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25/4/19

25 de abril


Siempre celebramos este día (también casi todos los años en esta escuela), fieles a la memoria del 25 de abril de 1974 que canta Sophia de Mello Breyner Andresen en un poema de su libro O Nome das Coisas:
Esta é a madrugada que eu esperava
O dia inicial inteiro e limpo
Onde emergimos da noite e do silêncio
E livres habitamos a substância do tempo

Vila Franca de Xira, 1975.
(Fotografía de Alfredo Cunha.)

Día inicial de un proceso de autoorganización colectiva, verdadera práctica cotidiana de poder popular, que el MFA (Movimento das Forças Armadas), artífice del 25 abril, denominó Processo Revolucionário em Curso (conocido como PREC). Fueron diecinueve meses, día por día, preñados de esperanza, de fraternidad, de lucha por la transformación social. También fueron una fiesta; la cantó Chico Buarque en Tanto mar, de 1975:
Sei que estás em festa, pá
Fico contente
E enquanto estou ausente
Guarda um cravo pra mim

Eu queria estar na festa, pá
Com a tua gente
E colher pessoalmente
Uma flor do teu jardim

Sei que há léguas a nos separar
Tanto mar, tanto mar
Sei também que é preciso, pá
Navegar, navegar

Lá faz primavera, pá
Cá estou doente
Manda urgentemente
Algum cheirinho de alecrim

El 25 de abril día inicial también 
del final del imperio portugués.
(Fotografía de Alfredo Cunha.)

El proceso revolucionario irradió el país durante 579 días y fue documentado -en parte, pero con toda urgencia- por cineastas como Thomas Harlan en Torre Bela (1975) o Robert Kramer y Phillip Spinelli en Cenas da Luta de Classes (1976) que podéis ver en esta página y, de paso, leer una entrevista en caliente de Thomas Brom con Robert Kramer a propósito de la película, cuando no sólo no la había montado, sino que aún no había visto todo el material rodado. Para una narración más detallada y panorámica -y sin las urgencias de aquel presente vivido por Kramer y compañía- puede leerse la muy recomendable História do Povo na Revolução Portuguesa 1974-75, de Raquel Varela.


El 25 de noviembre de 1975 empezó la derrota. La vivimos como algo personal. Nuestros abuelos vivieron la derrota de la República en la guerra civil. La derrota de abril fue nuestra derrota. Una derrota así también merece una canción. En 1978, Chico Buarque hizo una nueva versión de Tanto mar.
Foi bonita a festa, pá
Fiquei contente
E inda guardo, renitente
Um velho cravo para mim

Já murcharam tua festa, pá
Mas certamente
Esqueceram uma semente
Nalgum canto do jardim

Sei que há léguas a nos separar
Tanto mar, tanto mar
Sei também quanto é preciso, pá
Navegar, navegar

Canta a primavera, pá
Cá estou carente
Manda novamente
Algum cheirinho de alecrim

En julio de 1976, cuando la derrota ya cobraba visos irrefutables, Sophia de Mello Breyner Andresen escribió Nestes últimos tempos (un poema recogido también en O Nome das Coisas):
Nestes últimos tempos é certo a esquerda fez erros
Caiu em desmandos confusões praticou injustiças

Mas que diremos da longa tenebrosa e perita
Degradação das coisas que a direita pratica?

Que diremos do lixo do seu luxo — de seu
Viscoso gozo da nata da vida — que diremos
De sua feroz ganância e fria possessão?

Que diremos de sua sábia e tácita injustiça
Que diremos de seus conluios e negócios
E do utilitário uso dos seus ócios?

Que diremos de suas máscaras álibis e pretextos
De suas fintas labirintos e contextos?

Nestes últimos tempos é certo a esquerda muita vez
Desfigurou as linhas do seu rosto

Mas que diremos da meticulosa eficaz expedita
Degradação da vida que a direita pratica?

Lo tradujo el poeta Ángel Campos Pámpano:
En estos últimos tiempos es cierto que la izquierda ha cometido errores
Ha caído en excesos confusiones ha practicado injusticias

¿Pero qué diremos de la larga tenebrosa y hábil
Degradación de las cosas que la derecha practica?

¿Qué diremos de la basura de su lujo —de su
Viscoso gozo de la nata de la vida— qué diremos
De su feroz ganancia y fría posesión?

¿Qué diremos de su sabia y tácita injusticia
Qué diremos de sus maquinaciones y negocios
Y del utilitario uso de sus ocios?

¿Qué diremos de sus máscaras coartadas y pretextos
De sus impuestos laberintos y contextos?

