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martes, 21 de marzo de 2017

Kong: la Isla Calavera


Un equipo de científicos y militares viaja hasta Isla Calavera con el objetivo de explorar la zona, que hasta ese momento ha permanecido oculta a los ojos del hombre.
Una vez allí, descubren que alguien gobierna el lugar y no desea visitas. Se trata de Kong, un gigantesco gorila que ejerce de guardián y absoluto rey de la isla.

Después de la espectacular pero imperfecta Godzilla (Gareth Edwards, 2014), y tras ver Kong: la Isla Calavera, uno puede pensar que Warner Bros se ha puesto las pilas y tomado nota de todo aquello que no convenció en la película del lagarto atómico. Vamos, que Godzilla salía poco y, para colmo, de noche. El público en general lanzó piedras contra la película (y en parte lo entiendo, aunque la película me gustó), por eso Kong toma un rumbo muy distinto. ¿Hacia dónde? Hacia el pulp y el entretenimiento sin complejos, alejándose así del ineficaz drama que Godzilla intentaba poner sobre la mesa. En una película de monstruos, los personajes humanos me suelen dar igual. Si están bien desarrollados lo agradezco, pero si no tampoco voy a perder el sueño. Lo que sí quiero que haya, y eso no lo perdono, es monstruos…, y en Godzilla no se lucían. El drama no funcionaba porque los personajes humanos importaban un pimiento, pero es que, para colmo, el bicho que da nombre a la película sale diez minutos en las dos horas de metraje… y casi siempre de noche. Godzilla me gusta porque es una película arriesgada y valiente, y también porque cuando acierta lo hace a lo grande y te deja con la boca abierta, pero eso no quita que esté salpicada de malas decisiones.

Y tres años después llega Kong: la Isla Calavera, una película que suple los defectos de Godzilla porque hace lo que aquella no hacía: si tus personajes humanos importan poco (y los de Kong no importan nada), céntrate en los monstruos y dales todo tu maldito cariño… y el protagonismo.
Kong es una película que, a diferencia de Godzilla (luego os explicó por qué no dejo de comparar ambos títulos), se regodea en su aspecto lúdico y nos da monstruos antes de que hayan pasado ni cinco minutos. La película no busca complicarse ni ser trascendente ni seria, y eso es justo lo que necesita este tipo de productos. Quizá se eche en falta un guión más sorprendente y menos plano, pero no se puede tener todo. La película da lo que promete, y yo sabía bien lo que iba a ver, así que salí encantado.

Sin embargo, pese a que Kong es una película destinada al público masivo, gris y estándar, se vislumbra en sus imágenes, sus efectos especiales, en el diseño de los monstruos y en la forma en que está rodada, que han puesto cariño y ganas en esta demencial aventura. Hay planos bellísimos, la selección musical es brutal (es una de las ventajas de ambientar la película en los 70), la fotografía es puntualmente impresionante (la del prólogo me recordó a Fury Road… y eso son palabras mayores) y las escenas de acción están rodadas a plena luz del día y de forma clara y limpia, para que podamos ver con todo lujo de detalles cada puñetazo, cada hueso roto y cada burrada.

El reparto es muy poderoso (Samuel L. Jackson, Brie Larson, John Goodman, Tom Hiddelston, John C. Reilly), aunque todos o casi todos acaban eclipsados por el catálogo de alimañas que habita en la isla. El director, Jordan Vogt-Roberts, sabe que los verdaderos protagonistas son los monstruos, y en ellos se centra. Así debería haber sido en Godzilla, porque aunque el tono de aquella cinta no se amolde al cachondeo generalizado que hay en Kong, nada justifica la continua sensación de coitus interruptus.

¿Y mis continuas comparaciones entre Kong y Godzilla? Quedaos hasta el final de los créditos y os llevaréis una sorpresa, aunque imagino que ya sabéis que ambas películas transcurren en el mismo universo, y eso sólo puede significar una cosa: Godzilla vs Kong próximamente. 


Si buscáis una buena película que entretenga desde el primer minuto hasta el último, y si os gustan los monstruos, dejad de leer esto y corred a ver Kong: la Isla Calavera.  

jueves, 13 de febrero de 2014

Q, la serpiente voladora


¿Es posible que una película de estas características tenga un guión tan elaborado y unas interpretaciones tan decentes? Sí, es posible, y prueba de ello es Q, la serpiente voladora (la Q, hace referencia al dios Quetzalcoatl, que en cierta forma está metido en el ajo).

La película no deja de ser una clásica y fuera de su época monster movie protagonizada por un bicharraco enorme que aterroriza Nueva York. Hasta aquí tenemos un argumento típico y tópico, pero a esto hay que sumarle un par de subtramas protagonizadas por un mafioso de medio pelo y un asesino en serie que es buscado por la policía. Vamos, que en los 90 minutos que dura la película nos meten cine de monstruos, mafia y thriller.
Precisamente la subtrama del asesino es la que hace que, a mi modo de ver, la película sea tan interesante. Se trata de un asesino que comente asesinatos rituales en nombre del dios Quetzalcoatl, y casualmente es a raíz de estos crímenes cuando un misterioso ser alado irrumpe en la ciudad comiéndose a todo aquel que se le pone por delante. La cuestión es, ¿se trata del verdadero Quetzalcoatl o es un simple monstruo que ha aparecido de vete tú a saber donde? 
Todo este asunto queda en el aire, ya que en ningún momento se nos explica la procedencia del monstruo. Este tipo de cabos sueltos me encantan, además de darle a la película cierto grado de originalidad, ya que en este subgénero parece que existe una necesidad apremiante por explicarlo todo. 
Según he leído, varias escenas se improvisaron, otras se rodaron al estilo guerrilla en plena calle, sin escenarios ni platós, lo cual hace que la película tenga un tono bastante particular, incluso realista. 

Cabe destacar también el ritmo que posee todo el filme, haciendo casi imposible que alguien se aburra con él, y unos efectos especiales que, vale, son malos hasta para la época, pero el stop motion, por muy cutre que sea, siempre tiene encanto. 
Básicamente es una película entretenida, loca y protagonizada por un personajes carismáticos y estupendamente interpretados. 
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