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14/6/20

Ven y mira (Eric Rohman)


Os dejo una antología de los más de 7000 carteles de cine que pintó el artista sueco Eric Rohman (1891-1949). Por lo visto a principios de los 20 se dedicaba a tiempo completo a producir carteles de cine y en los 40 pintaba cuatro o cinco por semana.

Shanghaied (Charles Chaplin, 1915)

The Devil's Circus 
(Benjamin Christensen, 1926)

So This Is Paris (Ernst Lubitsch, 1926)

Two Can Play (Nat Ross, 1926)

Alraune (Henrik Galeen, 1928)

A Woman of Affairs 
(Clarence Brown, 1928)

Where East Is East (Tod Browning, 1929)

Dangerous Curves 
(Lothar Mendes, 1929) 

The Sky Hawk (John G. Blystone, 1929)

Broadway (Paul Fejos, 1929)

Words and Music (James Tinling, 1929)

Wharf Angel (William Cameron Menzies 
y George Somnes, 1934)

Le roi des Champs-Élysées 
(Max Nosseck, 1934)


10/6/10

La delgada piel de la ficción


Tengo la convicción de que Freaks existe porque se hizo cuando era posible, quiero decir cuando (casi) todo era posible, cuando los dogmas sobre qué era el cine no habían calcificado el modo de producción de películas y, valga la expresión, la diversidad era la norma. Hasta Hollywood era otro Hollywood y el modelo industrial fordiano -de Henry Ford, claro- aún no había colonizado por completo el sistema de producción, aún había territorios propicios a la aventura estética incluso en el seno de los grandes estudios. Freaks es una película de Tod Browning, una producción de la Metro, un proyecto desarrollado y aprobado por Irving Thalberg -el referente real de El último magnate de Scott Fitzgerald-, el tipo que le había quitado de las manos Avaricia a Erich von Stroheim, o sea, un productor con todas las letras de los hijoputas, pero al que le debemos películas inolvidables, como Freaks. Una película de aquellos años en que las películas empezaron a hablar.


Quizás no haya un periodo más fascinante en la historia del cine que la transición del cine mudo al cine sonoro. Y decimos mudo -la definición usual- a falta de un concepto mejor, porque el cine mudo nunca fue tal -los actores hablaban aunque no escuchábamos lo que decian- ni tampoco silente -después de las primeras proyecciones, siempre se le añadió música en vivo (con un piano o una orquesta) e incluso efectos de sonido-, de hecho ninguna definición colmaría la gran variedad de modalidades de exhibición cinematografica anteriores al cine sonoro; instituciones como el benshi, el narrador de películas del cine japonés que pervivió hasta 1936 puede dar una idea de la diversidad de lo que llamamos cine mudo, de su raigambre y de las resistencias pasajeras a su desaparición. Resistencias que tenían que ver con la renovación tecnológica que debían afrontar las salas de cine, bastante más complejas que las que ahora exige la incorporación del 3D, y con la evolución del lenguaje cinematográfico derivadas de la conjugación de las voces, la música y los efectos de sonido, y de la transformación lenta pero imparable del tratamiento sonoro en las películas.

Publicidad del estreno de
El último de Murnau
en Hamburgo

Esos años que van, pongamos por caso, desde 1927 a 1933, representan una época propicia, quizá como ninguna otra, para la experimentación fílmica, en ella conviven las rupturas y se fragua el clasicismo cinematográfico, son los últimos años en que el cine europeo aún mantiene el tipo -artístico e industrial- ante Hollywood. Quizá algunos ejemplos bastan para dar una idea cabal de esos tiempos convulsos, también desde un punto de vista histórico -recordemos que en su vértice se produce el crack del 29- que cambiaron el cine para siempre. En 1927 se estrenan películas como Berlín, sinfonía de una gran ciudad de Walter Ruttmann, Metropolis de Fritz Lang, Underworld de Joseph von Sternberg, El maquinista de la general de Buster Keaton y Amanecer de F. W. Murnau, películas que dan idea de la perfección alcanzada por el cine mudo en tres décadas; quizá convenga añadir que ya en 1924 se habían estrenado dos películas extraordinarias, El último de Murnau, una película que prescindía completamente de los intertítulos, y Avaricia de Erich von Stroheim, una película homérica, un filme-novela, una obra despedazada después de que Thalberg se la arrebatara a su creador, y aun así extraordinaria, mítica, decomunal.


