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12/1/12

Los pasos del héroe


Ángeles y yo sentimos una cierta debilidad por las piedras. Un castro, un dolmen, un crómlech... No perdemos ocasión de visitarlos allá donde vayamos y haya. En este finisterre -y en la comarca de Barbanza-, digamos que te tropiezas con la cultura megalítica -petroglifos y dólmenes (pongamos por caso el de Axeitos o el de Argalo)-, por no hablar de un par de castros significativos y visibles (a saber cuántos que no han sido des-cubiertos). Media docena de veces al año vamos a pasar un rato hasta el castro de Baroña, no hay otro más bello en el mundo. Pero el más humilde con puede atraparnos con sus manchas de líquenes, la luz que captura en el crepúsculo o la forma esculpida por el tiempo.


Cómo no iba, entonces, a alegrarnos la noticia de esta mañana en La Voz de Galicia, un periódico que rara vez leo (era el que estaba vacante), con el segundo café del día en un bar que tampoco frecuento: el hallazgo, en la parroquia de Santiago de Lampón en Boiro, de petroglifos con grabados raros -nada corrientes-, ni espirales ni ciervos, ni cruces ni serpientes... Pisadas, veintiséis huellas de la planta de un pie, calzado -aseguran los expertos-, de hace por lo menos dos mil años, en las lindes de la Edad del Hierro con la del Bronce. Al parecer, representan un rito de fertilidad: se trata de las pisadas de un rey -una figura en clave mitológica- inscritas en la piedra para fecundar la tierra.


A veces, al valor de un descubrimiento arqueológico se une la belleza revelada. La forma misma de esas huellas rupestres. Y el topónimo: esos lienzos de piedra con petroglifos se han encontrado en un lugar llamado Outeiro dos Corvos. En la simbología del cuervo -consulto el Diccionario de Cirlot- alienta una idea germinal, de fecundación de la tierra, asociada al poder creador y demiúrgico; para los pieles rojas, el cuervo es el hacedor de lo visible  A veces, la Historia cuida también con primor los detalles de la historia, como el topónimo perfecto -de hondas resonancias (míticas)- para el escenario de los pasos del héroe.    

23/5/11

El centro del mundo


Ayer me pasé el día en una mesa electoral, y van tres veces en diez años. Esta última se me atravesó especialmente, porque llegaba como vocal suplente -las dos anteriores me tocó (con sospechosa reincidencia) de presidente titular- y con la idea de volver a casa, dar un largo paseo por las dunas con Ángeles, leer el periódico en una terraza frente al mar y regalarnos una sesión continua con Las vacaciones de Monsieur Hulot y Mi tío de Jacques Tati -para curarnos en salud ante la que se avecinaba-, pero tuve que ejercer de titular, la reincidencia se ha vuelto directamente alevosa. Los míos nunca ganaron unas elecciones -y eso cuando los míos se presentaban- y ahora, cuando ya ni míos tengo, menos aún, así que nunca tuve nada que celebrar pero, detrás de una mesa electoral en una escuela infantil, las horas y el tedio que las acompañan -en una mesa de parroquia (había otras tres en aulas contiguas) con poco más de seiscientos votantes (ejercieron cuatrocientos diecinueve)-  me empujan a las más sombrías meditaciones, cuando ya se han evaporado los efectos balsámicos de, pongamos por caso, un mapa mundi que situaba los lugares donde los niños tienen familiares faenando en el Gran Sol o en el Índico, o emigrantes en Escocia, Manhattan, Noruega, Namibia o Singapur. Con vistas a apartar de mí las oscuras cavilaciones, le pedí a Ángeles que me acercara Siempre bienvenidos, un libro de artículos misceláneos de John Berger para aliviar la jornada, vacía de electores en tantos tramos, y para aislarme de la maquinaria popular que repartía -ecuménicos ellos- cruasanes, cafés, bocadillos, cocacolas y aun tapas de callos y oreja a quien le apeteciera, sin distingos partidarios; no fuera a ser que por culpa del alma bolchevique que, apagada y todo, uno aún lleva dentro, acabara por envidiar semejante organización de masas.


Me cobijo en el libro de Berger y me decido por Siempre decimos adiós, un texto que, si no recuerdo mal, debí leer por primera vez en un número -de alguna revista- dedicado al centenario del cine. Y leo:

Al finalizar la proyección de un film, los protagonistas desaparecen. Acabamos de verlos y de seguirlos, acabamos de admirarlos o de odiarlos... Y al final, se nos van, nos evitan... El cine es un continuo adiós.

