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domingo, 27 de septiembre de 2015

Decir adiós a María Luisa

Hace unos meses murió Isabel Guerras y ahora, con la llegada del otoño, el fallecimiento de María Luisa Velasco crea un nuevo vacío que la memoria insiste en rellenar: la memoria busca palabras para sostener un silencio que lo invade todo; palabras, en definitiva, que no dicen nunca adiós, sino que desean mantener la vida en el propio nombrar. Por eso, cuando intentamos decir adiós a María Luisa, esa lluvia de palabras nos trae colores, rostros y lugares unidos a ella y de los que siempre formará parte. Me resulta imposible imaginar el conservatorio de aquellos años sin el inconfundible timbre de su voz resonando en el aula con una vitalidad extraordinaria y ese espíritu pleno de amor por la música, reconocible en sus constantes recomendaciones de libros, grabaciones y, por encima de todo, de la insustituible experiencia del concierto. Varios amigos se han referido a la constante presencia de María Luisa en recitales y representaciones operísticas, que la llevaban a multitud de viajes, desde los principales teatros europeos hasta la más escondida ermita en la que fuese a sonar un instrumento. Sabía que la belleza aparece, convocada por la música, en instantes y espacios siempre imprevisibles. 
En el conservatorio nos transmitía su pasión por el órgano y esas maravillosas músicas compuestas por Aguilera de Heredia, Correa, Bruna y muchos otros que nos acompañan junto a ella, al lado de quienes fuimos amigos, compañeros, alumnos… 
La muerte de María Luisa me ha hecho sentir de nuevo lo perfecto que era el mundo en mis años de estudiante, cuando entraba en su aula con los apuntes, el libro de transporte y una partitura de Schubert, al que adoraba tanto como a Wagner. Todo estaba en su sitio. El presente, hoy, está poblado de ausencias, de manos y de voces que nos faltan. Pero a veces las sentimos en nosotros, como esos años en los que la música de Schubert nos llenaba de una luz que vuelve con la intensidad de lo perdido. 

Artículo publicado hoy en El Norte de Castilla

sábado, 21 de abril de 2007

Mozart-Schubert

Se han destacado ciertos paralelismos entre Wolfgang Amadeus Mozart y Franz Schubert, más vitales que biográficos, en sentido estricto. La vida de ambos fue breve y milagrosamente fecunda, aunque los aspectos cotidianos y la proyección en su tiempo se llenan de diferencias. Lo que resulta indudable es que el recorrido entre la producción de Mozart y la de Schubert configura un arco definido: un modo de comprender la música, de una plenitud estética ligada a una forma que consigue desbordarse por un talento y una frescura excepcionales. Ese singular sentido de equilibrio trascendente característico de un clasicismo que se resiste a la mera circunscripción cronológica, fundamentado en un ámbito lejano al que, en sucesivos errores, se la ha querido limitar.
Josep Soler describe a Mozart, en su libro La Música, de manera sintética: “juventud consciente”, que comparte con Schubert. Dos palabras que mezclan ética y estética, sin contener la menor apariencia de trivialidad, puesto que asoma, con una frecuencia importante, un mundo sobrecogedor que se ensancha en cada elemento compositivo, tensándose hasta zonas que Ludwig van Beethoven exploró con una densidad cada vez más espesa, pero que no está ausente en las páginas de Mozart y Schubert. Un paraíso que va desmoronándose en paralelo al discurrir de la sociedad y el pensamiento de la época. Los dos autores se enlazan, con el nexo común de Beethoven, que inició su carrera cuando Mozart vivía, y falleció sólo un año antes que Schubert.
Las obras que hoy escuchamos pertenecen a dos ciclos esenciales de la música: los conciertos para piano y orquesta de Mozart y las sinfonías de Schubert. Tanto el Concierto KV 595 como la Sinfonía nº 9, conocida como “La Grande” (Robert Schumann decía “divina longitud”) están entre las piezas más características de estas series. No pueden resumir las asombrosas trayectorias de Mozart y Schubert, pero sí darnos la medida de una genialidad auténtica e irrepetible. Las valoramos como obras de madurez, ya que fueron compuestas al final de la vida de sus respectivos autores. No obstante, debemos recordar que actualmente se denomina “jóvenes compositores” a los que tienen esa edad. Pese a que no lleguen a su prodigiosa juventud consciente, optimista y profunda, espontánea y perfecta, dolorosa y ágil.

(Notas al programa para un concierto de Christian Zacharias y la Orquesta Sinfónica de Göteborg)