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jueves, 8 de octubre de 2015

Burgos


Es muy difícil resumir una experiencia tan profunda como la que viví el viernes pasado en Burgos: cómo sintetizar una emoción que no deja de crecer y, por lo tanto, se resiste a ser delimitada. 
Quiero dar las gracias a Pedro Ojeda y a su Club de Lectura, a la Asociación de Antiguos Alumnos y Amigos de la Universidad de Burgos y a la Fundación Caja Círculo por ese regalo maravilloso de propiciar un encuentro con lectores de El tiempo incinerado, mi diario de 2004. Digo "mi diario" aunque soy ahora una persona muy distinta de la que escribió ese libro. Tanto, que me reconozco sobre todo en los demás, en lo que sentía y siento por ellos. Sé que estoy moldeado por el amor de los otros, por la suma de compañía y ausencia con la que se teje la vida, la caricia y el dolor. Y la pasión por aprender y el placer de dudar: la duda es una rueda que permite al pensamiento poder moverse. 
Pedro, con inteligencia y delicadeza, fue abriendo senderos a través del libro y la memoria, senderos que recorría junto a todas las personas que se sumaron al diálogo. Fue estupendo ver a Amalia Trujillo y a Pilar M. Sancho, porque mi relación con ellas era virtual, a través de las redes sociales, pero mi afecto es tan real como si hubiésemos paseado juntos con la madre de Amalia, y las tres se cogieran las manos delante de mí. 
Fue magnífico compartir todo ello con los asistentes y saludar de nuevo a Óscar Esquivias (La ciudad de plata está en mi mesa de nuevo).
Gracias por la generosidad de leer esas páginas, de hacerlo con tanto rigor y sensibilidad. Y gracias, muchísimas gracias, por hacer que mi padre saliese de las páginas del libro y pudiera estar allí, viviendo en las palabras y la música de vuestro cariño.

Fotografía de Amalia Trujillo

Fotografía de Luis García Vegas

sábado, 25 de agosto de 2007

sábado, 21 de julio de 2007

André Gide

El 3 de enero de 1892, André Gide escribió en su diario unas palabras que necesito decir hoy: “Me preocupa no saber quién seré, ni siquiera sé quién quiero ser; pero bien sé que hay que elegir. Querría andar por caminos seguros, que lleven sólo allí adonde habría decidido ir; pero no sé; no sé lo que debo querer. Siento mil identidades posibles en mí; pero no puedo resignarme a no querer ser más que una. Y me asusto, a cada instante, a cada palabra que escribo, a cada gesto que hago, de pensar que es un rasgo más, imborrable, de mi figura, que se fija; una figura dudosa, impersonal; una figura cobarde, puesto que no he sabido elegir y delimitarla fieramente”.
No creo que este fragmento sea fruto de cierta inconsciencia juvenil –Gide tenía veintidós años cuando lo escribió-, sino de la inquietud de quien no se resigna a la vida horizontal y plana a la que sucumbe la mayoría. Esa visión de la existencia con un carácter, por usar términos musicales (Gide tocaba el piano), polifónico, vertical, conlleva una angustia permanente. Pero Josep Soler nos ha enseñado, aunque en un contexto distinto, que el arte es un medio de aumentar el nivel de angustia, y que todo artista necesita afirmar aquel fondo básico y esencial de la angustia, que es pórtico a la obra de arte; éste no es sublimación de una neurosis ni medio de curación para ella: debe ser un modo de aumentarla y así hacerla aún más patente. En su conclusión no hay concesiones: el consuelo del dolor es más dolor. Si consideramos, como Josep, que en un mundo perfecto no existiría el arte, y que es comparable el vacío de esa pérdida –de la nostalgia del paraíso- con la más concreta de la muerte de alguien a quien amamos, tiene sentido unir esta idea con otra que escribió Nietzsche con apenas catorce años: “una característica singular del corazón humano es que, si sufrimos una gran pérdida, en vez de esforzarnos por olvidar, tratamos de pensar en ello lo más a menudo posible, como si en el continuo relatarnos a nosotros mismos nuestra desgracia lográsemos un verdadero consuelo para nuestro dolor”.

