A Capra, De Sica y Berlanga. Por regalarle a cada Navidad sus mejores
momentos.
El Hollywood dorado nos envió un
ángel para recordarnos que es bello sobrevivir a la desesperanza. No era más
que un hombrecillo menudo, como cualquiera de esos hombrecillos menudos en los
que nunca reparamos, pero, sin él, nuestro querido George Bailey no hubiese
celebrado la Navidad
cómo es debido.
Ustedes saben perfectamente que Clarence
aún no había ganado sus alas y que se encontraba en Bedford Falls, a más de
seis mil kilómetros de aquí. Esa adversidad fue la que le impidió llegar a
tiempo de guiar a Plácido en su desventurado itinerario por la Nochebuena. Afortunadamente,
teníamos a Berlanga -otro tipo que aún espera sus alas-, y por él supimos que
los pobres de espíritu disfrutamos de la magnanimidad de las élites cuando nos tenemos
que enfrentar a nuestras tentaciones más mundanas.
Aún así, sospecho que, aunque se
encontró con los más variopintos benefactores navideños, a Plácido sólo le
faltó el llanto pedagógico de un niño para acabar convertido en un perfecto
ladrón de bicicletas. Pero esa es otra historia, porque el neorrealismo no cree
en los ángeles y a los georgebaileys
del mundo jamás les concederá un respiro. Ni siquiera en Navidad.
Pie de foto: Cartel de
“It's a Wonderful Life” de Frank Capra (RKO, 1946).