En 1928 llegan a los cines The crowd (Y el mundo marcha) de King Vidor, El viento de Victor Sjöström y La pasión de Juana de Arco de Dreyer; en 1929, El perro andaluz de Buñuel y Dalí. En 1930, Tierra de Dovzhenko y El ángel azul de Sternberg; en 1931, La golfa de Jean Renoir, Luces de la ciudad de Chaplin y M de Lang; en 1932, Vampyr de Dreyer, Scarface de Hawks y La nuit du carrefour de Jean Renoir; en 1933, Cero en conducta se Jean Vigo, Una mujer para dos de Ernest Lubitsch, El testamento del doctor Mabuse de Lang y Sopa de ganso de Leo McCarey con los hermanos Marx. Unas son mudas, otras quieren subyarar el hecho que ya son sonoras, algunas apuntan los desplazamientos significativos que el sonoro pone de relieve en la puesta en escena y en la interpretación, bastantes constituyen tentativas de exploración del sonido como recurso expresivo, todas son películas fronterizas, a la vez principio y fin. El Amanecer también es un crepúsculo. De la edad de oro de un arte de la mirada sobre la piel de los seres y de las cosas, sobre la corteza del mundo.


En el cine aprendemos a ver lo que ya hemos visto o intuido, en el cine descubrimos un refugio para nuestras almas, porque el cine celebra lo que tenemos en común con los personajes de la pantalla, pero también -y quizá sea lo más importante- porque el cine conjuga las imágenes con el misterio y nos devuelve lo familiar como si nunca lo hubiéramos visto antes, nos permite ver las cosas por primera vez. Ésa es la única originalidad del cine que vale la pena considerar. El cine nos enseñó a ver lo que las películas nos mostraban, porque, como le decía Goethe a Eckermann, el arte debe contribuir a formar los órganos necesarios para aprehenderlo. El cine formó nuestros ojos para ver lo que las imágenes proyectadas en una pantalla nos revelan, más allá de la historia, más allá del drama, más allá de las formas. Ése ya es el legado del cine mudo.

David W. Griffith en el rodaje de
El nacimiento de una nación
(1914)

Y durante unos años no se supo muy bien qué hacer con él, tan obsesionados estaban con el sonoro. Y algunos cineastas no supieron muy bien qué hacer con el sonoro, tan cómodos se sentían con imágenes sin voces pero que decían tantas cosas. Para algunos de los más señeros -D. W. Griffith, Erich von Stroheim, Buster Keaton-, aquella frontera del sonoro representó su consumación como cineastas. En esos años, desconcierto, incertidumbre y desasosiego propiciaron en Hollywood la producción de algunas películas raras, únicas, insólitas; películas que sondearon las fuerzas oscuras, las sombras movedizas y las pulsiones tenebrosas que habitan nuestro mundo, apenas separada por la frágil frontera de una piel de progreso, racionalidad e ilustración que nos envuelve; películas que nos pusieron delante el espejo de lo otro. Los monstruos: los otros que son de los nuestros. O viceversa. Películas como Freaks de Tod Browning. Una película de 1932.


De la media docena de películas que conozco de Tod Browning -entre ellas, Muñecos diabólicos (1936) que también me gustó y donde figura como guionista Erich von Stroheim- la que prefiero es una película muda, The Unknow (1927) que aquí se estrenó como Garras humanas, con un argumento del propio Browning y guión de Waldemar Young. Creo que es una obra maestra. Comienza con unos intertítulos donde se lee: Esta es una historia que se cuenta en el viejo Madrid... la historia, dicen, es verídica. Es la historia de Alonzo, encarnado por Lon Chaney, un experto lanzador de cuchillos y tirador de precisión con los pies. Alonzo es un artista de circo que carece de brazos. Tras contemplar la carpa centelleante de un circo en Madrid, vemos cómo Alonzo va lanzando cuchillos desde una plataforma giratoria y va desnudando a Nanon, su ayudante, encarnada por Joan Crawford. Pero Alonzo esconde un secreto: tiene brazos. Y esos brazos cifrarán su tragedia. El argumento de Garras humanas roza lo absurdo por momentos, y en otros lo rebasa, pero es tal la potencia onírica de las imágenes, que se nutren de la fuerza del deseo obsesivo que emana del protagonista, que la película cobra un vuelo surreal y se eleva por encima de la historia: es la lógica de un delirio -no la lógica narrativa- la que alimenta una película que deviene puro arrebato de la mirada. Durante años se pensó que se había perdido, hasta que se encontró una copia en la Filmoteca francesa incorrectamente archivada bajo la etiqueta de inconnu.