sábado, 7 de julio de 2007

Teatro


En Ricardo III, de William Shakespeare, se produce una relación entre la crueldad del propio Ricardo y las confesiones dramáticas sobre sí mismo, que consigue una sorprendente verosimilitud en lo impuesto al personaje hasta encajarlo con su destino sanguinario. No hay perdón posible para Ricardo, pero sí hay coherencia para el lector del texto o el espectador de la obra teatral. Una búsqueda puesta de manifiesto en Looking for Richard, la película protagonizada por Al Pacino, que indaga en esta obra de Shakespeare desde diversos puntos de vista. Frederic Kimball hace en ella un apasionado alegato sobre la tradición, como herencia de los actores, con la que estoy plenamente de acuerdo. Aludo a esa idea en mis clases, porque estoy convencido de la importancia del trabajo del intérprete dentro de su lenguaje, ya sea músico o actor. Me interesa mucho la teoría del teatro porque encuentro en ella cuestiones esenciales que son válidas para la interpretación de la música. Libros como El teatro y su doble, de Antonin Artaud; Más allá del espacio vacío y La puerta abierta, de Peter Brook; El cuerpo poético, de Jacques Lecoq o El trabajo del actor sobre sí mismo, de Konstantin Stanislavski, entre muchos otros, me han resultados tan útiles como los específicos en materia musical.

jueves, 28 de junio de 2007

Emilio Lledó


Leo una preciosa carta que me envía Emilio Lledó, a propósito de mi libro El tiempo incinerado. Siento una enorme sorpresa y una gran alegría por la opinión que ha merecido mi diario a un maestro como él.
Muchísimas gracias.

domingo, 24 de junio de 2007

Educación

En mi cuaderno de notas, una curiosidad: Aristófanes: “Educar a los hombres no es como llenar un vaso, es como encender un fuego”. Plutarco: “El cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”. Montaigne: “Un niño no es una botella que hay que llenar, sino un fuego que es preciso encender”. Yeats: “La educación no es llenar el cubo, sino encender el fuego”.
(El tiempo incinerado)

miércoles, 13 de junio de 2007

Miguel Frechilla


Rítmica, dinámica, pedal, de Karl Leimer, fue el libro que Miguel Frechilla, al finalizar nuestra primera clase, sacó de las estanterías de su biblioteca para decirme que lo leyera. Así terminó cada una de sus inolvidables lecciones, semana tras semana, durante algo más de cuatro años. Hoy he pasado la tarde estudiando en su piano, junto a todos los discos y libros que rodean la estancia en la que Miguel me enseñó, con su característico apasionamiento, a amar la música sobre todas las cosas de este mundo. Muchos alumnos sienten verdadera aversión a las escalas, arpegios y cualquier otro tipo de ejercicio. A Miguel, por el contrario, le fascinaron desde su primer encuentro con el instrumento. Encontraba un placer sensual en el contacto con el teclado y estaba convencido de que la música estaba en la mayor o menor inteligencia del intérprete para extraer algo valioso de cualquier texto, por inexpresivo que pareciese. Creo que de ahí venía su enorme capacidad para disfrutar, no sólo con la música, sino en todos los aspectos de la vida. (Daniel Barenboim, en Una vida para la música, ha escrito que desde muy temprana edad, siguió el principio de “no tocar jamás, ni una nota, mecánicamente.”)
Ya muy enfermo, fui a visitar a Miguel al hospital y lo encontré como esperaba: leyendo la prensa (ABC y El Norte de Castilla) e interesándose por mi trabajo. Era un hombre incondicional, para lo bueno y para lo malo. Yo tuve suerte: siempre estuvo de mi parte.