En estos últimos tiempos es cierto la izquierda muchas veces
Ha desfigurado las líneas de su rostro

¿Pero qué diremos de la meticulosa eficaz y expedita
Degradación de la vida que la derecha practica?

La letra tiene más de cuarenta años, pero la música es de ahora mismo. No hay resistencia sin memoria. La del 25 de abril, sin ir más lejos.


25/4/15

25 de abril


A este hijo de aquella madrugada aun le hace más falta hoy Grândola, vila morena. Terra da fraternidade.


El fervor de abril avivó la fiebre del cine. De ver y dar a ver cine. Esta fotografía de Rui Troncoso cuenta (también) esa historia. Se tomó el 1 de mayo de 1974 en Lisboa. Fue la primera gran manifestación tras el 25 de abril. 


Al día siguiente, en la sala grande del cine Império (el nombre tiene su aquel: esos días fueron el principio del fin del imperio portugués) se estrenó El acorazado Potemkin de Eisenstein (esa grafía errónea del cartel en la fachada denota el apremio de la cita con un filme-emblema), y en la sala pequeña, El rito de Bergman. 


Aquel fervor avivó también la urgencia de todo un cine de abril por hacer. Para filmar la revolución. Os dejo un (posible) programa de cine a propósito del  25 de abril de 1974, y después:

As Armas e o Povo (1975), del Colectivo de Trabajadores de Actividades Cinematográficas.
Rodado entre el 25 de abril y el 1 de mayo de 1974.  Entre los cineastas que participaron figuran José Fonseca e Costa, António-Pedro Vasconcelos, Manuel Costa e Silva o Glauber Rocha, y el director de fotografía Acácio de Almeida,  78'.

A la izda., Glauber Rocha interactuando con la gente 
en As Armas e o Povo.

Torre Bela (1975), de Thomas Harlan. 105' (en dvd se distribuyó una versión de 82').
Un filme -con fotografía de Russell Parker- que documenta la ocupación de tierras en la heredad de Torre Bela por los campesinos de Manique en el Ribatejo portugués, durante el verano caliente de 1975. Dedicado a Otelo Saraiva de Carvalho. Serge Daney habló de la etnografía militante de Thomas Harlan:
Rara vez se habrá visto mejor el hacer y deshacer de una colectividad singular, hecha en sí misma de singularidades, capturada en el curso de un proceso político [o processo revolucionário em curso, el PREC, como se le denominó entonces], en que esa colectividad deviene la verdad ciega y el horizonte de la utopía.

Cenas da luta de classes em Portugal (1977), de Robert Kramer y Philip Spinelli. 96'.
Un documental -cine militante- que pone el foco en las luchas populares que acompañaron el proceso revolucionario -el PREC- posterior al 25 de abril y hasta las elecciones de 1976. (Se le quiere mucho a Robert Kramer en esta escuela.)


Que farei eu com esta espada? (1975), de João César Monteiro. 66'.
Un documental de creación -con fotografía de Acácio de Almeida- en torno al uso de los puertos portugueses por los navíos de la OTAN, que la película asocia a la peste que llega en el barco que trae a Nosferatu, en el filme de Murnau. Cine, pues, declaradamente militante anti-OTAN y anti-capitalista.


Tras-os-Montes (1976), de António Reis e Margarida Cordeiro. 111'.
Una de las más bellas banderas del Novo Cinema portugués después de abril, pero sobre todo es uno de los grandes filmes portugueses -o sea, europeos- de los últimos 50 años, con fotografía de Acácio de Almeida. ¿Documental? ¿Ficción? ¿Docuficción? ¿Ficción etnográfica? CINE, así, con mayúsculas. La obra de un poeta. Jean Rouch escribió:
Nunca, hasta donde yo sé, un realizador se había empeñado tanto, con tal obstinación, en la expresión cinematográfica de una región: quiero decir, la difícil comunión entre hombres, paisajes y estaciones. Sólo un poeta insensato podría mostrar un objeto tan inquietante. A pesar de la barrera de un lenguaje áspero como el granito de las montañas [Jean Rouch había visto una copia en versión original, sin subtítulos en francés], aparecen, de repente, en la curva de un camino nuevo, los fantasmas de un mito sin duda esencial, ya que lo reconocemos aun antes de conocerlo. 
Un travelling en bici durante el rodaje de Tras-os-Montes.

