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diumenge, 13 de febrer del 2022

La manifestación como deambulación ritual

Foto de César Lucas

Apuntes para Gonzalo Mateos, estudiante del Máster de Antropología de la UB

La manifestación como deambulación ritual
Manuel Delgado

En primer lugar, te recuerdo lo hablado. Al margen de que luego hagas tu trabajo de investigación enfatizando la dimensión política de las movilizaciones colectivas en el País Vasco y su represión, lo que creo que te interesaría es tener en cuenta su dimensión formal, es decir la manera como dialogan con el espacio que usan y lo convierten en “otra cosa”. Luego plantéate la cuestión como si fuera un estudio sobre lo que podríamos llamar una fiesta peripatética, es decir una fiesta que consiste en que la colectividad reunida se desplaza de un punto a otro de una determinada trama urbana y lo hace partiendo, recorriendo, deteniéndose, ignorando y desembocando en puntos que nunca su arbitrarios y que implican que una fusión humana sobrevenida ocupa y recorre un determinado trayecto con una voluntad expresiva compartida. 

No olvides que toda manifestación no es otra cosa que una procesión o un pasacalles. Hay cosas interesantes sobre este tema de los rituales ambulatorios. Sean procesiones de semana santa o manifestaciones independentistas –para lo que nos interesa, ese aspecto sería contingente– los que estas prácticas ambulatorias operan es una especie de desplazamientos supernumerarios, en el curso de los cuales un cierto itinerario recibe una calidad especial y superior, que altera el uso diferenciado de un espacio viario que, repentinamente, pasa a servir para una única cosa. La manifestación, el desfile, la marcha de protesta..., hacen que la calle quede desprovista de la ambigüedad funcional y semántica que le es característica. En la práctica resulta como si la presencia masiva de peatones en movimiento en una única dirección, plegados, siguiendo el mismo ritmo, quisiera proclamar un valor añadido de los espacios por los cuales transita.

Tenemos entonces que las deambulaciones rituales son utilizaciones intensivas y no ordinarias del espacio público urbano por parte de sus usuarios, en las cuales se escenifica una determinada teatralidad coral, bastante parecida a un auto sacramental o a un viacrucis, el protagonista del cual es un determinado sector de la sociedad que actúa como comunidades momentáneas relativamente homogéneas, que utilizan determinados puntos y trayectos de la ciudad para constituir una cartografía urbana propia y reificarse fraternalmente en ella durante un breve periodo de tiempo.

Las ritualitzaciones del espacio urbano tienen en común que las llevan a término grupos humanos más o menos numerosos que no son un simple agregado de personas individuales. Son fusiones, pero no fusiones estabilizadas y claramente estructuradas, sino fusiones que se organizan a partir de una coincidencia provisional que puede ser afectual, psicológica, ideológica o de cualquier otra clase. La condición singular de la multitud fusional respecto de la humanidad dispersa que vemos agitarse habitualmente –cada cual a su– por las calles o las plazas es que conforma un auténtico coágulo, una cristalización social efímera e informal que responde a leyes sociológicas y psicológicas que le son propias y que no pueden ser consideradas a la luz de los criterios analíticos o de registro que se aplican a las sociedades orgánicas ni a los sujetos psicocofísicos. Desde esta óptica, el grupo humano que ocupa la plaza o la calle por proclamar algo compartido no desmiente la condición difusa que caracteriza la noción moderna de espacio público. El colectivo humano que celebra, desfila o se manifiesta no es una comunidad en el sentido que las ciencias sociales otorgan a este término, por más que los congregados se lo crean y jueguen, por decirlo así, a ofrecer la impresión de que lo son.

Son una coalición de peatones que puede ser distinguida, como formando una unidad provisionalmente congruente, del resto de usuarios del espacio por el cual transitan, de forma que podemos identificar una pareja d’enamorados, un grupo familiar que pasea o las personas que salen de un mismo espectáculo. Goffman se referiría a ese tipo de coaliciones viandantes “cohortes”, siguiendo una vez más el modelo que le presta la etología.

Los participantes de un correfoc, de una celebración deportiva, de una cabalgata de Reyes o, para lo que nos interesa, de una protesta civil suelen ofrecer signos que visibilizan su adhesión a l’acto, incluso cuando esta uve dada por su simple presencia física y la identificación del miembro del grupo congregado es la consecuencia de una intuición basada en su actitud meramente corporal. Este tipo de acontecimientos que emplean de forma tan intensiva la calle y no con fines instrumentales, no pueden ser considerados a la luz de las motivaciones anímicas o ideológicas de los individuos supuestamente autónomos la reunión de los cuales da como resultado el grupo que se ha hecho presente al espacio público. Por eso es por lo que tu análisis se centra en un personaje colectivo que no responde a las mismas lógicas ni dinámicas de las personas psicofísicas de que se compone y que tiene un valor analítico singular. En otras palabras, es el grupo reunido que se desplaza o se concentra a la calle al que se le atribuyen cualidades como agente de acción susceptible de experimentar estados de ánimo, desencadenar reacciones y llevar a término iniciativas, a menudo tomadas sobre la marcha.

