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23/11/14

Yo, etcétera


La identidad, ya se sabe, es un cuento. Un cuento de cuentos. El cuento de nunca acabar. Hasta el último aliento. Y aún más allá, en la memoria de quienes nos recuerdan. In memoriam.

¿Quién soy yo?, se pregunta Monica Vitti
en El desierto rojo, de Antonioni. 
Como Greta Garbo ante el espejo 
en Ninotchka, de Lubitsch. 

Y a la memoria viene Mi identidad secreta es (el poema que cierra El mundo no se acaba de Charles Simic): El cuarto está vacío / y la ventana abierta. 

Fotograma de Tren de sombras, de Guerín.

Y aquellos versos de Alejandra Pizarnik: todo en mi se dice con su sombra / y cada sombra con su doble. O los de Eusebio Lorenzo Baleirón: Soamente a túa sombra / que lentamente pisas, que te persegue insomne. / O resto é a palabra. Y más...

Fotogramas de Inland Empire, de David Lynch.

Je est un autre. Rimbaud.

Eu sou muitos. Pessoa.

Fotogramas de Passion, de Godard.

Ah, o ópio de ser outra pessoa qualquer! Fernando Pessoa, en Insónia.

Fotograma de Eyes Wide Shut, de Kubrick.

Yo soy mucho más que yo. Mejor dicho, soy "otra cosa". Cirlot.

Arriba, un fotograma de Personade Bergman. 
Abajo, uno de Mulholland Drive, de Lynch.

Yo, que tantos hombres he sido, no he sido nunca / Aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach. Borges.

¿Cuál de los dos escribe este poema / De un yo plural y de una sola sombra?, se pregunta Borges en el Poema de los dones.

Fotograma de La mujer del cuadro, de Fritz Lang.

Yo no soy yo. / Soy este / que va a mi lado sin yo verlo, / que, a veces, voy a ver, / y que, a veces olvido. / El que calla, sereno, cuando hablo, / el que perdona, dulce, cuando odio, / el que pasea por donde no estoy, / el que quedará en pie cuando yo muera. Juan Ramón Jiménez.

Fotograma de Vértigo, de Hitchcock. 

Yo no soy yo, evidentemente. Torrente Ballester.

11/11/12

Lo insólito



He vuelto estos días a La saga/fuga de J. B. La primera edición data de hace cuarenta años. Dicen, y supongo que es verdad -sin dejar de ser insólito-, que año y medio después de su publicación -más o menos en 1973 por estas fechas- se llevaban vendidos cuatro mil ejemplares y se preparaba una segunda edición. Para hacerse una idea cabal de la cifra basta señalar que de sus obras anteriores apenas se habían vendido unos cientos, pongamos por caso de su Don Juan: aquella indiferencia con que fue acogida -quizá su obra más querida- no sólo le dolió sino que lo empujó a aceptar la invitación para impartir un curso de literatura en la universidad de Albany.

Torrente Ballester emigró a América a mediados de los sesenta por despecho literario, porque sentía que aquí no tenía sitio como escritor, justo cuando -aquí- había encontrado el lugar perfecto para escribir, en una casa con vistas al río Lérez: un abuhardillado donde montó su estudio con visos de camarote de bergantín, abierto a la ría, propicio para que lo colmaran ocasos y vendavales. En Pontevedra, donde ejercía de profesor en el instituto femenino, germinó La saga/fuga y ensoñó Castroforte del Baralla, y en ese estudio -corazón de su nostalgia de la ciudad- escribió el capítulo tercero, Scherzo y Fuga (probablemente durante unas vacaciones en sus años americanos), que comienza así: Ese día, o más bien esa noche, me encontré con que yo ya no era quien solía, sino yo mismo.

Torrente Ballester, fotógrafo. (Fotografía de Colita.)

Conocí a Torrente Ballester, de vuelta de América, cuando La saga-fuga de J. B. llevaba un par de años en las librerías, pero sólo había leído Los gozos y las sombras -y era de los pocos entonces, porque esa trilogía sólo se vendió gracias a la popularidad de la serie estrenada en 1982 (cómo olvidar aquella Clara Aldán encarnada por Charo López)-. Después de aquel encuentro, lo primero que hice fue ir a una librería a por La saga/fuga y leer aquellas páginas como si él me hablara, como si continuara escuchando su voz.