Bom Povo Portugués (1980), de Rui Simões. 132'.
Un documental que traza el proceso revolucionario -el PREC- vivido en Portugal entre el 25 de abril de 1974 y el 25 de noviembre de 1975, realizado por quienes se comprometieron en las luchas de aquellos días (entre ellos -no podía faltar-, Acácio de Almeida). Quizá represente también una elegía de aquella revolución, el lamento por la derrota de un sueño.


Gestos e Fragmentos (1982), de Alberto Seixas Santos. 90'
Un ensayo sobre los militares y el poder, como reza el subtítulo, con las presencias de Otelo Saraiva de Carvalho y Eduardo Lourenço, y un periodista encarnado por Robert Kramer que intenta explicar(se) la deriva del proceso revolucionario que despertó el 25 de abril. La película destila la dolorosa experiencia de la derrota de la revolución bajo la forma de un duelo, o mejor, como amparo del duelo que cada uno pueda proyectar de aquella experiencia cardinal.


Sí, todas esas imágenes se ofrecen como flores raras en un paisaje devastado. Pareciera que sólo una canción conserva aún una memoria insomne. Una memoria en vela. Jurei ter por companheira / Grândola, a tua vontade.

29/7/13

Sin Chris Marker, Sans soleil


Chris Marker murió hace un año, justo el día de su noventa cumpleaños. Haciendo cine hasta el final. Hoy volveremos a ver Sans soleil en su memoria.

Fotograma de Sans soleil.

A finales de octubre del año pasado escribí un artículo para el nº 100 de la revista Kinetoscopio, editada en Medellín (Colombia). Lo traigo de vuelta, sin retoques casi, apenas los hilvanes de enlaces e imágenes.

El cine de Chris Marker, un viaje por la memoria

El pasado 29 de julio murió en París, cuando cumplía noventa y un años, Chris Marker. Al día siguiente el periódico Liberation le dedicó por entero la primera plana con un fotograma de su película La jetée -que cumple cincuenta años- bajo el titular Chris Marker s’efface. Al cineasta que tanto le había gustado borrarse –aparece apenas en contadas fotografías (y cuando le pedían una, mandaba la de su alter-ego, el gato Gillaume-en-Egypte)-, se había borrado, esta vez, definitivamente. Y aunque no podía borrar la pérdida, aquella portada suponía un cierto bálsamo: nos decía que el cine, al menos en algún lugar del mundo, sigue siendo un asunto de primera. Como Chris Marker, que siguió filmando, escribiendo, hasta el último momento. Ya sólo nos queda su obra. Inmensa, fascinante, única. Henri Michaux dijo una vez que habría que derribar la Sorbona y poner a Chris Marker en su lugar. Así de grande, su legado. Una mirada que piensa. Una mirada con la que aprender a mirar. Una encrucijada de imaginación poesía e inteligencia en el cine moderno. Un cineasta inspirador de generaciones de cineastas.

Fotograma de La jetée.

Formado en Travail et Culture, el frente de educación popular que aflora en el fervor de la Resistencia francesa , y en la órbita de André Bazin, militante (de la esperanza) del cine como herramienta de liberación a través de una red mundial de cine-clubes, editor, crítico de cine, escritor, fotógrafo, viajero… Todos esos Marker se conjugan en el cine de Marker. A falta de una definición mejor –si eso fuera posible- nos quedamos con la cine-ensayo acuñada por Bazin a propósito de Lettre de Siberie (1958), un cine-ensayo que Godard dibuja como una forma que piensa; una forma quizá como aquella delimitada por Jean Vigo -sobre su propio filme À propos de Nice- cuando hablaba de un punto de vista documentado. El cine-ensayo de Marker –pongamos por caso Le Tombeau d’Alexandre (1993) o Le souvenir d’un avenir (2001)- nos muestra cómo el cineasta articula una reflexión sobre el mundo a través de una dramaturgia que deviene un proceso de conocimiento, un pensamiento enhebrado por el hilo de la memoria que rescata del olvido la obra del cineasta soviético Aleksandr Medvedkin o de la fotógrafa Denise Bellon; o si se quiere, un pensamiento creador de la memoria de lo olvidado. Escribe Marker en Un día en la vida de Andrei Arsenevich (1999) y escuchamos en la voz de Marina Vlady: Llueve mucho en las películas de Tarkovski, como en las de Kurosawa. En el cine de Chris Marker llueve memoria.  

Chris Marker (en el bar La jetée de Tokio) 
filmado por Wim Wenders en Tokio-ga.

