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martes, 2 de junio de 2015

El silencio

"Los pesos pesados del mundo editorial sólo quieren publicar lo que, acertadamente o no, consideran productos de venta fácil y marginan aquellas novelas que, en razón de su complejidad o por su voluntad innovadora, no responden al conformismo y pereza intelectual de una mayoría anestesiada por la telebasura o las revistas sobre la gente guapa".
Juan Goytisolo

"La de David González es una causa perdida -y por eso mismo más noble- contra mil años de cuentos de hadas".
Ainhoa Sáenz de Zaitegui.

Sé que les sobran los motivos, pero lo peor que le puede suceder a un lector es que sus principales acudideros barajen la posibilidad de echar el cierre.
Sólo me queda recordarles a mis amigos -Juan y David- que el silencio también forma parte de la melodía, siempre que no sea definitivo.
Un abrazo fuerte, solidario.

Sus motivos:

Pie de foto: Crítica literaria. Martínez Clares, 2012.

jueves, 23 de abril de 2015

Ayuno del Día del Libro

No me pregunten de dónde saco el tiempo para poder leer. Créanme si les digo que aprovecho cualquier circunstancia favorable para picar entre horas, pero hoy (concretamente hoy) Día del Libro, mientras el resto de la humanidad se plantea devorar algún texto suculento, yo no podré darme un homenaje. Desde muy temprano, he echado mis cuentas y no voy a disponer de cinco malditos minutos para llevarme a los ojos un mísero bocado de libertad. Hoy, precisamente hoy -entiéndanme- tendré que vivir de las rentas como vivieron aquellos señoritos imprudentes del fin de siglo, tendré que acudir a mis retales de las últimas semanas, a lo ya leído. Algo debe quedar en la nevera. Veamos. Perfecto. Un David González: uno de esos platos inclasificables de un cocinero inclasificable: uno de esos (ustedes me entienden) que te hacen sentir bien desde el primer bocado: un manjar sin malabarismos que se mete por los ojos y se paladea en el recuerdo: un sabor que no se olvida: Campanas de Etiopía (Origami, 2015).  
Los versos de González, tan sencillos como emocionantes, cocinados en el submundo del día a día, son un maravilloso alimento cotidiano, y, con contundencia, nos plantan delante de las narices, a gritos si fuese preciso, los aromas que antes pasaban desapercibidos para nuestros ojos inexpertos. Leer a González es comerse a uno mismo; merendarse el mundo que pisamos, pues la realidad -si me permiten- es un plato que asusta y seduce a la vez, un plato que incita al canibalismo.
No olviden servirlo calentito. Qué aproveche.
Pie de foto: Campanas de Etiopía (Origami, 2015).

Vídeo promocional realizado por la artista Carolina Villafruela para el libro Campanas de Etiopía (Origami, 2015).

jueves, 26 de marzo de 2015

Bienvenidos al paraíso

no se nace odiando
el odio se enseña
no se nace rabioso
la rabia se aprende
José Pastor González