A Torrente Ballester le debo a Pessoa, es de esas deudas memorables, la de los descubrimientos cardinales. Le debo también la lección del humor como un asunto mayor de la literatura. Y releer el Quijote como si fuera la primera vez. Hubo otras lecciones, pero ésas fueron las primordiales. Recuerdo que le preguntaban -a propósito de La saga/fuga- por Cien años de soledad que se había publicado unos años antes y -lo estoy viendo- apenas podía disimular cuánto le enojaba la referencia, sobre todo de quienes saltaba a la vista que no habían leído su novela y quizá tampoco la de García Márquez. Y no digamos cuando sacaban a colación el realismo mágico quienes no debían saber del Félix Muriel y a Cunqueiro sólo lo conocían por el forro. En fin, que sigue pareciéndome inverosímil que fuera precisamente La saga/fuga la primera novela suya que se convirtió en un éxito, no por minoritario menos relevante. Me gustó mucho saber que Borges, a otra pregunta tópica de un periodista íbero sobre Cien años de soledad, comentó que no entendía tanto interés por ese libro cuando tenían mucho más a mano La saga/fuga de Torrente Ballester, que es una novela excepcional.

No resisto la tentación de citar unas cuantas líneas del informe del censor sobre la novela: De todos los disparates que el lector que suscribe ha leído en este mundo, éste es el peor. Y se explica: Totalmente imposible de entender, la acción pasa en un pueblo imaginario, Castroforte del Baralla, donde hay lampreas, un cuerpo santo que apareció en el agua y una serie de locos que dicen muchos disparates. De cuando en cuando, alguna cosa sexual, casi siempre tan disparatada como el resto. El diagnóstico no puede ser más esclarecedor: Este libro no merece ni la denegación ni la aprobación. Y añade esta perla cultivada: Se propone se aplique el silencio administrativo. Algo así merecería figurar en La saga/fuga y quién sabe si Torrente no se sintió alguna vez tentado de enhebrarlo en alguna figuración de J. B.

(Fotografía de Chema Conesa.)

Lástima que entonces sólo le pregunté sobre la literatura, si fuera hoy le hubiera tirado de la lengua sobre el cine. Cada vez que volvía de Albany aprovechaba para ver alguna película en Nueva York: el Satyricon de Fellini, una vez; El discreto encanto de la burguesía de Buñuel, la última. No sé si le gustaban los fantasmas del cine, pero hubo una casa de fantasmas que le marcó para siempre y devino la matriz de su literatura, la casa de su abuela en Serantes, una casa grande, destartalada, llena de muebles hermosos y desvencijados, de puertas y ventanas con vida propia; caja de resonancia de todos los vendavales, de todos los ruidos, de los pasos quedos de todos los fantasmas... animados en el teatro de sombras que despierta una palmatoria temblorosa en la mano de un niño caminando por un pasillo en la noche oscura.


Pero si finalmente ya no hace falta reivindicar la imaginación y el humor en Torrente Ballester, suele olvidarse -o no se recuerda o valora lo suficiente- el erotismo que destilan sus obras. Tan cegato para tantas cosas con los años, hasta para leer -quizá el menoscabo más doloroso para un lector empedernido como él-, nunca le faltó la vista para ponerle los ojos encima a las mujeres hermosas. No faltan los testimonios. Os dejo el de Félix de Azúa, quizá el más gozoso:

Un viejo glorioso

De mis Encuentros con Grandes Hombres de Antaño guardo un magnífico recuerdo del que me permitió conocer y simpatizar con Gonzalo Torrente Ballester. Debió de ser hacia 1990, en pleno verano parisino, y le estábamos esperando en La Closerie des Lilas, al final del Bulevar Raspail, un grupo de amigos españoles.