Freaks
no es una película perfecta ni una obra maestra, ni falta que le hace. Sencillamente es una película inolvidable con media docena de escenas literalmente maravillosas. Una película, en un sentido profundo, seminal. Deja huella. No sería exagerado decir que Tod Browning estaba llamado a rodar Freaks. A los seis o siete años ya organizaba espectáculos de variedades en la parte de atrás de la casa familiar en Louisville, Kentucky, donde había naciodo en 1880. Las representaciones tenían éxito de público que, obviamente, pasaba por taquilla, y encontraban su repercusión en la prensa local. La celebración del Derby de Kentucky convocaba a los gitanos que montaban sus campamentos a orillas del río Ohio y ofrecían sus funciones de circo que cautivaban a Tod Browning. A los 16 años abandonó a su familia para irse detrás de una bella caballista de un circo ambulante. Con los años ejercerá funciones de voceador, contorsionista y payaso en circos diversos. En 1913, cuando trabaja en un espectáculo de variedades en Brooklyn llama la atención de Charles Murray, un cómico -antiguo artista de circo- que trabajaba para la Biograph en Nueva York interpretando películas de un rollo de David W. Griffith, y se lo presenta al director. Griffith, paisano de Browning y cuatro años mayor, lo contrató para un par de películas y en otoño de 1913 se trasladan a California. Un año después, Griffith empujará al cine a la mayoría de edad artística con El nacimiento de una nación. En 1915, Browning ya rueda películas de un rollo como director y fue ayudante de dirección de Griffith en uno de los episodios de Intolerancia. Allí se encuentra con otros pioneros que se convertirían en cineastas en esos años o poco después: Allan Dwan, Raoul Walsh, Frank Borzage, Erich von Stroheim... Al año siguiente empieza a rodar largometrajes y se distingue por el uso de una iluminación racional, o sea, justificada, y en 1918, en la Universal, conoce a dos tipos fundamentales en su obra: el productor Irving Thalberg y el actor Lon Chaney. Eran los años en los que se fraguaba el lenguaje del cine, Hollywood era un mundo aparte, se ganaba mucho dinero, la desmesura era moneda corriente y los excesos el pan nuestro de cada día. Babilonia, vamos, basta leer a Kenneth Anger. Browning no fue ajeno a ese modo de vida y la Universal lo echó en 1923. Dos años después resucita en la Metro, donde ahora trabaja Irving Thalberg, con The Unholy Three, también ambientada en un circo y protagonizada por Lon Chaney, y basada en una historia de Clarence Aaron Tod Robbins.


Encumbrado por el éxito de sus últimas películas, Browning regresa a la Universal cuando con el sonoro y rueda, entre otras, Drácula (1931), pero vuelve a la Metro e Irving Thalberg le ofrece un proyecto importante, Arsenio Lupin. El 8 de junio de 1931 Browning se reúne con Thalberg y le plantea que prefiere hacer una película a partir de Spurs (Espuelas), un relato de Clarence Aaron Tod Robbins, con una trama de venganza protagonizada por un enano y sus colegas -freaks (fenómenos)- del circo. El relato se había publicado en 1923 y Harry Earls -que protagonizará la película- se lo había dado a leer a Browning cuando rodó con él The Unholy Three y la Metro había comprado los derechos por 8.000 dólares.