¿Te quedas con el asunto? Estamos hablando de coágulos de individuos que se reúnen en un mismo lugar, en un mismo momento, por hacer unas mismas cosas en principio del mismo modo y con un mismo objetivo, licuadas en sentimientos u opiniones básicamente compartidos, y que se disuelven al poco tiempo, dispersadas a la fuerza por las denominadas fuerzas de orden público –lo que por cierto, a mi siempre se me ha antojado un misterio, o una vez consideran cumplida su misión. Se trata de afinidades electivas que hacen que un número variable de personas hasta entonces desconocidas entre ellas se fusionen provisionalmente con una sola finalidad, soldadas por vínculos de integración que son al mismo tiempo culturales, normativos, psicológicos, comunicativos y prácticos, y que resultan tan poderosos como efímeros. Las incursiones que se han hecho desde la antropología o la sociología cultural al campo de las territorializaciones rituales o la ritualización del territorio en contextos urbanos contemporáneos son algo que debes tener en cuenta.

Resumiendo. El asunto es el de los usos simbólicos, no ordinarios y fusionales del espacio público. Nos conviene entonces fijarnos en la manera como los puntos de partida, detención, o llegada y los diagramas que se generan al unir unos puntos con otros, toman la forma urbana como una clase de pentagrama sobre el cual escriben una determinada melodía. Se trata de contemplar la topografía urbana como una superficie por la cual pululen una muchedumbre de órdenes lógicos secretos que se interseccionan o se ignoran, que se multiplican hasta el infinito o que llegan a coagularse y a traducirse en enunciaciones colectivas. La calle se convierte así, en un sentido literal, en un espacio abierto. No sólo por su accesibilidad, ni por su versatilidad funcional, sino sobre todo por su disponibilidad semántica, que hace de ella algo así como una pizarra en que cabe cualquier enunciación, algo así como un lienzo en blanco que acepta todas las operaciones o procesos simbolizadores concebibles, a cargo de grupos que se fusionan siempre provisionalmente y que se conducen de hecho, durante un breve lapso de tiempo, como un solo cuerpo y una sola alma.

Las manifestaciones, las procesiones, las cursas populares, los pasacalles, las cabalgatas, las concentraciones civiles y los desfiles son exhibiciones que convierten lo que en la vida ordinaria es una profusión inmensa de diagramas, de recorridos y de esquemas distributivos múltiples en algo compacto y unificado, cuanto menos durante los minutos o las horas en que muchas personas se reúnen para decir y hacer una misma cosa a lo largo de un mismo trayecto. En estas oportunidades excepcionales, y como corresponde a su naturaleza en última instancia festiva, una calle o una plaza mutan su medio ambiente visual y sonoro, de forma que las aceras, la calzada, los balcones, los monumentos, los cruces, los quicios acontecen escenario de un espectáculo bien distinto del habitual. De una manera bien significativa, los peatones que forman grupos compactos con finalidades expresivas tienden a descartar las aceras o los paseos centrales y rara vez circulan por zonas de peatones. 

Es como si entendieran que el lugar que los atañe, el espacio a ocupar, debiera ser el centro mismo de la vía pública, pero no alterando ni interrumpiendo la riqueza sonora y visual de las multitudes urbanas que se agitan a una hora punta cualquiera, sino expulsando aquello que se insinúa como una presencia indeseable e intrusa: los automóviles. Son inconcebibles la mayoría de estas actividades deambulatorias si no ejecutan el trámite ritual de detener el tránsito, requisito no sueles por poder hablar en voz alta y a corazón por la ciudad, sino por medio suyo, como si los lugares que la componen no fueran solos puntos en un mapa, sino los elementos moleculares de un lenguaje.



diumenge, 4 de juliol del 2021

Malas calles

Desfile de las tropas franquistas por la Diagonal de Barcelona en febrero de 1939. 
Es de Albert Louis Deschamps,

Este artículo fue publicado en El País el 19 de mayo de 2000. Fue escrito a propósito de la polémica suscitada por las calles por las que debía desfilar el ejército con motivo del Día las Fuerzas Armadas, que el Partido Popular había decidido escenificar en Barcelona el 27 de aquel mismo mes. Después de descartar la Diagonal, por la evocación que se podìa suscitar la entrada de las tropas de Franco en Barcelona y el primer Desfile de la Victoria, en 1939, se barajaron y descartaron diferentes itinerarios. Al final, el desfile se llevó a cabo en el parque de Montjuïc prácticamente a puerta cerrada.
                      
MALAS CALLES
Manuel Delgado

Toda ciudad es una sociedad de lugares, unidos entre sí por una red de itinerarios que les permiten dialogar entre sí. En cada uno de esos puntos y trayectos hay implícita una memoria, un nudo que permite conectar el pasado con el presente. Las deambulaciones rituales que periódicamente conoce una ciudad son una prueba de esta puesta en significado de que son objeto constantemente sus calles y plazas. Las manifestaciones, cabalgatas, rúas, carreras populares, procesiones, desfiles, comitivas o pasacalles que recorren la trama urbana funcionan como coágulos humanos cuya homogeneidad relativa contrasta con la extremada versatilidad y fragmentación de la actividad cotidiana de la calle. Cada uno de esos actos-río es una colonización efímera, una conquista provisional de parte o toda una urbe por  un sector de la sociedad que la mora.
  