Pero cualquier definición nos parece insuficiente, porque si algo caracteriza el cine de Marker es su libertad y su voz inconfundible como cineasta. Sí, hay que hablar de la voz de Marker, tan suya aun cuando escribe para otros –o para otras voces-, como ese texto bellísimo que escuchamos en ...à Valparaiso (1963) de Joris Ivens  -esta vez con la voz de Roger Pigaut-, un texto enhebrado con humor y con un fraseo que reverbera en las imágenes, dotándolas de nuevas resonancias, activando el imaginario que cobijan y transfigurando su materialidad en teatro de la mirada; un texto revelador, en fin, de hasta qué punto Chris Marker hizo suya la película, una posesión a la que no puede ser ajena esa cabeza de gato -su animal favorito- en una de las cometas que los niños echan a volar en las últimas escenas de ...à Valparaiso.

A la izda., Chris Marker filma a Tarkovski
durante el rodaje de Sacrificio 
(para Un día en la vida de Andrei Arsenevich).

Diario íntimo, cuaderno de bitácora, libro de viajes, memorias filmadas… Un cine en primera persona que se enuncia bajo diversas máscaras y voces (off), un relato concebido como montaje de fragmentos de toda condición, enhebrados de forma inesperada, azarosa y poética, y un hilo memorioso que nutre la articulación de las imágenes sucesivas y de éstas con el texto, e invoca la belleza como iluminación, como epifanía, quizá también como depósito de esperanza; una voz off que no cumple la función de hilvanar los fragmentos sino de abrir pasajes –en la estela de Walter Benjamin-, aflorar resonancias, ecos de la memoria en el curso del tiempo.

Fotograma de la secuencia inicial de Sans soleil. 
(Off.) La primera imagen de la que me habló,
la de tres niños en un camino, en Islandia, el año 1965. 
Me decía que para él era la imagen de la felicidad...

Y si uno tuviera que mencionar una película que retrate al cineasta que era –es- Chris Marker y cifre su obra -la inconfundible voz de su cine-, entonces no dudaría en hablar de Sans soleil (1982), veinte años después de La jetté, su primera película tras la debacle de las revoluciones de los sesenta y los setenta, y durante la resaca de la derrota de los años rojos, un filme hermano de Milestones (1975) esa otra Odisea de Robert Kramer, otro cineasta íntimo y nómada. Sans soleil representa un viaje amojonado por las cosas que hacen latir más deprisa el corazón de Chris Marker, como esas gotas de lluvia que el viento arrastra hasta la ventana de las que escribe Sei Shonagon, la cortesana japonesa del siglo X, en El libro de la almohada, citado por el cineasta en esta película tan crucial como germinal. Una película donde la voz es una imagen y las imágenes un texto en el que reverberan las palabras, un libro de horas de Marker en el aquel de acariciar una dolorosa impresión de la cosas.

Fotograma de Sans soleil.

Una película que destila memoria y melancolía. Donde el cineasta –esta vez bajo la máscara de Sandor Krasna- nos lleva de la mano con la voz de Florence Delay –una voz tan hermosa y táctil (o en la voz de Alexandra Stewart, no menos cautivadora, en la versión en inglés)- desde Islandia a Tokio, pasando por Cabo Verde y Guinea-Bissau con escala en San Francisco para seguir los pasos de Scottie (James Stewart) en Vertigo de Hitchcock, una película cardinal para Marker. Como la espiral del peinado de Madeleine (Kim Novak) obsesionaba a Scottie, también Sans soleil traza una espiral vertiginosa: un viaje en el tiempo de la mano de la memoria transfigurada en un libro de imágenes o de sueños, un libro que se escucha: Pasé la vida preguntándome sobre la función de la memoria, que no es lo contrario del olvido sino, quizás, su revés. No se recuerda, se reescribe la memoria como quien reescribe la historia, escuchamos en Sans soleil. Para Marker, ninguna película como Vértigo ha mostrado jamás hasta qué punto el mecanismo de la memoria, si lo des-regulamos, puede servir para algo más que recordar: para reinventar la vida y, finalmente, para vencer a la muerte. Cómo recordar: he ahí el tema nuclear de su cine.  

Fotograma de Vértigo de Hitchcock.

En el cd-rom Immemory, Chris Marker reclamaba para la imagen la humildad y los poderes de la magdalena (de Proust), para sostener sin doblegarse el edificio inmenso del recuerdo sobre las ruinas del tiempo. Y acaba por investir como magdalenas a todos los objetos, todos los instantes que puedan servir de detonantes a ese extraño mecanismo del recuerdo. Los filmes de Marker –en cualquier formato (cine, digital, multimedia)- amojonan la experiencia de un viaje en el tiempo para conjurar –e invocar- la memoria con una voz, que germina en las imágenes -y las cultiva-, transfigurando historia y geografía en la forma de un pensamiento: un ensayo fílmico sobre la memoria (también del cine) como herramienta de creación de una mirada sobre el mundo. Esta es la historia de un hombre marcado por una imagen de infancia escuchamos en la apertura de La jetté. Como la obra entera de Marker -que le hubiera gustado vivir en una época más pacífica y dedicarse a filmar lo que más le gustaba: las chicas y los gatos-, un viaje por la memoria.

9/12/12

Una carta desde Sintra


La ola perfecta que sólo Leonardo podría describir en su cuaderno de notas. El viento del oeste. La lluvia en los ventanales. El fuego nos caldeaba por fuera. El cine nos abrigaba por dentro. Con El estado de las cosas de Wim Wenders y el bellísimo blanco y negro iluminado por el gran Henri Alekan (el director de fotografía de La bella y la bestia de Jean Cocteau nada menos). Y todo por culpa de Vila-Matas. Qué digo por culpa... gracias a un artículo suyo en el Babelia de la semana pasada.



Casi resulta inverosímil: no habíamos vuelto a ver El estado de las cosas desde la primera vez en los Alphaville (de felices memorias) en abril del 83. Un par de años después peregrinamos a Sintra, donde se rodó, y acampamos en la Praia Grande con nuestro hijo una noche de julio al pie de los cantiles, con el escenario de El estado de las cosas sólo para nosotros, recordando escenas de la película. Y el niño se iba quedando dormido, arrullado por las olas que rompían allí al lado.


Al día siguiente se pasó un guardiña mientras desayunábamos y la playa empezaba a colmarse de veraneantes. Venía a multarnos, y no quería escuchar por qué se nos había ocurrido plantar allí la tienda, y eso que lo preguntó. Al final, con un aquel de hastío, nos perdonó la multa, guardó el talonario y se marchó refunfuñando no se qué de unos españois. Un cartel de El estado de las cosas presidía el vestíbulo de la EIS de A Coruña desde los primeros días de su andadura, ¿seguirá allí?


Han pasado treinta años desde su presentación en el Festival de Venecia de 1982 donde la premiaron con el León de Oro y casi tantos desde que la vimos. Pero la llevaba grabada en la memoria, y eso que no figura entre las odiseas de Wenders que prefiero -Alicia en las ciudades (una de las más amadas películas de mi vida), En el curso del tiempo y París, Texas-, pero lleva dentro algunas de mis escenas preferidas, como la del tendal que se cierra con una ola a modo de telón atlántico.








El caso es que viendo otra vez El estado de las cosas, aun comprobando que aquellos momentos gozosos afloraban en la pantalla tal como los recordaba, descubrí con asombro que había olvidado un hilo memorioso de otra odisea que pespunta la película: The Searchers, la novela de Alan Le May y el inadjetivable -que diría Bénard da Costa- filme de John Ford, o sea, Centauros del desierto.



No podía creerlo: ¿cómo puede uno olvidar algo así? Vale, lo he confesado, hice propósito de enmienda y me absuelvo. Pero volveré sobre el pespunte a modo de (encantada) penitencia. Punto y aparte (con la luna de Sintra).


¿Hace falta decir que las imágenes de El estado de las cosas nos envolvieron en una ola de melancolía? Como contemplar a través de un cristal de tiempo a aquéllos que fuimos y encontrarnos en una película en la que nos reconocíamos. Porque eso es lo que el cine de Wim Wenders representaba para nosotros: un espejo en el que mirarnos. Y ahora, a través de esa herida de tiempo, nos vemos en ella tal como éramos. Y la memoria llueve. Y empaña el cristal del cine. Como si hubiéramos recibido una carta que hablara de nosotros entonces. Una carta desde Sintra. Donde fue a parar Wim Wenders para rodar una película radicalmente libre. Una película suya otra vez, aunque la iluminara Henri Alekan y no Robby Müller (como en Alicia en las ciudades o En el curso del tiempo). Pero esta vez quizá  más melancólica que nunca. Y tan bella como siempre. Una película sobre un final del cine, pero también sobre lo que significaba para Wenders hacer cine. Una tentativa de encontrar el camino de vuelta a casa. A un cine que pudiera cobijarlo. En definitiva, una odisea íntima.



Wenders volvía de rodar dos películas, de vivir dos experiencias dolorosas, pero causadas por dos heridas de muy distinta naturaleza. La primera, Nick's Movie (también se la conoció como Relámpago en el agua), la película que rodó con Nicholas Ray, un filme sobre la posibilidad de hacer una película juntos.


La última obra de Ray, quizá su testamento; desde luego, su agonía. Y su muerte. Una película sobre la alianza de dos cineastas -uno viejo, otro joven-, pero también sobre la filiación -de Wenders con el autor de The Lusty Men- y, no podía ser de otra forma, sobre la traición -del hijo pero quizá alentada (o provocada) por el padre-. Los tres temas que se anudan en la matriz del cine de Nicholas Ray. O quizá la película debe verse tan sólo como un documento de la relación entre los dos cineastas, de los últimos días que pasaron juntos.


Alguien dijo que Ray había donado su cuerpo al Cine en Nick's Movie como un científico lo hubiera donado a la Ciencia. Quién sabe. Lo único que sabemos con certeza es que se trata de una película en carne viva que duele cada vez que se ve. Y cómo no salir herido de un rodaje así, de montar una película así, de  pasar horas, días, semanas con aquellas imágenes en las manos, en los ojos, y más, mucho más adentro. La segunda experiencia amarga,  Hammett, ese filme de Wenders producido por Coppola, que no es ni de uno ni de otro, un filme con dos almas que es la mejor manera de perderla. Una lástima.


Por eso, de regreso en Europa, durante una interrupción por algunos meses del rodaje de Hammett, tenía tantas ganas de rodar algo suyo, porque sólo se veía vuelta en casa si también se sentía de vuelta en el cine, en su cine. Hacer una película para librarse de los fantasmas que traía consigo, una película pequeña con visos de exorcismo. Y necesitaba ponerla en marcha ya. Y los dioses lares del cine se aliaron con el azar de una llamada de socorro de la actriz Isabelle Weingarten, que rodaba Le territoire con Raúl Ruiz en Portugal: le cuenta los problemas de la producción, se quedaban sin película y el rodaje iba a suspenderse.

Isabelle Weingarten es Anna en El estado de las cosas). 

Wenders recoge unas cuantas latas de película que conservaba en un frigorífico de las oficinas de su productora en Berlín y vuela a Lisboa. Y allí se encontró con aquel rodaje tranquilo, a pesar de las penurias financieras, libre del estrés que había vivido en la producción de Coppola, donde había que lidiar con mil problemas excepto la falta de dinero. Y le pareció como un sueño: Para mí aquello era un paraíso perdido. Prolongué mi estancia [iba camino de Nueva York], paseé por el lugar y di con aquel hotel vacío [en la Praia Grande de Sintra] que había sufrido los destrozos de una tempestad el invierno anterior. Parecía una ballena varada en la costa.


Así que se dijo: Aquí hay de todo para hacer una película. El océano, un lugar magnífico, el punto más occidental de Europa, por así decir el más próximo a América. Quería hacer una película a partir de mi propia situación entre dos continentes y hablar de ese miedo, del miedo de hacer un filme en América. Y le preguntó al equipo y a los actores de Raúl Ruíz si estarían dispuestos a trabajar con él en otra película a continuación de Le territoire; todos estuvieron de acuerdo pero nadie pensó que hablaba realmente en serio. Wenders le pide a su productor Chris Sievernich que encuentre financiación ugente y se pone manos a la obra. Corría enero de 1981. Improvisa un guión con Robert Kramer sobre un cineasta alemán que rueda en Sintra su décima película (como El estado de las cosas para Wenders), una película (apocalíptica) de ciencia-ficción, y en blanco y negro titulada Los supervivientes, a modo de remake de un filme de Allan Dwan, The Most Dangerous Man Alive, que se había estrenado veinte años antes, pero se quedan sin película, el productor no da señales de vida y tiene que suspender el rodaje.


Unos supervivientes que devienen searchers, buscadores del mar como última esperanza, y supervivientes los de ese equipo de rodaje, varados frente al mar, náufragos del cine. Y al director no le queda otra que viajar a Los Ángeles para encontrar al productor y aclarar las cosas, y reanudar la película si fuera posible, gracias quizá a la inspiración de los personajes de The Searchers; más que un libro (trasunto de la película de Ford en la primera parte de la de Wenders), un amuleto para el coraje: El coraje de los que sencillamente siguieron adelante, más allá de toda resistencia razonable... lee Isabelle Weingarten en las primeras líneas del libro de Alan Le May que el director le pone en las manos cuando se suspende el rodaje. En fin, pretexto (y pre-texto) para un paseo melancólico por el cine y destilar los motivos del presente, o sea, el estado de las cosas. La película se empezó a rodar apenas un mes después.


Como había apalabrado, Wenders aprovecha parte del equipo (como Henri Alekan) y del reparto (Rebecca Pauly, Jeffrey Kime, Geoffrey Carey, la niña Camila Mora, Artur Semedo y, en especial, Isabelle Weingarten) de Le territoire, la película que acaba de rodar allí Raúl Ruiz (al que le debo como mínimo una entrada en esta escuela). Y se dispone a levantar acta del presente del cine a la luz de la memoria. O mejor, a documentar el presente inscribiendo en el aquel de filmar la huella del pasado. Así, El estado de las cosas cifra una encrucijada de los pasajes del cine. Wenders convierte la película en una conversación (incesante) con maestros y camaradas. A través de Isabelle Weingarten, que había participado en La maman et la putain de Jean Eustache, pero sobre todo había sido la protagonista de Cuatro noches de un soñador de Bresson, con el cine francés, con el cine (de autor) europeo.





A través de la presencia de Sam Fuller -que lo había alentado cuando Alicia en las ciudades era apenas un borrador y seguro que escribió sus propios (y socarrones) diálogos en El estado de las cosas- como director de fotografía de Los supervivientes y de Robert Kramer, como operador de cámara de esa película dentro de la película, con el cine americano, el de serie B incandescente y el militante y nómada.

A la izda., Fuller; en el centro y en segundo término, 
junto a la cámara, Robert Kramer; 
y a la dcha., en primer término Patrick Bachau, 
que encarna al director de Los supervivientes.
Fuller, una presencia tutelar en El estado de las cosas. 

A través de Roger Corman, que dio la primera oportunidad a gente como Coppola, Scorsese o Bogdanovich, con el cine independiente.


Y Alan Dwan mediante (a través del remake, esa película ficticia), con el cine de los pioneros.Y hasta con el cine alemán a través de cineastas que habían contribuido a la edad de oro del cine silente y también vivieron la experiencia americana como Murnau,  resonando en el nombre director Friedrich Munro que le cita, nunca, en ningún lugar me siento en casa; y Fritz Lang -al director le llaman Fritz- citado en la estrella de Hollywood Boulevard, pero también en las resonancias de Le mépris de Godard, donde Lang dirige una adaptación de la Odisea, una película que despierta ecos silenciosos en El estado de las cosas. Y la conversación primordial, a través de la novela de Alan Le May, con John Ford, el western y el cine clásico.



Y poco faltó -estoy convencido- para contar también con la presencia de Glauber Rocha que llega en febrero a Portugal y se queda en Sintra los últimos meses de su vida, se encuentra con Wenders y Fuller, y Patrick Bachau graba un vídeo con el autor de Deus e o diabo na terra do sol, con un título premonitorio, Sintra é un belo lugar para morrer. Todo el cine se da cita en Sintra. Y al año siguiente iba a llegar Tanner a Lisboa para rodar esa película-poema a la ciudad, Dans la ville blanche, cuyo director de fotografía Acácio de Almeida había ejercido de operador con Henri Alekan en Le territoire.


Todos los cines afluyen en El estado de las cosas. En el finisterre portugués, un cruce de los caminos del cine de los primeros ochenta del siglo pasado.


Una conversación inacabada (como todo diálogo con la memoria) que desemboca en una escena memorable en una caravana cuando al fin el director localiza al productor y le pide explicaciones, una bella conversación porque, no sólo hacían juntos una película, también eran amigos, unidos también por el amor al cine.


Y si Wenders recicló en El estado de las cosas buena parte del equipo y reparto de la película de Raúl Ruíz, el negativo que sobre de la suya se lo regalará a Jim Jarmusch que lo utilizará sabia y gozosamente en Extraños en el paraíso. Y por más que la película (tal como la vimos hace casi treinta años) destile una experiencia malograda y señale una encrucijada vital nada promisoria con visos de acabamiento y tonalidades crepusculares -Ahora sé contar historias, pero cuando la historia aflora, la vida se escapa sin remedio, dice Wenders por boca del director protagonista de El estado de las cosas-, sus imágenes (nos) desprenden (ahora) el goce palpable de su filmación. De filmar sin una historia, liberado de las historias que sólo viven en las historias, en un bucle de remakes sin fin (y vista ahora, la película de Wenders, más que documentar de aquellos años, profetiza nuestro presente).