domingo, 13 de mayo de 2007

Cuadrado blanco sobre fondo blanco


El Cuadrado blanco sobre fondo blanco de Kasimir Malevich está fechado en 1918, sólo doce años después que el Retrato de un miembro de la familia del artista. Es un avance arrollador. A Pedro Aizpurua le fascina el Cuadrado blanco sobre fondo blanco, lo considera un punto inflexión en la pintura: es sólo pintura. El título es una obviedad, como lo es en la figuración, salvo para situar lo representado en un contexto histórico o pretendidamente ético. No lo es, sin embargo, en obras como Manchas de sol en la terraza, de Maurice Denis. El título es casi imprescindible. Denis afirmó que “un cuadro, antes de ser un caballo de batalla, una mujer desnuda o cualquier otra anécdota, es una superficie plana con una serie de colores organizados según cierto orden”. Pero, ¿por qué cuesta tanto entender esto? Supongo que muchos no se sienten cómodos sin elementos comparativos, algo que no es exclusivo de las artes plásticas, puesto que también sucede en la música o en la literatura. Se quieren aferrar a un contenido ideológico o programático y, así, reducen el conocimiento a una visión estrecha y complaciente.

martes, 27 de marzo de 2007

Iberia


Iberia, de Isaac Albéniz, es una de las obras fundamentales de toda la historia de la música pianística. Esto, unánimemente reconocido en la actualidad, ha sido fruto del tesón de algunos pianistas y su defensa a ultranza por parte de creadores como Olivier Messiaen.

Iberia es, en la música española, una frontera a partir de la que se abren posibilidades ignoradas de un lenguaje fundido al piano con procedimientos tan interdependientes que es difícil saber cuál de ellos es causa y cuál efecto. Albéniz no dejó de lado sus convicciones estéticas, que de manera tan vehemente defendió ante sus contemporáneos, sino que las hizo avanzar hacia una abstracción cada vez mayor. Despojó lo accesorio sin renunciar a la densidad, en ocasiones extrema, de un tejido contrapuntístico, armónico y dinámico difícilmente superable, al llevar al límite las posibilidades del instrumento, no sólo desde el punto de vista estrictamente técnico del intérprete, sino también del instrumento como medio. Es, por tanto, una complejidad que no rechaza la transparencia de su engranaje y que entre los matices extremos no hay nada arbitrario o gratuito. Con todo, el mundo subterráneo de Iberia tiene su acceso vedado a quienes busquen un sentido ingenuo reducido a los tópicos más simples: hay en ese fondo un deseo intenso de recordar. La primera de sus doce piezas, “Evocación”, nos sirve de pauta inicial: Albéniz, desde Francia y en los últimos años de su vida, elabora el resumen de todo cuanto ha sido importante e irrenunciable. Y lo hace sin concesiones, sin sensiblería ni afectación alguna. Aunque sea una categoría tangencialmente unida a la música, hay una conmovedora verdad que envuelve toda la partitura y a la que no debe sustraerse el pianista que se adentre en ella.
En lo interpretativo se produce una elección entre la coherencia y la lógica. Cuando se valora el mejor o peor acierto en lo conveniente de unas interpretaciones y otras, podemos preguntarnos si debe ser prioritaria la lógica como corrección de los razonamientos, o la coherencia, como lógica subjetiva de aplicación en un determinado conjunto. Al elegir la primera, deberían ser indiscutibles las premisas para poder denominarlas correctas y, por consiguiente, las variaciones del resultado final serían mínimas, incluso en los matices más sutiles. ¿Pertenece esta opción a lo esencial de la música, cuando necesita del compositor y del intérprete? La segunda opción, más abierta, debe tener límites, dado que la coherencia puede construir desde criterios totalmente alejados de una base objetiva imprescindible para mantener, aunque parezca paradójico, la unidad estética necesaria. Existe una intersección de ambas que suaviza la tensión dialéctica que generalmente se mantiene sin motivos sólidos. Creo que la edición crítica de Iberia -verdaderamente definitiva- realizada por el gran pianista Guillermo González, resuelve muchos de los problemas mantenidos hasta ahora. Un esfuerzo extraordinario que ha resultado crucial, tanto como su grabación de la obra, de una emoción e inteligencia llevadas al más alto nivel, en el que sólo tienen cabida los artistas que saben destejer y tejer para nosotros el secreto de la música. Guillermo González es uno de ellos. No es posible encontrar una versión de Iberia con mayor autenticidad, sutileza y pasión.