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sábado, 23 de julio de 2022

domingo, 29 de octubre de 2017

Medina de Rioseco


El viernes toqué en la presentación de Unos ojos en la travesía, de Luis Ángel Lobato, y Brevísima historia de un asesino pluscuamperfecto, de Gonzalo Franco Blanco. 


Obras de Leonard BERNSTEIN, Carlos CRUZ DE CASTRO, Philip GLASS, Jóhann JÓHANNSSON y György KURTÁG.


sábado, 28 de mayo de 2016

Medina de Rioseco

Ayer toqué en la presentación de Brillante, el nuevo libro de Luis Ángel Lobato.


Obras de György KURTÁG, Wolfgang RIHM, Albert SARDÀ...

lunes, 2 de junio de 2014

Medina de Rioseco


El viernes di un concierto dentro de la presentación del último libro de mi querido amigo Luis Ángel Lobato. Un programa elegido con Luis Ángel, ya que era un homenaje a él por tantos años de amistad, literatura y música.


domingo, 26 de mayo de 2013

Sentados o de pie

La emoción de recibir un nuevo libro, una partitura que aparece de pronto, una grabación o una película deseadas largo tiempo, se renueva cada día: no se deja rozar por el hábito de lo cotidiano que apaga los sucesos repetidos, incluso aquellos más excepcionales. Veinte años hace ya que llegaron a mí los cinco primeros volúmenes de colección Cortalaire, editada por la Fundación Jorge Guillén bajo la dirección de Antonio Piedra, y aún puedo evocar nítidamente esa hermosa sensación de los libros en las manos y el impaciente deseo de su lectura.  
Tantas devastaciones, el primero de ellos, era también el poemario inaugural de José Jiménez Lozano; Habitación en Berkeley, de Luis Díaz Viana, de quien leía artículos –sigo haciéndolo con muchísimo interés- a los que desde ese momento se incorporó su obra poética; después Luis Alonso, LuisÁngel Lobato y Eduardo Fraile, autores respectivos de La música del tiempo, Galería de la fiebre y Cálculo infinitesimal, que sumaban a la admiración sentida por Jiménez Lozano y Díaz Viana, el don maravilloso de la amistad.
Cortalaire alcanza su número setenta y cuatro –cuánto camino- con una antología titulada Sentados o de pie, que presenta en grupo a nueve poetas. Luis Santana, Carlos Medrano (versos de ambos me llegaron a través de Luis Ángel Lobato en Galería de la fiebre), Luis del Álamo, Javier Dámaso, Mario Pérez Antolín y los que iniciaron la serie, con la lógica excepción de Jiménez Lozano por motivos generacionales.

Aunque provengan sus autores de un tiempo y un espacio similares, se refleja una variedad muy rica y atractiva: esa diferencia que la voz de la poesía tiene al manifestarse y crecer entre los versos que nos la entregan. 

(Artículo publicado en El Mundo, edición de Castilla y León, el 26 de mayo de 2013)

domingo, 23 de enero de 2011

Lámparas


El viernes se presentó Lámparas, el nuevo poemario de Luis-Ángel Lobato, en Medina de Rioseco. (Las fotografías son de Fernando Fradejas)



