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miércoles, 18 de junio de 2008

Pedro Zuloaga

Recuerdo con frecuencia una idea que expone Peter Brook en Más allá del espacio vacío: “El actor no debe sólo revelar lo que comprende: debe llevar el misterio de su papel a su propio nivel personal. Y allí debe dejar que su papel resuene en él, que vibre en todo aquello a lo cual él jamás podría acceder por cuenta propia”. Es interesante y útil trasladar el ejemplo de Brook al intérprete de música. Resulta, por otra parte, sencillo.
Pedro Zuloaga acaba de obtener el Premio a la Trayectoria Artística de la Diputación de Valladolid. Ya admiraba mucho a Pedro cuando me lo presentó Miguel Frechilla. Entablamos una amistad que fue creciendo rápida y firmemente, atravesando esas dos características que destaca de él Ángeles Porres: sensibilidad y delicadeza. También, añado ahora, el discreto silencio, la inteligencia que las nutre. Su forma de transitar por los caminos de la belleza. No sé si somos conscientes de la fortuna que han gozado varias generaciones al tener como profesor a Pedro Zuloaga. Podría habernos dicho, como hacía Alfred Cortot, que su interés no era sólo el de explicarnos Historia y Estética, sino darnos “lecciones de amor por el arte”. Dentro del aula me sentía protegido por las, paradójicamente, frágiles armas de Pedro que menciona Angelines.
En una mañana cualquiera, lejos del ruido y la inquietud de la ciudad, un grupo de adolescentes y jóvenes están reunidos en un aula del conservatorio. “Escucharemos una obra de Adam de la Halle”. Suena Le jeu de Robin et Marion.
Gracias por todo, maestro.
Enhorabuena, querido amigo Pedro.

sábado, 7 de julio de 2007

Teatro


En Ricardo III, de William Shakespeare, se produce una relación entre la crueldad del propio Ricardo y las confesiones dramáticas sobre sí mismo, que consigue una sorprendente verosimilitud en lo impuesto al personaje hasta encajarlo con su destino sanguinario. No hay perdón posible para Ricardo, pero sí hay coherencia para el lector del texto o el espectador de la obra teatral. Una búsqueda puesta de manifiesto en Looking for Richard, la película protagonizada por Al Pacino, que indaga en esta obra de Shakespeare desde diversos puntos de vista. Frederic Kimball hace en ella un apasionado alegato sobre la tradición, como herencia de los actores, con la que estoy plenamente de acuerdo. Aludo a esa idea en mis clases, porque estoy convencido de la importancia del trabajo del intérprete dentro de su lenguaje, ya sea músico o actor. Me interesa mucho la teoría del teatro porque encuentro en ella cuestiones esenciales que son válidas para la interpretación de la música. Libros como El teatro y su doble, de Antonin Artaud; Más allá del espacio vacío y La puerta abierta, de Peter Brook; El cuerpo poético, de Jacques Lecoq o El trabajo del actor sobre sí mismo, de Konstantin Stanislavski, entre muchos otros, me han resultados tan útiles como los específicos en materia musical.