Quienes hacen que por un momento la calle sirva para una sola cosa de orden expresivo –sindicalistas, vecinos descontentos, ecologistas, gigantes y cabezudos, colla de diables, equipos de fútbol victoriosos, líderes políticos, séquitos religiosos, cortejos reales, masa de atletas...– elaboran un discurso cuyos factores son los lugares desde los que se sale, por los que se transcurre, en los que se hacen altos o en los que se desemboca. También es elocuente el hecho de que el flujo no ordinario producido suba o baje, entre o salga, dure más o menos, o distribuya de un modo u otro la relación de sus componentes entre sí o con quienes contemplan su paso... Cada segmento social reunido poetiza así a su manera los puntos del mapa urbano, crea con ellos su propia métrica simbólica, los ritma y los rima, al mismo tiempo que son los propios sitios resaltados los que se ocupan de interpelarse entre sí. Esa condensación súbita que se mueve por las calles establece una malla sobre el espacio público, genera un orden topográfico hecho de inclusiones y exclusiones en que se irisan identidades, sentimientos, proyectos o intereses presentes en la sociedad. El paisaje urbano se convierte así en un paisaje moral, sentimental e ideológico.

Toda deambulación simbólica extraordinaria suscita una sacralización o  dotación de sentido especial y superior al ordinario de ciertos aspectos de la morfología urbana, como si la cristalización excepcional que se ha producido asignase una plusvalía a los espacios por lo que se transita, reconociendo el valor cognitivo o afectivo de que la memoria dota a los puntos y líneas involucrados en la acción. A su vez, la configuración de las rutas implica un consenso sobre qué significan los lugares que los reunidos manipulan simbólicamente con todo tipo de intervenciones acústicas y ornamentales. Esos usos excepcionales –verdaderas performances– sirven para que una colectividad socialice el espacio, se apropie de él para convertirlo en soporte para la creación y evocación de sentidos. Nunca se escoge al azar una preferencia espacial.

Barcelona es un ejemplo constante de ese tipo de recorridos supernumerarios que proclaman el vínculo de una fracción social con la ciudad. Con todo, se pueden observar querencias espaciales recurrentes que hacen, por ejemplo, que los actos de look tradicional prefieran el casco antiguo, las manifestaciones estudiantiles partan de la plaza de Universitat y las sindicales de la plaza Urquinaona, o que los radicales tengan inclinación por las callejuelas de Gràcia. Hay calles y plazas que son muy subrayadas –Rambles, Pelai, Via Laietana, paseo de Gràcia, plaza Universitat... Otras, en cambio, resultan más bien ignoradas, como la Rambla Catalunya, Balmes o Ronda Universitat. Existen puntos muy enfatizados –Canaletes, monumentos como el de Rafael Casanovas, la plaza de Sant Jaume, ciertas esquinas como paseo de Gràcia con Aragò o Ronda Sant Pere, etc.–, mientras que otros no se usan nunca. Si se observa, la gran mayoría de esos desplazamientos rituales se producen hacia abajo, hacia dentro y hacia el noreste, es decir en dirección montaña-mar, Eixample-Ciutat Vella y Llobregat-Besós. Últimamente los grupos alternativos tienden a desentenderse de esas convenciones, subvierten los itinerarios tradicionales y encuentran en su relación intensa y creativa con el espacio público uno de sus rasgos más singulares.

De ahí las lecturas topográficas que impugnan o tratan de dulcificar la presencia del Ejército por las calles de Barcelona. Fue razonable que se descartará la Diagonal en su tramo central, arguyendo razones simbólicas asociadas a los empleos que hizo el franquismo de esa vía, en cierto modo «su avenida», una «mala calle» para la memoria de la libertad. Se intentó suavizar la connotación llevando a las tropas a marchar por la parte de la Diagonal que atraviesa la Zona Universitaria, siguiendo un itinerario de salida, con lo que los ciudadanos podrían celebrar no que llegaran los soldados, sino que se fueran. Además, ahí está el monumento a los Caídos, con lo que las resonancias afectivas hubieran continuado siendo muy negativas. Luego de un humillante peregrinaje por el plano de la ciudad, se ha optado con una parte del parque de Montjuïc asociada al Salón de la Infancia y la Juventud y a la Cursa de El Corte Inglés. Intento patético por carnavalizar el evento o hacerlo pasar por una especie de festival infantil. En cualquier caso, se ha levantado una viva polémica entre quienes consideran a los militares como extraños indeseables y quienes quieren cumplir con ellos con un elemental principio de hospitalidad, que pasa por sugerirles que molesten lo menos posible y se larguen cuanto antes.

Ya se verá como acabará todo. Pero, sea lo que sea lo que acontezca, el protagonismo le volverá a corresponder a la gramática que conforman las calles y las plazas, elementos básicos de ese lenguaje con que los habitantes de una ciudad proclaman mensajes y existencias, dirimen diferencias, escenifican conflictos o, en este caso, establecen quién es digno de hacerse cuerpo entre nosotros y quién no lo es.




diumenge, 7 de febrer del 2021

Piquetes, barricadas y otras apropiaciones insolentes del espacio urbano


Comentarios a la salida de campo del 29/3/12 para los estudiantes de la asignatura Antropología Religiosa del Grado de Antropología Social de la UB.