El caso es que Irving Thalberg aceptó, pero no como un proyecto de serie B sino como una producción con estrellas, es más, él mismo se encargó del desarrollo del proyecto, es decir, se comprometió personalmente con la película y según sus métodos habituales, quizá porque -siendo él mismo una persona enfermiza -morirá a los 37 años- encontró una sintonía íntima en el material que le propuso Browning. Para empezar rebautizó el proyecto como Freaks y asignó a Willis Goldbeck la escritura del guión. Aquella versión de Goldbeck -que escribirá también, pongamos por caso, El hombre que mató a Liberty Valance- impresionó a Thalberg: era tan monstruosa como le había pedido, y aun más. Durante el desarrollo del proyecto, el porductor incorporó a nuevos guionistas: Elliott Clawson, Leon Gordon, Edgar Allan Woolf, Al Boasbery y Charles MacArthur -efectivamente el autor, con Ben Hecht, Primera plana-. Durante cinco meses elaboraron sucesivas versiones del guión, y del relato original conservaron apenas el matrimonio del enano y el banquete de bodas, pero las relaciones entre los personajes experimentaron cambios significativos. En los créditos que vemos en la película figuran Willis Goldbeck y Leon Gordon como autores del guión, y Edgar Allan Woolf y Al Boasberg como dialoguistas.


En principio, Irving Thalberg concibió Freaks como una película con estrellas: Mirna Loy sería Cleopatra, la trapecista que se casa con el enano Hans, pero le horrorizó el guión y le rogó al productor que la librara de ese papel, la sustituyó Olga Blacanova, una actriz que había empezado su carrera en el Teatro del Arte de Stalinalvski en Moscú; Jean Harlow iba a encarnar a Venus, la domadora de focas, pero finalmente le asignaron el papel a Leila Hyams; Victor MacLaglen interpretaría al forzudo Hércules pero el papel fue a parar a Henry Victor. Parece ser -y resulta perfectamente verosímil- que los directivos del estudio se asustaron, el proyecto les repugnaba y presionaron a Thalberg para que redujera los costes previstos -y, por supuesto, la categoría- del proyecto. Uno está convencido de que quizá eso le afectó en alguna medida a Thalberg pero mucho menos -o casi nada- a Tod Browning, al director le preocupaban otras estrellas. Podría prescindir de las estrellas de cine pero no renunciaría a las estrellas -los fenómenos (freaks)- del circo. El circo de Madame Tetrallini de la ficción reuniría a un elenco de atracciones que ni en sus mejores tiempos habría conseguido presentar el mítico circo de los Ringling Brothers.


El director de casting Ben Piazza se pasó un mes en Nueva York y en la costa Este buscando fenómenos en circos, ferias y espectáculos de variedades, recopilando fotografías y rodando pruebas, material que le remitían a Browning. Cada freak del filme era una verdadera estrella, todos eran atracciones mundiales, y el director se las vio y se las deseó para manejar tantos egos artísticos: Harry y Daisy Earles, dos de cuatro hermanos que formaban los Muñecos Bailarines; Peter Robinson, el Esqueleto Viviente; Francis O'Connor, la Mujer sin Brazos, que tenía un número de puntería disparando con los pies y con ellos se entretenía en hacer calceta; Jenny Lee y Elvira Snow, Cabezas de Alfiler, fenómenos del circo Barnum; Prince Randian, la Oruga Humana, que actuaba en un espectáculo de montruos en Times Square; Daisy y Violet Hilton, las siamesas; Johnny Eck, el Asombroso Medio Chico... Las presencias de los verdaderos fenómenos dotan al filme de Browning de una autenticidad que se destila en cada fotograma, y la verdad desborda -y tantas veces desgarra- las costuras de la ficción de Freaks.



El rodaje de Freaks comenzó a mediados de octubre de 1931 y duró treinta y seis días. Como se trataba de una película sin estrellas (de cine) también se abarataron los decorados, o mejor, se reciclaron los de un circo de una película de Greta Garbo, Susan Lennox (Robert Z. Leonard, 1931), que acaba de rodarse y se reutilizaron los carromatos utilizados en The Unknow. En el habitual preestreno, Freaks tenía un metraje de 90 milutos. Basta decir que después de la experiencia le cortaron casi media hora, los cortes afectaron sobre todo al tercer acto, a la venganza de los monstruos, que redujeron a la mínima expresión. Imaginad las reacciones del público que la vió por primera vez y el pánico del estudio.


