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jueves, 29 de junio de 2017

Las flores suicidas


En una época de universal engaño, decir la verdad constituye un acto revolucionario.
George Orwell.


En Ficciones, un conjunto de relatos publicado en 1944, se encuentra uno de los cuentos más célebres del universo borgiano: Pierre Menard, autor del Quijote. A diferencia de Menard que escribe solamente un par de capítulos sin tener conciencia de que está copiando literalmente el original, Juan Herrezuelo (Palencia, 1966) nos regala, gracias al cuento que da título a su último libro, Las flores suicidas (Talentura, 2017), un Quijote inédito, pues su Alonso Quijano, felizmente reencarnado en la piel de Isidro Agay, parece ser, al contrario que su predecesor manchego, el único hombre cuerdo en medio de una marabunta de locos, el único consciente de la vocación suicida que empuja a nuestra sociedad hacia la autodestrucción.


martes, 2 de diciembre de 2014

Lo que les pasa a los niños malos (II)

Lo prometido es deuda.
En mi anterior entrada, ya intuía que de aquella macabra lección del viejo Hitchcock podía nacer un poema. Pero no podía ser un poema cualquiera. Tenía que ser un poema que no encontrase explicación para las paradojas de un mundo con escaparates y trastiendas, el mundo en el que las lágrimas continúan adueñándose de la lluvia.
Pie de foto: Colombia, in the eternity of sorrow”. Álvaro Ybarra Zavala. Getty Images.

Álvaro Ybarra Zavala

viernes, 28 de noviembre de 2014

Lo que les pasa a los niños malos

William Hitchcock, un comerciante austero y disciplinado del East End londinense, quiso dar una lección macabra a su pequeño Alfred. Tenía tan sólo cinco años cuando lo envió ante el jefe de la policía local para que lo retuviera durante unos minutos en una celda. Al salir, el agente le espetó: mira lo que les pasa a los niños malos. Misión cumplida. Cuentan que el niño no necesitaba de este tipo de escarmientos pues era reconocido por su buen comportamiento. Pero entendió la advertencia. Y de qué manera.
Con el paso de los años, Alfred Hitchcock utilizó el cine para dar lecciones implacables a sus espectadores: les sentó en el mejor sitio de la platea pero, a cambio, les negó todas las claves para controlar el argumento. Siendo un niño, él había conocido el desasosiego tras los barrotes y, a nosotros, nos lo sirvió escarchado en una bandeja de plata.
Menudo enunciado: mira lo que les pasa a los niños malos. Hitchcock, incluso, llegó a pensar que esa frase sería un buen epitafio para su tumba. A mí me parece que puede ser, al menos, un buen comienzo para un poema. 
Pie de foto: Roger O. Thornhill (George Kaplan) huye de una avioneta en la escena cumbre de Con la muerte en los talones (Metro Goldwyn Mayer. Alfred Hitchcock, 1959).
Sitio web de la imagen.

Cary Grant. Con la muerte en los talones.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Besos rotos

Veinticinco años. Siete días. Cien salas. Se diría que estoy hablando de una condena, pero se trata más bien de una magnífica e inusual noticia.
Si son ustedes de esos afortunados que aún disfrutan de un cine en su provincia de residencia, lleven a sus vástagos a ver Cinema Paradiso y regálenles, de esta manera, la chispa que podría prender la llama de una pasión.
Ah, y  no concedan demasiada importancia a esos comentarios que, con motivo de su regreso a las carteleras, atribuyen a la cinta de Tornatore la inconsistencia de poseer una trama excesivamente simple (qué pensaría de este exceso un genio como Hitchcock que redujo sus tramas a la estúpida categoría del MacGuffin). Si la historia es sencilla es porque la película nos cuenta únicamente que el cine, como la vida, se reduce a una armoniosa sucesión de besos rotos.
Pie de foto: cartel de Cinema Paradiso.

viernes, 4 de mayo de 2012

Carta a Alfred Hitchcock

Añorado señor Hitchcock: 

No quisiera ponerme dramático, 
pero he leído 
            en alguna parte 
que la delictuosa melena 
de las rubias 
y su oceánica mirada azul 
constituyen anomalías en peligro 
de extinción. 

No voy a extenderme más en mis opiniones acerca de los caprichos de la genética pues considero que sería hurgar en la herida de manera innecesaria, por el mero placer de hacerlo, como usted solía hacer con sus rubias, aquellas a las que, a cambio, regaló una inmortalidad que ahora se me antoja paradójica. 
Sin más y comprendiendo su indudable desasosiego, que es el mío propio, me despido atentamente. 
Mr. McGuffin 
Pie de foto: Grace Kelly. Edición de Martínez Clares sobre fotografía de pearl7diamond.com