Mostrando entradas con la etiqueta Vincente Minnelli. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vincente Minnelli. Mostrar todas las entradas

18/10/20

Alas de gato



Eres el tema de mi vida. Si yo... hiciese películas hasta mi muerte, todas hablarían de ti. (Moon-soo/Lee Sun-kynn en U ri Sunhi, de Hong Sang-soo.)



Desde que vi King Kong tengo debilidad por cualquier gorila que se enamora de una chica. (Marlowe/Robert Mitchum en Farewell My Lovely, de Dick Richards.)



Si supieras algo de música, sabrías que un piano suena mejor cuando lo han tocado mucho. (Joanna/Eleanor Parker en The Naked Jungle, de Byron Haskin.)



Deja de usar las manos y usa la cabeza. Esa chica te quiere. (Moe/Thelma Ritter en Pickup on South Street, de Samuel Fuller.)



Era mala, era peligrosa... Pero era mi tipo. (Red Riley/Fred Astaire en el número The Girl Hunt de The Band Wagon, de Vincente Minnelli.)


[Los hombres] Son el único animal con dinero, e invitan a champán. (Lily/Marlene Dietrich en The Song of Songs, de Rouben Mamoulian.)


Según mi experiencia, los hombres son unos cabrones. (Mon/Machiko Kyô en Ani imôto, de Mikio Naruse.)


Una vez que has amado a alguien nunca puedes estar seguro. Incluso cuando se ha convertido en odio, nunca sabrás si no será sólo el otro lado del amor. Así son estas cosas. (Meg Cameron/Debra Paget en The River's Edge, de Allan Dwan.)


El amor y el odio son cuernos de la misma cabra. (Kitala/Eileen Way en The Vikings, de Richard Fleischer.)



Siempre que la veo, sé que estoy soñando otra vez. (Luo Hongwu/Huang Jue en Di qiu zui hou de ye wan, de Bi Gan.)



Mira, pienso tanto en ti que me olvido de ir al servicio. (Seymour/Seymour Cassel en Minnie and Moskowitz, de John Cassavettes.)



Yo no quiero que estés enamorado de mí. Ya te quiero yo por los dos. (Clara/Ángela Molina en Carne trémula, de Pedro Almodóvar.)



Nunca te daré un beso de despedida, Kathleen (Kirby Yorke/John Wayne en Río Grande, por John Ford.)

El amor es todo lo que no se puede decir. (Lola/Mireille Perrier en J'entends plus la guitare, de Philippe Garrel.)


No caigas en el amor. Persevera en la comedia. Eso no duele. (Nathalie/Coralie Revel en Choses secrètes, de Jean-Claude Brisseau.)


El amor es tan inútil como unas alas en un gato. (Nog Hong Fah/Dudley Digges en The Hatchet Man, de William A. Wellman.)


20/2/17

El hijo de Olivia (I)


Para Dani.


Esta vez (otro 20 de febrero) vamos a celebrar Moonfleet  (y el cumpleaños de nuestro hijo) publicando la primera entrega de una traducción del capítulo que le dedica Bernard Eisenschitz en su cardinal Fritz Lang au travail, en la que enredé algunas horas de las últimas semanas.


EL HIJO DE OLIVIA
Los contrabandistas de Moonfleet

Inglaterra, siglo XVIII. John Mohune, un huérfano templado, llega al páramo de Dorset, donde los contrabandistas se las tienen con la ley, en busca de un hombre que cree su amigo. Va a descubrir un mundo oscuro, preñado de tremendas intrigas.
 
Film de excepción en la obra de Lang, magníficamente estilizado, casi enteramente rodado en estudio, al contrario del anterior [Deseos humanos (1954)]. Moonfleet es la historia de un niño que se hace prematuramente mayor porque tiene una exigencia moral: adoptar un padre.

De vuelta en la MGM
Mientras se termina Deseos humanos, Lang lee guiones, cada vez con más frecuencia para productores independientes o actores productores: Cornel Wilde, Tyrone Power. El único que apunta con tres cruces en su agenda es el muy insólito Suddenly, de Richard Sale, que cuenta una tentativa de asesinato del presidente de los EEUU (Lewis Allen realizará el film [estrenado en 1954] con Frank Sinatra). A finales de marzo de 1954, emprende la escritura de un proyecto para el que va a intentar durante años encontrar productor: Dark Spring, un film noir sobre una chiquilla [de 11 o 12 años], heredera de una fortuna, a la que su padrastro intenta matar. El contexto de la historia es americano, pero por primera vez un niño es el personaje central de uno de sus relatos. 
 
