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miércoles, 18 de noviembre de 2009

La Casada Infiel

Del Romancero Gitano-

Un retazo que dormía en mi mente y que ayer despertó en forma de Email.
Volví a mis clases de literatura con Teresa, mi profesora.
Escuché de nuevo sus consejos de no intentar ver en la poesía lo que otros ven, convenciéndonos de que nuestra interpretación es tan válida como cualquier otra: “la poesía es íntima tanto para el que la escribe como para el que la lee”- Nos decía.
Recordé su forma de leer desgranando cada palabra, cada verso , cada estrofa. Vi de nuevo a Miguel, el poeta de la clase, que siempre ponía la guinda en el pastel que, en forma de versos ella repartía … Y, me pregunté qué habría dicho él de este poema.
Seguro que nos habría hecho comprender el erotismo que se esconde entre sus versos, y como el poeta emplea toda una serie de elementos líricos, claramente vinculados a la cultura del pueblo gitano que habitaba en la región de Andalucía en donde tienen lugar los hechos...

Os la dejo aquí por si alguien no la conocía:


LA CASADA INFIEL

Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido,
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo, el cinturón con revolver.
Ella, sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo
la luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.

jueves, 30 de abril de 2009

Dibujos Eróticos

Os aseguro que lo vi dos veces.
Reconozco que me gusta esta clase de erotismo...

Lo conocía y guardo seguramente por algún rinconcillo del PC, pero hoy volví a recibirlo y, al abrirlo, me volví a maravillar de cómo la mente tiende a "trotar" por el camino más "oscuro", y sobre todo de la habilidad que tiene este hombre para imaginar y dibujar.

Espero que a los que no lo conocíais os guste, y los que ya lo habíais visto como yo, volvais a disfrutarlo...

jeje


jueves, 6 de marzo de 2008

Erotismo en Pompeia


Retorno a Pompeya 2.

Os voy a pedir que releáis la entrada anterior sobre Pompeya, que paseéis de nuevo por sus calles y establecimientos, dejando a vuestras mentes imaginar la ciudad antes de la erupción del volcán, y …


23 de Agosto del año 79 d.c.


Modesto era comerciante. Estaba de visita en la ciudad de Pompeya, una de las más prosperas en esa época. Había venido de lejos cargado con sus telas para hacer negocios allí.

Después de un largo y caluroso día de charlas y tratos decidió visitar algún restaurantes de comida rápida de los que había en el pueblo, eligió su menú de uno de los múltiples huecos de obra de la barra, en donde se guardaba la comida, y salió con su paquete de comida envuelta en hojas de higuera, camino de un bar cercano de los muchos de los que gozaba la ciudad; allí satisfizo su hambre y su sed, pero no su aburrimiento y su calor, por lo que decidió dar un paseo hasta las termas para descansar, refrescarse, y pasar algo más de tiempo antes de ir a dormir…




La tarde iba cayendo con la retirada del fuerte sol y, lentamente también aflojaba el calor.
La gente entonces abandonaba sus casas para pasear por las calles, sobre todo los niños y las mujeres que habían pasado todo el día en las casas huyendo del calor… “mujeres”, “mujeres”… esa palabra se repetía una y otra vez en su mente. Entonces, sus pensamientos cambiaron de rumbo, al igual que sus pasos...


Había oído que en Pompeya había 25 burdeles; en cada barrio había un prostíbulo o incluso dos, y como un autómata siguió caminando por los empedrados de la ciudad, esta vez con otro fin, encontrar uno de estos lugares y pasar allí un poco del tiempo de lo mucho que le sobraba hasta que llegara el mañana…

Le habían contado que los caminos hacia estos centros estaban señalizados. Un dibujo de un pene, tallado en las piedras del camino, indicaban la dirección por donde tenía que ir el romano si quería disfrutar de estos servicios, para evitarle tener que preguntar directamente a los demás habitantes en caso de no conocer el camino… Su paso ahora se convirtió en un andar sin levantar la vista del suelo, en busca de las señales que le evitaran la vergüenza de tener que indagar de otro modo.


En su camino, comprobó que estas indicaciones eran reales y sin darse apenas cuenta llegó a una calle estrecha y corta, en la que se encontró de golpe con el burdel “El Lupanare” en un angosto cruce de tres callejas, sitio perfecto para evitar el ser visto entrando y saliendo. Sin dudarlo … pasó al interior


Dentro encontró un salón principal bastante pequeño de donde partían las habitaciones. En la parte superior de cada puerta de acceso a las distintas estancias, había un fresco en el que estaba dibujada la posición sexual practicada en esa habitación, alguien se lo había comentado: en Pompeia las habitaciones y las mismas prostitutas en los prostíbulos, estaban divididas por “posiciones” ; es decir, que según la postura en la que quisieran recibir placer, serían dirigidos a una u otra habitación.

Había otro piso en la parte superior, pero también oyó que esta planta con habitaciones más amplias y de mayor intimidad era para los clientes ilustres, por lo que Modesto no hizo ni siquiera ademán de subir.





Contratado ya el servicio que supuestamente iban a darle, fue introducido en una de estas pequeñas celdas con unos catres formados por un colchón, no muy higiénico, de pajas, y una dura base de obra y allí, tranquilamente, pues la noche aún tardaría en llegar y él no tenía prisa, esperó a su chica…


Pero entonces un ruido que provenía de las mismas entrañas de la tierra le hirió los tímpanos, la gente gritaba en el exterior, asomó la cabeza a la calle y vio una gran llamarada de luz y humo saliendo con furia por la cima de la montaña., “El Vesubio”, quería recordar que la llamaban y, entonces empezó a toser, los ojos le ardían, la garganta le quemaba, vio gente desplomándose a su alrededor , él mismo notó como el sueño le invadía, apoyándose en las paredes, y cegado por las lágrimas que manaban de sus ardientes ojos, volvió a la celda, se recostó sobre el catre y se durmió para siempre…

Esto es un relato ficticio de lo que pudieron ser los últimos momentos de un ciudadano de paso en Pompeya. Todos los datos y nombres son reales, así como las descripciones de los distintos escenarios en los que tiene lugar la historia.