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jueves, 19 de diciembre de 2013

Ladrones de bicicletas

A Capra, De Sica y Berlanga. Por regalarle a cada Navidad sus mejores momentos.

El Hollywood dorado nos envió un ángel para recordarnos que es bello sobrevivir a la desesperanza. No era más que un hombrecillo menudo, como cualquiera de esos hombrecillos menudos en los que nunca reparamos, pero, sin él, nuestro querido George Bailey no hubiese celebrado la Navidad cómo es debido.
Ustedes saben perfectamente que Clarence aún no había ganado sus alas y que se encontraba en Bedford Falls, a más de seis mil kilómetros de aquí. Esa adversidad fue la que le impidió llegar a tiempo de guiar a Plácido en su desventurado itinerario por la Nochebuena. Afortunadamente, teníamos a Berlanga -otro tipo que aún espera sus alas-, y por él supimos que los pobres de espíritu disfrutamos de la magnanimidad de las élites cuando nos tenemos que enfrentar a nuestras tentaciones más mundanas.
Aún así, sospecho que, aunque se encontró con los más variopintos benefactores navideños, a Plácido sólo le faltó el llanto pedagógico de un niño para acabar convertido en un perfecto ladrón de bicicletas. Pero esa es otra historia, porque el neorrealismo no cree en los ángeles y a los georgebaileys del mundo jamás les concederá un respiro. Ni siquiera en Navidad.
Pie de foto: Cartel de “It's a Wonderful Life” de Frank Capra (RKO, 1946).

viernes, 3 de agosto de 2012

Mundo de locos

La única vocación que tuvo Jaime Gil de Biedma fue la de alcanzar la felicidad. 
Tal vez -objetivamente hablando-, felices sólo puedan ser los que están un poco locos, aunque sus ojos irradien aquellas pequeñas amarguras que antes se quedaban prendidas al sueño tenebroso de los niños. 
Es común que el más cuerdo del lugar sea un loco que pasa el día encubierto por sus corduras momentáneas o que los más juiciosos coqueteen de vez en cuando con la locura, aunque sus caminos sean terribles y conduzcan a lugares que nadie quiere conocer. 
Ellos, los más locos, parecen vivir despreocupadamente, sin clientelismos ni servidumbres, quizá porque no dependen de la amabilidad de los extraños, como le sucedía a Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo
Dicen que a los locos es mejor recordarlos de noche y hoy he recordado a aquel loco de mi infancia. A él -que es un loco entrañable- todo le importaba un bledo, pero no soportaba que le reprochasen su manera de vivir. Cuando caía la tarde, en la fuente, los ancianos que sesteaban a la sombra le afeaban su conducta:
-¡Qué bien vives, José! 
A lo que éste, sobrecogido por la insolencia, respondía indignado: 
-Pues vive tú igual. 
Pie de foto: Cary Grant, Josephine Hull y Jean Adair coqueteando con la locura en “Arsénico por compasión” (Frank Capra, 1944). Edición de Martínez Clares, 2012.

miércoles, 6 de abril de 2011

Turf

Nunca leo una obra premiada hasta que consigo olvidar que ha sido premiada. Quizá no me seduzca hacer lo que imagino que deben estar haciendo miles de personas al unísono o puede que, simplemente, dude del criterio de los miembros de un jurado. Cualquier psicoanalista me insinuaría que estas rebeldías anacrónicas deben tener su origen en la subsistencia de alguna de mis perversiones adolescentes.
No obstante, hay ocasiones en que los premios no consiguen decepcionarme aunque se lo propongan. Con los caballos me ocurre lo mismo. Les voy a dar dos soplos: La hermandad de la buena suerte (Fernando Savater, 2008) me ha permitido cabalgar sobre el supuesto declive de Espíritu Gentil y rememorar cómo, hace años, también conseguí despejar las incógnitas que a priori planteaba Broadway Bill (Frank Capra, 1934).
Mi padre me diría que éstas son apuestas carentes de riesgo porque sus autores siempre montan caballos ganadores. Pero un libro sin leer siempre es un secreto. Acaso una confidencia. Hagan apuestas.
Pie de foto: El mar. El tiempo. Martínez Clares, 2011.