El 13 de mayo, su nuevo agente, Bill Josephi, de la agencia Kurt Frings, le informa que está en negociaciones con la MGM a propósito de dos films: uno, producido por John Houseman con Stewart Granger, y el otro, un tema parisino para el productor Sam Zimbalist. Todo ocurre muy rápido: el 14, en un vuelo a Washington, Fritz Lang lee el guión de Moonfleet [escrito] por Jan Lustig. El 18, Frings le anuncia que el acuerdo con la MGM está cerrado: 40.000 dólares, anota Lang (a los que deben añadirse 8.000 para la postproducción). Le asignan oficialmente la realización el 18 de mayo y le manda a Houseman un telegrama optimista: "Estoy encantado por trabajar con usted. Sólo mis numerosas supersticiones me impiden decir aquí lo que, como espero, resultará de nuestra colaboración". El contrato se firma cinco días después. A Houseman, viejo colaborador de Orson Welles, productor y amigo de directores como Nicholas Ray [le produce They Live by Night y On Dangerous Ground] y Max Ophüls [le produce Carta a una desconocida], lo ha traído Dore Schary a la MGM, donde Houseman ha producido películas de prestigio dirigidas por Minnelli [The Bad and the Beautiful, aquí Cautivos del mal] y Mankiewicz [Julio César] que han ganado óscars. 
 Lana Turner, John Houseman, Kirk Douglas 
y Vincente Minnelli en el set de Cautivos del mal.
A los 63 años, después de la decepción de Deseos humanos, no se puede desdeñar un trabajo. Al principio Lang aborda Moonfleet sin entusiasmo. Cuando se firma un contrato, hay que dar lo mejor, dirá. Ve la propuesta como una justa recompensa, entonces tuvo que dejar la MGM al terminar Furia [1936] y no volvió a poner los pies allí. El estudio ha cambiado mucho en veinte años. Louis B. Mayer y Eddie Mannix ya no están. Por otro lado, la industria entra en un periodo negro. La marca del león reduce costes: salarios, personal, producción. 1955, año del estreno de Moonfleet, será el peor para las ocho majors, el número más bajo de espectadores desde 1923.   
 
Kirk Douglas, Vicente Minnelli, Lana Turner 
y Dore Schary en el set de Cautivos del mal.
Dore Schary, que ha sucedido a Mayer, no se interesa por los films de género que siguen siendo, sin embargo, lo únicos que tienen el éxito asegurado, y su producción prosigue aunque sin convicción. El film de capa y espada se produce con actores de la casa, y su variante medieval ha deparado al estudio su primer cinemascope, Los caballeros del rey Arturo (1953) [de Richard Thorpe] -un asunto que había interesado a Lang en otro momento, justo antes de Los nibelungos [1924]-. El guionista del film de Richard Thorpe es el mismo de Moonfleet, Jan Lustig, antiguo periodista en Berlín, un inmigrante europeo como Lang y su productor. Houseman tiene otras ambiciones. Pero entre dos proyectos que realmente le apetecen, necesita tener otro film en preparación.
Jan Lustig, entre Billy Wilder 
y Manfred Georg, 
en París, 1937.
Schary compró Moonfleet, de John Meade Falkner, a finales de 1951, una novela de finales del XIX que recuerda La isla del tesoro.  William H. Wright, que va a producir The Naked Spur (1953) [aquí Colorado Jim], de Anthony Mann, llena de notas decenas y decenas de hojas y a comienzos de 1952 Lustig y la joven guionista Margaret Fitts ya están manos a la obra. Pero en el momento en que contratan a Lang, Wright ha dejado la MGM y el proyecto se encuentra estancado.
Margaret Fitts
 El guión del 26 de febrero de 1954 que le envían -aprobado por el productor- es ya una sexta versión. Las escenas se corresponden más o menos con las del film. No queda nada de la novela donde el joven John Trenchard (que no era un hijo de los Mohune, señores de la aldea), acompañaba a Elzevir Block en sus aventuras. Donde no había rastro de Jeremy Fox, héroe escrito a la medida de Stewart Granger, ni de lord y lady Ashwood, y no digamos de los personajes femeninos que serán interpretados por Viveca Lindfors y Liliane Montevecchi. Lang no deja de pedir al estudio el libro, que lee antes de la primera reunión de producción. No podrá utilizar nada. Es uno de los films a cuya dramaturgia aportará menos modificaciones.
 
