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viernes, 28 de noviembre de 2014

Lo que les pasa a los niños malos

William Hitchcock, un comerciante austero y disciplinado del East End londinense, quiso dar una lección macabra a su pequeño Alfred. Tenía tan sólo cinco años cuando lo envió ante el jefe de la policía local para que lo retuviera durante unos minutos en una celda. Al salir, el agente le espetó: mira lo que les pasa a los niños malos. Misión cumplida. Cuentan que el niño no necesitaba de este tipo de escarmientos pues era reconocido por su buen comportamiento. Pero entendió la advertencia. Y de qué manera.
Con el paso de los años, Alfred Hitchcock utilizó el cine para dar lecciones implacables a sus espectadores: les sentó en el mejor sitio de la platea pero, a cambio, les negó todas las claves para controlar el argumento. Siendo un niño, él había conocido el desasosiego tras los barrotes y, a nosotros, nos lo sirvió escarchado en una bandeja de plata.
Menudo enunciado: mira lo que les pasa a los niños malos. Hitchcock, incluso, llegó a pensar que esa frase sería un buen epitafio para su tumba. A mí me parece que puede ser, al menos, un buen comienzo para un poema. 
Pie de foto: Roger O. Thornhill (George Kaplan) huye de una avioneta en la escena cumbre de Con la muerte en los talones (Metro Goldwyn Mayer. Alfred Hitchcock, 1959).
Sitio web de la imagen.

Cary Grant. Con la muerte en los talones.

viernes, 3 de agosto de 2012

Mundo de locos

La única vocación que tuvo Jaime Gil de Biedma fue la de alcanzar la felicidad. 
Tal vez -objetivamente hablando-, felices sólo puedan ser los que están un poco locos, aunque sus ojos irradien aquellas pequeñas amarguras que antes se quedaban prendidas al sueño tenebroso de los niños. 
Es común que el más cuerdo del lugar sea un loco que pasa el día encubierto por sus corduras momentáneas o que los más juiciosos coqueteen de vez en cuando con la locura, aunque sus caminos sean terribles y conduzcan a lugares que nadie quiere conocer. 
Ellos, los más locos, parecen vivir despreocupadamente, sin clientelismos ni servidumbres, quizá porque no dependen de la amabilidad de los extraños, como le sucedía a Blanche DuBois en Un tranvía llamado deseo
Dicen que a los locos es mejor recordarlos de noche y hoy he recordado a aquel loco de mi infancia. A él -que es un loco entrañable- todo le importaba un bledo, pero no soportaba que le reprochasen su manera de vivir. Cuando caía la tarde, en la fuente, los ancianos que sesteaban a la sombra le afeaban su conducta:
-¡Qué bien vives, José! 
A lo que éste, sobrecogido por la insolencia, respondía indignado: 
-Pues vive tú igual. 
Pie de foto: Cary Grant, Josephine Hull y Jean Adair coqueteando con la locura en “Arsénico por compasión” (Frank Capra, 1944). Edición de Martínez Clares, 2012.