preciosos, esos instantes que
pelean por no desprenderse de su memoria, y lo ha hecho puliendo su estilo y su
escritura, llegando a la conclusión de que, si los verbos son acciones en el
tiempo, su ausencia, por tanto, concedería a la narración la plena
atemporalidad, la vigencia más absoluta: matar el verbo para detener el tiempo.
Cuánta lucidez, amiga. Por eso, por todos estos recursos de poeta rebelde que
Pilar maneja con soltura -aunque Luis Antonio de Villena afirme que tu poesía
se nutre del dolor-, leyéndote uno acaba convencido de que la Poesía puede vencer
a la enfermedad, al desamor y a la muerte, de que tus palabras conservan el
poder suficiente como para hacer que los versos, aunque sean oscuros en
ocasiones, no nos oscurezcan el pensamiento ni el porvenir. No hay peligro con
Pilar. Uno cierra sus libros con una sonrisa, porque se percibe mucha claridad
entre sus sombras. Tus poemas constituyen el perfecto “habitáculo de los instantes que regresan”. Leyéndolos, uno descubre
que Pilar tiene la virtud de decir las cosas con la sinceridad que otros ya
vamos perdiendo y, por su boca eternamente joven, nos preguntamos:
Cómo escribir un poema
esperando el regreso de
la luz,
la única estancia
habitada”.
Amiga
Pilar, ya se acaba el mes de abril, ese mes que todos quisiéramos robar para guardarlo
en casa, a nuestro lado, entre nuestras cosas más preciadas y nuestras
preocupaciones más inoportunas, y yo imagino que tú lo despedirás desde tu
torre vigía, esa habitación iluminada por el retorno perecedero de los
recuerdos, donde aguardas “el sol de la
medianoche” para atraparlo en una hoja en blanco, la hoja donde quedarán
por siempre tu espera, tu memoria y tu palabra. Gracias a estas tres cosas que
pueden parecer insignificantes, a estas guaridas inexpugnables del poeta,
siempre te anticiparás a todos los naufragios que habrán de llegar, porque no
en vano viajas en un barco que surca la bahía dejando una estela de versos tan
infalibles como éste:
Ésta es la hora
así lo han querido los
astros,
el instante de dilapidar
un sentimiento.
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martes, 4 de abril de 2017
El diario del día antes
| Compañero del alma. Texto de Juan Herrezuelo publicado en La Voz de Almería el pasado 30 de marzo de 2017. |
El día 31 de marzo, robé un
periódico. Además, lo hice delante de mi hija que, naturalmente, me pidió unas
explicaciones que no acerté del todo a darle. Estaba manchado de aceite, un
tanto decrépito, arrinconado entre tazas y vasos en la esquina de la barra. Se
trataba de un ejemplar del día anterior y había muerto demasiado rápido, en tan
sólo unas horas, como se mueren, a diario, todos los periódicos que dan con sus
huesos en un bar. Y allí lo encontré. Allí, en portada, armado con su pipa,
estaba Miguel Naveros y, en las páginas interiores, sus ojos de poeta me
miraban sostenidos por las palabras de mi amigo Juan Herrezuelo. Pocas veces un
robo estuvo más justificado, porque, como intenté explicarle a mi hija, en este
caso el mayor delito hubiera sido el olvido.
lunes, 6 de marzo de 2017
Cine, poesía, amor
| Con Juan Herrezuelo y José Luis Campos Duaso. |
En la calle, daba rienda suelta a
su anarquía una auténtica tempestad, pero dentro, en las mismas entrañas de
Metáfora, el swing del jazz lo envolvía todo. Los que por allí pasaron -amigos
y compañeros en el mundo de las letras, familia en definitiva-, pudieron
escuchar a Juan Herrezuelo, a media luz, descubriendo los pasadizos que
conducen del Cine a la Poesía y viceversa, mediante una intervención que
difícilmente podré olvidar.