Sin embargo, el guión de Lustig no le resulta indiferente. Como todos los films históricos de la MGM, ilustra una mitología heredada del siglo XIX, pero -a diferencia de otros guiones de Lustig, Los caballeros del rey Arturo o la melancólica La reina virgen (1953), de George Sidney- no es una serie de tableaux, sino una construcción bien armada donde el niño lleva la iniciativa de la acción. Un trampolín narrativo comparable a los de Harbou [Thea von Harbou, la guionista -y segunda mujer- de Lang en el periodo alemán], al que el cineasta trata de darle forma.
 Fritz Lang con Thea von Harbou en los años 20.
Houseman, siempre diplomático, escribe en su autobiografía: Una vez [que Lang] aceptó hacer el film, respetó su barroca y absurda premisa, y empleó toda su experiencia y enorme talento para tratar de realizar una historia convincente. La premisa barroca y absurda no podía avergonzar a un cineasta al que le gusta el folletín y la aventura, aun si andaban lejos de sus preocupaciones por entonces. Pero las cosas no ocurrieron de forma tan sencilla, y tampoco Houseman tuvo un papel lucido.
Fritz Lang, John Houseman y Joan Greenwood 
en el set de Moonfleet.
De todos los estudios, la MGM era el más burocrático, el más compartimentado, el más obnubilado por su propia imagen, y un film de género no permitía mucho margen de maniobra a su director: el productor y los departamentos técnicos tenían la última palabra cuando se trataba de crear la imagen de un film MGM. Los diferentes avances de presupuesto van incrementándose en el curso de la preparación. Primero, la decisión de rodar en Eastmancolor, después en cinemascope. Con las restricciones de tal sistema nacen algunos de los más bellos films de Lang, pero aquí las posibilidades de discusión o colaboración son limitadas. No importa, su estrategia dará resultado.
 
Houseman ha traído dos actores británicos: el niño Jon Whiteley (John Mohune) y Joan Greenwood (lady Ashwood). Para Mrs. Minton, la amante de Jeremy Fox, le pide a Lang su parecer sobre Gloria Grahame (óscar por Cautivos del mal, que Houseman ha producido), pero no le tienta dirigirla por tercera vez [después de The Big Heat y Deseos humanos]; será la sueca Viveca Lindfors.
Lang visiona muchos films: Great Expectations  (1946), de David Lean [aquí, Cadenas rotas], que tiene un comienzo parecido al de su película (lo hará aun mejor y con menos medios); Rapt (1952), de Charles Crichton, con Jon Whiteley, que presenta situaciones similares a las de Moonfleet en una época contemporánea -un niño [huérfano] secuestrado por un criminal (Dick Bogarde), se hace amigo suyo y toma más o menos la iniciativa de la acción-; y para estudiar el cinemascope, secuencias de Brigadoon (1954), de Minnelli.
 
La bailarina gitana debería haber sido Zita Jeanmaire, y el director almuerza con ella y su marido, Roland Petit, el 25 de junio. Pero cinco días más tarde es Lilianne Montevecchi, una joven bailarina de la compañía de Petit, quien se hace con el papel. Será Petit quien arreglará la coreografía sin figurar en los créditos. El 15 de julio, quedan listos los decorados para los catorce primeros días de rodaje. Ya están en marcha los ensayos de la danza. En casa de Danel Taradash [el guionista de Rancho Notorious], Lang se encuentra al fin con Stewart Granger -una de las estrellas, con Robert Taylor, de las películas de época de la MGM-. 

1/7/13

La maldición de los hombres pantera



Ya hablé de esa película que sólo existe en Cautivos del mal de Minnelli. Una película imaginaria que rinde tributo a la imaginación de Val Lewton. Una película imaginaria donde aflora el cine de Val Lewton, en las sombras creadas por la imaginación de Minnelli (y el guionista Charles Schnee) y esculpidas por la iluminación de Robert Surtees, como si hubiera dispuesto las luces el propio Nicholas Musuraca, que iluminó para Val Lewton, pongamos por caso, La mujer pantera de Jacques Tourneur y La maldición de la mujer pantera de Robert Wise, filmes aludidos en la película imaginaria que cobija Cautivos del mal. Una película imaginaria destilada por una poética de las sombras. Un oficio de tinieblas. Un tratado de la oscuridad. Cine de la noche.