Como si la propia película desmintiera el discurso que despliega: la agonía de una forma de hacer cine. Y le demostrara al productor -Sin historia, estás muerto. (...) El cine no habla de la vida. La gente no quiere eso.- que otro cine es posible (o que aún era posible entonces). Dicho de otra forma, como si el presente -la película que se hace- le enmendara la plana al pasado reciente -las películas americanas que Wenders acababa de rodar-. O quizá no era más que sentirse de vuelta en el cine, recobrar el cine como un hogar posible al final de una odisea venturosa. O quizá nuestra impresión provenga de saber que finalmente historia y vida se reconciliaron y encontraron cobijo en París, Texas. En cualquier caso nada puede atenuar la vívida sensación de que pocos rodajes debieron resultarle a Wenders -y compañía- tan felices. Un bálsamo para las heridas abiertas.

Wenders y Fuller en un momento del rodaje 
de El estado de las cosas

Del cine de Wenders en aquellos años -los setenta y primeros ochenta- nos gustaba (y nos gusta) cómo filmaba algunos motivos que sentíamos próximos: la carretera -y por extensión, el viaje y los coches-, las habitaciones, los niños, los cuentos y los tiempos muertos. De tiempos muertos, niños y cuentos hay momentos privilegiados en El estado de las cosas. Y tiempo para que Fuller ponga los puntos sobre las íes: 


En realidad, la parte central de la película deviene un tiempo muerto desde el momento en que se suspende el rodaje de Los supervivientes (la película dentro de la película) cuando han transcurrido apenas diez minutos. Con lo bien que se lo estaban pasando con aquel filme de serie B, cuenta Wenders. Actores y técnicos habían visto The Most Dangerous Man Alive, la película de Allan Dwan, en Sintra y su atmósfera acabó por impregnar no sólo el remake ficticio sino El estado de las cosas, y si por ellos fuera habrían continuado rodándolo. Sacrificamos una ficción en favor de una película que habla de la imposibilidad de contar una historia, confesó el cineasta  años después, quizá con pena. Por eso, más que de tiempo muerto, casi sería mejor hablar de tiempo (de rodaje) suspendido




Por así decir, en aquellos años, el cine de Wenders daba forma al tiempo suspendido, porque incluso en sus road movies -Alicia en las ciudades o En el curso del tiempo, particularmente- el viaje devenía un tiempo entre paréntesis, para pensar, para encontrarse. Una forma de volver sensible la duración que admiraba en The Tall Men, el western lento y tranquilo de Raoul Walsh: Cuando una manada de ganado cruza un río, no se ve sólo cómo el primer animal entra en el agua, sino también cómo sale el último, se ve sobre todo el trabajo que representa hacer que una manada atraviese un río. El filme también trabaja, escribió en un texto sobre la película en octubre de 1969. En el caso de El estado de las cosas, actores y miembros del equipo, personajes en tránsito a merced de sus propias vidas (sus neuras, decepciones, pesares, soledades... los mil dolores pequeños), tienen por delante un tiempo de espera, que la película no elide, todo lo contrario: trabaja para destilarlo en una forma sensible.








Fuller entra en el Texas Bar, su mujer ha muerto 
y va a matar las horas que faltan para coger el vuelo. 
(Una de las escenas preferidas de Ángeles, devota de Fuller.)

Y en ese tiempo vacío los abandonamos en el último tercio de la película cuando acompañamos al director a Los Ángeles en busca del productor. Y encontrarse con el fantasma de John Ford que había dejado en Sintra entre las páginas de un libro en manos de la actriz.



Pero la escena que en los casi  treinta años desde que la habíamos visto amojonó como ninguna la memoria de la película fue el cuento de la niña. Siempre se nos quedaron grabadas las escenas de las películas de Wenders donde se cuenta un cuento. Pocos directores han filmado tan bien el aquel de contar un cuento y nunca se repite, cada cuento se cuenta de una forma precisa, puntual -o sea, pertinente- y memorable, como el que le cuenta el protagonista a la niña en Alicia en las ciudades o el que le cuenta el niño a su padre en París, Texas, y desde luego el que le cuenta la niña a su madre, la script, en El estado de las cosas.























Un cuento que llueve consuelo. En junio de 1970, Wenders contaba en uno de sus artículos que en Munich se proyectaban durante los últimos meses algunos de los grandes westerns de Ford: Pasión de los fuertesWagon Master, Río Grande,  El hombre que mató a Liberty Valance... y, cómo no, Centauros del desierto. Y el texto se transfigura en elegía, no puede sino lamentar que ya no habrá más películas de John Ford. No sólo eso, que un cine moría con Ford.

Wenders en el rodaje de una escena 
de El estado de las cosas. 
(Fotografía de Isabelle Weingarten.)

Ésa es la memoria que canta en El estado de las cosas. Una carta desde Sintra que treinta años después aún no ha acabado de decir adiós.