De la presentación de “Lo que mirarán tus ojos”, de aquella
noche tormentosa de la Librería Metáfora, me llevo la certeza de cuánto amamos
el Cine y la Poesía, juntos y también revueltos, como una conjunción anómala de
imágenes sin rima y de versos en blanco y negro. Y todo ello porque, como bien
dijo Herrezuelo citando sin tapujos a José Luis Garci, el cine es el amor a veinticuatro
fotogramas por segundo.
Más fotografías y vídeos de la presentación en el blog “Veloz quietud del centro”, por gentileza de Pepe Criado y Antonio Carbonell.
viernes, 23 de diciembre de 2016
Balance y gracias
Venga. Que es
Navidad. Entónenla a lo Mina Mazzini y canten conmigo: balance, balance, balance… Decía Antoine de Saint-Exupéry que, si
hacemos balance de las horas que nos han valido la pena, siempre nos
encontraremos con aquellas que no nos procuraron ninguna fortuna. Lo
suscribo plenamente, aunque, con el único fin de llevarme la contraria, a
comienzos de año, obtuve un par de premios afortunados: el VIII Premio de
Poesía “Federico Muelas” de Cuenca, que supuso la edición de mi último libro Lo que mirarán tus ojos; y el segundo
Premio en el Concurso de Poesía “Mujer y Literatura” de Vicar, por la plaquette
Las niñas cazan moscas, que quedará,
como casi todo lo que estimo, circunscrito a la categoría de los inéditos.
Además, durante este 2016, varios editores decidieron que no era descabellado
del todo incluir mis poemas en tres antologías de muy diferente pelaje: en
junio, salió al mercado la
II Antología Argonautas; en octubre, lo hizo Ciudad celeste. Antología homenaje a Valente;
y, en diciembre, Lift Off, un homenaje
a David Bowie que me colma de satisfacción. A todos ellos les agradezco la
llamada. No está uno acostumbrado a estos regocijos.
Del mismo
modo, tengo mucho que agradecer a los medios que me siguen dando cancha,
especialmente a la revista de poesía La Galla Ciencia , con la que
he publicado dos reseñas literarias y un Hoy
firma sobre el regreso de los 091. La Maniobra de resurrección ha marcado, en cierto
modo, la mayoría de mis colaboraciones en prensa, y siempre recordaré con
emoción los tres artículos publicados por El
Independiente de Granada, que además alcanzaron una enorme repercusión en
las redes sociales.
Para terminar el
resumen anual, sólo añadir que sigue siendo un reto el mantenimiento de este
blog (lo que iba para efímero recientemente ha cumplido siete años). Durante el
ejercicio que ahora termina, he publicado cuarenta y dos entradas gracias al
interés de los amigos que se siguen pasando por aquí de vez en cuando. Créanme:
no son pocas.
Voy a terminar
pareciendo un bien nacido. Agradecimientos varios y merecidos: a la poeta Noelia
Illán Conesa, redactora de La Galla Ciencia , por
contar conmigo para una de las mejores publicaciones del año; a Juan Ignacio
Pérez, Director de El Independiente de
Granada, por gustarle tanto Los Cero
y considerar que mis artículos están a la altura de su Maniobra; al poeta José Ángel García, por reseñar con tanto gusto Lo que mirarán tus ojos en el diario ABC y en la revista Tiempos modernos; a la poeta Pilar Quirosa Cheyrouze, porque siempre se acuerda
de mí cuando se precisa un poeta de guardia; al editor Pepe Criado, por llamarme
para algunas lecturas a las que no pude ir; y, por último, al escritor Juan
Herrezuelo, porque su prólogo a Lo que
mirarán tus ojos no es un telón que se abre a la Poesía sino el primer poema
del libro.
En fin, es ya
hora de que nos dejemos de balances, de que se callen las parole, parole, parole, porque ya escribieron los hermanos Cohen
para Valor de ley que “siempre voy
para atrás cuando retrocedo”. Sepan que lo mejor está por venir. Feliz Navidad
y próspero año a todos.
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martes, 2 de junio de 2015
El silencio
"Los pesos pesados del mundo editorial sólo quieren publicar lo que,
acertadamente o no, consideran productos de venta fácil y marginan aquellas
novelas que, en razón de su complejidad o por su voluntad innovadora, no
responden al conformismo y pereza intelectual de una mayoría anestesiada por la
telebasura o las revistas sobre la gente guapa".