Un manual de puesta en escena, la película imaginaria, y Cautivos del mal entera. Una noción difícil de precisar, la puesta en escena. Si hablamos de cine, o sea, no sólo de películas sino de películas con cine dentro, es decir, de películas que producen otras películas en nuestros adentros, entonces -en rigor- nada hay en un filme que no sea puesta en escena. Todos los elementos fílmicos –tipo de plano, angulación, movimiento -interno (de los personajes) y externo (de la cámara)-, iluminación, decorado, vestuario, atrezo, diálogo, sonidos...- que se conjugan en lo que vemos y escuchamos en la pantalla en el curso de una secuencia devienen ingredientes de la puesta en escena. Y, sobra decirlo, la puesta en escena es inseparable de la articulación de cada plano con el que le sigue, o sea, del montaje de los cachitos de película, escena por escena, desde la primera a la última. Y, no lo olvidemos, ese cachito, ese plano, supone decidir qué se ve, pero tan importante -o más- qué no se ve pero se siente, o se presiente.

Fotograma de La mujer pantera 

La puesta en escena representa el control y la combinación de todos los elementos que intervienen en lo que vemos -y escuchamos- en la pantalla. Y no sólo en una escena concreta sino las relaciones que podemos -o podamos- establecer entre esa escena y otras anteriores o posteriores. Dicho de otra forma, si en un guión, todo es preparación -contamos algo en la página diez, digamos, para conseguir un efecto (sorpresa, miedo, compasión, dolor, angustia...) en la página veinte o treinta-, en una película, todo es puesta en escena: se disponen los elementos de la imagen y el sonido con vistas a conseguir un efecto. La puesta en escena -preparada desde el guión (apenas apuntada, sólo esbozada, quizá delineada o ya definida, según los casos)- tiene la función de que todo lo que vemos en la pantalla resulte significativo, que nos afecte, y en determinados momentos nos emocione. La puesta en escena es la principal función del director de una película: es su trabajo.

Y más importante aun. A través de la puesta en escena, el director procura que el espectador vea no sólo lo que se le muestra en la pantalla, sino aquello que resulta invisible. Así, podríamos definir la puesta en escena como la herramienta que permite revelar lo invisible a través de lo visible, lo que está en campo a través del fuera de campo, la ausencia a través de la presencia. (En La mujer pantera de Tourneur, vemos a la mujer y vemos a la pantera, pero la mujer pantera sólo existe en nuestra imaginación: es puramente imaginaria, es una creación de la puesta en escena.)

Fotograma de La mujer pantera 

La puesta en escena deviene una red de relaciones espaciales sostenida en el curso del tiempo de la película. Una red que, en realidad, sólo existe en la imaginación del espectador. Ese es el trabajo del director: crear esa película invisible que sólo se proyecta en nuestro cine interior. El trabajo de Minnelli en Cautivos del mal con vistas a conseguir, por ejemplo, que La maldición de los hombres pantera cobre vida en nuestra imaginación: la única pantalla que de verdad cuenta si de verdad la película cuenta con el cine (si lleva cine dentro).

Minnelli, a la izda., y John Houseman, a la dcha., 
durante una proyección de Cautivos del mal.

John Houseman, entonces productor en la MGM, concibió el proyecto de Cautivos del mal a partir de Tribute to a Bad Man, un relato de George Bradshaw sobre un canalla encantador en el mundo del teatro, tal como lo describe Minnelli en sus memorias. Houseman tuvo la idea de cambiar el ambiente del teatro por el mundo de Hollywood y convenció a Dore Schary, a la sazón jefe del estudio. Y con el guión de Charles Schnee -que conservaba el título del relato original- tentó a Minnelli. El guión se centraba en un productor  que despierta amor y odio a partes iguales, tan manipulador y despiadado como genial y fascinante; y se estructuraba en torno a tres flashbacks sucesivos, de un director, una actriz y un guionista, que en su tiempo colaboraron con él y triunfaron en sus carreras, y ahora recuerdan la excitante y dolorosa experiencia que les deparó. Minnelli evoca en sus memorias lo que sintió a medida que pasaba las páginas:  

Todo lo que amaba y odiaba en relación con Hollywood se destilaba en el guión... la ambición, el oportunismo, el poder... la filosofía del "consígame un hijo de perra con talento". Pero también hablaba de apuestas desiguales y victorias contra viento y marea, y del respeto que las personas de esta industria sienten hacia los talentos ajenos.

En el rodaje de Cautivos del mal
Lana Turner, John Houseman, Kirk Douglas 
escuchan a Minnelli. 