Se estrenó en enero de 1932 en San Diego en plena Gran Depresión y apenas duró unos meses en cartel. La crítica, salvo excepciones, la denigró; puritanos y fundamentalistas cristianos la anatemizaron; y la Metro estaba deseando sacarla de la circulación. Thalberg murió en 1936. A partir del desastre de Freaks, la carrera de Browning declinó y a finales de los treinta se retiró a su casa de Malibú para siempre. Desde que se recluyó, nunca accedió a que lo entrevistaran. Murió en 1962, un año después de que Freaks resucitara en Nueva York. Quizá supo del éxito de la película entre los cinéfilos y del inicio de su segunda vida, si así fue dudo que le importara. Tod Browning fue de esos directores pioneros para los que el sonoro era un país extranjero, una cultura extraña, quizá superflua. Pero antes de apagarse su estrella llevó un paso más allá las fronteras de lo visible, otorgando estatuto de visibilidad a la vida de los monstruos.


Si quisiéramos resumir el desarrollo visual de Freaks podríamos trazar una trayectoria descendente. Durante dos tercios de la película, contemplamos las humillaciones a que se ven sometidos los monstruos por los normales y Browning nos las muestra sin énfasis, sin subrayados ni angulaciones forzadas, en planos fijos, frontalmente. En el último tercio, una vez que los mostruos se conjuran para vengar la ofensa de Cleopatra, a la que había acogido en su comunidad durante la ceremonia de la boda -"Ya eres uno de los nuestros", le cantan los freaks- y también la tentativa de asesinato de Hans -el enano- con la complicidad de Hércules -el forzudo-, las cartas están echadas, entonces la cámara desciende bajo la lluvia a la altura de los monstruos reunidos bajo el carromato. Y cuando llega el momento nos arrastramos con ellos por el fango, bajo la misma lluvia, uniéndonos a su destino, porque se nos ha revelado cómo lo monstruoso anida en el corazón de la normalidad y lo más humano -incluso en la atrocidad- encuentra cobijo en el alma de los monstruos. Así, la trayectoria descendente traduce también el recorrido de la identificación del espectador, que se corresponde con la estrategia fílmica diseñada por Browning: los monstruos han atravesado la pantalla y nos han tocado el corazón. Dicho de otra forma, cuando la cámara se hace carne con los monstruos éstos ya son carne de nuestra carne. Entonces asistimos al clímax donde Browning pone en escena lo irreconciliable de la naturaleza humana con lo otro, la irremediable escisión de la conciencia, la imposible síntesis de lo humano, el monstruo que emerge rasgando la fina piel de la normalidad social, de lo políticamente correcto, de los ropajes culturales del yo. Por las costuras de Freaks asoman los desgarros de la delgada piel de la ficción.

A la dcha. Tod Browning prepara con los freaks,
la escena del banquete de boda.

2/6/10

Monstruos


Era octubre de 1961. Emile de Antonio, que se convirtió en un brillante cineasta underground durante los 60 con películas experimentales y documentales de carácter político, llevó a Diane Arbus al New Yorker Theater, un cine mítico entre las calles 88 y 89 de Manhattan, en el Upper West Side. Lo habían abierto el año anterior Toby y Dan Talbot, un matrimonio de amantes del cine, y se mantuvo hasta 1973, en ese tiempo el New Yorker Theater se convirtió en un templo de los cinéfilos neoyorquinos con una programación exquisita. En su libro The New Yorker Theater and other scenes from a life at the movies, prologado por Martin Scorsese y editado primorosamente por la Columbia University Press en 2009, Toby Talbot cuenta aquella aventura de amor al cine. Emile de Antonio, amigo de John Cage, Robert Rauschenberg y Jaspers Johns, y a quien todos conocían como De, quería que Diane Arbus viera una película que programaban esa semana: Freaks, de Tod Browning, estrenada en 1932.


En la trayectoria de Diane Arbus hay dos encuentros cardinales: uno en 1958, cuando se dedicaba a la fotografía de moda, con Lisette Model; otro, en 1961, con Freaks en el New Yorker Theater. La película cautivó a la fotógrafa porque los monstruos -los fenómenos de feria- eran reales, es decir, no eran el producto de prótesis, maquillaje y efectos especiales, pongamos por caso como Frankenstein, en Freaks, se produce un efecto de lo real: Tod Browning miraba a los montruos a la cara y nos los daba a ver. Nos los ponía delante para que viésemos. En buena medida, Freaks perturba porque nos remueve los adentros, conmueve por lo que nosotros proyectamos en los monstruos o por lo que ellos proyectan de nosotros. Remite a los bufones, enanos y meninas de Velázquez. A un misterio en el que Diane Arbus se abismó durante los años que le quedaban. Y no le bastó con ver Freaks una vez. Quería mirar con más atención. Y volvió una y otra vez esa semana, con De o con una amiga, y allí, en el cine, fumando hierba, contemplando a las cabezas de alfiler, al esqueleto viviente, a la mujer sin brazos, a la oruga humana, a la mujer barbuda, al asombroso medio chico, a la chica pájaro, a la hermafrodita, a los enanos, a las siamesas. Freaks.