PIQUETES, BARRICADAS Y OTRAS APROPIACIONES INSOLENTES DEL ESPACIO URBANO
Manuel Delgado

Creo que era importante que hiciéramos esa salida de campo que consistió en hacer una observación de lo que pasaba en las calles en una huelga general, entre cuyos objetivos era yugular las movilidades ordinarias por la trama urbana.

El marco era el que os expliqué en clase. Las ciudades aparecen a menudo mostradas como escenarios de y para acontecimientos sociales importantes, presentes o pasados, cuyo protagonismo corresponde a fusiones de viandantes alterados que hacen un uso insolente de la calle o la plaza, convirtiéndola en campo para la expresión vehemente de disidencias o protestas. Se habla de revueltas, insurrecciones populares, revoluciones y, en un grado menor, disturbios, enfrentamientos y algaradas, lo que el lenguaje legal denomina “alteraciones del orden público”,  siempre a cargo de coaliciones provisionales y efímeras de individuos casi siempre hasta entonces desconcidos entre sí, que se apropian del espacio urbano para sus reclamaciones, haciéndolo frente o contra las instituciones dominantes en la sociedad en que viven.

Cuando los cronistas del pasado o del presente muestran una ciudad asumiendo tal papel lo hacen de manera que éstas se pueden antojar meros decorados pasivos sobre los cuales se desarrollan las dramaturgias de la historia o la actualidad. En cambio, pocas veces se ha tomado conciencia del papel activo que las morfologías urbanas juegan en el desarrollo de estos hechos, de cómo se constituyen en parte activa de los acontecimientos, en la medida que estimulan o inhiben unos determinados estilos colectivos de actuar –al tiempo que hacen improcedentes o inviables otros– y ponen a disposición de los actores una red de funciones y significados que acaban determinando total o parcialmente el curso y las maneras de lo que ocurre o va a ocurrir.  Eso es lo que quería que notarais a primera hora de la mañana del 29M en grupo y, luego, más tarde y a lo largo del día, por vuestra cuenta.

Lo que quería es que apreciaseis las posibilidades de una suerte de ecología de las revueltas urbanas, un subdisciplina de las ciencias sociales de la ciudad que atendiera no sólo los hechos concretos en sí, sus causas y consecuencias, sino también y sobre todo el ambiente físico en que se producen y en buena medida los produce, los entornos formales, los lugares precisos, el sentido de cada movimiento: el orden de puntos y diagramas que generan los movimientos de los protestarios, que traiga al primer plano la dimensión espacial y temporal de los espasmos y las contorsiones que conoce el espacio urbano cuando recibe esos empleos extraordinarios, aunque recurrentes en la historia de cualquier ciudad, que son los grandes o pequeños motines. Se trata de contemplar cómo éstos se adaptan y adaptan los nichos físicos en qué se producen, la manera como lo hacen estableciendo la aptitud, la eficacia, la indiferencia, la capacidad de simbiosis o la idoneidad de un determinado ecosistema, en este caso la propia retícula urbana.

Se contribuiría así a poner de manifiesto como el espacio urbano es ante todo espacio para el conflicto, bien lejos de los supuestos que lo imaginan como una entidad estable y previsible, sometida a ritmos claros y a ocupaciones amables. Sabemos que, a la mínima oportunidad, todo paisaje urbano pueden convertirse en un terreno para al desacato y la desobediencia. La urbe conoce en estas ocasiones la naturaleza última de la vida social que alberga, tantas veces construida a base de injusticias acumuladas, de odios, de agravios, de descontentos, de todo ese magma de impaciencias y anhelos con el que amasan las ciudades su propia historia. La vida urbana, en efecto, vive regularmente, como cumpliendo una ley secreta, momentos de y para la irritación, se exacerba, registra una efervescencia especial que se impone con claridad a los sueños de orden y organicidad de arquitectos y urbanistas y convierte la obra de estos en escenario e instrumento para la combustión social, aquella de la cual pueden derivarse y se derivan constantemente realidades espaciales no fiscalizables.

Los acontecimientos revolucionarios o las protestas populares –al margen de cuál sea su causa; de lado de cualquier valoración moral o política– siempre implican un desacato de un proyecto espacial del proyectador que no puede ser otra cosa que pura representación. De pronto, por la causa que sea, fusiones sobrevenidas –de  grandes muchedumbres que se mueven majestuosamente a piquetes reducidos como el que fuimos siguiendo, que van ágilmente de un lado a otro– convierten la metrópolis en cualquier cosa menos la organización clara y legible con que sueñan los urbanistas y hacen de ella, de pronto, una urdimbre súbita y arisca, sometida a códigos desconocidos. Se habla, pues, de territorializaciones insumisas, actuaciones colectivas que implican formas otras de manipulación de la forma de la ciudad, creaciones efímeras pero en extremo enérgicas que funcionan en la práctica como expresiones de un urbanismo, una ingeniería urbana y un arquitectura alternativos a los institucioanlizados.

Esa ecología de los movimientos revolucionarios y las movilizaciones de protesta –movimientos y movilizaciones en un sentido literal, esto es el de cambios de posición en el espacio– debería asumir dos grandes ejes temáticos fundamentales: uno centrado en los emplazamientos, otro en los desplazamientos; uno en los enclaves, otro en las superficies y los recorridos. El primero atendería la manera cómo ciertos espacios en que viven sectores sociales en situación vindicativa pueden devenir baluartes desde los que expresar una rabia compartida, pero también la convicción de que es posible lograr objetivos transformadores comunes. 

El factor estratégico es, en estos casos, el de la concentración, es decir, la aceleración-intensificación que en cualquier momento pueden conocer las relaciones cotidianas entre personas socialmente homogeneizadas por su condición subalterna, que, en cuanto emerge el conflicto, pueden hacer la misma cosa, en un mismo momento y lugar, en función de unas mismas metas. Se trata en estos casos de las consecuencias directas de un hecho empírico, pero determinante, como es la comparecencia física de los involucrados y la existencia de un nicho de interacción permanentemente activo o activable. Por depauperados que fueran o sean los espacios de coincidencia –los barrios populares en cascos antiguos, las grandes concentraciones de vivienda social en periferias urbanas–, estos propician un ambiente estructurante, en el sentido de capaz de desencadenar determinadas relaciones sociales, entre ellas las asociadas a la actuación colectiva en pos de fines compartidos y vividos como urgentes. Concentrar es entonces sinónimo de concertar.

De esta lógica de los enclaves y las implantaciones, pasamos a atender la de las superficies y los recorridos. Nos interesan ahora las prácticas ambulatorias, los senderos que siguen los amotinados para discurrir por una determinada trama urbana y hacerla suya, paseos corales que unen entre si puntos fuertes de la retícula ciudadana. Éstos pueden ser determinados lugares simbólicamente elocuentes de una determinada trama urbana o los barrios donde se reside con sus respectivos centros urbanos, a la manera de auténticas incursiones. No son casuales los itinerarios que se escogen, casi siempre auténticos senderos rituales, singladuras que nunca escogen al azar los marcos que se atraviesan. A veces, la actividad consiste en cercar la ciudad, sobre todo cuando los descontentos entienden el valor estratégico que tiene su ubicación en las periferias depauperadas que la rodean. Ya os hice notar cómo era significativo que el piquete al que seguíamos se desplazase por la zona alta de la ciudad.

Por supuesto que tampoco son irrelevantes los lugares en los que se citan los extraños que van a fusionarse durante un periodo limitado –las concentraciones– o en los que desembocan las prácticas peripatéticas multitudinarias –variantes iracundas del desfile o la procesión. Los objetivos escogidos nunca son arbitrarios. Los congregados que acuden a una cita masiva o que marchan juntos pueden elegir como desembocadura un punto considerado significativo de la forma urbana –una plaza, por ejemplo–, pero con frecuencia pueden hacerlo ante una instalación o edificio que consideran de alguna forma interpelable o incluso ofendible como consecuencia de las potencias que se supone que simbólica o realmente alberga. Se trata de caminatas colectivas que culminan en una especie de asalto o toma metafórica de la concreción espacial de instancias de poder que se considera responsables de una determinada circunstancia injusta. Una vez licuada en forma de concentración en un punto de partida, la unidad social generada y que se identifica como expresión de un sector social afectado por un contencioso u otro, inicia su desplazamiento y se va abriendo paso por determinados canales de la retícula urbana convenidos como pertinentes, deteniéndose en ciertos puntos fuertes del trayecto, para, por fin, hacerse presente, al pie de la letra, ante las puertas, los aparadores o los muros de la concreción física de los poderes considerados culpables o del sitio donde se están produciendo determinados acontecimientos en que el conglomerado humano cristalizado para la ocasión se considera involucrado a favor o en contra.

Plantados o pasando ante esa representación física del mal de la que el espacio urbano ha de ser liberado, es previsible que se produzcan agresiones, ya sean simbólicas o reales. Con frecuencia quienes las desatan son elemen­tos exaltados que confían en las virtudes mágicas de la acción directa y se abandonan a una tarea purificadora basada en una lógica de “castigar y libe­rar”. En todos los casos, los agresores se consideran a sí mismos como una especie de ángeles exterminadores que ejecutan una misión de limpieza de la ciudad.

Por supuesto que la actuación policial es igualmente interesante. La emergencia de la propia naturaleza polémica del espacio público se concreta en un espectáculo que vemos repetirse una y otra vez, como lo vimos aquella tarde. De entrada, la imagen de viandantes que marchan juntos, en la misma dirección, demasiado alterados, a veces incluso coléricos, diciendo unas mismas cosas que no se quisiera escuchar y en voz demasiado alta…, una multitud airada que grita las frases malditas, las reclamaciones imposibles.