Escribe David González en el epílogo de El ruido de los cuerpos al caer (Groenlandia, 2012) que a pesar del flagrante intimismo de este poemario, nos sentimos plenamente identificados con esta falta de aire, con este mal de altura, con esta manzana newtoniana (la vida), ya podrida antes de chocar con el suelo.
Después de leer estas líneas podría ahorrarme todas las siguen, porque es imposible resumir de mejor manera la atmósfera que nos regala -o que nos arrebata- con sus libros el poeta José Pastor (1967).
Disculpen mis escasas dotes de sabueso. Me ha sido imposible seguir el rastro de Cuidado con el perro (Ediciones RaRo, 2009), primer poemario de José Pastor. Pero, a cambio, me ha bastado con una lectura canina de El ruido de los cuerpos al caer (Groenlandia, 2012) y de Alguien tiene que limpiar la mierda (Ediciones RaRo, 2013) -poemario que publicó junto a la poeta Rakel Rodríguez- para asumir mi fragilidad de animal invertebrado.
Pastor nos desnuda con sus versos desnudos. Versos carentes de vestiduras que se presentan desguarnecidos ante el lector, un lector que se enfrenta, de este modo, a una realidad sin edulcorantes, sin ánimo de corrección, narrada a través de líneas que se parten, líneas rotas ante nuestros ojos. No hay en sus poemas ni puntuación ni obediencia, no hay reglas ni límites ni artificios. Son poemas para leer cómodamente en tu propio sillón o en una de esas sillas en las que dormitan los clientes de los comedores sociales; al final de la cola del paro o en cualquiera de los descansos del curro; frente a la chimenea en la que quemamos todas las comodidades de nuestro hogar o alrededor de un fuego improvisado sobre el asfalto, o de un cubo de basura que arde. Poemas que saben que nadie debería darnos lecciones de jardinería, que sospechan que entre la basura, como entre las flores, también anida una cierta dignidad. La dignidad del que nunca se resigna.
Y no se resignan. Sus poemas son concisos gladiadores batiéndose en esta irascible lucha de clases y, por eso, les recuerdan a todos los poderosos de la Tierra que ellos tienen (…) la sartén por el mango, / los huevos, el aceite, la sal y fuego / pero yo tengo hambre. Nosotros los hambrientos, los habitantes del mundo virtual. Un mundo que ni existe ni es imaginario. Los que hasta hace bien poco nos conformábamos con llenar el carrito en el super y tomarnos, de vez en cuando, un par de rubias en cualquier tugurio, los mismos que ahora anunciamos sin levantar apenas la voz, con absoluta naturalidad y elegancia: nos estáis echando tanta mierda encima / que estáis abonando nuestro odio.
El poeta les avisa recitándoles su propia experiencia. Por eso, en la pantalla del pecé, ante mis ojos, se confirma el espíritu narrativo de su poesía. La narración da fe, sorbo a sorbo, de la experiencia propia como mera aproximación a la experiencia colectiva, surge de la anécdota personal y se encamina hacia la problemática social. Una poética que nace, sin ambición de perpetuarse más allá del presente, en cualquier parte, porque la armonía puede esconderse en una pintada sin rúbrica plasmada en la pared de un barrio obrero o en los autobuses que, justo a la hora en que el amanecer echa el cierre a los últimos bares, surcan la ciudad camino de las fábricas.
Podría haberme ahorrado estas líneas porque la manzana que besa el suelo ya está podrida y el poeta que escribe lo hace entre la basura. Lejos de las flores. Sin intención de sobrevivir a cualquier precio. Y, pese a todo, en sus palabras se refugia el amor. El amor porque la única manera de combatir esta tristeza / lleva tu nombre. La tristeza que nos abriga. ¿Quién se atreverá a poner fin a la comedia? Quién si viajo sin billete de vuelta para borrarme del mapa / para que sigas tu camino, quién si las calles van muriendo, si la vida no debería parecerse a este paraíso que nos ofrecen.
Uno tras otro, leo los poemas de José Pastor González. Uno tras otro, mientras paseo por versos que abominan de los concursos literarios, mientras asimilo estupefacto que su voz sólo pretende llevarse una bolsa: la de la ropa sucia. Uno tras otro, mientras pienso que nunca deberíamos dejar de mirar hacia arriba, hacia ese lugar inhóspito del que seguirán cayendo nuestros héroes, porque miro al cielo / y maldigo que olvidéis / de donde venís / y quién hace el pan.
Pie de foto: Portada de El ruido de los cuerpos al caer (Groenlandia, 2012).

Poema "No hay bandera blanca en mis ojos", de José Pastor.
Recitado por la poeta Rakel Rodríguez en la presentación del libro "Alguien tiene que limpiar la mierda". Valladolid. 2013.

miércoles, 15 de octubre de 2014

El lenguaje de los puños

Hace una semana que llegó a mis manos El lenguaje de los puños (Origami, 2014) y ya le he dado un par de vueltas. En la primera, me dejé llevar por el orden establecido de ensayo más poema, pero el segundo recorrido lo estoy haciendo de forma caprichosa, sin atender a ningún precepto lógico, porque la lectura también anhela, en ocasiones, esa pequeña dosis de caos que nos facilita la violación de las fronteras.
La mayor parte de los ensayos que aparecen en esta antología de la obra de David González (San Andrés de los Tacones, 1964) persiguen etiquetar al poeta, atrapar en un par de palabras su estilo, sus temáticas y sus desenfrenos. Pero, después de leer sus poemas, se diría que como David González sólo escribe David González, y, por tanto, el etiquetado de este autor/personaje o la inmersión de su obra dentro de alguna corriente concreta me parece un derroche conceptual.
David González es un tipo, por extensión un poeta, descarnado y emocionante, como la vida que pasa diariamente ante nuestros ojos sin que le prestemos demasiada atención. Sus versos sobreviven al olvido totalmente desnudos de metáforas, de adjetivos, de artificios, porque la crudeza o la verdad no precisan de aditivos para emocionarnos, para sacudir nuestras conciencias aletargadas.
“(…) busca san andrés, dijo un policía. / tampoco. / mira a ver por andrés. / no. / prueba con tacones. / ni rastro. / así que cuando salí de la comisaría / había vuelto a nacer, / sólo que esta vez en la ciudad de Gijón. (…)”. Leyendo a González, uno descubre que hasta la renovación del DNI puede resultar un hecho conmovedor, que sentarnos a la mesa con su familia supone bucear por las aguas de la memoria compartida, que surcar la escabrosas calles de un barrio periférico es una actividad poética cuando se abren bien los ojos.
“Yo no escribo cuentos. Los cuentos están bien para que los niños se duerman. Pero yo no quiero que se duerman. Quiero despertarles. Y que ellos despierten a sus padres. Y que sus padres despierten a todo el vecindario”. Y eso es lo que consigue David González para disgusto de los guardianes de los cánones establecidos, porque su poesía no nace para ser pulcra y dócil, sino para convertirse en esa novia enlutada que regala al lector una bofetada de sombría realidad.
Pie de foto: El lenguaje de los puños. Antología crítica de la poesía de David González. Volúmenes 2, 3 y 4. Edición de José Ángel Barrueco. Editorial Origami, 2014.