Conocí a Félix Grande una tarde
de junio del dos mil once. De aquel día, conservo los apuntes nebulosos que
tomé de sus palabras, varias fotografías de pose casi marcial y unas
dedicatorias escritas con caligrafía envidiable, rigurosa, crucial.
Antes de su conferencia sobre la Poesía del Flamenco, habíamos tenido la
ocasión de charlar sobre literatura, muerte y poetas hipocondríacos y, aquella
misma noche, conmovido por la sonoridad esférica de su voz, le escribí como
quien escribe a un tótem: “Ha heredado de
su padre la voz rotunda. Félix Grande sabe seducir con la palabra y con el
silencio, que es la manera de hablar más contundente”.
Les juro que llevo varios días
conjurándome para no poner el telediario. Son ya muchas las pérdidas
irreparables y, aunque acepto que el paso del tiempo es un verdugo metódico y brutal,
resulta imposible no emocionarse cuando abres la primera página de uno de los
libros de Félix Grande y deslizas los dedos sobre alguna de las líneas que nos
dedicó de su puño y letra: “Buenos días,
Virginia, te ofrezco mi amistad”.
Pie de foto: Varios amigos compartiendo la tarde con Félix Grande. Virginia
Vico, 2011.