“Al acercarse los días de Pascua, una inquietud extraña es perceptible en las gentes de Andorra. En cada hogar, se vive con impaciencia toda la preparación ritual: flores, túnicas, hábitos de cofrades, capirotes, estandartes, cascos y lanzas, tambores, timbales y bombos adquieren vida propia y despiertan de su letargo. Todo está preparado; hasta el campo, participa en ésta ceremonia ofreciéndonos sus esencias primaverales desprendidas del romero, del espliego, del tomillo, de las pinceladas blancas de las almendreras, de los verdes destellos de los milenarios olivos”.
Estas palabras de José Ángel Aznar Galve, amigo y paisano, expresan el sentimiento que nos embarga a muchos turolenses “bajoaragoneses” cuando se aproximan estas fechas de Semana Santa. Andorra (Teruel), mi pueblo natal, forma parte de la “Ruta del Tambor y del Bombo”, que comprende doce localidades. En la “rompida” de la hora, a las doce de la noche del Jueves Santo, hasta 3000 personas vestidas con túnicas negras, fajín rojo y tercerol echado al hombro izquierdo que cuelga por la espalda y se sujeta en el fajín, se reúnen en la plaza del Regallo y al unísono, a una señal desde el balcón de la plaza rompen a tocar en un estruendo atronador.
“Bombos y tambores, tambores y bombos, en su diálogo impertérrito contra el eco de los días, atronan una vez más la rompida de la noche. Desde el Cristo de los Tambores, desde el alto de San Macario, se escucha al unísono un lamento sonoro. Memoria de generaciones que supieron trasmitirnos la solemnidad de un mágico e inimitable rito”
“No hay distinción de edades, ni de creencias, ni de status social: todos caben en ésta tradición donde lo esencial permanece inalterable de generación en generación. Precisamente, la tradición simboliza la identidad de un pueblo que conmemora sin reservas el pasado, confirma con convicción el presente y afirma esperanzadamente el futuro”.
El ruido acompasado semeja un gran trueno sin final que retumba en todo el pueblo con una fuerza aplastante, llegando a conmover los propios cimientos. Uno se siente sobrecogido porque el momento no es sólo una prueba de resistencia de tímpanos, sino que se llega a sentir una conmoción especial, cuando el ruido acompasado y envolvente se expande en el ambiente, incluido el pavimento, penetrándote sus vibraciones a través de la planta de los pies hasta llegar al estómago. Una emoción indefinible, que pronto se convierte en una especie de embriaguez, se apodera de todos los participantes. La intensidad es de tal calibre que se han llegado a medir más de 100 decibelios, casi al límite de resistencia del oído humano. La única emoción parecida a la que se siente en este entorno de agitación masiva de tambores y bombos la he sentido en la mascletá valenciana. Desde fuera, ajeno al protagonismo, puede causar sensaciones muy diferentes a las que se sienten dentro, siendo partícipe del evento acústico. Luego, tras más de una hora, las cuadrillas de amigos y familiares recorren las calles ejecutando los ocho o diez redobles del repertorio de toques local. Cuando dos grupos que interpretan toques distintos se encuentran al doblar una esquina, se paran frente a frente, y entonces se produce un auténtico duelo que puede durar una hora o más. El grupo más débil acaba asumiendo el ritmo del más fuerte. El enfrentamiento ha terminado con el “sometimiento” de una de las dos cuadrillas. Hasta que a las dos de la madrugada se inicie la subida al monte de San Macario. En esta procesión, tambores, bombos y gente con antorchas encendidas suben a la ermita en busca del Cristo de los Tambores que preside las procesiones del viernes por la tarde, El Pregón y El Santo Entierro. La tradición del tambor fue introducida en los años 40 por un párroco natural de Híjar, que sustituyó así el tradicional sonido de las matracas.
“La Semana Santa andorrana esconde en su interior una metáfora muy cercana al diario avatar humano: la injusticia, la pérdida de lo que amamos, la muerte, el odio, el dolor y ante todo eso pregona, la irrenunciable esperanza en la renovación total y en el futuro”
“La Semana Santa andorrana esconde en su interior una metáfora muy cercana al diario avatar humano: la injusticia, la pérdida de lo que amamos, la muerte, el odio, el dolor y ante todo eso pregona, la irrenunciable esperanza en la renovación total y en el futuro”
Titulo a esta entrada, “Nostalgia de bombos y tambores”, porque desde hace casi dos años apenas he tocado el tambor y sólo testimonialmente he asistido a algunas de las clases que durante todos los lunes del curso se imparten en el Centro Aragonés de Barcelona. Una molestia en el hombro izquierdo, consecuencia de una ligera tendinitis casi crónica, me impide participar de esta actividad lúdica y solidaria que la mayoría de los bajoaragoneses de Teruel llevamos en las entrañas. Suplo esta carencia tocando con las manos en el salpicadero del coche aprovechando el parón de los semáforos; con los cubiertos en la mesa; con los dedos en un libro, en el colchón de la cama... La cuestión es tocar, rememorar, vibrar, participar... aunque sea con sucedáneos. Sin embargo, tengo la grata sensación de que este dichoso hombro ha mejorado bastante y no descarto reiniciar las clases de tambor el próximo curso. El cuerpo y el alma me lo reclaman al unísono y a grito pelado.
Los textos entrecomillados en cursiva son de mi ilustre paisano: José Ángel Aznar Galve
TE OFREZCO ALGUNOS TOQUES SUAVES PARA QUE TE ACERQUES A LOS UMBRALES DE ESTE MÁGICO RITUAL ACÚSTICO:
TE OFREZCO ALGUNOS TOQUES SUAVES PARA QUE TE ACERQUES A LOS UMBRALES DE ESTE MÁGICO RITUAL ACÚSTICO:
Estos "toques" de tambor de la Semana Santa de Andorra están interpretados por un grupito de la Cofradía del Cristo de los Tambores.
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