Juan Goytisolo
"La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble-
contra mil años de cuentos de hadas".
Ainhoa Sáenz de Zaitegui.
Sé que les sobran los motivos, pero lo peor que le puede
suceder a un lector es que sus principales acudideros barajen la posibilidad de
echar el cierre.
Sólo me queda recordarles a mis amigos -Juan y David- que el
silencio también forma parte de la melodía, siempre que no sea definitivo.
Un abrazo fuerte, solidario.
Sus motivos:
Pie de foto: Crítica literaria. Martínez Clares, 2012.
miércoles, 11 de febrero de 2015
El veneno de la fatiga
Yo también fui Javier Cédride. No
el perturbado. Me refiero al amigo de la noche, al colonizador del Loser y sus aledaños, al tipo que
conoció Helena justo antes de atracar en el infierno, aquel hombre fatigado,
ausente, que vivía su vida, la única, como si no fuese la definitiva, como si
se pudiesen dejar pasar los días y las noches en un bucle sucesivo de pérdidas,
de omisiones, de desidia, porque al otro lado nos esperase siempre otra vida
diferente, una vida irreversible, propia, y que paradójicamente nos sonríe.
Sólo queda un ejemplar en casadellibro.com, en buen estado, a un
precio razonable, un ejemplar que se asoma solícito a la pantalla del ordenador
pero que no me permite olerlo ni acariciarlo, esas dos acciones inusitadas que
son el principio y también el final de cualquier novela.
Todo acontece en una ciudad nunca
nombrada, una ciudad anónima levantada por Juan Herrezuelo sobre las ruinas de
esta otra ciudad que yo piso a diario, la ciudad que recorremos muy de mañana
camino del trabajo o al atardecer, cuando los bares empiezan a abrir sus puertas
para cerrar nuestras heridas (cuánto bien ha hecho la buena música a los malos
poetas).
Uno. Sólo uno. En la librería
Alcaná (calle del Marqués de Viana,
número 52), una librería de viejo que se visita en un clic, una librería de
viejo que no puede oler a viejo aunque todavía se parezca -las fotos la
delatan- a uno de esos templos de la literatura en los que se podía pasear y
leer, me refiero a leer de pie entre miles de volúmenes, estantes y signaturas.
Una librería que, siguiendo las nuevas tendencias comerciales, también saca sus
libros a la calle, los desnuda ante la mirada indiscreta y distraída de los
caminantes, gente que anda con prisa atravesando ciudades inhumanas donde ya no
queda tiempo para detenerse ante nada. Ni siquiera ante la vida.
Les decía que yo también fui
Javier Cédride. No el prófugo de sí mismo. Me refiero al Javier que ha
exprimido su juventud hasta no dejarle una sola gota de jugo, al tipo crepuscular
que se niega a envejecer entre los convencionalismos, la costumbre de malvivir
y la felicidad desacostumbrada, al noctívago que se agarra al recuerdo de la
gente que aún no conoce, al que nunca respondió a las pinceladas premiosas que
Ruth deslizaba sobre el lienzo cuando regresaba, desaliñado o destruido,
después de tantas horas de silencio.
Selecciono comprar e
inmediatamente regreso al libro. Quiero comprobar que no queda otro. Le pulso y
casadellibro.com me pide que se lo
venda de nuevo, que le devuelva el artículo que apenas acabo de cargar en mi
tarjeta, el libro que ya ha desencadenado todo un complejo proceso que
culminará cuando el operario de una empresa de mensajería aparezca en mi estúpido
despacho y lo deposite sobre mi mesa.
Para qué negarlo: yo también fui
aquel tipo durante un tiempo, el tiempo que sirvió de puente entre dos vidas
muy diferentes, el que despide a una juventud reacia a bajarse del barco y da
la bienvenida, qué remedio, a este otro tiempo rutinario, un tiempo que siempre
tenemos la impresión de perderlo, de dejarlo escapar entre los dedos, el tiempo
que tarde o temprano acabará con todos nosotros, el que ensaya nuestra muerte a
diario, cada noche, cuando rubrica el final de la jornada con un último y
premioso sorbo al veneno de la fatiga.
