Comienzan a escasear. Los grandes dramas románticos, esas historias de amor en las que los sentimientos se llevan hasta sus últimas consecuencias, parecen una fórmula en vías de extinción. El romanticismo en su sentido más clásico, en su sentido más trascendental y trágico, es cosa del pasado, de otra época en la que los cuentos de hadas eran más un objetivo que una fantasía. Una época en la que la pasión se presuponía eterna. Por eso se agradece que en la era de las relaciones de quita y pon, una joven aragonesa decidiera dar vigor a una de las grandes obras de García Lorca y que lo hiciera, además, volcando todos los medios a su alcance en enfatizar los detalles más pequeños pero más intensos, como ese roce de manos entre la recién casada y el amor de su vida, esa caricia prohibida que emana chispazos de sufrimiento y deseo. La novia es un ejercicio estilístico muy poco común en nuestros días, la maravillosa unión entre fotografía, banda sonora e interpretación...
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