Gil de Biedma escribía para no
morir del todo, y eso es, de alguna manera, lo que le ha sucedido a José Emilio
Pacheco, porque uno se entera de su muerte y no termina de darle excesivo
crédito, como tampoco daríamos excesivo crédito a cualquiera de esas improbables
proezas que nos cuentan a diario desde los medios.
Pacheco fue principalmente un
poeta (que repugnantes resultan en ocasiones las formas del pretérito), uno de
esos extraños poetas que alcanzan el reconocimiento. Por eso resulta ahora tan
rocambolesco releer aquel discurso excitante con el que recibió el Premio
Cervantes 2010, el discurso en el que narraba como la primera vez que fue a
abrir una cuenta a un banco el cajero le preguntó por su oficio y, al
responderle que era poeta, le espetó hoscamente que eso no era una profesión.
Pie de foto: José Emilio Pacheco.