Pie de foto: El veneno de la fatiga. (Juan Herrezuelo, Alianza Editorial, 1999).
Vídeo. “Aquí acaban las palabras”: El
miércoles 14 de enero de 2015, Juan Herrezuelo, habiéndole sido arrebatados el
laurel y la rosa, rindió su pluma pero no su penacho.
viernes, 30 de enero de 2015
A no ser que ya estés muerto
Tiene razón Neuman: el español es un idioma que le queda grande
a España. Lo dice sin ánimo de ofender pero con la suficiente insolencia como
para que nos lo planteemos, porque para eso escribe sus barbarismos, para darnos una bofetada de bendita realidad, una
bofetada que no duele lo suficiente porque se da con cierta ironía, una
bofetada de las que te hacen sonreír a no ser que ya estés muerto.
Llegó acompañado de Miguel Ángel
Muñoz. Abrazos, sonrisas, cruces de miradas. Te conozco. Te recuerdo. Una vez jugué contigo al billar. Fue después
de aquella lectura. Hace mil años o ayer, en una ciudad parecida a esta, porque
todas las ciudades se parecen un poco al anochecer, después de la Poesía. Se diría que la gente que se cruza con Neuman se queda
un poco en Neuman, apresada fugazmente en imágenes también fugaces, ecos de mil
lugares que, ensamblados, conforman una memoria portentosa, una memoria que
nunca se rinde a no ser que ya estés muerto.
Neuman, mientras lee, mira a su
público porque su público también le mira, y la mirada, cuando se comparte, es
el lenguaje más universal. Once años después regresa a Una vez Argentina (Alfaguara, 2014). Revisada. Reescrita. Ampliada.
Devuelta a la vida, porque los libros no deberían cerrarse nunca, deberían
seguir creciendo mientras su autor tenga algo que añadir, y siempre hay algo
que añadir a no ser que ya estés muerto.
Neuman es un tipo sorprendente,
un pequeño genio maligno que borda y desborda el lenguaje, que a nadie deja
indiferente. Ácrata, imprudente y
agudísimo, absolutamente heterodoxo -qué precisa descripción de Amalia
Bulnes-, de niño creía vivir en un cuento de Cortázar, creía que la famélica puerta
de su hogar separaba los dos mundos conocidos, Argentina y España, memorias fronterizas
en una niñez transatlántica, escenarios delimitados tan sólo por los enormes
centímetros que también separan el norte del sur, el hambre de la opulencia, o
la verdad de la mentira. La puerta que nos separa de la otra parte de nosotros,
esa que todos ocultamos a no ser que ya estés muerto.
Neuman, Muñoz, Quirosa-Cheyrouze,
Herrezuelo, Iglesias. Salimos de la Villaespesa sin tener claro dónde sorprenderá la
noche a los poetas -cómo puede saber alguien que es poeta, cuáles son los
indicios que le empujan hacia esa certeza-. Lennon
es un mito. McCartney era el verdadero artista. Con la luz, arriamos también
las pocas banderas que nos quedan y, en medio de la despedida, Andrés le pide
prestados unos cuantos centímetros a Juan, unos pocos solamente, los precisos
para poder mirarle a la cara. Acuerdan que los plazos de entrega sean anuales,
lo que igualaría sus alturas al cabo de unos pocos años. Ambos, sin
proponérselo, acaban de escribir un cuento frágil, perfecto, un cuento que tal
vez nadie depositará sobre un papel. Alguien nos recuerda que se hace tarde
para casi todo. Les dejo prestándose esos centímetros de más, o de menos, y me
pregunto quién podría negarse a tomar unas copas con esos tipos. Quién. A no
ser que ya estés muerto.
Pie de foto: Presentación en la Biblioteca Francisco
Villaespesa de Una vez Argentina
(Alfaguara, 2014). Andrés Neuman y Miguel Ángel Muñoz, durante la lectura.
La magia de las palabras, entrevista a Andrés
Neuman.
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