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miércoles, 18 de junio de 2008

Pedro Zuloaga

Recuerdo con frecuencia una idea que expone Peter Brook en Más allá del espacio vacío: “El actor no debe sólo revelar lo que comprende: debe llevar el misterio de su papel a su propio nivel personal. Y allí debe dejar que su papel resuene en él, que vibre en todo aquello a lo cual él jamás podría acceder por cuenta propia”. Es interesante y útil trasladar el ejemplo de Brook al intérprete de música. Resulta, por otra parte, sencillo.
Pedro Zuloaga acaba de obtener el Premio a la Trayectoria Artística de la Diputación de Valladolid. Ya admiraba mucho a Pedro cuando me lo presentó Miguel Frechilla. Entablamos una amistad que fue creciendo rápida y firmemente, atravesando esas dos características que destaca de él Ángeles Porres: sensibilidad y delicadeza. También, añado ahora, el discreto silencio, la inteligencia que las nutre. Su forma de transitar por los caminos de la belleza. No sé si somos conscientes de la fortuna que han gozado varias generaciones al tener como profesor a Pedro Zuloaga. Podría habernos dicho, como hacía Alfred Cortot, que su interés no era sólo el de explicarnos Historia y Estética, sino darnos “lecciones de amor por el arte”. Dentro del aula me sentía protegido por las, paradójicamente, frágiles armas de Pedro que menciona Angelines.
En una mañana cualquiera, lejos del ruido y la inquietud de la ciudad, un grupo de adolescentes y jóvenes están reunidos en un aula del conservatorio. “Escucharemos una obra de Adam de la Halle”. Suena Le jeu de Robin et Marion.
Gracias por todo, maestro.
Enhorabuena, querido amigo Pedro.