Pilar
es, además, de ese tipo de poetas que sin pretenderlo nos orientan y enriquecen
al resto. Pero ella nos enseña como lo haría un verdadero docente: predicando
con el ejemplo. Nos lo decía Luis García
Montero en su última visita, ¿lo recuerdas, Pilar? Nos decía que no es bueno
escribir del amor cuando uno está locamente enamorado, o abandonarte al dolor
de los versos más trágicos cuando el drama oscurece tu vida, cuando nos bañamos
diariamente en el gris del agua. Es mejor escribir con perspectiva, dejar
madurar esos sentimientos irrevocables, dar vida a las palabras desde la
contención, porque es ahí donde radica la emoción de un poema, en ese poder y
no querer que tanto cultivó Rafael el
Gallo o en el decoro de aquellas lágrimas que se atrincheraban en la
garganta de Katharine Hepburn únicamente para que le vibrase la mirada. Es éste
uno de los pocos principios poéticos que aún respeto y, ciertamente, lo aprendí
leyéndote, leyendo ese dolor del que afirma Fernando de Villena que se nutren
tus versos, el dolor que siempre queda como rastro inquebrantable del tiempo al
pasar, un dolor que en tus poemas apenas nos duele porque lo vistes con el
lirismo emocionante, dulce, de la añoranza. Porque es la suya una poética de momentos
inolvidables, de palabras atrapadas por la tela de araña del recuerdo, de
preguntas retóricas para las que no hallaremos respuesta ni falta que nos hace.
Porque cómo explicar que el amor, antes de morir, reserva un palco en el teatro
de la memoria o que la intemporalidad es propia de las peores atrocidades
humanas.
Pero,
del mismo modo, esta nostalgia de Pilar siempre mira hacia delante desde su
torre vigía y nos acompaña sin hacer demasiado ruido, sin oscurecernos el
pensamiento ni el porvenir. Por eso, me
gusta que las tardes me sorprendan acariciando alguno de sus libros. Percibo, a
tientas, mucha claridad en ellos. Otras veces, me anochezco, me demoro, me
sumerjo tercamente en las playas de sus poemarios porque esas secuencias de
poemas constituyen el perfecto “habitáculo
de los instantes que regresan”. Leyéndolos, uno descubre que Pilar tiene la
virtud de decir las cosas con la sinceridad que otros ya hemos perdido y, por
su boca, nos preguntamos: “Cómo escribir
un poema / esperando el regreso de la luz, / la única estancia habitada”.
Afuera
siempre es otoño y debe llover, pero yo imagino a Pilar escribiendo en una
habitación iluminada por el retorno perecedero de los recuerdos, nadando contra
las olas, aguardando “el sol de la
medianoche”, y me pregunto si no serán la espera, la memoria, la palabra,
las únicas luces que nos quedan. Gracias a ellas, a esas guaridas inexpugnables
del poeta, Pilar se anticipó a todos los naufragios que habrían de llegar y
ahora, como Hypatia -aquella primera Mujer a la que dedica un último poema- nos
espera serenamente entre versos infalibles porque “ésta es la hora/ así lo han querido los astros,/ el instante de
dilapidar un sentimiento”.
Y
hoy, aquí, siento –amiga, Pilar- que, pese a todas las cosas que nos ha ido quitando
la vida, seguimos atravesando la arena de los días, leales como siempre a la
inercia de la espuma, al balanceo de las olas, a la embaucadora luz del
horizonte, porque aunque muchos lo duden nos queda el coraje, todavía.
Pie
de foto: Pilar Quirosa con Fernando
Barrionuevo, del Mediterráneo Centro Artístico (MECA).