Y a propósito de la experiencia de ver una película, evoca esa escena de Un condenado a muerte se ha escapado de Bresson, cuando vemos a Fontaine preparando su fuga, mientras escuchamos a los guardias en los corredores e incluso el paso de un tren: en el cine estamos aquí -con el protagonista- pero la imaginación nos lleva allí donde los hombres toman un tren para ir a cualquier parte. Entonces, es como si la imagen acústica de Bresson le abriera pasajes hacia tantas películas y Berger exclama: ¡cuán grande es el amor del cine por los trenes! Y sigo leyendo, pero no, antes tengo que anotar en la lista de votantes los nombres de una familia al completo (padres, hijos, tíos, abuelos, nietos) según los menciona -apellidos primero y nombre (o nombres) después- la presidenta y permite que depositen la papeleta en la urna; alguien me susurra, "éses votan todos ao pepé", y debe ser a esto a lo que llaman la transparencia democrática de la que tendré nuevas muestras en el curso del día, también del soe o del bloque, pero (muchas) menos (familias), claro. Y sigo leyendo.


Berger ve en  la contigüidad del cine con la variedad, la textura, la piel, por así decirlo, de la vida diaria, la matriz del re-descubrimiento del mundo que, en el inmenso cielo de la pantalla, cobra visos de sueño y deviene camino de revelación de la ausencia, de lo que no puede ser mostrado pero que la película vuelve visible, porque, como si se tratara de un ruego o de una plegaria, el cine es una forma de invocación; porque celebra lo que compartimos, presentes y ausentes, de la misma forma que la parroquia de los vivos no puede existir sin la parroquia de los muertos, como nos enseñaron maestros como Florentino López Cuevillas o Xaquín Lourenzo, por eso, a menudo, o terreiro -en la aldea decíamos torreiro- donde la gente bailaba en las verbenas lindaba -o extremaba- con el cementerio; era una forma de celebrar juntos -vivos y muertos- la fiesta de la patrona, digo patrona porque la primera que me viene a la cabeza es Santa Mariña, la de la parroquía en que nací. Debe querer decir algo que los cementerios se lleven lejos y que los terreiros se cementen o asfalten, como si la tierra fuera algo que hubiera que desterrar. O que en este finisterre sea cada vez más difícil reconocer, en los pueblos costeros, las aldeas marineras que fueron hace sólo treinta años, y aun encontrar huellas arquitectónicas o urbanísticas de la formas de habitar estos confines atlánticos.

John Berger (fotografía de Mauro Albrizio)

Bien se ve que no había forma de apartar la negra sombra en aquellas horas electorales aunque a veces Berger me hacía volver a Una historia verdadera de David Lynch:

...ningún arte tan eficaz como el cine para mostrar los valores inherentes al amor y a la compasión.

Pero te deja cavilando en las últimas líneas donde destila lo más esencial:

...el cine, en este nuestro siglo de desapariciones, es lo único que nos ofrece un refugio global para nuestras almas.


Desapariciones.  En 2007, había en Galicia 300 aldeas abandonadas y 8.000 núcleos de población -aldeas y lugares- con menos de 10 habitantes, o sea, en un proceso avanzado de desaparición que, cuatro años después, es más que probable que se haya consumado en muchas de ellas y otras tantas hayan entrado en fase de extinción. Cuando desaparece, se bombardea o expolia una biblioteca -¿os acordáis de la de Sarajevo o de la de Bagdad?- acontece una catástrofe, pero una catástrofe similar se produce cuando se abandona -o desaparece- una aldea porque, a falta de la escritura, la relación con un lugar a través de las construcciones y los objetos, la humanización del territorio en el curso del tiempo, representa un medio de expresión primordial. Parafraseando a Uxío Nononeyra, qué perdemos cuando ya no queda nadie para sostener los nombres: Vilapouca, Sanguñedo, Cerdeira, Alvite, Soutomerille, Hórreos, Riomao, Parruchas, Remesquinde, Couce Mosquento, As Paxonetas, Mazoi, Vieiros, Babilonia. Hablan entonces los estudiosos de catástrofe cognitiva, de memoria herida, de memoricidio.


En un sentido antropológico, la aldea es el centro del mundo. Y Berger recuerda en un texto memorable de Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, que ése era originariamente el significado de home -casa, hogar-, y señala que, por más posibilidades que se hayan abierto en el mundo para las mujeres y los hombres, aun entre los menos privilegiados, lo que se ha perdido sin remedio es la posibilidad de decir éste es el centro del mundo.  