Justo en ese momento, una vieja técnica, bien conocida, se vuelve a poner en marcha, ciega y sorda: la represión. Los inaceptables deben ser expulsados de la calle, disueltos, devueltos a la nada de la que los imagina procedentes, puesto que representan potencias que son oficialmente mostradas como ajenas, física o moralmente extrañas al presunto orden que esa presencia no invitada viene a desmentir. La estampa se repite entonces por doquier en el mundo: botes de humo, pelotas de goma, chorros de agua a presión, golpes de porra; a veces disparos con fuego real. La policía irrumpe en escena como garante de la buena fluidez por los canales que irrigan la forma urbana. Ha de hacer lo que siempre ha hecho: desembozar la ciudad, disolver los grumos humanos, drenar los obstáculos físicos que dificultan la correcta circulación de los automóviles, acallar las voces cargadas de emoción, hiperexpresivas, vehementes de aquellos que han sido declarados intrusos en un espacio –la calle- en que en principio nadie debería ser considerado como tal. Las enigmáticamente llamadas “fuerzas del orden”, conforman una masa uniforme, inevitablemente siniestra ­-¿porqué los uniformes de la policía son siempre sombríos?­-, una especie de mancha oscura en una escenario que hasta su llegada era multicolor y polifónico, y más todavía por el griterío de los manifestantes, por el colorido de los estandartes, las pancartas, las banderas y de la propia diversidad humana congregada.

Frente a eso, las barricadas vuelven a ser, una vez más, lo vimos, como tantas veces antes, el instrumento insurreccional por excelencia, la herramienta que permite obturar la calle para impedir otra motilidad, esta vez la de los funcionarios encargados de la represión A esa dimensión instrumental, a las barricadas conviene reconocerles un fuerte componente expresivo. Pierre Sansot hacía notar como la barricada evocaba la imagen de una “subterraneidad urbana”, que emergía como consecuencia de un tipo desconocido de seísmo. La barricada ha asumido de este modo la concreción literal de la ciudad levantada.

La doble naturaleza instrumental y expresiva de la barricada continua vigente, pero la forma que adopta esta técnica de ingeniería urbana efímera ha cambiado. Las barricadas empezaron siendo murallas hechas con barricas –y de ahí el término barricada– y así fueron empleadas por los parisinos para defenderse de los mercenarios de Enrique III, en mayo de 1522. En el París de la Comuna de mayo de 1871 llegaron a devenir auténticos proyectos de obra pública y alcanzaron la categoría de arquitectura en un sentido literal. Los adoquines levantados de las calles configuraron un elemento fundamental en el paisaje insurrecional de las ciudades europeas hasta bien entrado el siglo XX. En el París de Mayo del 68 –siempre mayo– las calles fueron levantadas y se construyeron numerosas barricadas con su empedrado, pero la fórmula más empleada fue la de atravesar coches en las calzadas, volcarlos, con frecuencia incendiarlos. Estas actuaciones no se han visto como meros métodos para irrumpir el tráfico, sino que implicaban una denuncia de la sociedad de consumo que se quería hacer temblar.

Las barricadas son, hoy, tan móviles como la policía. Responden a una concepción sobremanera dinámica del disturbio, como si las algaradas de finales del siglo XX y principios del XXI estuvieran caracterizadas por la agilidad de movimientos, por la impredicibilidad de los estallidos, por la voluntad de impregnar de lucha urbana la mayor cantidad posible de territorio. La barricada se forma, en la actualidad, sobre todo con contenedores de basura, con lo que vienen a renunciar a su estabilidad para devenir, ellas también, como todo hoy, móviles, usadas ya no sólo como protección, sino también como parapeto que puede ser empleado para avanzar contra la policía y obligarla a recular.

Acerca de los disturbios urbanos, Pierre Sansot notaba como el pavimento que se arranca, los adoquines, las piedras de las obras, los coches que se atravesaban en los bulevares parisinos, eran –desde el punto de vista del revoltoso- elementos “por fin liberados”, como si los objetos urbanos que se lanzaban levantasen el vuelo y dejasen el suelo al que habían sido atados; como si una fuerza surgiese de la ganga que las aprisionaba a ras de tierra; como si pudieran conocer, gracias al insurrecto, una gloria que la vida cotidiana les usurpaba.

Esto que os explico –y que me animaba a convocaros para la salida del 29M– tiene mucho que ver con el estudio Carrer, festa i revolta. Els usos simbòlics de l’espai públic a Barcelona, 1950-2001, realizado por el Grup de Recerca Etnografia dels Espais Públics del Institut Català d’Antropologia. La investigación fue un encargo para el Inventari del Patrimoni Etnòlogic de Catalunya, dependiente del Centre de Promoció de la Cultura Popular i Tradicional de Catalunya, y está publicado en 2004 por e Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya.