Uno de ellos, personaje descomunal que ahora no quiero nombrar, había citado también allí al hijo de un hermano suyo que vivía desde hacía décadas en Extremo Oriente y a quien no había vuelto a ver. Tampoco su sobrino le había visto nunca, desde una lejana visita al cumplir los tres años, cuando se despidieron de la familia antes de emprender el gran viaje al Este.

Torrente llegó muy puntual, muy contento, muy bien colocado detrás de sus enormes gafas de megamiope. Lo cierto es que en una primera impresión, a don Gonzalo, que era delgado como un alambre, sólo se le veían las gafas, dos colosales rosetones semiopacos, tras los cuales vivía el literato.

Fue muy amable con todos y procedió a contar dos anécdotas encadenadas, realmente jocosas y bien narradas, aunque no acabé de entenderlas porque me distraía verle consultar la carta, operación que duró toda la segunda anécdota. La estudiaba de lado, es decir, por el borde, como si tratara de desentrañar una anamorfosis de Holbein.

Cuando había ya decidido pedir un Negroni, llegó el sobrinito, el cual era ya un mocetón de casi treinta años, alto y apuesto, al que acompañaba la mujer más espectacular que yo haya visto en toda mi vida.

Era a todas luces nórdica y muy joven, medía unos dos metros de altura y bajo su cabellera habríamos podido dormir todos los presentes, como bajo el manto de la Virgen de los Desamparados. Las curvaturas y grosores anatómicos que la adornaban eran de una rotundidad soberbia, barroca, salomónica. Y como en París hacía muchísimo calor, iba casi desnuda.

Mediante enormes esfuerzos logramos simular una naturalidad perfectamente farisea y procedimos a inverosímiles acrobacias con tal de no mirar las abundancias de la soberana criatura, lo que causó algún derrame de botellas y la caída de una silla.

Era sumamente difícil y doloroso no mirar aquella masa radiactiva de erotis­mo salvaje cuya jovialidad y fortaleza vital se manifestaban en unas risas wagnerianas que hacían vibrar las copas de martini y palpitar sus enormes senos casi por entero ajenos a todo cubrimiento.

Debo decir que, a diferencia de los presentes, don Gonzalo no disimuló en ningún momento. A la semiextinguida luz de su tristísima y casi muerta visión, aquella presencia debió de haber sido como la del ángel del séptimo sello, y en consecuencia, desde que alcanzó a divisarla la miró con un descaro y una agresividad que a todos los presentes nos llenó de zozobra.

De pronto, sin previo aviso y ante el pánico general, se levantó mascullando excusas en voz baja y fue aproximando su silla a la de la muchacha con breves saltitos de rana hasta casi sentarse en su falda, todo ello sin dejar de escrutar las partes superiores para ir luego lentamente bajando hacia las inferiores como si se tratara de la carta de los cocteles.

Cuando ya se encontraba a media inspección, apartóse unos centímetros y pió con dulce acento gallego: “No le importa, ¿verdad hijita? ¡Es que es tan insólito!”.

La tremenda walkiria estalló en unas carcajadas que limpiaron el aire de toda miasma y fantasmagoría, lo que no sólo nos alivió, sino que nos permitió, también a nosotros, echar una miradita. Se lo debemos a don Gonzalo, a quien Dios tiene en su gloria.

18/5/12

Las islas de las Cotovías


Hay escritores, digamos como Cunqueiro (pero también Valle-Inclán o Torrente Ballester, ¿tendrá algo que ver que sean gallegos?), que habiéndonos cautivado pongamos que hace veinte o treinta años arrumbamos en el desván de los libros que han de pasar la prueba del olvido. Y allí se quedan sin decir nada, sin una protesta muda siquiera y sin llamar la atención. Hasta que una palabra resuena en la memoria y aviva el rescoldo de una página extraviada. O una imagen despierta el eco de un lugar que sólo tiene asiento en la sintaxis, como el país de Bolanda. Entonces llega la hora de abrir de nuevo Cuando el viejo Sinbad vuelva a las islas. Así, Sinbad, con ene. Hace cincuenta años que apareció en las librerías; un año antes lo había publicado Galaxia, en gallego, con ilustraciones de Xohán Ledo.


El ejemplar que tengo a mano corresponde a la 2ª edición en castellano, en Destino, de 1971.