Oscar Wilde señalaba con mucho acierto que “sólo podemos ser objetivos con lo que nos resulta indiferente”. Por eso, porque Luis-Ángel Lobato es un gran amigo desde hace tanto tiempo, me resulta difícil ese tono de objetividad que requiere la presentación de un texto, el enfoque exacto y riguroso para que, según la idea de Carlos Edmundo de Ory, no se me suba la sangre a la palabra. Aunque quizá de eso se trate, ya que la lectura de un libro como Lámparas es tan sobrecogedora e intensa que lo principal y urgente es dejar constancia de haber vivido una iluminación poética de altísimo nivel, de haber cerrado un libro que, como todos los suyos, volverá a abrirse a lo largo de los años.
"Deambulad entre la niebla y observad los mensajes de la escarcha, día tras día”. Como en este poema de Pabellones de invierno, así nosotros deambularemos por estas páginas y observaremos estos versos una y otra vez: todo aquello que se nos escapó en las anteriores lecturas, esa belleza que fue esquiva entonces y que tomará, poco a poco, la forma de nuestro deseo, de ese deseo que transforma cuanto toca y nos permite desvelar lo inadvertido en otro contexto, pero mostrado desde el primer instante por el poeta.
He paseado muchísimas veces con Luis-Ángel y siempre me deslumbró la infinita lucidez de su mirada. Nos deteníamos en medio del campo y decía: “Mira, Diego, un paisaje lunar”. Y, desde luego, lo era. O en un pequeño rincón de Rioseco: “Mira: Irlanda”. Ese poder evocador, esa capacidad para ver con nitidez lo que la costumbre oculta, es llevado al extremo en sus poemas, en una superposición y riqueza de imágenes extraordinaria e infrecuente, creadoras de un mundo poético singular, irrepetible.
En una entrevista con Miguel Casado, recopilada en su libro De los ojos ajenos, Luis-Ángel Lobato explica que “la ficción es lo supremo para quien escribe. La madurez de una escritura pasa por ir profundizando en esa ficción, que es distancia con el personaje del poema”. Señala que, antes de Galería de la fiebre, su lenguaje “tenía un barroquismo bastante influido por algunos surrealistas, como Aleixandre o Paul Eluard”. A partir de su primer libro publicado hay una búsqueda constante de un lenguaje más sintético que va evolucionando y desgranándose en las obras posteriores, hasta llegar a Lámparas, que se presenta en la hermosa edición de Tansonville, que el editor, también poeta y amigo Eduardo Fraile dirige con un cuidado y delicadeza que únicamente puede dar frutos bellísimos.
Luis-Ángel ha manifestado que Lámparas es la historia de amor de un hombre en un solo día, de ahí su división en “Mañana”, “Tarde” y “Noche”. Pero en un día caben todos los días y en un amor concreto, todo el amor del mundo. “Lámparas” es una palabra que aparece en cada uno de los libros de Luis-Ángel. En Galería de la fiebre, leemos: “Dentro de esta noche / el temblor de las lámparas, el invierno / encendido / al final de las horas, la locura / de mis ojos verdes, / de pronto”. En el primer poema de Pabellones de invierno: “Aquel invierno usurpado, el enfermizo panorama del / humo, algo / como la alergia de un arañazo en el yeso / o un mapa de humedad al sur de las grietas. Las lámparas”. Después: “Aparecía como un rasgo en la ventana, apenas un cambio / de color. Sin embargo, / iba desvaneciendo el significado de los objetos, el tono / espeso / y curvo de las lámparas, entonces ya, encendidas en la / tarde”. En Regreso al tiempo, vuelven a aparecer: “Una visión ondulada: el borde al despertar. Aquel tiempo decaía como un portal sin retorno: visillos de lámparas encolados por el crepúsculo”. También: “Desde las lámparas visibles, una berlina cruzando el aire, lentamente como la edad, como las amapolas negras”.
Ahora las lámparas iluminan el título de este último libro de Luis-Ángel Lobato, que se abre sin excusas, con la exposición directa del yo poético que va a acompañarnos en la obra: “Nada más. // Pero no sé por qué pronuncio / tu nombre. // Suturo sus grafías / en un papel cobalto / y las transformo / en sonidos / al llegar tóxica / la ensamblada luz / del amanecer. // La nieve es inconstante / pero resiste. // Los tejados ayer fueron / escarlatas. // Ahora fluyen luminosos. // Me siguen hablando de ti”.
La nieve, siempre. Esa nieve real y metafórica a partes iguales que cruza cada poema y ese color que Luis-Ángel nos describe: “Atardecía / entre las congeladas cúpulas / de cinco millones / de azules rascacielos”. “Recibo informaciones, / parpadeos / títulos tachados / con carmín sobre la nieve”.
Hay un momento decisivo, que ha ido aumentando en cada lectura del libro. No solamente por el valor que como tal poseen: también por su efecto de desembocadura de cuanto les precede. Los dos últimos versos de uno de los poemas de “Noche”: “Te llevaría a poblar / un nuevo mundo”. Creo que no hay síntesis más pura del amor, del deseo del enamorado, de ese tesoro inabarcable que lleva con él –en sí mismo, inundándolo por entero- y no sabe dónde colocar cuando se rechaza. “Te llevaría a poblar / un nuevo mundo”. Esa visión más allá del anhelo por compartir la vida en un espacio conocido y habitado, sino de inaugurarlo todo, de que ese amor desborde tiempo y geografía.
Sólo un poeta como Luis-Ángel Lobato puede llevarnos a esa desolación y a esa esperanza.

jueves, 8 de julio de 2010

El nudo de la pérdida

La revista Cuadernos del matemático publica una preciosa reseña de Luis-Ángel Lobato a mi segundo libro de diarios:

En abril de 2005, el músico y escritor nacido en Medina de Rioseco (Valladolid) Diego Fernández Magdaleno nos sobresaltó con la publicación de su diario, corres­pondiente al año 2004, El tiempo incinerado. Ahora, de la mano de la misma editorial, que con tanto acierto y delicadeza dirige el querido poeta y editor Luis Felipe Comendador, aparece Razón y desencanto, nuevo diario que abarca los años 2005 y 2006.
La raíz última de este diario —del que comentaré tres o cuatro ideas que me obsesionan, dejando para los lectores la trama— es la necesidad de ser escrito. En esa urgencia está su finalidad. Se trata de un libro obligato­rio, ya que supone un ajuste de cuentas del autor con el entorno, el suyo propio y el de los seres queridos con los que convive. Más aún; con el mundo en el que habita, que adquiere trascendencia porque subsiste algo que llamamos música, pintura o literatura; también hospi­tales, dolor y enfermedad; incluso los rescoldos de una pasada placidez.
En marzo de 2005 muere Diego Fernández Piera, su padre, uno de los hombres más dignos que yo he cono­cido, quien sabiendo de su propia enfermedad, nunca le faltó un gesto de ánimo hacia mí, hacia mis futuros ver­sos. Esa misma dignidad es la que recorre todo el libro de su hijo Diego; también el apremio imposible de recupe­rarlo: "Renunciaría a tener hijos si con ello lograra que él estuviera aquí. Sin duda. No hay compensaciones entre seres humanos". Es entonces cuando la misma realidad se desvanece y se afinca el nudo silencioso de la pérdida, que deambula entre habitaciones y corrales, a través del reflejo de las calles y ensombreciendo rostros asustados. Yo, como lector -y mi amistad con Diego se cuenta por decenios—, quedo atrapado y admirado por el her­videro de lecturas, citas y nombres que convergen, sin piedad para la ignorancia, en las páginas de su libro. Y se lo agradezco: no lo hace para recrearse en su cultura enciclopédica, sino que esos autores, poemas y partituras remarcan la desolación de su circunstancia y él los con­vierte en supervivencia, en esa entereza que luego, con generosidad, comparte con los amigos.
Después de dos intensas lecturas, diría que estarnos ante un libro sobre interrogantes, sobre ciertas incógni­tas de la vida y de un hábitat que late, al fondo de los días, como una locomotora incansable: el porqué de la muerte y del vacío que nos penetra tras su retirada, del inhumano orden de la Historia, de la oligarquía de dos partidos políticos —esto es cosecha mía, pero imagino que Diego me lo aceptará- o de un sistema educativo que ningunea a genios como T. S. Eliot, Richard Estes o Arnold Schönberg.
Transcurren los meses y las aguas negras del tiempo no sepultan —nunca lo harán- las ruinas del dolor y hacen absurdos e insoportables los acontecimientos que otros se toman —con alegría— a vida o muerte: demostrar ser más de izquierdas que los demás, creerse en posesión de las claves de la economía de occidente o aparecer orgulloso con un horrendo relato en una recopilación sin ni siquiera haber participado en el certamen. Pero no siempre esto sucede; a veces se congela el desconsuelo, durante un par de horas, en momentos íntimos y senci­llos: el café con unos compañeros, las charlas informales sobre cine o literatura, los encuentros imprevistos en una librería, los viajes familiares, los conciertos...
El sábado, 2 de septiembre de 2006, nace Pablo, el hijo de Diego, el nieto de su padre Diego. Ante el ama­necer de otra vida, quizás con una nueva música en los ojos, nuestro autor, artífice también de un brutal y pre­monitorio poemario que le persigue por la sangre, titula­do Libro del miedo, escribe el 31 de diciembre de 2006: "Mi padre. Esta imagen que sueña con dejar el invierno suspendido en la luz". Y así, sin concesiones, concluye, como una losa en el cerebro, este duro y milagroso diario.

sábado, 24 de abril de 2010

Homenaje a José-Antonio Pizarro de Hoyos

Hace una semana tuvo lugar en Medina de Rioseco un acto-homenaje a José-Antonio Pizarro de Hoyos. Artemio Domínguez, Luis-Ángel Lobato yo, recordamos el cariño y la generosidad que tuvo siempre con nosotros. Después di un breve recital de piano, sus nietos recitaron algunos textos suyos y, para concluir, se proyectó un emocionante recorrido por su vida, realizado por Miguel García Marbán y Fernando Fradejas.

(Fotos de Fernando Fradejas)