Contáis con una buena bibliografía. Por ejemplo el artículo de Marc Abélés, «Modern Political Ritual», Current Anthropology, vol. 29/3. Pág. 391-404. Ayats, Jaume. 1998. «Cómo modelar la imagen sonora del grupo: los eslóganes de manifestación», Antropología, núm. 15-16 (marzo-octubre). Pág. 243-268. Certeau, M. de. 1970. La conquesta de la paraula, Barcelona: Estela. Cochart, D., 2000. «La Fête dans la protestation», Marouf, N. (ed.), Pour une sociologie de la forme. Mélanges Sylvia Ostrowetsky, Picardia: Université de Picardie Jules Verne/CEFRESS. Pág. 413-415; Collet, S. 1982. «La manifestation de rue comme production culturelle militante», Ethnologie française, vol. XII/2. Pág. 167-177, y 1988. «Les pratiques manifestantes comme processus révélateur des identités culturelles»,Terrain, núm. 3 (octubre). Pág. 56-58; Cruces, Francisco. 1998a. «El ritual de la protesta en las marchas urbanas». García Canclini, N. (ed.), Cultura y comunicación en Ciudad de México, México DF.: Grijalbo, vol. II. Pág. 27-83, y 1998b. «Las transformaciones de lo público. Imágenes de protesta en la Ciudad de México», Perfiles Latinoamericanos, vol. VII/12. Pág. 227-256; Cruces, F. i Díaz de Rada, Á. 1995. «Representación simbólica y representación política: el mitin como puesta en escena del vínculo electoral», Revista de Occidente, núm. 170-171 (julio-agosto). Pág. 162-180; Favre, Pierre, 1991. La manifestation,  París, L’Harmattan; Filleule, O. 1993. Sociologie de la protestation. Les formes de l’action collective dans la France contemporaine, París: L’Harmattan ; Kertzer, D.I. 1992. «Rituel et symbolisme politiques des sociétés occidentales», L’Homme, vol. XXXI/1 (enero-marzo). Pàg. 79-90 ; Marin, Louis. 1983. «Une mise en signification de l’espace social. Manifestation, cortège, défilé, procession (notes semiotiques)», Sociologie du Sud-Est, núm. 37-38 (julio-diciembre). Pág. 13-27; Milbrath, L.W. y Goel, M.L. 1977. Political Participation: How and why fo people get involved in politics?. Lanham: University Press of America ; Sansot, Pierre. 1996. Poétique de la ville, París: Armand Colin ; Tilly, Charles. 2007. Violencia colectiva, Madrid : Hacer.




dilluns, 31 de desembre del 2018

Baixar al carrer

La foto és de José María Tejederas
Article publicat al Quaderns de Cultura d'El País el 4/7/2007, dins el número especial dedicat als 25 aniversari del suplement

BAIXAR AL CARRER
Manuel Delgado

Se suposa que els canals que configuren una determinada trama urbana tenen com a funció que les persones i els vehicles es traslladin amb finalitats instrumentals clares, com ara anar i tornar de treballar o sortir a fer les compres. També s'entén que el carrer pugui servir per fer un tomb, sortir a caminar pel simple plaer de caminar. Aquestes activitats rodolaires les protagonitzen individus aïllats o petits grups vinculats entre si per algun tipus d'afinitat: famílies, parelles d'enamorats, colles d'amics, companys de feina, etcètera. Ara bé, els carrers de qualsevol poble o ciutat poden veure's, de tant en tant, alterats per la presència de vianants que no es coneixen i que es coaliguen per generar una mena de coàgul que veiem avançar com una unitat per unes mateixes vies, fent i dient les mateixes coses i proclamant un estat d'ànim compartit.

En plena època de les noves tecnologies de la comunicació veiem fins a quin punt erraven els qui auguraven la fi de les grans protestes al carrer. L'episodi de violència urbana més important dels darrers anys el protagonitzen veïns enfurismats pels plans urbanístics de la Generalitat el 1990. La manifestació contra la guerra d'Iraq va ser la més gran de les caminades multitudinàries que ha conegut la capital catalana. Aquests passeigs corals d'alt contingut expressiu, a càrrec de fusions humanes sobrevingudes i efímeres, constituïdes per estranys entre si, tenen com a marc habitual les festes populars. Cercaviles, processons, desfilades, rues..., impliquen una apropiació peripatètica de l'espai públic per part de coalicions vianants, en el doble sentit que es mouen pel carrer i estan conformades per passavolants. En l'edat contemporània, aquestes ocupacions simbòliques del carrer han pres una forma singular: les manifestacions, pràctiques ambulatòries col·lectives la finalitat de les quals és pronunciar-se sobre afers d'índole civil i que són una de les variants més entusiastes de participació política i la modalitat més taxativa de control social sobre els poders públics.

La ciutadania de Catalunya porta dècades baixant o sortint al carrer per protagonitzar aquesta varietat d'acció col·lectiva. Un clàssic de la història social -el de Telma Kaplan, Ciudad roja, periodo azul (Península)- en parla, i una obra més recent, publicada per l'Ajuntament de Barcelona, Cops de gent, ens ofereix testimoni gràfic de com les manifestacions de carrer han estat un recurs bàsic perquè determinats segments socials, polítics o culturals puguin gaudir d'una publicitat dels seus contenciosos que els circuits mediàtics els hi neguen, però també un mecanisme utilitzat pel propi poder polític en ordre a exhibir-se "legitimat pel carrer".

Aquest darrer quart de segle Catalunya i Barcelona han continuat demostrant com la seva població mai ha estat del tot convençuda que la participació política consisteix en anar a votar cada quatre anys. Des de les encara il·legals en pro de l'amnistia de febrer de 1976 i les ja massives de setembre de 1977, hi ha hagut pocs anys que hagi quallat, al peu de la lletra, alguna gran concentració o marxa, al marge d'una inifinitat d'expressions menors. De fet, bé podríem dir que pocs catalans no han participat alguna vegada en algun tipus d'acte públic d'aquestes característiques, ja sigui de contingut plebiscitari o de protesta: sindicalista, ecologista, antiterrorista, feminista, estudiantil, antiglobalització, veïnal, antirracista, pacifista...

Cada poc, per un motiu o altre, una gran cita de desconeguts que necessiten exterioritzar plegats i amb urgència què opinen, què senten, què volen o qui són... Contra la LOAPA al març de 1982; contra l'OTAN, el maig de 1985 i febrer de l'any següent; contra atemptats d'ETA, el 1987, 1997 i 2000; contra la guerra del Golf Pèrsic, el gener de 1991; a Barcelona, diverses ocasions contra els rebuts de l'aigua, entre 1994 i 1998, o contra el Pla Hidrològic, el 10 de març de 2002; contra la retallada de l'Estatut d'autonomia, el febrer de 2006. Tots aquests casos -i moltíssims d'altres- de banda de les manifestacions que, de manera regular i a data fixa, fan visibles identitats i interessos l'existència dels quals, si no fos per aquestes oportunitats, sols tindria una existència virtual i que aleshores poden literalment "fer-se carn entre nosaltres": la classe obrera, el primer de maig; les dones, el 8 de març: els nacionalistes, l'11 de setembre; cap a finals de juny, els gais i les lesbianes.

En plena època de les noves tecnologies de comunicació i del despotisme dels mass media, no fem més que rebre proves de fins a quin punt erraven els pronòstics que auguraven la fi de les grans mobilitzacions al carrer. Ben al contrari, les masses del planeta semblen negar-se a renunciar al seu antic protagonisme i cada dia, aquí o allà, milions de persones surten de casa seva per dir el que pensen amb la seva pròpia veu, a crits i a la vegada. Els primers anys de la dècada del 2000 es va demostrar, a Barcelona, l'eficàcia d'un activisme de carrer capaç d'entorpir o àdhuc impedir els plans institucionals. Maig de 2000, contra la desfilada militar; juny de 2001, contra la cimera del Banc Mundial; març de 2002, contra la reunió de caps d'Estat i de Govern europeus; febrer i març de 2003, contra la invasió d'Iraq -amb la més gran de les caminades multiduinàries que ha conegut la capital catalana, el dia 15 de febrer; març de 2004, contra la mentida d'Estat ordida com a conseqüència dels atemptats a Madrid.

Algunes d'aquestes expressions implicaren usos insolents de l'espai públic, en ciutats la història de les quals està farcida de barricades. Va ser el cas dels aldarulls provocats per les cimeres de 2001 i 2002 o en contra de la intervenció nord-americana a Iraq. Va ser també el cas de les vagues generals de desembre de 1988 i de juny de 2002, o de les mobilitzacions estudiantils del curs 86-87 contra la LODE, o al 2000 contra l'Informe Bricall. O de les protestes antifeixistes dels octubres de 1999 i 2000. Moltes d'aquestes explosions de ràbia col·lectiva s'han produït en contextos festius, com a l'edició de 1991, de la Festa de Teatre al Carrer de Tàrrega. Després del desallotjament del Cinema Princesa, a Barcelona, l'octubre de 1996, ha estat constant -arreu del país i bé podríem dir que a nivell planetari- la repressió contra les accions públiques de moviments contraris a la globalització capitalista, allò que s'ha acabat agrupant sota l'epígraf estigmatitzador de grups antisistema. Tot i que l'episodi de violència urbana més important dels darrers anys no el protagonitzaren ni okupes ferotges ni independentistes emuladors de la kale borroka basca, sinó veïns enfurismats per plans urbanístics de la Generalitat: l'anomenada intifada de Sant Adrià del Besòs, l'hivern de 1990.

De banda, del seu contingut i de la seva intensitat, totes aquestes deambulacions col·lectives mai triaven de manera arbitrària els punts d'on sortien, pels quals passaven, que evitaven o ignoraven i en els que acabaven desembocant. Aquesta era la conclusió de l'estudi sobre les rutes rituals que segueixen els conglomerats humans en moviment que, amb el títol Carrer, festa i revolta, va publicar fa poc el grup Etnografia dels Espais Públics de l'Institut Català d'Antropologia, per encàrrec de l'Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya. Allà es posava de relleu fins a quin punt una ciutat no és altra cosa que una societat de llocs i que aquests llocs ens utilitzen a nosaltres, els vianants, per dialogar entre ells. Que ho facin a través del més banal passeig quotidià o d'itineràncies multitudinàries històriques és irrellevant. En tots els casos, anar a peu d'un punt a l'altre, sense pressa, sol o amb milers d'altres al teu costat, és parlar a través de la forma d'una ciutat i la forma com una ciutat té de parlar a través nostre.


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