Minnelli vio en el guión de Schnee un desafío. Era irresistible. Y no tardó ni 48 horas en llamar a Houseman para decirle que le encantaría dirigir Tribute to a Bad Man. Lo había cautivado. Y con ese título se empezó a rodar la película: "Tributo a un malvado". Hasta que en algún momento, recuerda Minnelli, a algún directivo del estudio se le ocurrió que no era el título adecuado figurando en el reparto -y encabezando los créditos- Lana Turner. Y lo cambiaron por The Bad and the Beautiful, o sea, "El malo y la bella". La verdad, me quedo con el título español.


Cautivos del mal (1952) cuenta el ascenso y caída, las luces y sombras, el genio y el reverso tenebroso de un productor de cine, Jonathan Shields -en la piel de Kirk Douglas-, un personaje inspirado en algunos de los productores -Val Lewton, David O. Selznick- del Hollywood clásico. En el primero de los flashback, Jonathan y su amigo el director Fred Amiel -encarnado por Barry Sullivan- están empezando en el negocio del cine, cuando reciben el encargo envenenado de una película de terror -de serie B, claro-, La maldición de los hombres pantera. El atrezo no puede ser más lamentable, unos penosos disfraces de "hombres pantera" que de ninguna manera dan el pego. Así que de ya se les puede ocurrir alguna forma de resolver el entuerto. Y dándole vueltas a la cabeza van a parar a una sala de proyección del estudio en el que trabajan.

La escena transcurre, según la edición en dvd, entre el 18' 45" y el 20' 01""; dura, más o menos, minuto y cuarto, y Minnelli la rueda en un solo plano, sin cortes, lo que suele denominarse un plano-secuencia: la cámara se mueve ora acompañando a los personajes, ora re-encuadrándolos en el curso de la acción; por así decir, coreografiando nuestra mirada (el trabajo del director: más que dirigir actores, dirigirnos a nosotros). Un plano-secuencia regido por una definida idea de puesta en escena: que los espectadores imaginemos la película imaginaria, que la película imaginaria llegue a proyectarse realmente en nuestro cine interior.

En la sala de proyección, entonces. Jonathan y Fred cavilan en torno al embolado de La maldición de los hombres pantera. Tras unos segundos en silencio y un intercambio de ideas frustrado, en el 19' 10" parece que la luz empieza a hacerse en Jonathan; se levanta de la butaca y se va al otro lado de la sala.

Jonathan.- Mira, cinco hombres vestidos de pantera en la pantalla, ¿a qué se parecen?

Fred.- A cinco hombres vestidos de pantera.


Jonathan.- Cuando el público paga para ver una película como ésta, 
                ¿qué pide a cambio?

Fred.- Estar muerto de miedo todo el rato.


Jonathan.- ¿Y a qué crees que le tiene más miedo la gente?


Fred.- ¡A la oscuridad!


Jonathan.- Claro. ¿Y por qué? Porque la oscuridad tiene vida propia.
                En la oscuridad todo cobra vida, Fred.

Fred.- Supongamos que nunca se ve a los hombres pantera, 
          ¿es eso lo que estás pensando?

Jonathan.- Exacto.

Fred.- ¡Fuera los hombres pantera!


Jonathan.- Muy bien. ¿Y qué vamos a poner en la pantalla que haga estremecerse 
               a los espectadores?


Fred.- ¡Dos ojos que brillen en la oscuridad!


Jonathan.- ¡Un perro asustado que gruñe y enseña los colmillos!


Fred.- ¡Un pájaro con el cuello roto! ¡Unas plumas arrancadas por el suelo!


Jonathan.- ¡Una niña que grita! ¡Huellas de garras en sus mejillas!

En el curso de la escena Minnelli echa mano de las mismas herramientas que Jonathan y Fred  emplearán a la hora de producir La maldición de los hombres pantera, un proceso que ya no vemos, ni falta que hace. Esa película ya la hemos visto en el aquel de hacerse, nuestra imaginación veía en el cine interior la película imaginada por Jonathan y Fred, animando la pantalla con las sombras. Una película de serie B, sí, pero cine de primera.

 A la izda., el productor Val Lewton 
en la proyección de una de sus películas 
en la RKO.

El cine como arte de la elipsis: en la pantalla, no los hombres pantera, sino sus efectos. El cine como arte de la puesta en escena: en la pantalla, no un productor y un director imaginando una película, sino la película imaginaria; ellos mismos, espectros de La maldición de los hombres pantera (pasaje espectral, la escena misma). Como si emanaran de las sombras de una película de Val Lewton.