No sé cuál de las dos versiones me gusta más, porque el Sinbad en castellano no es una mera (auto)traducción, más bien habría que hablar de una recreación, de una reescritura; a Cunqueiro, si se puede, se le debe leer en los dos idiomas, quizá porque uno resuena en otro con armonías insospechadas y en esa música germinan hallazgos (léxicos) inolvidables de imaginería barroca (gallega).

Yo, Al Faris Ibn Iaqim al Galizí, cuando hacía examen en Toledo de traductor, y pasaba por cartapacio lengua latino-romana, acariciaba en aquel duro banco mi corazón de ribereño del mar con el último verso de una oda de Horacio, en la que un gran almirante de antaño, que se llamó Don Ulises de Itaca, hablando con sus marineros les dice, y se le ve una mano alegre en el aire, 'Cras iterabimus aequor', que se anuestra por: 'Mañana navegaremos al largo'...

¿No suena de maravilla ese se anuestra? Pero es que además cifra la poética de Cunqueiro: anuestrarse el imaginario mitológico -griego, arábigo, artúrico, shakesperiano, o el que le pete, vamos- para destilarlo con humor y fantasía en el habla florida de viajeros que se cuentan -e inventan- el camino en la taberna de una encrucijada de los vientos. Cunqueiro toma los libros -Las mil y una noches, por ejemplo- como pretextos de otros libros -el Sinbad, pongamos por caso- y éstos como reescrituras del mito en una geografía transfigurada por la materia misma del contar: una sintaxis que pinta y una voz que se ve. Cunqueiro es de esos escritores que, de paso, redescubren las palabras haciéndoles un sitio inesperado pero pintiparado, tanto que uno piensa que le estaba destinado desde antes de Babel.

Cunqueiro, el tercero por la izda., 
entre la dueña y la hija del restaurante Mosquito de Vigo, 
en compañía de Josep Pla y Torrente Bellester, a la decha., 
en los años sesenta.

Como en Torrente, la imaginación de Cunqueiro deviene una herramienta del humor (y no al revés); como en Valle, la imaginación resulta una función del lenguaje (y no al revés). Humor e imaginación que revelan una mirada melancólica sobre el mundo cribado en las más bellas historias que, en último término, tampoco podrán salvarnos de la derrota que representa siempre la realidad: El correr de un hilo de agua por el cristal de una ventana entretiene a un hombre imaginativo una larga hora, dice Sinbad. Imaginativo y melancólico, o imaginativo por melancólico. En Cunqueiro el narrador es un quijote (el propio autor vestido en Sinbad con los ropajes del viajero Al Faris Ibn Iaquim al Galizí, nombre arábigo de Álvaro Cunqueiro, hijo de Joaquín y de nación gallega), que sólo puede vivir en el aquel de contar, que en las historias arboladas de viva voz encuentra un último y cálido refugio. Entonces, mitad Sinbad, mitad Quijote, siempre.

Sinbad mató el candil, se metió en el lecho, y buscó en las memorias suyas un viaje para adormecer con él, y gustaba de buscarlos muy largos y detallados y no sabía dejar cabo suelto desde que salía a la solana suya haciendo visera con la mano, por ver cómo se levantara el mar aquella mañana, y qué viento lo peinaba, y por veces tenía que pararse, que no situaba en el cuento unos compañeros o una despedida, o de qué parte ancoraría la nave, o un fardo estaba puesto en cubierta que no dejaba pasar cómodo a proa, y estaba media hora dándole vueltas a aquel tropiezo, y cuando lo burlaba, entonces la nave y el sueño suyo encontraban franca vía, y adormecía en un repente, quedado y roncador, y si soñaba, lo que no acostumbraba, le subían los sueños en palabras a los labios, a pasearse. Si pudiéramos verlas, seguramente que eran palabras muy vestidas de colores, espuma de la memoria que Sinbad gastaba cada día, nueva y eterna espuma del mar mayor, rota en perlas relucientes por los vientos amigos que pasan cantando.

El sueño como nave. El relato como ciencia del sueño. Contar para dormir. Y si soñar, las palabras suben a los labios a pasearse. Cunqueiro entero se desnuda -y se deslíe- en este párrafo. Un narrador -como Sinbad- que se goza en los detalles y se alboroza en el adjetivo que bien viste para bien ver, como satinado levantisco para el humilde remiendo de un camisón, prenda de la memoria de una dama de Ormuz: Hay adjetivos que dichos de una cosa, en el instante mismo la aumentan de precio, y la ponen delante de los ojos como si encendiesen a su lado una lámpara, o la acabasen de pintar... ¿Entendéis ahora por qué hay que arrumbar a Cunqueiro y la madre que lo parió si uno quiere seguir escribiendo con tan menguados recursos propios?  ¿Queréis otra pieza de descargo? Ahí va el pez papagayo:

En el mar no hay que admirarse de nada, después del milagro que es que se pueda andar por él en un atado de maderas, y que se puedan tomar los vientos señoriales en unas lonas recortadas. El pez papagayo lo pesqué yo mismo a diecisiete leguas de Columbo. Es pez de fondos, pero las hembras salen mudas, y a los más de ellos no les hace gracia procrear en silencio allá abajo, y dejan ese trabajo a los machos que salen mudos, o tartamudos, o tácitos, que hay de todo como en las familias, y los bien parlantes suben a la nata del mar, y andan cerca de las naos; no se pescan porque escuchan todo lo que hablan los marineros. El hablar de ellos es la cosa más graciosa que hay, porque hacen con su boca, que tiene pequeños labios encarnados, unas vejigas de aire, y las mandan fuera del agua: al salir estallan y vierten la palabra que llevan dentro, y en cada vejiga no caben más de dos sílabas, y así, si la palabra tiene tres, hay que adivinar lo que falta. Dicen 'golon' por golondrina, e 'higue' por higuera, y su lengua simpre es arábigo letrado.

Por no hablar de la página donde Sinbad le cuenta al ciego Abdalá qué es eso del teatro -es como una novela, sólo que no pasa en el papel, sino en figuras vestidas de lujo en un tablado, en un patio- y le describe una pieza de teatro chino que vio una vez en Cantón, La Dama que engañada por un Demonio elegante quiso comprarle al Viento la Perdiz que hablaba, o Verdadera Historia de un Mandarín que por no gastar quedó cornudo; es que el título ya vale un potosí y parece escribirse solo y ganas dan de ponerlo en escena. Pero a propósito de contar para ciegos hay una nota que apunta el narrador para revelar  el gran arte de contar que despliega Sinbad: ...los ejemplos los pone de bulto y no de colores, para que el pobre ciego no se ponga a profundizar más dolorido en su pérdida. No me digáis que el arte de narrar no es también el arte de abrazar con la voz. Bendito Sinbad. Bueno, sí, tenéis razón, bendito Cunqueiro también.

Y eso que de Cunqueiro siempre preferí las estampas a las novelas. Me quedo con Os outros feirantes o Escola de menciñeiros antes que con Merlín y familia o As crónicas do sochantre (cito en el idioma en que leí los libros la primera vez). De aquéllas me gustan mucho la de Borrallo da Lagoa, el menciñeiro que curaba a los pacientes cambiándoles el nombre, o sea, cambiándoles el personaje, y donde Cunqueiro abrocha el cuento con una línea que te deja helado: O Borrallo, polo verán de 1936, apareceu morto cun tiro na cachola. Así, como quien no quiere la cosa. O la de Mel de Vincios que prefería la terapia de la fotografía y llevaba a los clientes -eso sí, a los que tenían posibles- a un retratista, como si la imagen les limpiase el ánima. Pero de todas me quedo con la de Novagildo Andión, el dueño de un viejo autobús que llevaba a personas y animales por las ferias, y que era tan aficionado a la música que le compró el violín a un ciego y aprendió lo suficiente para acompañar los romances de crímenes que se hacía escribir; así que llegaba con el autobús a la feria, apeaba pasajeros, descargaba el porcino y se ponía con el violín en una esquina y cantaba los romances con hermosa voz, mientras una sobrina vendía los pliegos y pasaba el platillo. Entonces llega el episodio que más me gusta (cito de la edición en castellano de la estampa en La otra gente):