Pasaban de las once de la noche y seguíamos recontando las papeletas: faltaban dos votos. Habían votado 419 y sólo había 417 papeletas. Recontábamos los votos una y otra vez -y desde la primera a la vista de todos los interventores y apoderados (ya era la única mesa abierta en la escuela)- y seguían faltando dos. Dos. Quizá dos sobres (en blanco) hubieran ido a parar a la caja de los sobres abiertos... Vete a saber. Había dos opciones: o hacer constar en el acta el desajuste de dos votos o contabilizarlos como votos en blanco. E irnos a casa. Pero para un par de interventores -uno de ellos del partido al que había votado, más que nada para que no desapareciera del concello- parecía que en aquellos dos votos residía no sé qué futuro. Entonces mi negra sombra empezó a trasfigurarse a ojos vista en mala leche. Y lo diré: solté algunos exabruptos en un aula consagrada a la educación de los niños, con esas palabras me afeó la conducta un apoderado. Hay que ver. Qué me habría dicho si supiera que ejercí un cuarto de siglo de maestro.

Aún esta mañana Ángeles trataba de quitarle hierro al asunto, después de tres horas recontando 417 votos, si insistían en que siguiera, unos exabruptos estaban plenamente justificados. No sé. Quizá me faltó la lucidez de  distanciarme y verlo todo como la comedia que era. Aunque ya se sabe, toda comedia no es más que una mirada oblicua -y moral- que envuelve la tragedia con la fina piel del humor. Quizá, en el fondo, aquellos exabruptos no tenían que ver con los dos votos desaparecidos, sino con tantas aldeas abandonadas, con tantos lugares huérfanos, con tantos nombres sin voz que los pronuncie, donde ya no vive -ni vota- nadie y  ni siquiera merecen una mísera línea en ningún programa electoral. En fin, algún día, si la política recobra su sentido -civilizador (de civil)-, bautizarán las nuevas calles con los topónimos de las aldeas abandonadas, para que pervivan aunque sólo sea como palabras, aunque su memoria se haya olvidado. Quién sabe si esos dos votos desaparecidos invocaban el centro del mundo y todo lo que hemos perdido.


Y recordé Aldea abandonada, uno de esos poemas que José Jiménez Lozano siembra en Advenimientos:

Aldea abandonada, bajo
la niebla y, entre el barro 
de un tapial derruido,
un zarzal con una rosa
todavía. Un olvido
del tiempo.

(Las fotografías sin pie fueron tomadas a finales de mayo de 2007 en Hórreos, una aldea abandonada de O Courel.)

23/5/10

El mapa de los nombres

Mapa de Galicia de 1620

Leo en el periódico que se han rescatado -localizado, documentado y fijado- 400.000 topónimos en Galicia. Nombres de lugar. Lugares con nombre. Se calcula que faltan 800.000 topónimos por registrar. Ha concluido el trabajo de campo en 108 municipios, el 40% del territorio, pero aún quedan pendientes 148. Por poner un ejemplo, Oia, un municipio del SO de Galicia, alberga 9.000 topónimos. Más de un millón de nombres. Más de un millón de lugares con nombre.

Me gustan mucho los topónimos. Hago listas con ellos. Disfruto especialmente cuando puedo bautizar algún lugar -imaginario o no- en un guión con un topónimo -imaginario o no-. Traigo aquí algunos de Cabeza de Boi -un topónimo para empezar-, la aldea del padre de Ángeles:

Cruceiro de Ardín
Veiga de Arriba
Tomada Vella
Rabo de Porco
Quiñóns das Laxes
Prado do Outeiro
Tomada de Caxín
Boenllo
Herbeiros
A Pioca
As Loureiras
Veiga das Tripas

Y de Areas, la parroquia en la que nací:

Veiga Longa
Liñar de Lufe
As Bouzas
Cocho Benito
Ermida
Fontelas
Bouza Valada
A Mañisca
As Maravillas

Y otros que me gustan mucho:

Feital
Comares
Fial
O Viso
O Bacelo
Zamar
Piñeiro Manso
Volta da Moura
Morpeguite
Cariño

Y de aquí al lado:

Con de Agosto
Con Negro
Carreiro de Aguiño
Noro
Sálvora

Y uno de mis favoritos:

Lobosandaus

Un millón de topónimos dice algo de este país. No se trata de creatividad verbal. Se trata de una forma de habitar. O mejor, de las huellas nominales de una forma de habitar. De cuidar el mundo que nos fue dado. Los nombres de lugar nos cuentan la leyenda del tiempo. De un tiempo inscrito en los trabajos y los días en el curso de la vida. En los nombres de los lugares hallamos el rastro de una memoria de un patrimonio olvidado. Porque ya hay demasiados lugares donde ya no queda nadie para recordar los nombres. Los topónimos cifran aquel verso de Hölderlin donde proclama que poéticamente habita el hombre, por eso levantó de la tierra que pisaba el mapa de los nombres.