Tod Browning con sus actores
en el rodaje de
Freaks, en 1931

Una de las frecuentadoras y devotas del New Yorker Theater era Susan Sontag, e insistió para que programaran Freaks de Tod Browning una película que habían retirado de la circulación casi treinta años antes justo después de su exhibición en Nueva York, porque buena parte de la crítica, parte del público y, sobre todo, los grupos de presión cristianos fundamentalistas lo consideraban depravado, nauseabundo y horroroso. Podría decirse que fue gracias a Susan Sontag que Diane Arbus vio la película decisiva en su obra. Y gracias a Susan Sontag -a través de su libro Sobre la fotografía-, supo uno allá por 1986 de la Arbus. No sé si era la Sontag o si ella citaba a alguien, pero allí leí que cualquier foto suya devenía el retrato de un monstruo, de un freak. Y tiene razón quien lo haya dicho, porque para Diane Arbus la cámara siempre fotografía lo desconocido, o mejor, lo que nosotros desconocemos. Alguna vez dijo que una fotografía es un secreto acerca de un secreto, cuanto más te dice menos sabes.




Había algo en aire de los tiempos para que Freaks resucitara precisamente en los sesenta, justo cuando a través de la obra de Arrabal, Jodorowsky y, en particular, de Fellini, los monstruos experimentaron un revival como motivo artístico. Cuando Diane Arbus empezó a fotografiar sus fenómenos, a principios de los 60, se proscribió la próspera Exhibición de Monstruos en Coney Island -donde la mayoría de los freaks de Browning no sólo habían hecho carrera sino que se habían convertido en estrellas del circo- y se presiona para que "limpien" Times Square de travestis y prostitutas. A medida que los monstruos son expulsados del mundo visible, reaparecen como tema artístico, como fantasmas de un revelado fotográfico. En esos encuadres frontales de Diane Arbus que insinúan vívidamente una colaboración entre la cámara y el modelo.

Desde muy pequeño, el circo y sus atracciones me provocaron una mezcla de fascinación y repulsión, de excitación y tristeza, de camino y clausura. Hasta hoy. Desde que asistí a las primeras funciones de circo a los cinco o seis años en la explanada, que llamaban en Tui, el campo de los soldados. Sentía lástima por las fieras y miedo por el domador, lloraba con los payasos y cerraba los ojos con los trapecistas. Todo ese amasijo de emociones resucitan cada vez que veo Freaks. Así que tendremos que hablar despacio de la película de Tod Browning, el cineasta que dio cobijo en la pantalla a los monstruos. De verdad.

25/2/09

El corazón de un cuento

Conocí a Carlos Oro gracias a la Escola de Imaxe e Son de A Coruña. Durante ocho años trabajamos codo con codo, nos veíamos casi todos los días y mantuvimos largas conversaciones. Las clases y las prácticas que preparábamos se convirtieron en un mero pretexto. Por su culpa (y por su causa) frecuenté y releí estudios de narratología que probablemente hubiera aparcado o arrinconado, el análisis textual y la teoría de la enunciación se convirtieron en el pan nuestro de cada día, y el destripamiento de los filmes casi un vicio. Recuerdo que Carlos veía (leía, descifraba) algunos filmes con tanta intensidad, que salía del cine y se fumaba un pitillo deambulando por el vestíbulo mientras sus neuronas hervían de fotogramas, raccords y líneas de fuga. Luego, remansadas las ideas en ebullición volvía a la sala y continuaba viendo la película. Cuántas horas podía engolfarse en desgranar cada recoveco de Los pájaros de Hitchcock, pongamos por caso. No puedo volver a verla sin evocar los comentarios que le sugería a Carlos Oro.

