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viernes, 21 de diciembre de 2018

La armonía y el tiempo. En memoria de Benigno Prego

Benigno Prego tenía una fotografía en blanco y negro que temblaba en sus manos: era la imagen de dos niños músicos, tomada en una aldea de Galicia. Al principio me fijé en los detalles, en los instrumentos, en la ropa, en cierta tristeza que rodeaba la escena. Pero pronto me di cuenta de que lo importante estaba en los ojos de Benigno, en cómo se reconocía junto a su amigo Rogelio Groba y recorría ciudades y nombres a través de la memoria. Dos veces hizo intención de hablar, pero guardó silencio. Mientras tanto imaginé los territorios que cruzaba: la vida en Gulanes, el esfuerzo de sus estudios en Madrid con Francisco Calés y Cristóbal Halffter o el recuerdo de las enseñanzas de Federico Mompou y Jesús Bal y Gay; el paisaje desde el tren, en los innumerables viajes donde anhelaba la presencia de su esposa, nuestra querida Tinuca, y sus hijos. 
Benigno Prego fue exigente con todos y a nadie exigió tanto como a él mismo. Compuso música para voz y piano, cuarteto de cuerda, quinteto de viento…, pero estoy seguro de que su severa autocrítica nos ha privado de una obra mucho más amplia. 
En el Conservatorio de Valladolid y en la Real Academia de Bellas Artes de la Purísima Concepción hemos perdido a un maestro generoso, a un hombre culto y discreto, a un gran amigo que nunca olvidaremos.

Artículo publicado hoy por El Norte de Castilla 

lunes, 13 de agosto de 2007

Matilde Salvador

Le propongo a Matilde Salvador un repaso por su vida. Me habla de una hermana de su madre, Joaquina Segarra, a la que Enrique Granados escuchó mientras subía por una escalera y se esperó hasta la conclusión de la obra que estaba interpretando, para después invitarla a un recital colectivo, frecuentes en la época, y que iba a contar con la intervención del propio Granados. Matilde recuerda su trabajo con Josefina Segarra al mismo tiempo que incide en su prevención sobre lo que se entiende por enseñanza, que ella prefiere definir como “ayudar a aprender”, con los inevitables límites: “cada uno aprende lo que puede, no lo que quiere”.
El padre de Matilde -junto a Vicente Asencio y Abel Mus- fundó el Conservatorio de Castellón y ella fue la primera alumna del centro. Desde pequeña se inclinó por la composición. A su casa llegaba Asencio, amigo de su padre, y le escuchaba "verdaderamente embelesada". Sería su profesor y, finalmente, su marido. Matilde subraya las excepcionales dotes de Asencio para inducir un vívido interés por todo a cuantos se le acercaron. Ella lo resume: “Te despertaba”.
Sobre el piano de Matilde hoy dos fotografías: una de su marido y otra de Mompou, con una dedicatoria. Cuando la vio Carmen Bravo, se echó a llorar: Mompou había sufrido una parálisis que afectó a su mano derecha, y lo primero que hizo al mover la mano fue escribir esas palabras a Matilde.
La memoria está en auténtica ebullición, porque evocar es una especie de explosión dificultosa al inicio, pero que luego es imparable y desordenada al expandirse. Comienzan a surgir nombres: Joaquín Rodrigo, “un hombre de un talento muy especial, mordaz e ingenioso”. Cree que Rodrigo ha tenido cierta influencia sobre ella, pero menos que Mompou. También me describe la emoción que supuso el regreso de Rodolfo Halffter a Valencia, treinta y cinco años después de terminada la Guerra Civil, cuando fue para despedirse de los amigos de entonces. Y, naturalmente, habla con mucho cariño de Ernesto Halffter, que siempre le hizo observaciones muy interesantes y valoraba el singular acierto de Matilde para armonizar.
De Salvador Bacarisse alaba su bondad, su simpatía, aunque “no era tan músico como los Halffter”. Matilde se alojaba, en sus viajes a París, en la casa de Bacarisse, que le organizó un recital en Radio France, compuesto por canciones de Matilde que ella misma interpretó al piano, con Amparo Peris, la cantante que participó en el estreno del Retablo de Falla.
Joaquín Turina no le parece “de primerísima fila”, pero sí con una “personalidad y acento propio” que estima esenciales en el balance de un compositor.
Para terminar, me hace una de sus estupendas preguntas: “Oye, Diego, ¿por qué llaman música ligera a la que es tan pesada?”

jueves, 3 de mayo de 2007

Carmen Bravo

Recuerdo una conversación con Carmen Bravo, la viuda de Mompou. Fue en Barcelona. Carmen asistió a un concierto mío y, antes de que comenzase, estuvimos hablando junto a Josep Soler. Me preguntó si estaba tocando alguna obra de su marido. Efectivamente, estaba trabajando en esos meses la Música callada. Después, se interesó por las obras de Mompou que se encontraban en los programas del Conservatorio de Valladolid. Sentía la necesidad de custodiar y difundir el legado de Mompou.
Carmen ha muerto hace unos días.