Un día, en el San Froilán de Lugo, fue al cine con su mujer, a ver una película sobre el hundimiento del Titanic, y me contaron que andaba como loco buscando quien le escribiese un romance sobre aquella catástrofe pero no lo encontró. Se llevó un gran disgusto. Años más tarde me explicaba a mí el éxito que habría tenido, con el iceberg chocando con el Titanic en el cartel que haría pintar, y el mar lleno de mujeres enjoyadas, y un caballero buscando entre las olas, con una linterna de mano encendida, a su amante.
-Eso -me decía- no salía en la película, que era invento mío.
Hacía una pausa, meneaba la cabeza, y comentaba:
-Ese da linterna faría chorar ás pedras! Chorei eu cando o inventei!
Y ahora mismo lloraba al recordarlo.

Ni siquiera estoy seguro de que el Merlín o el Sochantre o el Sinbad sean novelas; ni los feirantes y menciñeiros, cuentos. Creo más bien que la prosa de Cunqueiro es un género en sí misma que hace de la sintaxis una fantasía, o si se quiere, una ciudad levantada en el aire, como Moara, la que describe Sinbad, arbolada en una torre sobre una laguna, de ésas que sólo existen en los libros, cuando no son espejos ni mapas del mundo, sólo la biblioteca de un hacedor de sueños con las cuentas de la memoria de libros insomnes, o una cartografía viva de un cosmos invisible. Cunqueiro escribía lo que escribía para habitar con la literatura un mundo a la medida de la utopía de una biblioteca encantada. Alguna vez he imaginado a Cunqueiro como copista en un monasterio románico en el aquel de transcribir la Odisea y, tomándose todas las libertades del mundo con el poema de Homero como se las tomaría -bueno era él-, qué Ulises habría llegado hasta nosotros, quizá como un soñador derrotado por la ficción en que se ha convertido su propia vida, fatigando cuentos de circes, sirenas y nausicaas en una taberna de Itaca, que los parroquianos escuchan como fantasías de un viejo marinero, pero ya no como el relato de una experiencia; un cuentista ameno, quizá, y aun del que reírse un poco si cuadra, pero ya no el narrador de un viaje como escuela de la vida; y, rebajado el cuento a mero entretenimiento, a Ulises no le queda otra sino acabar contándole historias al mar al que nunca podrá volver, atrapado por el bagazo de su propia melancolía. La narración como arte del viaje y el viaje (fantástico) como arte de supervivencia. Por eso en As mocedades de Ulises, el héroe aprende el arte de navegar, O sea, el arte de contar. El oficio que salva a Ulises en la Odisea. Y a Cunqueiro en Mondoñedo. Porque, como Sinbad, sólo por los vientos del cuento podrá catar otra vez las islas de las Cotovías, cuando el viejo navegante perdió la gracia del mar:

...cuando la gente comenzó a descreer de los países que traíamos en conversación los que andábamos por el mar, altaneros. Ahora todas las novedades son por mapa y aguja, y los pilotos no salen de cuarta levantada, que es como andar con bastón por las calles de Basora, y no encontrarás entre los pilotos del Califa de Bagdad uno que sepa navegar por sueños y memorias, y así no logran ver nada de lo que hay, de lo que es milagro de los mares. ¡Fácil es decir que no hay Cotovías!

Pero mientras haya quien las cuente deshojando con humor la rosa de la melancolía, como Sinbad en su última derrota -como Cunqueiro, que había elegido para las memorias que no escribió el hermoso título de Cinza na manga dun vello (ceniza en la manga de un viejo), ese verso del cuarto cuarteto de Eliot-, habrá islas de las Cotovías adonde navegar por sueños y memorias.

13/3/10

Las tres pes


Miguel Delibes no es uno de mis novelistas de cabecera, por así decir, pero allá por los setenta leí algunas de sus obras, entre ellas Las ratas, la que más me había gustado; y hace diez años El hereje, su última novela. Hace unos quince años tuve que convivir durante unos meses con Los santos inocentes, porque impartí un curso en varios institutos de Galicia sobre adaptaciones cinematográficas de obras literarias y los profesores siempre me pedían que les hablara sobre la película de Mario Camus, y la novela de Delibes, claro. Algún domingo, si tenemos puesta la radio, coincide a veces que Montserrat Domínguez habla con Eugenio, un pastor de un pueblo de Valladolid, y más de una vez escuché en su boca las palabras de Delibes. Aunque sería mejor decir que encontré en las palabras de Eugenio el eco de los nombres y de los verbos perdidos que han germinado en las páginas del escritor. Como bocana, para referirse a la noche cerrada cuando el último resplandor del crepúsculo se apaga en las anchas tierras castellanas. Como encalabrinar, un olor que turba, que irrita; un verbo que procede de calabrina, el olor de un cadáver. Pero encalabrinar también significa enamorarse perdidamente u obstinarse, empeñarse en algo sin atender a razones. No hará falta esperar cien años para que las palabras de los campesinos que hablan en sus novelas nos suenen como las del siglo de Oro. Ahora mismo están muriendo los últimos que han de pronunciarlas con el sabor de las cosas esenciales. Ésas que cobraban, gracias a la inteligencia literaria de Delibes, el nombre exacto. A ellas habrá que volver a no tardar para desenterrarlas y pronunciarlas como si fuera la primera vez. Por eso me resultó especialmente triste cuando hoy leí en El País unas líneas que el escritor destinó a modo de prólogo de sus Obras Completas:

Aunque viví hasta el 2000..., el escritor Miguel Delibes murió en Madrid el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz. Esto es, en los últimos años literariamente no le sirvieron de nada.

El balance de la intervención quirúrgica fue desfavorable. Perdí todo: perdí hematíes, memoria, dioptrías, capacidad de concentración... En el quirófano entró un hombre inteligente y salió un lerdo. Imposible volver a escribir. Lo noté enseguida. No era capaz de ordenar mi cerebro. La memoria fallaba y me faltaba capacidad para concentrarme. ¿Cómo abordar una novela y mantener vivos en mi imaginación, durante dos o tres años, personajes con su vida propia y sus propias características? ¿Cómo profundizar en las ideas exigidas por un encargo de mediana entidad? Estaba acabado.

Era triste leerlo, pero el hecho definitivo de que Delibes ya no estuviera más que en las páginas que dejó tras él, casi resultaba un alivio. Además creo que él llevaba tiempo deseándolo, ya le era muy difícil vivir sin su Ángeles. A mediados de los setenta tuve la suerte de conocerlo. Dio una conferencia en Vigo y lo presentó Torrente Ballester. Fuimos a escucharlo y llevé conmigo el ejemplar de Las ratas. Al terminar la conferencia, me acerqué para que me firmara el libro y le comenté tímidamente algo sobre lo que él había dicho a propósito de la cocina de la novela y, para mi sorpresa, se entretuvo en hablar unos minutos conmigo, impacientando a unas señoras con visones que aguardaban con ediciones de tapa dura en sus manos enguantadas. Recuerdo como si fuera ayer que apenas si tome notas durante la conferencia, tan bien hablaba don Miguel, sólo los tres ingredientes que consideraba esenciales en la novela: un personaje, un paisaje y una pasión. Encerré los ingredientes en un rectángulo remarcado y escribí encima: las tres pes.

23/4/09

El don de la risa


Ilustración de Antonio Saura


Hoy se celebra el día del libro. De Sant Jordi, o sea del libro y de la rosa. El día en que Juan Marsé recibe el Cervantes. El autor de Últimas tardes con Teresa ha hablado de la imaginación y de la memoria (Antonio Lobo Antunes ha dicho que la imaginación es memoria fermentada, creo que es la definición perfecta), y del Quijote. Tuve mucha suerte con el Quijote.

A los diez años ya había leído La isla del tesoro, el Lazarillo de Tormes, Los piratas de la Malasia, Viaje al centro de la tierra y Veinte mil leguas de viaje submarino. Debo hacer una precisión, cuando digo que las leí quiero decir que las leí en ediciones íntegras, no en ediciones "infantiles" resumidas. Supongo que a mis padres ni se les ocurrió. No fueron los únicos libros que leí hasta los diez años pero sí aquéllos que me convencieron definitivamente de que entre las páginas de un libro se encontraba una promesa de la felicidad. Entonces le pregunté a mi padre cuál era el mejor libro del mundo. Mi padre pensó durante un rato, le dio una calada al ducados, soltó el humo por la nariz, pensó un poco más y me dijo que el mejor libro del mundo era el Quijote. Mi padre me había recomendado Ivanhoe, Pasión de los fuertes, Robín de los bosques, El prisionero de Zenda, y me había advertido que si realmente quería ver películas de Tarzán, las de Johnny Weismüller eran las mejores. Yo había comprobado que mi padre tenía razón punto por punto: todas esas películas me encantaron. Así que no lo dejé en paz hasta que me compró el Quijote, bueno, en realidad, me lo echaron los Reyes Magos. Eso sí, lo dicho, una edición íntegra.

Seguramente mi padre se arrepintió más de una vez por haberme cumplido el gusto, por haber hablado más de la cuenta: ¿quién le mandó hablarme del Quijote? La cabecera de mi cama estaba separada por una pared de la cabecera de la cama de mis padres. Cada noche leía el Quijote hasta que el sueño me vencía. Pero yo resistía mucho, tanto me gustaba aquel libro maravilloso. Gustar es una palabra limitada para hablar de lo que el Quijote hacía conmigo: me moría de risa. Leí el Quijote como una novela cómica: qué otra cosa podía ser un libro cuyo héroe sale a la aventura con una palangana en la cabeza haciendo las veces de yelmo. Mi padre conducía un autobús y tenía que levantarse a las cinco de la mañana para hacer la "línea de los obreros". Mis carcajadas lo despertaban de madrugada. Lo escuchaba cuchichear con mi madre. Más de una vez temí que me prohibieran leer el Quijote de noche. Pero no, lo soportaron con estoicismo. Seguramente don Miguel de Cervantes sonreiría desde el cielo de las letras al advertir el secreto (y costoso) homenaje que un conductor de autobuses y una costurera le tributaban a una de sus criaturas. Y yo seguí desternillándome con el ingenioso hidalgo de la Mancha.

Para mí el Quijote nunca representó nada especial, es decir, algo más que un libro que me había procurado horas y horas de felicidad, noches y noches de encanto inolvidable. ¿Para qué otra cosa iba a servir un libro? Claro, llegó el bachillerato y ahí ya me obligaron a leerlo, resumirlo, comentarlo. Y aquel libro maravilloso perdió todas las risas que llevaba dentro. Y dejó de ser una novela cómica. Se convirtió en un clásico.

Pero los dioses que protegen el amor por los libros propiciaron un encuentro inesperado: Torrente Ballester. Gracias a él no sólo descubrí a Pessoa y a Maiakovski, también recuperé mi primera lectura del Quijote, la lectura gozosa, la felicidad de sus páginas. Unos años después leí su libro El Quijote como juego que me sigue pareciendo una de las más luminosas "lecturas" de la novela de Cervantes. Luego supe que la comicidad del Quijote había sido apreciada por Laurence Sterne. Y por Kundera. Y que Orson Welles había acertado de pleno al situar su Quijote en el presente e iniciar su película en un carnaval, o sea, en una fiesta de disfraces, incluso filmando al ingenioso hidalgo en un cine.


Es decir, supe con el tiempo que cuando tenía diez años leí muy bien el Quijote, o sea, como debe ser leído. Y muy recientemente disfruté con las páginas tiernas y cálidas que Andrés Trapiello le dedica en sus diarios y en su libro Al morir don Quijote. Y a su autor en Las vidas de Miguel de Cervantes.

Cuando me llegó el momento de impartir lengua y literatura, les hablaba a los alumnos, a veces, de Cervantes y del Quijote. Pero nunca nunca se me ocurrió obligarles a leerlo. Es un libro tan maravilloso que merece el destino del encuentro inesperado, del azar feliz, del goce gratuito.

El Quijote es una obra tan humana que nació con el don de la risa.