Pero no sólo películas. Aún lo recuerdo mano a mano con Cheché Carmona, en aquel tiempo alumno de la EIS, sentados en los escalones del “fumadero” contiguo al plató, mientras descansaban de la preparación de un programa de televisión –una práctica más-, discutiendo el Viaje sentimental de Laurence Sterne.

Pero no sólo libros. Uno de los grandes placeres que nos deparaban las horas de la EIS era contarnos historias. Historias que imaginábamos desplegándose majestuosas sobre una pantalla preñada de luz. Un día, Carlos Oro me contó una de las más hermosas historias que me hayan contado nunca. Y escribí una sinopsis de veinte líneas. Como a Pepe Coira, nos encantaban ese tipo de textos de una página que transmiten, más que la promesa, el pálpito de una historia, el latido del corazón de un cuento. Ésta era (es, aún la conservo) la sinopsis:

El Almendrado

Así le llamaban en el pueblo a un tipo algo retrasado y muy grande: medía más de dos metros de altura y era ancho como un armario ropero. El Almendrado vivía en Allariz. Iba tirando con las propinas de cargar el coche de línea, subiendo los paquetes y baúles hasta la baca del autobús.

Un día, llegó un circo ambulante por Allariz. Corrían los años 30. El dueño del circo convenció al Almendrado para que se uniera a la troupe. Y comenzó su carrera como atracción de feria: era “el hombre más grande del mundo, tan peligroso que debe vivir encerrado en una jaula como King-Kong”.

Encerrado en una jaula y apartado de todos, El Almendrado sólo tenía un interés en la vida: tallar juguetes de madera. A tal efecto, disponía de una caja de herramientas como su más preciado tesoro, una graciosa concesión del dueño del circo.

Una mañana, en un pueblo perdido, el día de feria, un chavalote burló la vigilancia de la jaula con “el hombre más fuerte que King-Kong”, ahora cubierta con una lona. Consiguió acercarse y atisbar por las junturas al Almendrado, quien, rabioso al sentirse observado como una fiera, lanzó el martillo con el que trabajaba en los juguetes, con tan mala suerte que astilló uno de los tablones de la jaula y algunas esquirlas se clavaron en el ojo curioso y asombrado del niño.

Al darse cuenta, El Almendrado quiso auxiliarlo, pero estaba enjaulado. La herida del chaval se infectó y, quizás por falta de atención médica adecuada, murió.

La Guardia Civil encarceló al Almendrado. Y en su nueva jaula murió de pena.

Pasaron los años, dejé la EIS, y ya sólo nos veíamos muy de vez en cuando. Hace casi cuatro años, recibí un disco con una pequeña peliculita de Carlos Oro, O xigante de Magarelos. Era una especie de trailer de aquella hermosa y triste historia a base de textos y dibujos. La maqueta de un proyecto, la promesa de una película. Una historia que le hubiera encantado a Tod Browning (Freaks, 1932) sobre un personaje -modelo perfecto- para Diane Arbus, y que tanto le gustaba también a Ignacio Pardo.

Y el pasado verano, en un encantado día de agosto, en una aldea de la frontera, durante la sobremesa de un yantar copioso en familia, Alfonso, un primo con ascendientes en Magarelos nos contó con pasión la historia del gigante. Era como si aquel cuento generara ondas magnéticas a través de los años, como si no se resignara a dejar de ser contada, como si persiguiera la voz de un nuevo narrador que la resucitara de las entrañas del tiempo.

Desde que recibí la películita, aún tuve ocasión de escucharle a Carlos otro relato fascinante, pero esa es otra historia. Lo que sí importa es la perplejidad que nos causa a quienes le queremos por no convertir en películas esas historias con una voz tan clara, con una forma tan bella, con un latido tan nítido. Con la cantidad de películas perfectamente prescindibles por qué van a quedar éstas reducidas a su condición virtual.

Pero ésa también es la grandeza de Carlos, su poética, arder mientras da forma a una historia y luego soplar sobre las cenizas hasta que sólo queda una efímera estela en el tiempo. ¿Efímera? Quizá, pero en todo caso, arden las pérdidas de una forma inolvidable. Memorable. Y queda una pielecita con el adn de la más hermosa y triste historia. Aquí la tenéis, la promesa, el corazón de un cuento: